Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Doce
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Capítulo Doce

DUNCAN

—Tengo un buen presentimiento, pero deberíamos hablarlo entre todos —dije.

Wyatt, Knox y Finn estaban en mi despacho sopesando si merecía la pena comprar una propiedad que habían visto en el valle de Napa.

Habían pasado el Cuatro de Julio allí mientras el resto de nosotros estuvimos con nuestros padres.

Chase y Griffin no habían tenido tiempo de reunirse con nosotros esa tarde.

—Claro, tendríamos que volver para evaluarlo más a fondo. Pero antes queríamos ponernos de acuerdo para no perder el tiempo —comentó Wyatt.

Me reí:

—Vosotros tres solo estáis buscando cualquier excusa para volver al valle de Napa.

—Obviamente —intervino Finn—. Y si podemos desgravarlo como gasto de empresa, mejor aún. —Tampoco es que nos hiciera falta, pero no nos gustaba despilfarrar.

—¿Qué planes tienes para el fin de semana? —me preguntó Wyatt.

Knox y Finn intercambiaron una mirada. Parecía que estaban conteniendo la risa.

—¿Por qué lo preguntas?

—Para saber si vas a volver a preparar avena para desayunar —dijo Finn, y Knox soltó una carcajada.

—¿Cuánto tiempo hace que lo teníais guardado? —les pregunté a mis hermanos.

—Desde que entramos en tu despacho, pero antes queríamos zanjar el tema de Napa para no desviar la atención —respondió Knox.

—Ya veo —refunfuñé—. ¿Y cómo os habéis enterado?

—Por Jeremy, obviamente —dijo Knox.

—¿Se lo ha contado a toda la familia?

—No lo sé, pero nos lo contó a nosotros y nosotros se lo hemos contado a todos —contestó Finn sin el más mínimo remordimiento.

Mis hermanos eran un dolor de cabeza, pero no podía enfadarme con ellos. Me encantaba que tuviesen esa complicidad con mi hijo, que en su inocencia, les habría comentado el desayuno en casa de Riley.

—No tengo planes para el fin de semana —dije.

—Y si tuvieras algo planeado, ¿nos lo contarías? —preguntó Finn.

Suspiré profundamente antes de protestar:

—¿Dónde está Griffin cuando lo necesito?

Wyatt se enderezó en la silla y cuadró los hombros antes de intervenir:

—Pero si yo estoy aquí en representación de los hermanos medianos.

De pequeños, nos habíamos repartido en tres grupos: Chase y yo éramos los mayores, Griffin y Wyatt los del medio, y Knox y Finn los más pequeños.

—Sí, pero últimamente estás más en su grupo —respondí, señalando a Knox y a Finn.

—¡Tío, no me metas en el mismo saco! —exclamó Wyatt, que era más analítico que Griffin, y entre ellos se complementaban.

—¿Pero qué dices? —le increpó Knox.

—Eso mismo me pregunto yo —añadió Finn—. Los que estamos ofendidos ahora, somos nosotros .

Empezaron a chincharse y no pude contener la risa; me encantaba pasar el rato con mis hermanos. Lástima que Chase no estuviera presente; quería preguntarle cómo había manejado las cosas con Hannah al principio, con la esperanza de que eso me diera algo de luz en mi situación con Riley.

Me resultaba casi imposible mantener la profesionalidad, así como reprimir mi deseo por ella.

Iba más allá de lo físico; me gustaba hablar con ella, así como la frescura y la transparencia que transmitía.

Era espontánea, madura para su edad y de lo más divertida, lo cual le venía de perlas a Jeremy.

Tenía una visión muy simple de la vida, y su sinceridad innata me atraía como un imán.

Nunca me había interesado nadie de esa manera.

Con Shona fue diferente; lo pasamos muy bien juntos, pero ninguno de los dos estaba realmente enamorado.

