Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Siete
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Capítulo Siete

RILEY

Apenas podía creerme lo que estaba viviendo; sentía que en cualquier momento me tendría que pellizcar para despertar. Jeremy y yo estábamos pasando otra tarde en la piscina, que era, sin duda, mi lugar favorito de toda la ciudad. Solo había un par de vecinos sentados en las tumbonas o nadando.

No entendía cómo no estaba hasta arriba de gente. Si viviera en esa urbanización, no me movería de la piscina. Incluso me llevaría el portátil, los auriculares y haría todas mis reuniones desde la tumbona. Era como estar de vacaciones, y Jeremy se lo pasaba pipa en los toboganes.

A su edad, ya no necesitaba que me tirara con él. De hecho, le ofrecí acompañarle, y su respuesta fue un no rotundo. De modo que lo esperaba dentro de la piscina por si necesitaba ayuda. Lo último que quería era hacerle pasar vergüenza.

Jeremy se deslizó por el tobogán y se sumergió en la piscina. Emergió a la superficie segundos después, riéndose y escupiendo agua a chorros.

—¿Qué te he dicho? Tienes que mantener la boca cerrada.

—Lo sé, pero no pensé que me iría para abajo. ¿Puedo volver a intentarlo? —preguntó entusiasmado.

—Vamos a hacer un pequeño descanso.

Llevaba casi dos horas intentando salir del tobogán sin hundir la cabeza, y cuanto más cansado estaba, menos atención prestaba. No quería que se hiciera daño.

—¿Podemos tomar la merienda que hemos preparado?

—Claro que sí.

Me había puesto un bikini negro, y no estaba segura de que fuera el más adecuado para la ocasión.

Tampoco era nada del otro mundo, pero sabía que un bañador de una pieza habría sido lo más apropiado.

Pero en ese momento, no estaba en condiciones de gastarme un dineral en un bañador que usaría apenas unos meses, así que me tendría que apañar con el que tenía.

Salimos de la piscina y nos sentamos en dos tumbonas que había colocado estratégicamente a la sombra de una palmera. Si podía elegir, lo prefería a las sombrillas.

Habíamos hecho brownies un rato antes, y Jeremy sonrió cuando abrí el táper. Cogió uno y se lo llevó a la boca.

—Despacio, no te lo tragues entero.

—Qué bueno está —dijo mientras masticaba.

Estaba tan adorable que le hice una foto con mi móvil. Cogí un trozo de brownie y lo saboreé con los ojos cerrados.

Estaba realmente delicioso.

Cogimos otro trozo y abrí la botella donde había preparado una mezcla de zumo de manzana y ginger ale .

Serví dos vasos y Jeremy se lo bebió de un trago.

—Me siento mucho mejor después del descanso. ¿Puedo volver al tobogán?

Me reí.

—Esperemos veinte minutos, ¿vale? Acabas de comer y no quiero que te duela la barriga.

—Vaaale —respondió haciendo pucheros.

—¿Qué habéis hecho el fin de semana? —pregunté.

—Estuvimos en la piscina y papá me enseñó a nadar a mariposa. ¿Te enseño cómo se hace? —preguntó incorporándose.

—Veinte minutos, ¿te acuerdas?

Volvió a poner morros.

—¿Quieres contarme otra de las aventuras de Spiderman mientras esperamos?

—¡Sí!

Sus ojos se iluminaron mientras empezaba a parlotear sobre Mary Jane y Spiderman . Era un truco que usaba con frecuencia; Jeremy se sumergía en sus historias y no se daba cuenta del paso del tiempo.

Me estaba contando cómo Peter Parker había sido picado por una araña radioactiva cuando, de repente, se levantó de un salto de la tumbona y exclamó:

—¡Papá!

Se me cortó la respiración. Me di la vuelta y vi a Duncan caminando hacia nosotros.

Al instante me sentí de lo más cohibida. Eran las cuatro y nunca llegaba a casa tan temprano. Quería cubrirme el bikini, pero no podía ponerme el vestido porque estaba mojada. Mierda.

—Hola, Duncan —dije. Mi voz sonaba ridículamente aguda—. No he mirado el móvil… por si me has enviado un mensaje para avisar de que vendrías antes.

—No, me he venido sin pensar. Tengo que atender una llamada más tarde, pero puedo hacerlo desde casa. ¿Qué estabais haciendo?

—Le estaba contando a Riley cosas de Spiderman —intervino Jeremy—. Creo que sabe más que yo.

Duncan me miró con una sonrisa.

—No tanto como tú —le aseguré al niño.

—Papá, ¿quieres venir a la piscina con nosotros? Quiero que me enseñes otra vez a nadar mariposa.

