Capítulo Catorce
DUNCAN
A la mañana siguiente, me desperté temprano, como de costumbre, e hice una sesión completa de ejercicio antes de tomar el primer café del día. La noche anterior seguía repitiéndose en mi mente. Había estado a un segundo de ceder a la tentación.
Pero Riley no estaba en condiciones y yo no quería hacer las cosas así. Era inútil siquiera pensar que podría resistir a la fuerte atracción que sentía por ella, y no tenía más alternativa que ceder a mis deseos. Que lo reconociera, ya suponía un gran paso.
De hecho, al besarla como un desesperado en la disco, ya lo había dejado claro.
Es una chica más joven, y la niñera de mi hijo. Sin contar con que se supone que no debería tener citas .
Mi parte racional seguía ofreciendo resistencia y, sin embargo, nada de eso importaba. Deseaba a Riley con locura.
Le envié un mensaje esa tarde.
Duncan: ¿Estás despierta? ¿Te duele la cabeza?
Riley: Estoy despierta. Tengo un ligero dolor de cabeza, pero sobre todo mucha vergüenza.
La llamé inmediatamente.
—No tienes que avergonzarte de nada —dije en lugar de saludarla.
—Pues yo me siento fatal.
—Como tú has dicho, podemos hacer como si nada ha pasado.
Era lo último que quería, pero como ella lo había pedido expresamente, tendría que hacerlo.
—Técnicamente, dije que a partir del lunes, y hoy es sábado.
—Aun así podemos olvidarlo.
—¡Pero no quiero, Duncan!
¡Toma ya! Me sentía el rey del mundo.
—Si no hubiese estado borracha, ¿qué habría pasado anoche?
Reflexioné detenidamente mientras me quedaba mirando fijamente la cafetera.
—Nada —concluí.
—Ah…
—No quiero precipitar las cosas, Riley. Todo está yendo muy rápido y no quiero que hagas nada de lo que puedas arrepentirte.
—Entonces, ¿en qué quedamos?
—¿Qué vas a hacer hoy? —pregunté.
—No tengo ningún plan… quizá vaya al cine por la tarde.
—Pues yo te llevo.
Quería pasar tiempo con ella. Ya no podía negarlo: quería estar a solas y poder hablar largo y tendido sin Jeremy de por medio.
—¿Qué te apetece ver?
—Hoy se estrena una peli de ciencia ficción —dijo.
—Vamos a verla.
—¿En serio?
—Sí, Riley. Te prometí que hoy te llamaría para hacer algo.
—Lo sé, pero no estaba segura de si lo decías en serio o… Da igual, no voy a buscarle tres pies al gato. Deja que mire el horario de un cine a unas cuantas calles de aquí donde siempre hay sitio. —Hizo una pausa de unos instantes, probablemente para consultar los horarios—. ¿Qué tal a las seis?
—Me parece bien. Después iremos a cenar.
Ella dio un pequeño grito de alegría y sonreí. Me encantaba que fuese así de expresiva.
—Te recojo en tu casa —sugerí.
—Podríamos encontrarnos directamente allí. Me vendrá bien para estirar las piernas.
—Vale, tú decides.
—Sí, quedamos en el cine a las seis.
Después de colgar, me di una ducha y me puse unos vaqueros y un polo.
Hacía tiempo que no sentía esa adrenalina.
A pesar de mis reservas, sentía que pasar la noche con Riley era lo que tenía que hacer.
Mi lado moralista me recordaba que los motivos para mantenerme alejado no se habían disipado, pero estaba haciendo la vista gorda.
A pesar de la diferencia de edad, Riley era más madura que sus amigas porque había asumido una gran responsabilidad desde muy joven. Eso había moldeado su carácter. Y el hecho de que fuese la niñera de Jeremy de forma temporal, era otra excusa para autoconvencerme.
Es un mísero intento de justificar lo injustificable.
Llegué a la dirección que me había dado con unos quince minutos de antelación. Riley aún no había llegado, así que aproveché para comprar las entradas. Sentí un subidón por ir al cine a ver algo que no fuera una película infantil, y me acerqué al mostrador de las palomitas y los nachos.
—¡Qué pronto has llegado! —exclamó Riley.
Me di la vuelta y casi se me corta la respiración. Llevaba un vestido amarillo corto que le quedaba de muerte.
