Capítulo Once
RILEY
A la mañana siguiente, estaba terminando de preparar la comida, cuando Julia, que tenía una resaca cojonuda, se sentó en la mesa de la cocina y dijo:
—Amiga, ¿no tienes nada que contarnos?
Nos habíamos divertido mucho la noche anterior, pero acabé cogiendo un Uber para volver a casa mucho antes que ellas.
—¿A qué te refieres? —pregunté, aunque por dentro me moría por decirle “No te lo vas a creer… ¡Duncan me besó y fue increíble!”.
—¿Cómo haces para estar fresca como una lechuga?
—Anoche no bebí nada.
—Ya veo —dijo y puso los ojos en blanco—. Ahora lo recuerdo… estabas más aburrida que una ostra.
—Amiga, es lunes, tengo que trabajar y conducir. No puedo estar de resaca.
Mientras estábamos en la discoteca, no podía pensar en otra cosa que en Duncan y en el beso que nos dimos. Y en lo mucho que lo echaba de menos.
¡Madre mía! ¡Esto no tiene ni pies ni cabeza!
—No sé qué hago despierta. Me vuelvo a la cama.
—Venías a tomar café —afirmé, señalando la cafetera, que estaba encendida.
—Me lo tomaré más tarde —dijo, con un ademán—. Necesito una hora… o diez más de sueño.
—Me parece bien —respondí entre risas.
Me había levantado temprano para preparar los muffins de verdura, que quedaron deliciosos, y los guardé en un táper.
Eran las ocho y cincuenta, y me rugió el estómago. No tenía tiempo para desayunar como Dios manda, pero ya comería algo en el parque. Duncan era muy puntual y llegaría en cualquier momento.
Y justamente por eso, la semana anterior había empezado a preparar la cena quince minutos antes de lo habitual; no quería arriesgarme a que llegara a casa antes de que terminara.
Cuanto menos estuviéramos juntos, mejor, me repetía una y otra vez.
Claramente, no funcionó, y estábamos conteniendo la fuerte atracción que sentíamos el uno por el otro.
No sabía qué hacer. Apostaba a que Duncan me llevaba unos diez años, y me parecía una diferencia de edad considerable.
Además, ya había vivido muchas cosas en su vida: una separación, era padre de un niño y tenía una trayectoria profesional impresionante. Era un hombre hecho y derecho , mientras que yo estaba intentando dar mis primeros pasos en la vida adulta. Pero no podía negar lo mucho que me atraía.
Por otro lado, siempre había sido muy madura para mi edad, y mi madre lo atribuía a que tuve que cuidar de mi hermana cuando aún era una niña.
Ella nunca perdía la oportunidad para decirme lo mucho que lamentaba que hubiese tenido que madurar tan pronto, pero yo no sentía que aquello me hubiera venido mal.
Me encantaba cuidar de mi hermana y siempre me había sentido mayor que la gente de mi edad.
¿Pero a qué viene todo esto?
Sabía la respuesta: bastó con verlo en la piscina, un beso apasionado junto al fregadero de la cocina y una mirada seductora para que me perdiera por completo.
Mientras los esperaba, le envié un mensaje a mi madre para ponerla al corriente y que no se preocupara por no tener noticias mías.
A las nueve menos cinco, oí unos ligeros golpes en la puerta.
Le había dicho a Duncan por mensaje que no tocara el timbre, ya que Christine todavía estaba durmiendo —y Julia también—.
Me acerqué de puntillas a la puerta y la abrí lo más silenciosamente que pude.
—¡Sorpresa! —exclamó Jeremy—. Te hemos traído el desayuno.
—Gracias —respondí—. Ahora tengo que pedirte un favor enorme: mis compañeras de piso aún están durmiendo y tenemos que intentar no hacer ruido. Pero podemos desayunar en el jardín —ofrecí, llevándome un dedo a los labios para que no pensara que lo estaba regañando.
Los guié a través del estrecho pasillo que daba directamente al jardín trasero.
Jeremy caminaba de puntillas como si fuera un depredador acechando a su presa…
era monísimo. El jardín era pequeño, pero teníamos un armario de exteriores con vajilla y cubiertos.
Cogí tres platos y los puse sobre la mesa, que era lo suficientemente grande para cuatro personas.
—¿Qué habéis comprado? —pregunté, mientras sacaban tres recipientes de cristal.
—No hemos comprado nada; papá y yo hicimos avena. Me preguntó cuál era tu desayuno favorito, así que ayer, después de salir de tu casa, volvimos a pasar por Walmart y compramos los ingredientes.
Se me derritió el corazón. Duncan me dedicó una sonrisa preciosa.
—¡Gracias!
