Capítulo Quince
DUNCAN
—¡Dios mío! Quédate donde estás, ¿vale? ¿Estás sola o hay alguien contigo? ¿Has llamado a la policía?
¿La policía? ¿Qué coño está pasando?
—Quédate dentro y no le abras a nadie, ¿vale? No importa si tu jefe te despide, debería haberse ocupado de las puñeteras cámaras. Voy a recogerte —terminó y colgó con la mano temblorosa.
—¿Qué pasa?
—A mi hermana la acaban de atracar en la gasolinera donde trabaja. Para colmo, el dueño tiene las cámaras averiadas. —Se le quebró la voz—. Tengo que ir a por ella.
—Vamos juntos.
—¿Qué?
—Iremos en mi coche. ¿Quieres avisar a la policía?
—Ya se ha ocupado ella.
—¿Cómo está? ¿Le han hecho daño?
—El ladrón llevaba un cuchillo, pero al parecer y gracias a Dios, solo lo sacó para asustarla.
Riley temblaba tanto que mantuve la mano sobre su hombro todo el trayecto hasta el coche.
—¿Dónde trabaja exactamente? —pregunté mientras nos poníamos los cinturones de seguridad.
—Voy a poner la dirección en el GPS —dijo y la tecleó en la aplicación.
—Es una zona bastante peligrosa.
—Lo sé. Y lo peor de todo, es que también vive allí —dijo Riley en voz baja mientras yo arrancaba.
Para mi consternación, se le llenaron los ojos de lágrimas—.
Por eso estaba tan desesperada por conseguir el trabajo de abogada ya y no tener que esperar los estúpidos resultados del examen de acceso.
No quiero que tenga que vivir en ese horrible lugar, y ha cogido tres trabajos para pagarse los estudios.
Yo tuve que hacerlo durante cinco años y no quiero que mi hermana pase por lo mismo. Es un sacrificio demasiado grande.
Tenía las manos entrelazadas y las cubrí con las mías. Temblaba aún más que antes. Nunca había sentido una conexión tan profunda como la que tenía con Riley. El hecho de que no quisiera que su hermana pasara por lo mismo decía mucho de ella.
—Te prometo que buscaremos una forma de solucionar esto. Primero, vamos a ver cómo está tu hermana, y por favor, no te culpes de nada de lo que ha sucedido.
—Debería haberla convencido para que se mudara conmigo, pero es más cabezota que una mula.
—¿No quería vivir contigo?
—No, dijo que, como ya tiene dieciocho años, se las apañaría sola.
—San Diego es una ciudad muy cara.
—Por eso se instaló en ese barrio de mala muerte. Si hasta le ofrecí que se mudara con mis amigas, y yo me buscaba otro sitio, incluso una habitación compartida, pero no quiso ni oír hablar del tema.
Nunca había oído a Riley tan angustiada.
—Oye, por mucho que nos preocupemos, no podemos obligar a los demás a hacer lo que nosotros creemos que es mejor. No queda otra que apoyarlos.
—Lo sé —dijo, secándose las lágrimas.
—Por favor, no llores. Dime qué puedo hacer para que te sientas mejor.
Se volvió hacia mí, con una sonrisa:
—Gracias por llevarme hasta allí. Te prometo que para el lunes ya estaré bien.
—Riley —dije, mirándola fijamente—, no voy a dejarte sola con esto. Buscaremos una solución juntos.
Ella se limitó a mirarme, pero al menos no ofreció resistencia.
Llegamos a nuestro destino veinte minutos más tarde.
—¿Dónde está la policía? —pregunté.
—No lo sé, pero ese es el coche de su jefe —respondió, señalando un Range Rover.
¿Qué cojones? El hombre no se había tomado la molestia de arreglar las cámaras de su negocio, pero conducía un puñetero Range Rover. Me enfurecí al instante.
Aparqué el coche, y comprobé la zona: estaba desierta.
Riley se bajó antes de que yo apagara el motor y fui pegado a ella según entraba en la tienda.
Una chica, que se parecía mucho a Riley, estaba detrás del mostrador junto al dueño del Range Rover que no parecía tener más de veinticinco años, llevaba el pelo muy corto y tres piercings en la ceja izquierda.