—¿Qué te apetece picotear? —pregunté.
Se giró hacia el mostrador y dijo del tirón:
—Nachos con queso y salsa, y también palomitas.
—Supongo que son tus snacks favoritos.
Me acerqué y estuve a punto de ponerle una mano en la parte baja de la espalda, pero me contuve. Si la tocaba, corría el riesgo de no responder de mis actos.
—Así es —asintió.
—Pediré lo mismo que tú —dije.
Cinco minutos más tarde, entramos en la sala con comida para cinco personas. Había muchas butacas libres y los asientos eran excelentes, con mucho espacio para las piernas.
Riley estuvo absorta durante toda la película. Cada vez que la miraba, estaba atenta a la pantalla con total concentración, pendiente de cada palabra. Era adorable.
Terminó la película y tiramos las cajas de comida vacías. Era increíble que hubiésemos conseguido acabárnoslo todo.
Riley suspiró y preguntó:
—¿Qué te ha parecido?
—Me ha gustado mucho.
—A mí me encantan las películas de ciencia ficción. Es como teletransportarse a otro mundo —comentó.
—¿Te gusta leer libros del género?
—Por curioso que parezca, no es el tipo de novela que leo, sino más bien de fantasía, misterio, incluso románticas. A la ciencia ficción la disfruto más en la gran pantalla.
—¿Vamos a cenar? —pregunté.
—Estoy demasiado llena —dijo con un puchero. Si volvía a hacerlo sería imposible resistir el impulso de atrapar su boca.
—Yo también —me reí, y me acerqué para acariciar su mejilla—. Pero quiero pasar el resto de la noche contigo.
—Pues somos dos —dijo con la mirada brillante.
—¿Quieres que demos un paseo por la playa?
—¡Sí, me encantaría!
—Y así vemos la puesta de sol.
—Genial, la playa está a quince minutos.
—Mejor vamos en coche, y así no tendremos que volver a buscarlo luego. Ya caminaremos bastante por la arena.
Tardamos solo unos minutos en llegar. La playa era una de las grandes ventajas de vivir en San Diego, y aunque no solía ir muy a menudo, me gustaba tener la opción de hacerlo.
Sin embargo, era la primera vez que visitaba esa zona.
Me sorprendió que estuviera casi desierta: solo había una pareja mayor paseando junto al agua, cogidos de la mano. Tampoco había surfistas.
—Me encanta el olor a sal —dijo mientras caminábamos por la arena.
—A mí también.
—Mira, ¡tacos! —exclamó, señalando un food truck al borde de la playa—. Pensaba que no podía comer nada más, pero siempre queda sitio para unos tacos.
—Tus deseos son órdenes —comenté entre risas, y ver que ella se sonrojaba me desarmó por completo—. Venga, vamos a por unos tacos.
No había cola en el puesto y nos acercamos al mostrador para pedir.
—Para mí, uno de cerdo y otro de pollo —dijo ella.
—Para mí solo de cerdo.
—Ahora mismo —contestó el vendedor.
—Voy a echar tripa —comentó, frotándose el abdomen—, pero no me importa.
—Eso da igual, Riley. Eres demasiado guapa.
Me miró sorprendida.
—Hoy estás diferente —susurró—. No te guardas nada… ¿Eso es porque anoche se me soltó la lengua con el alcohol?
—Por eso también —sonreí—. Pero la verdadera respuesta es que he tirado la toalla.
—¿Qué quieres decir? —preguntó confundida.
—Tenía una lucha interna por todos los motivos por los que se supone que debía mantenerme alejado de ti.
—Los tacos están listos —dijo el inoportuno vendedor, interrumpiendo nuestro momento.
Después de pagar, nos alejamos unos metros hasta una mesa alta, y nos devoramos los tacos en un abrir y cerrar de ojos.
—Tienes razón. Siempre queda hueco para unos tacos —coincidí.
Riley asintió con una sonrisa. Comió con la misma voracidad con la que se había ventilado los nachos en el cine.
Podría pasarme el día viéndola comer, mirando una película, leyendo un libro… lo que fuera. Me tenía hipnotizado.
Tiramos los restos en una papelera cercana y la cogí de la mano para alejarnos del puesto.
—Oye, ¿adónde me llevas?
