Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Doce #2
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Capítulo Doce #2

—No te lo tomes tan a pecho —bromeé—. Le hace feliz estar con su abuela.

Cogí mi bolso antes de salir por la puerta. Sin Jeremy presente, mi nerviosismo se disparó. Sabía que me estaba adentrando en arenas movedizas y tenía que mantener la guardia alta.

Guardamos silencio hasta el aparcamiento, aunque era consciente de cada uno de sus movimientos. Caminábamos al mismo ritmo y luchaba contra mi instinto más primario para no acercarme a él.

Una vez dentro del coche, respiré hondo. Su aroma lo impregnaba todo.

¿Por qué había aceptado? No era una buena idea, y debería haberme marchado en cuanto llegó su madre.

En el fondo , sí quieres estar a solas con él , me dijo una vocecita en mi mente.

Maldita sea, era cierto.

—Gracias por llevarme a casa, Duncan. No tenías por qué hacerlo —dije, mientras arrancaba el motor.

Al principio, había insistido en que usara el coche para las excursiones con Jeremy y para ir y venir a mi casa. Pero no quería aprovecharme, y además, suponía una responsabilidad enorme; no quería que le pasara nada al vehículo. De vez en cuando, seguía siendo motivo de debate.

Se volvió hacia mí y dijo:

—No, pero era la única forma que tenía de pasar un rato más contigo.

Madre mía, ya no disimula ni se anda con rodeos.

Mientras me apartaba un mechón de pelo detrás de la oreja, me tomó la mano y me acarició el dorso con el pulgar:

—¿Me estoy propasando o te pongo nerviosa?

—No, en absoluto. Quiero aclarar que me hubiese gustado cenar contigo, pero les prometí a las chicas que esta noche saldría con ellas.

—Lo entiendo; yo también soy un hombre de palabra.

Se me erizó la piel ante su tacto, y no solo donde me tocaba con el pulgar. El calor se extendía por todo mi cuerpo y no podía detenerlo. Tampoco quería hacerlo. Ya no me quedaba fuerza de voluntad.

Me soltó la mano para poder conducir y centrarse en la carretera.

—Debería habértelo propuesto la primera vez que lo pensé.

—¿Has estado pensando en cenar juntos? ¿Desde cuándo?

—Durante toda la puñetera semana. No sabes lo mucho que pienso en ti, Riley.

—Todas las tardes, intentaba marcharme en cuanto tú llegaras, pero no lo conseguía… —Porque no quería. Me gustaba estar con él.

—Yo tampoco quería que te fueras. Me encanta estar contigo.

Estaba a punto de preguntarle más cosas, pero me contuve.

—Podemos quedar la semana que viene… para seguir hablando —balbuceé.

Maldita sea, para colmo, no había nada de tráfico y llegamos a mi casa en un abrir y cerrar de ojos. ¿Acaso Duncan estaba conduciendo muy rápido? Necesitaba pasar más tiempo con él.

—Sí, eso haremos —dijo—. Joder, no me puedo creer que no vaya a pasar la noche contigo. —Respiró hondo. Su voz sonaba aún más ronca que antes.

—Ven con nosotras —le ofrecí de nuevo.

—No me tientes. —Tragó saliva con dificultad, mirándome de reojo—. Soy nueve años mayor que tú, y no me parece bien acoplarme al plan de tus amigas. Salir por ahí no es precisamente lo mío.

No entendía su comentario; los clubes de playa no eran solo para los veinteañeros. Me mordí el interior de la mejilla, pero no insistí. Si no quería venir con nosotras, no iba a forzar la situación.

El coche redujo la velocidad al llegar a mi calle.

—Maldita sea —dije.

—¿Qué pasa?

—¿No quieres dar otra vuelta?

—¿Qué? —preguntó extrañado.

—Esperaba que el trayecto durara un poco más —respondí, con un suspiro.

—Riley —gruñó—, para, o en lugar de dejarte, te llevaré de vuelta al apartamento para cenar .

La forma en que pronunció esa última palabra dejaba claro que tenía otros planes… de alto voltaje.

Uf. ¿Por qué habré aceptado salir con mis amigas?

Me habría encantado que me llevara a su casa e hiciera conmigo lo que quisiera. Pero no tuve oportunidad, porque Christine se acercó corriendo y abrió la puerta del coche con una sonrisa:

—¡Por fin! Hace un rato que te estábamos esperando. Gracias por traerla, Duncan —dijo con un guiño.

—Es un placer —respondió él, como un autómata.

—Gracias. Nos vemos el lunes —murmuré mientras salía del coche, y Duncan se limitó a asentir.

Quizá sea lo mejor. Quizá la cosa se haya calmado para el lunes.

Sin embargo, me parecía inviable. Me moría por “conocer a fondo” a mi jefe.

* * *

—Amiga, me parece que no estás disfrutando de la fiesta, ¿no? —preguntó Julia, dos horas más tarde.

—¿Por qué lo dices?

Contaba los minutos para inventarme una excusa para irme a casa, pero no quería que se sintieran culpables, de modo que propuse otra ronda de chupitos.

