Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Trece
39%

Capítulo Trece

DUNCAN

Cinco minutos después de terminar la llamada, conducía a toda velocidad por la ciudad.

Las cosas no habían salido como pensaba.

Cada vez que Jeremy pasaba la noche fuera, aprovechaba para salir con mis hermanos o hacer una buena sesión de entrenamiento.

Pero esta vez no me apetecía ninguna de las dos cosas.

Podría haber adelantado algo de mi interminable lista de tareas pendientes, pero desde que aprendí a gestionar la frustración que eso me causaba, rara vez trabajaba desde casa. Y mucho menos, esa noche.

Tras una cena ligera, me obligué a correr media hora en la cinta y a hacer pesas. Y, sin embargo, no dejaba de pensar en Riley.

Tenía que controlarme, pero ni siquiera una ducha fría lo consiguió. Llevaba toda la semana esperando ese momento, y me moría de ganas de estar con ella. ¿Por qué demonios no lo había organizado con tiempo?

La adrenalina me corría por las venas. Necesitaba ver a Riley, y no iba a reprimirme.

Quince minutos más tarde, llegué a la dirección que me había enviado y encontré el aparcamiento sorprendentemente vacío.

Un desfile de taxis y coches junto a la puerta del local, bajando y subiendo pasajeros, hizo que me diera cuenta de que todo el mundo prefería ir en Uber para poder beber alcohol.

Se trataba de un chiringuito de playa y la música no era ensordecedora.

Miré a mi alrededor: Riley me había dicho que se encontraba en una mesa alta justo al lado de la barra, y la divisé al instante.

Estaba absolutamente impresionante con un vestido corto plateado y un escotazo en la espalda.

Se había quitado los zapatos y estaba descalza sobre la arena.

Christine me vio, y Riley giró la cabeza hacia mí. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y me parecía más atractiva a cada segundo que pasaba.

Caminé directamente hacia allí. Estaba tan absorto en ella que ni siquiera me di cuenta de que sus amigas se habían largado para dejarnos a solas.

—Hola, Riley.

—Hola Duncan. Gracias por venir.

Quería decirle tantas cosas, pero me quedé callado, le puse una mano en la cintura y empecé a moverme al ritmo de la música. Ella se inclinó hacia mí buscando el contacto para seguirme el compás y soltó un largo suspiro.

Cuando su aliento cálido me rozó el cuello tuve que tirar de toda mi fuerza de voluntad para no besarla en ese mismo instante.

—Bailas muy bien —murmuró, claramente sorprendida.

Pero yo solo seguía mis instintos. Necesitaba sentirla junto a mí, y si para eso tenía que bailar, bienvenido fuese. Le di la vuelta de modo que su espalda quedara pegada a mi pecho, y me moví más despacio. Me estaba volviendo loco.

Hundí la nariz en el hueco de su cuello y le susurré al oído:

—Qué bien hueles.

Riley me miró de reojo con sus labios tan tentadores que no pude evitar inclinarme para capturar su boca.

La besé tal y como había querido hacerlo toda la maldita semana. No me contuve… la exploré a fondo mientras nos movíamos al ritmo de la música.

Su boca era electrizante y no me cansaba de su sabor a tequila. Quería arrinconarla contra la mesa para besarla con más intensidad y que me rodease con sus piernas.

Joder, estábamos en un lugar público. Ansiaba tocarla con todas mis fuerzas, pero no quería dar el espectáculo.

Subí una mano desde su cadera hasta sus costillas y sentí cómo su respiración se entrecortaba. Le puse la palma sobre el pecho y noté cómo los latidos de su corazón retumbaban a mil por hora bajo mi tacto.

Me aparté y carraspeé:

—¿Lista para irnos a casa?

Ella asintió y fue entonces cuando recordé que había bebido demasiado.

Maldita sea, no debería haberla besado.

Se supone que he venido a ayudarla a volver a casa sana y salva, no a aprovecharme de ella.

Joder.

—Sí, aunque ahora que estás aquí, quizá me convenzas para quedarme. Qué va—dijo, como si estuviese hablando consigo misma—, mejor nos vamos a casa.

—Me encanta cómo cambias de opinión.

—Estoy deseando estar a solas contigo.

Riley no solía ser tan directa y descarada, era evidente que estaba más borracha de lo que pensaba.

Además, soy mayor que ella, no he bebido y debo poner los límites.

—Te llevaré a casa —me limité a decir.

Le rodeé la cintura mientras salíamos de la disco y la acompañaba al coche.

—Has sido todo un caballero, te has cruzado la ciudad solo para venir a por mí.

