Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Nueve
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Capítulo Nueve

DUNCAN

—Está quedando muy bien —comenté a todo el mundo el domingo por la mañana.

Estaba la familia al completo reunida en la tienda.

Para mí, seguía siendo la “tienda de mis padres”, pero tenía que acostumbrarme a que había dejado de serlo.

Nuestro padre vendía artículos de pesca en la planta baja, y mi madre había transformado la planta superior en un taller de arte donde impartiría clases de cerámica y yoga.

Nada que ver con la tienda de ultramarinos en la que vendíamos leche y Snickers cuando éramos niños.

—¿Listos para la segunda mano? —preguntó Chase.

Nuestra madre quería hacer algunos cambios estéticos en su taller…

otra vez . Y ahí estábamos todos al pie del cañón para aconsejarla y echarle una mano.

La unión hace la fuerza y el trabajo en grupo salía más rápido.

Nuestro padre la ayudaba en todo lo que podía, pero estaba solo en la tienda, y no podía dejar el negocio desatendido mucho tiempo.

Habíamos pintado la habitación de color blanco roto, tal y como nos pidió nuestra madre, pero teníamos que esperar a que se secara la primera capa antes de aplicar la segunda. Knox, Finn y Wyatt iban a pulir el suelo esa misma tarde.

—No tan rápido —dijo mi madre—. ¿Alguno quiere brownies ? Ya deben estar listos.

—¿Soy el único que se siente como un niño de cinco años? —preguntó Finn.

Knox asintió, mientras Wyatt y Griffin se reían.

—Venga ya —dijo ella con un gesto para que se callaran—. Me encanta mimar a mis hijos y este sitio me trae muchos recuerdos.

Tenía razón, pero para mí no eran buenos recuerdos. Se me venían a la cabeza los gritos y las peleas de mis padres a puerta cerrada; nuestra madre intentaba evitar que sus broncas nos distrajeran de los deberes.

Todavía me resultaba extraño que ahora se llevaran bien. Joder, incluso parecían estar coqueteando entre ellos, lo cual era, cuanto menos, extraño.

Siempre pensé que los asuntos de mis padres eran cosa suya y que su divorcio no me afectaba en absoluto, pero tras divorciarme de la madre de Jeremy, tuve que replanteármelo.

Quizá me había dejado huella después de todo, y era uno de los motivos por los que evitaba las relaciones sentimentales.

No merecía la pena correr el riesgo de desestabilizar el equilibrio que Jeremy y yo habíamos alcanzado.

—¿Por qué no llamas a Jeremy y le preguntas si quiere un brownie ? —preguntó mi madre, mientras nos dirigíamos a la cocina.

Seguía usando la vieja cocina de nuestra infancia, la cual no quería renovar dado que no estaría abierta al público. Conociéndola, sabía que acabaría cambiando de opinión, pero la ayudaríamos cuando llegara el momento.

—Ni hablar. Papá le está enseñando las cañas de pescar —respondí.

—Me va a pasar con mi nieto lo mismo que me pasó contigo: te perdí por la pesca.

—Es un pasatiempos estupendo —dije, aunque hacía años que no lo practicaba, y era algo que mi padre hacía con Jeremy.

—¿Cómo te va con Riley? —preguntó.

Todos mis hermanos me clavaron la mirada y el ambiente cambió por completo.

¡No me jodas!

Como empezaran a vacilarme delante de nuestra madre, iba a perder los papeles.

—Todo bien. Han hecho muy buenas migas con Jeremy.

—Tuve un buen presentimiento con ella desde el momento en que se conocieron. Se nota que no lo toma solo como un trabajo y que le encanta pasar tiempo con él, y déjame decirte que dar con alguien así es como encontrar una aguja en un pajar.

—En eso tienes toda la razón.

Mi hijo había tenido tantas niñeras que sabía distinguir a la perfección cuándo alguien disfrutaba con el trabajo o lo necesitaba solo por dinero. Era muy afortunado por haberla encontrado y no podía echarlo a perder.

Aunque, técnicamente, estaría solo unos meses, y cuando Maggie regresara, sería otro cantar.

¿Qué demonios? ¿Cómo puedo pensar eso?

—¿Qué planes tienes para él mañana? —preguntó mi madre.

El curso escolar había terminado oficialmente el día anterior y tenía unos días libres hasta que empezara el campamento de verano después del Cuatro de Julio, el día que se celebraba la independencia de Estados Unidos.

Al principio, evalué que pasara tiempo con mi padre en la tienda. Pero Riley se ofreció a llevarlo a un parque de atracciones, y desde entonces mi hijo no quiso oír hablar de ningún plan B.

—Riley lo va a llevar al parque de atracciones. Jeremy quiere subir a la montaña rusa.

—Cómo le gustan las atracciones, pero yo no puedo llevarlo… mi estómago no me lo permite —comentó mi madre.