—No me importa. Tu turno es hasta medianoche —dijo él mientras entrábamos.
—Estoy demasiado alterada y no creo que pueda quedarme aquí tanto tiempo.
—No puedo creer que hayas llamado a la puta policía —la reprochó negando con la cabeza.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunté.
Riley se acercó de inmediato a su hermana.
El dueño se volvió hacia mí, con la cara roja:
—¿Y vosotros quiénes sois?
—Soy su hermana —respondió Riley, cuadrando los hombros.
—¿Le has pedido a tu hermana que venga a verte? Te recuerdo que estás en tu lugar de trabajo. ¿Qué cojones te pasa? —gruñó.
—Deja de hablarle así —dije.
—¿Quién coño te crees que eres? —replicó, sacando pecho—. Este es mi negocio.
—Sí, y está claro que no tienes ni idea de cómo tratar a tus empleados. A la chica la acaban de atracar, no puedes pretender que siga trabajando como si nada.
—Pero si no le ha hecho daño, y lo peor es que el ladrón se llevó mi dinero. Tendrá que trabajar gratis hasta que me compense lo que perdí —dijo con desdén.
—Ni de coña —le planté cara—. No tienes idea de lo que estás diciendo.
—Si quiere conservar su puñetero trabajo, tendrá que hacerlo.
—Soy abogada, y ya te digo que estás meando fuera del tiesto —intervino Riley.
El tipo se quedó paralizado. Joder, qué orgulloso estaba de ella.
—Eres tan tacaño que no te has tomado la molestia de arreglar las cámaras, poniendo en riesgo la integridad de tus empleados. Ella no es responsable de nada, todo lo contrario: puede demandarte por incumplimiento de la normativa de prevención de riesgos laborales.
—No creo que lo haga.
—Claro que lo hará; tiene una abogada gratis a su completa disposición.
Nunca había visto a Riley así. En el trayecto en coche estaba hundida, y de repente era la persona más valiente y segura que había visto.
—No sabía que tuvieras una hermana pija y abogada, no entiendo para qué coño has aceptado este trabajo —le soltó a la chica.
—Si dices una palabra más, te voy a partir los dientes —amenacé.
Me daba igual si eso empeoraba las cosas, el tipo no podía tratar a nadie de ese modo. Me cabreaban los jefes que trataban a sus empleados como sirvientes y que priorizaban los beneficios por encima de su salud e integridad.
—Vale, he cambiado de opinión. Puedes irte —dijo, mirando a la hermana de Riley—. Pero no te molestes en volver.
Ella tenía la cara roja y, por un instante, pensé que iba a echarse a llorar, pero en lugar de eso carraspeó:
—Pues mejor, todo el mundo me advirtió que no aceptara este trabajo, y no les hice caso. No voy a arriesgar mi vida por ocho dólares la hora. —Levantó la vista hacia Riley y dijo—: Vámonos.
Las dos se giraron, el tipo parecía que iba a decir algo más, pero me interpuse:
—Cierra la puta boca.
—Fuera de mi establecimiento —dijo, estirando el cuello.
—Con mucho gusto —espeté.
Miró a las chicas y refunfuñó:
—¿Y ahora qué coño hago? ¿Tengo que ponerme yo detrás del mostrador?
No se molestaron en responder.
Resoplé y me acerqué a ellas a paso ligero. No quería que estuvieran solas en la calle ni un segundo.
Una vez subidos al coche, me giré para mirar a su hermana y luego a Riley, que estaba a su lado, cogiéndole la mano.
—Paula, ¿te han hecho daño? —le preguntó Riley.
—No —negó con la cabeza—, no me ha hecho nada. Pero estoy en shock y muy cabreada.
—Es lógico —dijo Riley—. No puedo creer lo que ha hecho ese imbécil. No vas a volver aquí ni aunque te lo suplique, ¿entendido?
—No pienso hacerlo —respondió—. Pero tendré que encontrar otro trabajo rápidamente para pagar el alquiler.
—Mañana veremos cómo lo solucionamos, ¿vale? Por cierto, este es Duncan.