Me sentí muy conmovida, no solo porque le hubiera preguntado a Jeremy cuál era mi desayuno favorito, sino porque se hubiese tomado la molestia de ir a Walmart . No era el tipo de supermercado al que iría Duncan.
—Vaya, Jeremy, gracias por acordarte. Tiene muy buena pinta. —Se la había preparado una vez la semana pasada, y parecía que recordaba la receta—. Incluso le has echado la fruta tal y como te enseñé.
—Lo sé. ¿Recuerdas que le hicimos una foto al cuenco? Pues se la enseñé a papá.
Su comentario me puso colorada.
—Desayunemos y veamos si está tan rico como parece —dijo Duncan, guiñándome un ojo, lo que hizo que volviera a derretirme.
Compartir el desayuno me hizo echar de menos a mi familia y el vínculo cotidiano que tenía con mi madre y mi hermana. Tener compañeras de piso no era lo mismo.
—Yo corté los plátanos —dijo Jeremy.
Me los imaginé a los dos trabajando codo con codo en la cocina.
—Bien hecho —sonreí.
—Papá dijo que me dejará cortar más cosas, pero la próxima vez quiero un cuchillo de verdad. Ya no soy un bebé —replicó Jeremy.
—Por supuesto que no —dijo Duncan.
Intercambiamos una mirada cómplice. Era difícil no ceder al impulso de imaginar cómo sería mi vida si fuera la madre de Jeremy.
Pero no lo soy, soy su niñera. Y por mucho cariño que le tenga, en cuanto empiece a trabajar en el bufete de abogados, no volveré a verlo ni a él ni a Duncan.
Cada vez que la realidad me daba de bruces, mi ánimo se desvanecía por completo, pero esta vez no fue así. Lo atribuí a la avena, que estaba deliciosa.
—Qué buena está —comenté. Llevaba más miel de la que solía ponerle, y quedaba mucho mejor. Lo tendré en cuenta para la próxima.
—No conseguimos sirope de agave, así que le añadimos más miel —explicó Duncan.
—Ha quedado increíble. —Cuando me di cuenta de que estaba sonriendo con la boca llena, me la tapé con la mano—. Lo siento. Y muchas gracias por el desayuno.
—De nada —respondió él.
—¿A vosotros os ha gustado? —les pregunté a Jeremy y a Duncan.
—Sí, está dulce —asintió Jeremy.
—Sin duda, es mejor que el café solo que suelo tomar por las mañanas —respondió Duncan arrugando el entrecejo.
—¿No desayunas? —pregunté atónita—. ¿Pero tú de qué planeta has salido?
—Es que no me apetece comer por la mañana. Pierdo demasiado tiempo.
—¿En serio? El desayuno es la comida más importante —le reproché.
—Es verdad, y Jeremy sí que desayuna, pero a mí no me da tiempo.
—Bueno, pues a mí me encanta salir aquí, disfrutar del sol y del canto de los pájaros mientras tomo unas cucharadas de avena y me voy despertando. Es un pequeño hábito que hace que cada día empiece con buen pie.
Duncan me miró extrañado y en ese momento entendí que además de la diferencia de edad, estábamos en etapas distintas de la vida y que lo nuestro nunca podría funcionar.
Duncan era padre soltero y dedicaba toda su atención a su hijo. Yo, en cambio, era una abogada aun empezando su trayectoria profesional.
Y, sin embargo, no pude evitar derretirme. Me habían preparado el desayuno.
Le dediqué una sonrisa, y al guiñarme un ojo, una oleada de calor me recorrió por dentro. ¿Quería hablar de lo que había pasado la noche anterior? Ni siquiera sabía qué decir.
—Ahora que hemos terminado, ¿podemos irnos? —preguntó Jeremy, después de acabar su plato.
—Hijo, te he dicho que hay que esperar a que todos terminen.
—Ya he terminado —dije, comiéndome rápidamente las dos cucharadas que me quedaban.
Duncan también estaba listo y guardaba los recipientes de cristal en la bolsa mientras nos levantábamos de la mesa.
—¿Quieres que vaya metiendo la comida en el coche? —preguntó mientras yo enjuagaba los platos en el fregadero del jardín. Rara vez lo usábamos; dejaría los platos allí y más tarde los lavaría a fondo.
—Sí, me vendría genial. Lo he dejado todo en el porche. No hace falta que entres.
Volvimos a la parte delantera de la casa, Duncan puso las dos bolsas dentro del coche mientras yo le abrochaba el cinturón a Jeremy. Después de cerrar la puerta, me miró a los ojos y contuve el aliento. La intensidad de su mirada era hipnótica.
—Llámame si necesitas cualquier cosa, ¿vale? O si te pide algo y no sabes qué hacer.