—Lo mismo le pasó a la señora Williams —dije con una sonrisa.

—Es una suerte que tengas una niñera joven que le siga el ritmo.

—¿Qué tiene que ver la edad? —preguntó Wyatt.

Miré a mis hermanos con el ceño fruncido: Griffin y Chase intentaban reprimir las risas, mientras que Knox y Finn ni siquiera se molestaron en disimular.

Nuestra madre sonrió:

—Es lógico que Jeremy se relacione mejor con alguien más joven y con más energía.

—Yo también lo creo. Aunque es algo temporal; la señora Williams lo cuida muy bien y seguirá siendo su niñera cuando se reincorpore.

—Con el añadido de que te hace parecer un padre divertido —intervino Knox con guasa.

—Ahora que lo dices, tienes razón. Desde que ha llegado Riley, a mí tampoco parece echarme de menos… de hecho, no me ha pedido ni una sola vez que lo lleve a tomar un helado —comentó Finn.

—Cualquier día de estos nos plantamos allí sin avisar —le dijo Knox a Finn—. Y de paso, aprovechamos para conocer a Riley.

Los fulminé con la mirada y Finn levantó las manos en son de paz.

—¿Qué pasa? —preguntó nuestra madre.

—Mejor que no lo sepas, mamá —dijo Knox.

—Como tú digas —asintió ella.

—¿En serio? —dijo Wyatt, claramente sorprendido—. ¿Te vas a rendir así de fácil?

—Hay cosas que las madres no necesitamos saber —replicó con sabiduría.

—Vale, vale —dijo Griffin, burlándose de mí con una sonrisa de oreja a oreja.

¿Qué les pasaba a mis hermanos? Tenía que reconocer que había sido un poco posesivo cuando les hablé de Riley, pero tenía mis motivos. Primero, era la niñera de mi hijo, y no quería que ninguno la pusiera en una situación incómoda.

Y en segundo lugar…

Se me habían acabado los motivos.

No podía mentirme a mí mismo, y menos después de lo que pasó en la piscina.

Nos habíamos comportado con absoluta profesionalidad desde entonces, pero me costaba la vida.

Riley había preparado la cena dos veces la semana anterior pero, según ella, no podía quedarse a cenar con nosotros.

No hacía falta que pusiera excusas y la entendía: la tensión sexual entre nosotros se podía cortar con un cuchillo.

Su jornada laboral terminaba a las seis, y no tenía por qué quedarse a cenar con su jefe, que aunque me costara admitirlo, eso era lo que yo era para ella.

No iba a aprovecharme de la situación. Me prometí a mí mismo que solo me acercaría a ella con Jeremy delante, para no caer en la tentación de mirarla de forma inapropiada.

Además, era nueve años más joven y ni siquiera se plantearía salir conmigo. Tenía que tener en cuenta esa posibilidad. Al fin y al cabo, estábamos en etapas completamente diferentes de nuestras vidas.

Pero si he dicho que no debo salir con nadie por el bien de mi hijo. ¿Por qué no se me mete en la cabeza?

—Nosotros nos tenemos que ir. Tenemos que comprar algunas cosas para mañana —dije—. Mamá, ¿puedo coger unos brownies para Jeremy?

—Claro. También le llevaré unos a tu padre: hice unos con nueces pecanas especialmente para él.

—¿Papá y tú estáis saliendo? —solté a bocajarro.

Mi madre se quedó paralizada mientras cubría los brownies con papel de aluminio.

—¿Perdón?

—Es una buena pregunta —dijo Knox, con un tono poco habitual en él.

Que ninguno de mis hermanos dijera nada ni me llamara la atención, significaba que estaban igual de expectantes ante la respuesta.

—Últimamente pasáis mucho tiempo juntos y queremos saber qué está pasando —intervino Griffin, que no tenía pelos en la lengua.

Su franqueza era admirable, así como su impulsividad, aunque a veces le jugara una mala pasada en los negocios. Wyatt, Chase y yo, en cambio, éramos más calmados.

—Pensé que os pondríais contentos porque vuestro padre y yo nos lleváramos bien.

—Así es —aclaró Chase.

—Pero nos gustaría saber si está pasando algo más —añadí.

Sí, era su vida personal, pero si la cosa volvía a torcerse, tendríamos que estar ahí para recoger los platos rotos. Ya lo habíamos vivido.

—No estamos saliendo, pero… —empezó mi madre—. Me resulta muy raro hablar de esto con mis hijos. Nos estamos acercando, por decirlo de alguna manera.

Knox hizo una mueca de disgusto y Finn se quedó con la boca abierta.

—Tienes razón, es muy raro todo. No hacen falta más detalles —dijo Griffin.

Todos coincidimos, y de repente, buscamos cualquier excusa para distraernos.

Me excusé y bajé las escaleras con el paquete de brownie s que mi madre había preparado para Jeremy.