—A un lugar donde nadie pueda oírnos ni interrumpirnos.
—Ahora entiendo eso de que estabas librando una batalla contigo mismo. Cuéntame cuáles eran los motivos que te frenaban a estar conmigo.
—Bueno… Desde que me separé de la madre de Jeremy, me prometí que no introduciría a nadie en la vida de mi hijo. Shona…
—¿Es tu exmujer?
—Sí, aunque nunca llegamos a casarnos. Teníamos una relación e hicimos lo posible por el bien de Jeremy. Pero cuando quedó claro que no funcionábamos juntos tomamos caminos diferentes.
—Qué bien que lo hicierais por las buenas —dijo con una mirada compasiva.
—Era lo mejor para él, y no nos guardamos rencor. Aunque sí tenemos algunas diferencias. Por ejemplo, ella no se corta un pelo a la hora de salir con hombres, pero yo no quiero hacer nada que afecte a nuestro hijo.
—Lo entiendo. —Sonaba un poco decepcionada.
Tragué saliva con dificultad y dije:
—Pero contigo es diferente.
—¿Por qué? —susurró.
—No es solo atracción física, Riley. —Respiré hondo—. Es mucho más fuerte, y no puedo ignorarlo.
—Yo siento lo mismo —admitió—. ¿Y qué otros inconvenientes veías? Me dio la impresión de que eran varios.
—¿De verdad no te importa la diferencia de edad? —pregunté arrugando el entrecejo.
—Al principio pensé que podría ser un obstáculo. Pero no me parece tan importante.
—Nueve años es bastante.
—Sí, pero no lo parece . Sinceramente, no me importa en absoluto. Nunca he sido como la gente de mi edad, ni cuando iba al instituto.
—El asunto es que estamos en momentos vitales muy diferentes. Por ejemplo, tú estás a punto de empezar tu trayectoria profesional.
—Y estoy deseando que llegue ese momento, pero no creo que eso signifique que debamos… —Sus palabras se desvanecieron.
—¿Controlarnos? —terminé por ella con tono burlón—. ¿Portarnos bien?
—Sí. De todos modos, creo que ya hemos ido demasiado lejos como para andar con remilgos.
Me incliné y atrapé su boca para explorarla lentamente.
La abracé, pegándola más a mí, y la besé hasta que gimió.
Llevaba tiempo deseando volver a saborearla, lo había soñado la noche anterior y me había despertado por la mañana con una fuerte erección.
Había imaginado lo increíble que sería volver a sentir su boca.
La realidad fue incluso mejor de lo que esperaba.
Pronto, el beso dejó de ser lánguido para volverse frenético y desesperado.
—No puedo parar —gemí, irguiéndome.
—No te detengas…
—Es que si no… —Le besé la frente, sintiendo cómo se estremecía bajo mi tacto—… nos perderemos la puesta de sol.
—¿Hablas en serio? —dijo, apartándose para mirarme.
—Sí. Quiero ir poco a poco contigo y disfrutar de cada momento.
—Me gusta muchísimo este lado tuyo —sonrió.
—Aún no has visto nada —repliqué levantando las cejas—. Sentémonos en la arena a contemplar el sol.
Como la playa estaba prácticamente para nosotros solos, encontramos un lugar alejado del puesto de tacos. Me senté detrás de ella y la rodeé con mis brazos.
—Qué bonito —susurró—. Me encantan las puestas de sol en la playa.
—A mí también —dije mientras manteníamos la mirada fija en el horizonte—. Dios mío, no recuerdo la última vez que vi un atardecer. Verlo contigo lo hace mucho más especial.
—Hay que ver qué cosas más bonitas dices —susurró.
Mientras veíamos cómo el sol desaparecía por completo, algo vibró.
—Oh, es mi teléfono —dijo. Metió la mano en el pequeño bolso negro que había dejado a su lado en la arena y lo sacó—. Es mi hermana. Disculpa, pero tengo que cogerlo —añadió.
—Por supuesto —respondí—. Las llamadas de la familia siempre son prioridad. —Me gustaba que tuviéramos eso en común.
Contestó el teléfono de inmediato:
—¡Hola, hermana!
Su rostro se transformó al instante, y no hizo falta que dijera una palabra para deducir que algo iba mal.