Capítulo Diez
DUNCAN
—Lo siento. Estábamos bailando y no me di cuenta de que llegaríais tan pronto. Hola, Jeremy. —Él se limitó a mirarla sorprendido—. Pasad.
—¿Estás segura? —pregunté—. No queremos molestar.
—No, claro que no. Yo también he comprado algunas cosas para mañana, Jeremy.
—¿Me lo enseñas? —preguntó mi hijo, recuperando por fin la voz.
—Por supuesto.
Eché un vistazo curioso por la casa: era un típico chalet californiano.
Dos mujeres asomaron la cabeza por la puerta y se presentaron:
—Hola. Somos las compañeras de piso de Riley. Yo soy Christine y ella es Julia.
No sabía que tuviera compañeras de piso.
—Soy Duncan Sterling, y este es mi hijo, Jeremy —me presenté.
—Vaya, qué guay. Cuando sea mayor, yo también quiero vivir con mis amigos. —Me miró—. Papá, ¿puedo vivir con mis amigos ya?
—No, campeón, tienes que tener al menos dieciocho años.
—Vaya… tengo que esperar ocho años más.
Riley nos hizo señas para que la siguiéramos:
—Vamos, la cocina está por aquí.
Caminaba delante de nosotros, e intenté mirar cualquier cosa menos esas piernas largas y bronceadas. Y para rematar, sus pantalones cortos, blancos y ajustados, acentuaban su irresistible trasero. Maldita sea.
—¿Qué has comprado? Papá y yo también hemos ido al súper —dijo Jeremy.
— Snickers —respondió Riley con una sonrisa—. He oído que son tus chocolatinas favoritas. Los vi en oferta y pensé que te darían una alegría.
A Jeremy se le iluminaron los ojos y me preguntó:
—¿Puedo comerme una ahora?
Riley no respondió, sino que me miró.
—No, hijo. Ya has comido demasiados brownies en el coche. Si tomas más azúcar, no va a haber quien te duerma esta noche.
—Te prometo que me dormiré, papá —se quejó.
—El azúcar no funciona así —le expliqué con paciencia—. Y recuerda que si no duermes bien esta noche, mañana estarás cansado.
Hizo un puchero, pero asintió:
—Vale, no quiero estar cansado cuando me monte en la montaña rusa ni quedarme dormido como un bebé. ¿Sabías que hay personas que se desmayan? —le dijo a Riley con una risa.
—Sí, lo sé.
—No entiendo cómo pueden desmayarse —continuó.
—No todo el mundo está hecho para subirse a una montaña rusa —me limité a decir.
—Oye, Jeremy —dijo Julia, asomando la cabeza por la cocina.
—¿Sí? —preguntó él.
—Riley me ha contado que te gusta Spiderman .
Mi hijo esbozó una enorme sonrisa, y yo no pude evitar hacer lo mismo. ¿Le había hablado de él a sus amigas?
—Tengo una colección de figuritas que creo que te va a encantar—continuó.
—Papá, ¿puedo ir a verlas?
—Claro —respondí.
Normalmente no dejaba que mi hijo fuera con desconocidos, pero, al fin y al cabo, eran las compañeras de piso de Riley.
No me dio tiempo ni a abrir la boca antes de que saliera pitando.
Riley cogió la trufa de mis manos:
—Gracias.
—Riley, puedes comprar lo que os apetezca a Jeremy y a ti con la tarjeta de crédito que te di.
Ella asintió:
—Es que no estaba segura… Son carísimas.
No podía dejar de admirar lo guapa que era. Su piel bronceada y los reflejos rubios de su pelo hacían resaltar sus ojos azules. Estaba sencillamente impresionante.
—Siento haber interrumpido el domingo. ¿Te vas a poner a cocinar ahora? —pregunté.
—No, lo haré mañana por la mañana para llevarlos recién hechos. En cuanto os vayáis nos vamos de discoteca.
Su comentario me descolocó. ¿Y si algún tipo se le acercaba y quería bailar con ella? ¿Y la tocaba? Solo de pensarlo me hervía la sangre.
—¿Vais las tres solas?
—Sí, queremos levantarle el ánimo a Julia que lo ha dejado con su chico. La pobre nunca tiene suerte… Bueno, más bien es que ninguna de las tres hemos tenido mucha fortuna en el amor.
Me acerqué más. Se humedeció el labio inferior, pero no apartó la mirada de mí.
—¿Y eso?
—No lo sé. Yo, por mi parte, llevo años centrada únicamente en el trabajo y los estudios.
La facultad de Derecho no es para cualquiera…
y todavía tengo pesadillas con el examen de acceso a la abogacía.
Tener una cita era la última de mis prioridades, y los chicos con los que salí… tampoco eran lo que buscaba.
—¿Qué buscas en un hombre?
Me sorprendí a mí mismo haciéndole ese tipo de preguntas, pero no podía evitarlo. Quería saber más sobre ella, sus deseos y qué la motivaba.
Riley desvió la mirada y respondió:
—No sé cómo decirlo. Tampoco tengo una lista de cualidades ni nada por el estilo. —Luego volvió a mirarme—. Solo alguien que me haga sentir viva, querida y que cuide de mí. A fin de cuentas, quiero sentirme valorada.
Hablaba con tanta pasión que estuve a punto de besarla allí mismo, junto al fregadero.
—En fin —continuó—, te prometo que volveré temprano esta noche, y mañana estaré perfecta para cuidar de Jeremy.