¿Para qué coño había preguntado? Pensaba que vendría bien aclarar las cosas, pero me había equivocado por completo.

Jeremy y mi padre estaban inclinados sobre una caña de pescar junto al mostrador, y le explicaba cómo cambiar el anzuelo.

—Jeremy, ¿nos vamos? —pregunté.

—Sí, papá —respondió, levantando la vista—. El abuelo me estaba enseñando qué hacer si se escapa un pez.

Mi padre se enderezó, alborotándose el pelo:

—Se lo enseñé cuando fuimos a pescar, pero es más fácil entender el mecanismo cuando estás aquí tranquilo y no sientes la adrenalina de tener un pez en el sedal. ¿Qué tal todo arriba?

—Hemos avanzado bastante.

—Bien. ¿Huelo a brownies ?

—Sí, mamá me ha dado este paquete para Jeremy, pero tiene una bandeja llena ahí arriba… también ha preparado unos con nueces.

—Madre mía, son mi perdición. Voy a cerrar la tienda y ver si necesita ayuda. Quizá podamos cenar juntos cuando nos vayamos.

No quiero saber más nada . Me chirriaba demasiado cualquier detalle de los “encuentros” de mis padres.

—Vale, campeón, vámonos —le dije a mi hijo—. Tenemos que comprar algunas cosas para mañana.

—Adiós, abuelo.

Después de que Jeremy se despidiera de todos con un abrazo, salimos de la tienda y nos subimos al coche. Durante todo el trayecto, no paró de hablar de pesca, de Spiderman y de cualquier otro tema. Me encantaba cuando le daba por hablar por los codos.

Fuimos directos al supermercado de la urbanización, Jeremy quería comprar distintos tipos de snacks para el día siguiente. Aunque la tienda era pequeña, no conocía la distribución y nos llevó un rato encontrar todo lo necesario.

—Papá, Riley dijo que si conseguíamos trufa blanca, podría hacer unos muffins de verduras para llevar a la excursión.

—¿Qué dices? —Unos muffins de verduras no sonaban precisamente apetecibles.

—Lo vimos en la tele, en un programa de cocina.

Fruncí el ceño. ¿Por qué Riley no la había comprado? Si le había dado una tarjeta de crédito la semana anterior para que comprara todo lo que necesitara.

Pero en cuanto miré el precio lo entendí: debió de haber pensado que era excesivamente caro.

Un rato después, salimos con dos bolsas repletas.

—¿Papá? —preguntó Jeremy, una vez dentro del coche—. ¿Podemos llevar la trufa a casa de Riley?

—¿Y eso por qué?

—Para que pueda hacer los muffins para mañana.

—Jeremy, puede hacerlos en otro momento. Hoy es su día libre y no debemos molestarla.

—Pero ella me dijo que si la conseguíamos, se la llevara a su casa.

Me costaba creerlo, así que decidí confirmarlo con Riley. La llamé sin dar más rodeos, y pegué el teléfono a la oreja.

—¡Hola, Duncan! —respondió alegremente.

—Hola, Riley, ¿te pillo en buen momento?

—Claro.

—Acabamos de terminar la compra con Jeremy, y hemos conseguido trufas blancas.

—¡Genial! ¿Te importaría traerlas a mi casa?

Su respuesta me cogió por sorpresa.

—¿En serio? Pensé que había sido un malentendido. No quiero que te tomes la molestia de cocinar en tu día libre.

—No es ninguna molestia, de verdad. Y así lo tendré todo listo para mañana.

—Vale, entonces envíame tu dirección y llegaremos en unos minutos.

—Genial. —Su voz sonaba extrañamente aguda.

Después de colgar, me envió un mensaje con su dirección: estaba a veinte minutos de distancia.

Sonreí para mis adentros, sentía curiosidad por verla en su elemento.

No sabía con qué me encontraría, pero desde luego no me esperaba la escena que presencié al detenerme frente a su chalet.

La música sonaba a todo volumen y salía por las ventanas junto a un griterío de voces femeninas…

Parecía que estuvieran peleando, pero cuando me detuve a escuchar con atención, comprobé que solo intentaban hablar por encima de la música.

—¿Seguro que es aquí? —preguntó Jeremy mirando a su alrededor.

—Sí, Riley debe de tener visita en casa.

—¿Están de fiesta?

Eso parecía. Llamé a la puerta, y por supuesto, nadie respondió. Toqué el timbre, pero la música tapaba cualquier ruido, de modo que le envié un mensaje.

Duncan: Estamos en la puerta.

—¡Están aquí! —oí que gritaba—. ¡Bajad el volumen y portaos bien!

Me eché a reír sin poder evitarlo.

Unos segundos después, Riley abrió la puerta con la cara completamente roja y el pelo revuelto. Estaba tan jodidamente sexy que no podía apartar la mirada.

Joder. ¿Cómo voy a resistirme a esta mujer?