Y por eso no nos casamos. Intentamos formar una familia, pero cuando quedó claro que no funcionábamos nos separamos en buenos términos.

Volví a la oficina y miré el móvil. Riley me había enviado una foto de los dos en la playa. Desde la excursión al parque de atracciones, lo había llevado a varios sitios para “ampliarle los horizontes”, como ella decía. Ese día tocaba playa, y ojalá hubiera estado allí con ellos.

Duncan: Estás preciosa.

Y ahí mandé mi tan preciado autocontrol a la mierda.

Riley: Duncan…

Duncan: Lo sé. Lo estoy intentando.

Riley: ¿De verdad?

No, en realidad no. Sabía que no era lo correcto. Sabía lo que tenía que hacer y, sin embargo, no podía controlarme.

Me prometí a mí mismo que la próxima vez que me enviara una foto con Jeremy, no intentaría coquetear con ella.

Pero, como era de esperar, la promesa me duró menos que un suspiro. Al día siguiente, cuando recibí una foto de ellos en el Museo de Historia Natural, vi que llevaba un vestido blanco con cuello barco. No se le veía el escote, pero joder, mi imaginación voló por los aires.

Duncan: Ojalá estuviera allí.

Riley: A Jeremy le encantaría.

Respiré hondo.

Duncan: Contigo, quiero decir.

Joder. Estaba perdido. Tenía que hablar con ella cara a cara, y a solas. Y tenía un plan.

* * *

RILEY

La semana siguiente pasó volando y la tensión sexual entre Duncan y yo aumentaba día a día. Por mucho que intentara mantenerme firme, cada vez que oía su voz al llegar al loft, todo mi cuerpo reaccionaba.

La dinámica había cambiado de forma radical.

Ya no me marchaba en cuanto él llegaba, sino que me quedaba un rato más mientras Jeremy se entretenía jugando, y casi siempre hablábamos de cosas cotidianas.

A veces, Duncan me preguntaba por mi madre y mi hermana, cualquier excusa servía para estar a su lado.

Un auténtico peligro.

—¡Me encanta ir con mi abuela! —exclamó Jeremy el viernes.

—Hace tiempo que no pasas un fin de semana con tus abuelos, ¿verdad? —pregunté.

—Con la abuela —corrigió.

Se me olvidaba que los padres de Duncan estaban divorciados.

—Siempre hace pizzas y tartas —dijo con un brillo especial en la mirada.

Me provocó tanta ternura que me dieron ganas de abrazarlo con todas mis fuerzas, pero entonces escuché que se abría la puerta principal.

—¡Papá, ya estoy listo! —exclamó, saliendo disparado de su habitación.

Llevaba la mochila de Spiderman colgada al hombro, y como no la había cerrado, se le cayeron la jirafa de peluche y su coche favorito. Riendo, los recogí y me dirigí hacia el salón.

Duncan lo había cogido en brazos. A veces Jeremy decía que ya era un chico mayor y no quería muestras públicas de cariño, pero otras veces las buscaba. Supuse que, como iba a pasar la noche lejos de su padre, quería más mimos de lo habitual.

Me acerqué a ellos y dije:

—La mochila está lista. —Guardé lo que se había caído y cerré la cremallera.

Duncan echó un vistazo y me sonrió:

—Gracias por prepararla. ¿Qué tal el día?

—Todo bien, sin incidentes.

Sentí un cosquilleo por todo el cuerpo, y no entendía cómo era posible si apenas había dicho unas pocas palabras. Pero su mirada era suficiente para descentrarme por completo.

—Bueno —dijo, bajando a Jeremy al suelo—, la abuela debe estar al caer.

—Voy a buscar mi cojín mágico —dijo Jeremy, corriendo a su habitación.

En cuanto Duncan y yo nos quedamos solos, me puse aún más nerviosa.

—Como mi madre vendrá a recoger a Jeremy, quería invitarte a cenar aquí.