—¿El padre de Jeremy? —preguntó y apoyó la cabeza contra el asiento—. Dios mío, siento que hayas tenido que ver todo eso.
—No pasa nada —respondí con una leve sonrisa.
—Yo… No vivo lejos de aquí —dijo Paula.
—¿No quieres venir a mi casa? —preguntó Riley.
—No, gracias. Tus amigas me caen muy bien, pero no termino de estar cómoda… me da la sensación de que siempre me miran raro, como si estuviera invadiendo su espacio.
Riley echó la cabeza hacia atrás:
—¿Qué? Nunca me lo habías dicho. Estoy segura de que entenderán la situación.
—No insistas. Solo quiero irme a casa y dormir.
—Vale, seré tu chófer esta noche —dije, intentando aliviar el ambiente—. ¿Cuál es tu dirección?
En cuanto me dijo dónde vivía, entendí la preocupación de Riley. Tampoco era un barrio marginal, pero no era un lugar seguro.
Cinco minutos más tarde, llegamos frente a un pequeño edificio que parecía albergar unos cinco o seis apartamentos. Acompañamos a Paula hasta la puerta y yo no dejaba de mirar a mi alrededor, atento a cualquier movimiento sospechoso.
—¿Segura que no quieres que me quede contigo? —preguntó Riley.
Paula se dio la vuelta y suspiró:
—Duncan, por favor, ayúdame.
Me aclaré la garganta y respondí:
—La verdad es que no creo que sea mala idea.
Riley me miró de reojo con inmensa gratitud, pero Paula me fulminó con la mirada:
—Jo, ¿qué clase de ayuda es esa? —Se volvió hacia su hermana, le puso las manos sobre sus hombros y dijo—: Riley, necesito tranquilizarme y estar sola, ¿vale?
—Eres más terca que yo —respondió, besándola en la mejilla.
Después de que Paula cerrara la puerta, a Riley se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Podemos irnos? —susurró—. No quiero que me oiga llorar.
—Claro.
Le rodeé con un brazo y salimos del edificio. Seguía sin apartar la mirada del entorno, pero la calle estaba completamente desierta y no veía nada sospechoso. Riley se subió al coche rápidamente y me apresuré a ocupar el asiento del conductor.
Riley se estaba secando los ojos cuando arranqué el motor.
—Qué miedo he pasado —dijo.
Le cogí la mano y se la besé:
—Siento mucho todo lo que ha ocurrido.
—Traté de mantener la compostura por Paula, pero es que… podría haber pasado cualquier cosa.
—Sí, pero, por suerte, no sucedió nada grave —la tranquilicé.
Sentía un inmenso respeto por ella. No me había dado cuenta de que estaba aterrada ni al borde de las lágrimas ni en la gasolinera ni en el piso de su hermana. Me dio la impresión de que no era la primera vez que se ponía una coraza para proteger a su hermana.
—Me puedo encargar de que el gilipollas de su jefe no vuelva a molestarla —dije.
—Es muy amable por tu parte —respondió, antes de respirar hondo—, pero no creo que sea necesario.
Estoy deseando empezar mi trabajo de abogada para que ella nunca tenga que aceptar un empleo donde corra peligro.
—Bostezó y se hundió más en el asiento—.
No quiero ir a casa… Julia y Christine se han ido de fiesta otra vez, y no me apetece estar sola.
—Te vienes conmigo.
—¿Qué? —preguntó, levantando la cabeza de golpe—. No lo dije por eso. Tranquilo, estaré bien.
—Riley, no estás en condiciones de estar sola.
—Pero mis amigas volverán a casa… en algún momento.
—Sí, pero será tardísimo, harán ruido, y tú necesitas dormir bien esta noche.
Dudó un momento y luego suspiró profundamente:
—La verdad es que no me apetece estar sola. Quería quedarme con Paula tanto por ella como por mí.
—¿Con quién crees que vas a estar mejor? ¿Con tus amigas de resaca o conmigo? —pregunté.
—Me has convencido —respondió, y me dedicó una pequeña sonrisa—. Esta noche me pongo en tus manos, Duncan.