Julia me guiñó un ojo. Ya habíamos bebido dos, y me adentraba en terreno pantanoso. Pensaba que el alcohol me ayudaría a animarme, pero no sirvió de nada.

Tampoco es que lo estuviera pasando mal; la música era buena y valoraba que fuera en un espacio abierto.

Sinceramente, salir de fiesta nunca había ido conmigo.

Me parecía una pérdida de tiempo, por no mencionar el cansancio al día siguiente.

Pero me gustaba hacer cosas con mis amigas e hice el esfuerzo por ellas.

Después del tercer chupito, Julia pidió una cuarta ronda.

Iba a emborracharme si seguía a ese ritmo, pero, ¿qué más daba? Era nuestro último verano como estudiantes universitarias antes de lanzarnos de lleno a trabajar. En el futuro, no sería tan fácil coincidir para salir, y quería disfrutarlo aunque hubiese preferido pasar la noche en otro sitio.

Lo normal habría sido que me quedara acurrucada en el sofá con un buen libro, pero de repente se me vinieron otras ideas a la cabeza.

Como, por ejemplo, ver los dibujos animados con Jeremy o ayudarlo a prepararse para dormir, aunque a esas horas ya llevaría un buen rato dormido.

Duncan y yo podríamos habernos quedado charlando, tal vez tomando una copa de vino.

Maldita sea. Debería haberles dicho que no para estar con él.

—Estás muy pensativa —dijo Julia—. ¿Qué pasa? —Al ver que yo negaba con la cabeza, añadió—. Lo que imaginaba. Apuesto a que te estás preguntando qué diablos haces aquí.

—¿Tan obvio es? —pregunté con un puchero.

—Te conozco, amiga —respondió Julia entre risas.

—No quiero cortaros el rollo.

—Entonces, ¡a bailar se ha dicho!

Y a bailar nos pusimos, pero, cuando los cuatro chupitos se me subieron a la cabeza, no pude aguantar mucho tiempo de pie.

—Necesito sentarme un rato —dije.

—Vale —respondió Julia—. ¿Quieres que me quede contigo? —Ella y Christine se lo estaban pasando a lo grande en la pista.

—No, estoy bien. Divertíos vosotras dos.

Me alejé de la pista, y me dejé caer en un puf. Más por reflejo que por otra cosa, saqué el móvil del bolso y comprobé si tenía alguna llamada perdida. Aunque a esas horas, nadie se ponía en contacto conmigo.

Revisé el historial de llamadas y suspiré al reparar en el nombre de Duncan. Sin darme cuenta, lo estaba llamando.

Joder. ¿Cómo coño ha pasado?

Intenté pulsar el botón rojo para colgar antes de que sonara, pero no daba pie con bola, y entonces la voz de Duncan resonó por el altavoz.

—¿Riley? ¿Va todo bien?

Me llevé el teléfono a la oreja:

—Lo siento mucho, te he llamado sin querer. Sigue durmiendo.

—No estaba durmiendo. ¿Dónde estás?

Me humedecí los labios:

—Todavía en la disco.

—¿Va todo bien?

—Sí. He estado bailando y me he sentado un momento a descansar… Ya me he metido cuatro chupitos.

—¿¡Cuatro!? —exclamó.

—Oye, no me vengas con sermones.

—No, no es eso. Solo que me preocupa un poco.

—Me encantaría decirte que no tienes por qué preocuparte, pero la verdad es que tengo muy poco aguante con el alcohol.

No estoy borracha ni nada por el estilo, pero me muero de sueño.

En fin, estaba mirando el móvil y me he puesto a pensar en lo mucho que hubiera preferido pasar esta noche con Jeremy y luego contigo a solas…

Dejé de hablar y me tapé la boca con la mano.

Dios mío. ¿Lo he dicho en voz alta?

Quizá sea solo mi imaginación.

—No puedes ser más adorable.

Sí, lo he dicho, no me lo he imaginado.

—Siento haberlo soltado así. Es que no puedo dejar de pensar en ti.

Claramente, no podía controlarme. Era el desafortunado efecto del tequila.

—Riley… —dijo con un tono más grave—. No puedo dejar de pensar en ti ni un puñetero segundo.

—Siento haberte llamado, no quería molestarte. Mejor me voy a casa.

—Voy a recogerte.

Una oleada de calor me recorrió de inmediato.

—¿Quieres venir hasta aquí a recogerme? No hace falta, me pido un Uber.

—No quiero que te subas al coche de un desconocido.

Su comentario me hizo reír.

—Justamente por eso se creó Uber. Es seguro y…

—De ninguna manera. Quiero llevarte a tu casa. ¿También recojo a tus amigas?

—No creo, seguramente quieran quedarse hasta el cierre.

El corazón me latía a mil por hora. Finalmente, iba a pasar un rato a solas con Duncan. Ya no quería discutir con él; si le apetecía venir a por mí, aceptaría su oferta.

—Te mando la dirección de la discoteca por mensaje, si puedo.

—Dime dónde queda más o menos.

Le di las indicaciones y dijo:

—Encontraré el sitio. Estaré allí lo antes posible.

—Gracias, Duncan.

Había algo más que tensión sexual entre nosotros. No sabía qué era… pero quería averiguarlo.