—Lo que hagas en tu tiempo libre es cosa tuya. No me molesta que salgas de fiesta —dije, pero se me notaban a la legua los celos.
—Pues tu tono de voz no dice lo mismo —repuso con una media sonrisa.
—Es verdad —confesé.
De alguna manera, me había acercado aún más a ella. Debía de haberse duchado hacía poco, porque de su pelo emanaba un ligero aroma a limón que era sexy de cojones.
—Duncan… —murmuró.
—No he dejado de pensar en ti desde aquel día en la piscina.
—Yo tampoco… —dijo en un susurro.
Incliné la cabeza, y la miré a los ojos:
—Pero desde entonces no has querido quedarte a cenar en casa.
Riley tragó saliva con dificultad antes de responder:
—Pensé que así sería más fácil.
—¿Qué sería más fácil?
—Resistir la atracción que siento por ti.
En ese momento me olvidé por completo de todo. Olvidé que había más personas en esa casa, y que una de ellas era mi hijo. Olvidé que ella era su niñera y que estaba totalmente fuera de mi alcance.
La besé. Sabía a cerezas.
Me rendí en el instante en que posé mis labios contra los suyos.
Le puse las manos en las caderas y a duras penas pude contenerme para no levantarle la camiseta y sentir su piel desnuda.
La besé hasta quedarme sin aliento y no me despegué.
Un leve temblor recorrió su cuerpo. Ella gimió contra mis labios y clavó las uñas en mis bíceps.
—Riley, ¿puedes venir un momento? —La voz de Julia llegó desde el fondo del pasillo.
Recobré el sentido y me separé de golpe. Riley se echó hacia atrás, apretó los labios y se llevó una mano al pecho.
—¿Por qué te apartas? —La urgencia de su voz casi me deja sin aliento.
—Julia te está llamando.
—¡Dios mío! ¡No he oído nada!
En una fracción de segundo, la actitud de Riley cambió. Miró a su alrededor para comprobar que nadie nos hubiera visto antes de salir disparada de la cocina.
Me serví un vaso de agua fría y me lo bebí de un sorbo. Necesitaba una ducha helada, pero con el vaso tendría que bastar.
Ahora sí que la he liado.
Una cosa era fingir que aquel momento en la piscina no había ocurrido, pero esto sería imposible de ignorar. Tanto el beso como lo que acababa de confesar: que le gustaba.
Estaba jodido y tenía que recomponerme.
Jeremy vino corriendo hacia mí:
—Papá, la colección de Julia es increíble. Nunca había visto algo así, ¡tengo que conseguirla como sea!
Me reí, pero no hice nada para frenar su entusiasmo. No hacía mucho que le había dado por Mario Kart , y ahora estaba a tope con Spiderman . Sabía que iría cambiando con las modas, y yo estaría a su lado para compartir cada momento.
Jeremy me llevó por el pasillo hasta una de las habitaciones, donde Julia y Riley estaban agachadas junto a una estantería.
—¿Pasa algo? —pregunté.
—Sin querer, he tirado del estante y se ha soltado—explicó Julia.
—Puedo arreglarlo —me ofrecí.
Riley se enderezó:
—Ya casi lo tenemos.
—Y una mierda, Riley. Lo siento, Jeremy —se disculpó Julia, con una mueca de fastidio, antes de volverse hacia mí—. Sabemos hacer muchas cosas, pero con el martillo somos un peligro.
—¿Tenéis una caja de herramientas? —pregunté.
Riley abrió la boca para protestar, pero la interrumpí:
—Vas a tomarte la molestia de cocinar para Jeremy en tu tiempo libre. Es lo menos que puedo hacer.
* * *
Veinte minutos más tarde, había arreglado el estante.
—Vaya, Duncan, ¡eres todo un manitas! —exclamó Julia—. Gracias.
—No hay de qué. —Miré a Jeremy y le dije—: Bueno, se está haciendo tarde. Tenemos que irnos a casa.
—Os acompaño a la puerta —ofreció Riley en voz baja. Había evitado mirarme todo el tiempo que estuve arreglando el estante.
No quería que se sintiera incómoda, pero sabía que esa noche no podía hacer nada por mejorar las cosas. Más bien todo lo contrario. Nos acompañó hasta la puerta, y le dije:
—Traeré a Jeremy mañana a las nueve. ¿Te parece bien?
Habíamos acordado que se llevara mi coche, ya que era más cómodo que el que Riley usaba a diario, y el parque estaba a una hora de distancia.
Ella contuvo el aliento y asintió:
—Perfecto. Gracias.
—Que te diviertas, Riley.
—Lo haré —respondió con una sonrisa.
—Pero no demasiado.
Jeremy me miró:
—¿Por qué no, papá?
Su pregunta rompió de golpe la tensión entre Riley y yo. Maldita sea, no podía controlarme ni siquiera delante de mi hijo.
Riley se sonrojó y yo negué con la cabeza:
—Es solo una forma de hablar.
Jeremy frunció el ceño, pero no preguntó nada más. Le hice un gesto de despedida justo antes de dar media vuelta y dirigirnos al coche.
Después de abrocharle el cinturón, me subí a mi asiento. Riley seguía de pie en la puerta. Le sonreí y, aunque estaba lejos, vi cómo esbozaba una ligera sonrisa.
Era plenamente consciente de que Riley estaba fuera de los límites y no debía mover ficha.
Pero tampoco podía luchar contra la atracción que sentía por ella.