—Quería asegurarme de que estabas bien.

—Estaba bien… pero ahora estoy mucho mejor —dijo.

Conforme nos acercábamos al coche, se hizo más evidente que le costaba mantener el equilibrio.

—¿Has bebido algo más desde que me llamaste? Porque cuatro chupitos…

—Lo sé —interrumpió—. El tequila es demasiado fuerte para mí. O quizá seas tú, y esos músculos irresistibles…

—Joder, Riley —gemí.

—¡Lo siento! Te propongo un trato: el lunes hacemos como si nada de esto hubiera pasado, ¿vale?

—Si eso te hace sentir mejor, pues vale —respondí entre risas.

—De verdad que sí.

—Entonces, tenemos un trato.

Y, para colmo, ella trabaja para mí, y es mucho más joven. ¿En qué demonios estoy pensando?

La ayudé a subir al coche, antes de ponerme al volante. Le eché un rápido vistazo, arranqué y me dirigí hacia la carretera principal.

Estaba seguro de que se quedaría dormida por el camino, pero en cambio, me miró y comentó:

—Estoy encantada.

—¿De qué?

—De que te hayas preocupado por mí y hayas venido a recogerme —respondió, encogiéndose de hombros.

Tragué saliva con dificultad y dije:

—Por supuesto que me preocupo, Riley. Quiero que estés a salvo. —Mis palabras contradecían mis acciones anteriores, ya que me había aprovechado de la situación para besarla allí mismo, en la disco, pero…—. Siempre que necesites algo, dímelo.

—¿Por qué? —susurró.

—Ya sabes por qué.

—No lo sé… Por eso te lo pregunto.

Respiré hondo justo cuando llegamos frente a su casa.

—Quiero acompañarte hasta la puerta.

Riley soltó un bufido de frustración y bajó del coche sin ayuda. Me apresuré a acercarme y le puse una mano en la cintura, pero ya no se tambaleaba tanto como antes. Deslicé la mano hacia la parte baja de su espalda mientras la guiaba suavemente hacia la puerta.

—Creo que voy a vomitar —dijo en cuanto abrió la cerradura.

—Te acompaño.

—No, no quiero que me veas así.

Entramos y ella no protestó. Al cabo de un momento, respiró hondo:

—Falsa alarma. —Luego se volvió hacia mí. La casa estaba en penumbra, y la única luz provenía de una puerta abierta—. Aún estoy esperando una respuesta.

Estaba cerca de ella, demasiado cerca.

—¿No fue suficiente respuesta el beso en el club?

Ella sacudió la cabeza, mordiéndose el labio inferior:

—Necesito que lo digas, Duncan.

—No sé cómo decirlo —admití.

Se le cayeron los hombros, agachando la barbilla pero se la levanté con el pulgar para poder mirarla a los ojos.

—No soy un hombre de muchas palabras —dije—. Y desde que te conocí… no entiendo qué me pasa; yo no actúo de esta manera. No me permito…

—¿Qué?

No sabía cómo explicárselo, lo cual era incluso más extraño. Mis hermanos siempre me daban la tabarra con que tenía mucha facilidad para explicar tanto las cosas complicadas como las más superfluas. Pero en ese momento, me había quedado sin palabras.

—Me atraes tanto que no puedo pensar con claridad, Riley.

Su rostro se iluminó con una amplia sonrisa.

—¿Ves? A eso me refiero. —Acto seguido, me puso las manos sobre mis hombros—. Cuando estaba en la fiesta, no podía dejar de pensar en estos músculos… Te he visto en la piscina, pero comprobarlo con mis propias manos es sublime.

—Riley —gruñí—, si sigues tocándome, perderé el control.

—¿Y cuál sería el problema?

—Que has bebido demasiado y no quiero aprovecharme de ti.

Hizo un puchero:

—Me gustaba más el Duncan que decía que no puede pensar con claridad, y no este tan analítico y lógico que me corta el rollo. —Me reí, y eso pareció hacerla reaccionar—. Bueno… otra cosa más que tachar de la lista. Y para el lunes aquí no ha pasado nada, ¿vale?

Y ese era el quid de la cuestión. No quería que hiciera algo de lo que pudiese arrepentirse.

—Riley, vete a dormir, ¿vale?

—No quiero. En cuanto cierre los ojos, la noche habrá acabado y solo nos quedará un beso de recuerdo. Y yo quiero más.

Madre mía, ¿era consciente de lo que me hacía sentir? ¿De lo mucho que la deseaba?

—Vete a dormir, preciosa —dije con un beso en la frente—. Mañana te llamo.

—¿Lo prometes?

—Joder, claro que sí.