—Claro —asentí—. No te preocupes, nos lo pasaremos bomba.
Duncan abrió la boca un momento como para decir algo, pero negó con la cabeza y murmuró:
—Mejor no.
—¿Qué pasa?
Volvió a sonreírme.
Madre mía. Los hoyuelos se le marcan más que nunca.
—Tenía la intención de hablar contigo durante el desayuno, pero se me olvidó que Jeremy estaría con nosotros, pendiente de cada palabra.
—¿Se te olvidó? —bromeé.
—Sí. Ese es el efecto que tienes en mí.
—¡Oh! —exclamé con las mejillas sonrojadas.
—Ya pensaré cómo lo hago.
—Vale —respondí, sin entender muy bien a qué se refería.
Pero unos minutos más tarde, mientras conducía, lo entendí perfectamente: Duncan quería que estuviéramos solos. Solo de pensarlo hizo que una ola de calor me recorriera el cuerpo.
—¡Qué guay ir al parque de atracciones! —exclamó Jeremy, sacándome de mis pensamientos—. ¿Sabías que a la señora Williams no le gustan las montañas rusas? Dice que le dan dolor de cabeza.
—A algunas personas no les sientan bien.
—A mi madre tampoco le gustan.
Un escalofrío me atravesó la espalda. Lo miré por el espejo retrovisor y pregunté:
—¿Te lleva a los parques de atracciones?
—Sí, pero solo cuando viene de visita.
—¿Hablas con ella a menudo?
—Casi todas las noches —asintió.
Bien . Me parecía muy importante que tuviera una buena relación con su madre, y deduje que las llamadas serían después de la cena.
—Y antes de que empiecen las clases, iré dos semanas a Dublín para verla.
—¿Tienes ganas de ir?
—¡Sí! El verano pasado me lo pasé genial. Lo malo es que mamá lo ha dejado con su novio, y él era muy guay.
Vaya . Me llamó la atención que la madre de Jeremy tuviese novio, y aunque me moría de ganas de saber más sobre ella, no correspondía que hiciera más preguntas.
En cuanto Jeremy vio el primer cartel del parque se puso a saltar de felicidad en su silla.
Nunca lo había visto tan feliz, y sentí que había valido la pena haberme ofrecido para la excursión.
Pasamos un día estupendo, y disfruté de la montaña rusa tanto como Jeremy.
Al ver que dudaba delante de algunas atracciones que eran evidentemente para niños, le decía por lo bajo que, si a él no le avergonzaba, a mí también me apetecía montarme.
Jeremy sonreía aliviado, era evidente que necesitaba la compañía de un adulto para relajarse y divertirse. Por suerte, me percaté de ese detalle.
Después de una vuelta en una montaña rusa especialmente extrema, estábamos un poco descompuestos.
—¿Quieres que nos sentemos un rato? Me da la sensación de que me da vueltas la cabeza —dije.
—Sí, a mí también. —Tenía la cara un poco pálida—. Por eso la señora Williams no quiso montarse la última vez.
Me reí:
—¿Intentaste convencerla para que se subiera?
No podía imaginarme a una mujer de sesenta años en esa trampa mortal, si yo a duras penas había logrado sobrevivir. Para empezar, no entendía cómo permitían el acceso a los niños. Llegué a la conclusión de que no era algo peligroso sino más bien… intenso.
—Muchísimas gracias, Riley —dijo Jeremy, acercándose a mí—. Este ha sido el mejor día de mi vida. —Le pasé un brazo por los hombros—. Y eres la mejor niñera que he tenido. ¿Vendrás a verme cuando empieces en tu otro trabajo?
Dudé un momento antes de responder:
—Tendríamos que preguntarle a tu padre.
—Estoy seguro de que dirá que sí.
—Cariño, no sé cómo será mi horario cuando empiece a trabajar. Tengo entendido que los abogados se quedan hasta tarde en la oficina.
Su sonrisa se desvaneció y su mirada se apagó.
Maldita sea, no quería decepcionarlo, pero la sinceridad ante todo. Y lo más probable era que, al cabo de los tres meses que habíamos acordado, no volviese a verlo a él ni a su padre.
Entonces, fui yo quien perdió la sonrisa. Yo tampoco quería que se terminara.
No puede ser, ¿en qué estoy pensando?
—Ya lo veremos. A lo mejor, podemos arreglar algo —añadí. Al menos, había vuelto la luz a sus ojos—. ¿Te encuentras mejor?
—Sí. ¿Puedo montarme una última vez antes de volver a casa?
Mi cabeza seguía dando vueltas, y no por la montaña rusa. Pero no podía negarle el capricho.
—Claro, una vuelta más y nos vamos.
—¡Sí! —exclamó, y empezó a tirar de mí en esa dirección.