Levanté la cabeza de golpe y lo miré totalmente sorprendida:

—Vaya, Duncan… No me lo esperaba.

—Nos vendría bien hablar —explicó.

—Es verdad —respondí, mordiéndome el labio—. Pero les prometí a mis amigas que saldría con ellas. Vamos a cenar y luego de fiesta, y no quiero dejarlas plantadas. Pero puedes venir con nosotras —solté sin pensar.

—Ya no estoy para discotecas, Riley —dijo con una sonrisa melancólica.

Claro. No quería rechazarlo, pero tampoco dejar tiradas a mis amigas.

—Cenaremos otro día —sugirió.

—Gracias. Voy a ver si Jeremy necesita ayuda para encontrar su cojín.

—Vale.

Justo en ese momento sonó el timbre y Duncan fue a abrirle a su madre.

—Hola, Riley. ¿Cómo te están tratando mi hijo y mi nieto?

—Genial, todo va sobre ruedas. Jeremy está muy emocionado por quedarse a dormir en tu casa.

—Claro que sí —respondió con una sonrisa radiante—. Y yo también.

—Voy a ver si está listo —me excusé—. Tiene que coger su cojín mágico.

—Ah, sí. No te preocupes, Riley, iré yo —dijo Susan, antes de dirigirse al dormitorio de Jeremy.

—Voy contigo —insistí—. Quiero despedirme de él antes de irme.

—Claro.

—Riley… —empezó Duncan. Levanté la vista hacia él y mi corazón dio un vuelco—. Se me acaba de ocurrir que ya que mi madre se lleva a Jeremy, puedo acercarte a tu casa.

—No hace falta —negué con la cabeza.

—Acepta su oferta, cariño. Será más rápido que el autobús —dijo Susan desde la puerta.

—Está bien —accedí.

Tenía un millón de mariposas en el estómago. Estaba muy nerviosa, pero también me apetecía pasar un rato con él, aunque no fuera como lo habíamos imaginado.

Susan y yo fuimos al dormitorio de Jeremy, que había vaciado medio armario y tenía toda la ropa amontonada sobre la cama.

—Jeremy, ¿qué es todo este lío? —preguntó Susan.

El niño se dio la vuelta, con los ojos llenos de lágrimas:

—No sé dónde está mi cojín mágico. No puedo irme sin él.

Se me partió el corazón. ¿Cómo podía estar tan desconsolado por un cojín?

—Jeremy, no te preocupes. Lo encontraremos, ¿vale? —dije.

Él asintió:

—Es que no sé dónde está.

—Vamos a buscarlo juntos. ¿Dónde has mirado?

—Por todas partes —respondió.

Eso era imposible, claro está.

Revisé el armario, abrí todos los cajones de la cómoda y eché un vistazo debajo de la cama.

—Voy a mirar en la sala de juegos —sugerí.

—Vale —respondió Jeremy entre sollozos.

El cojín mágico estaba en el regazo de su oso panda gigante favorito.

—¡Lo encontré! —grité, y volví de inmediato a su habitación.

Jeremy corrió hacia mí, me lo arrebató de las manos, y lo apretó contra su pecho.

—Gracias, Riley.

—Ahora, vamos a recoger todo esto antes de irnos —dijo Susan. Su voz no sonaba severa en absoluto, pero Jeremy asintió y empezó a doblar su ropa.

Entre los tres lo dejamos todo recogido en un momento. Cuando volvimos al salón, Duncan ya estaba esperando junto a la puerta, con las llaves del coche en la mano.

—Papá, ¿vienes con nosotros? —preguntó Jeremy con recelo.

—No, voy a llevar a Riley a casa.

—Ah, vale. Vamos, abuela —dijo—. Adiós, Riley. Adiós, papá.

Después de que Susan y Jeremy salieran, Duncan sacudió la cabeza:

—Míralo. Basta con que aparezca mi madre para que yo pase a un segundo plano.