—Me gustaría, hijo, pero tengo una llamada dentro de cuarenta minutos.

—Eso es mucho tiempo.

Duncan miró a su alrededor y dijo:

—Está bien, puedo traerme el móvil y hacer la llamada desde aquí. Voy a cambiarme y bajo en diez minutos.

Me mordí el interior de la mejilla. Me sentía incómoda, y no solo porque fuera increíblemente atractivo. No sabía muy bien qué hacer.

¿Debería quedarme o irme? Sentía que estaba interrumpiendo su momento padre e hijo.

—¿Quieres que me vaya? —pregunté.

—No, por favor —negó con la cabeza—. No sé cuánto durará la llamada y me gustaría que le echases un ojo a Jeremy.

—Vale.

—¿Estáis bebiendo zumo? —preguntó, señalando el vaso de Jeremy.

—Sí.

Se acercó, y se inclinó para coger el vaso.

Duncan iba vestido de punta en blanco. Pude vislumbrar su cuello mientras se bebía el zumo de un trago.

Hasta eso me resultaba sexy. Se me puso la piel de gallina con solo mirarlo antes de que se diera la vuelta y se despidiera.

¿Cómo demonios iba a reaccionar cuando lo viera en bañador?

Volvió diez minutos más tarde, tal y como había prometido, y salí de dudas.

Estábamos dentro de la piscina, y me percaté de que se acercaba incluso antes que su hijo.

Madre mía . Tenía unos abdominales tan impresionantes que parecían esculpidos a mano.

Su pecho, salpicado por un ligero vello, era espectacular.

Me imaginé cómo sería tocar esos músculos con los dedos o con los labios.

Los recorrería con mucho cuidado, subiendo por sus hombros y bajando por los brazos.

No me cansaba de mirarlo. Y sus piernas eran tan musculosas como sus brazos.

Dejó el móvil sobre la mesa, y se encaminó hacia el borde de la piscina. Oí unas risitas y giré la cabeza: dos mujeres lo miraban y cuchicheaban a la vez. Sentí un revoltijo de celos.

¿Pero qué me pasa?

Nunca había sentido celos y era totalmente injustificado. Qué suerte la mía que tuviera que pasarme en ese momento, con el padre del niño al que cuidaba. Me estaba volviendo loca.

Duncan levantó los brazos, se zambulló en la piscina y nadó hasta situarse justo a mi lado.

—Papá, ¡estás aquí! —gritó Jeremy desde lo alto del tobogán—. ¡Mírame!

—No me lo perdería por nada del mundo —respondió.

Yo también centré mi atención en Jeremy. Una vez más, me sentí cohibida por mi escueto bikini.

Duncan se acercó aún más y nuestros brazos se rozaron. Ese breve contacto bastó para disparar mis sentidos.

Respiré hondo y, a pesar del olor a cloro que impregnaba la piscina, percibía el aftershave de Duncan. Lo miré de reojo, pero su mirada estaba fija en su hijo.

Jeremy se deslizó por el tobogán al segundo siguiente, aterrizando perfectamente con los pies. Esa vez consiguió mantener la cabeza a flote.

—¡Lo ves, lo he conseguido, Riley! —exclamó, y se dirigió hacia Duncan.

No había mucha profundidad en esa parte y el agua le llegaba a la barbilla, lo cual era perfecto.

Aun así, entendía que su padre quisiera que lo vigilara en todo momento, porque el otro extremo de la piscina era mucho más hondo.

Por no hablar del peligro de que se diera un resbalón en el bordillo, independientemente de la profundidad del agua.

—Bien hecho —dijo Duncan.

—¿Me puedes enseñar otra vez a nadar a mariposa? Quería enseñárselo a Riley antes, pero se me olvidó.

—Claro, campeón.

Duncan echó un vistazo a su alrededor, y me ignoró por completo, lo cual fue un alivio. Temía que se molestara por mi bikini, pero no pareció importarle lo más mínimo.

Sentí un nudo de decepción en el estómago.

Joder, ¿cómo es posible que me indigne porque mi jefe no me encuentre atractiva? Debería estar contenta.

Me acerqué al bordillo de la piscina y los observé.

Jeremy miraba a su padre con la máxima atención.

Ver a Duncan nadando a mariposa me hizo perder la cabeza y lo hacía aún más irresistible, si es que eso era posible.

Estaba claro que nadaba a menudo y se desplazaba con elegancia por el agua.

Cada vez que sacaba la cabeza para coger aire, inspiraba con control y sin fatigarse. Podría observarlo durante horas.

Al parecer, Jeremy también, porque se había acercado a mí para decirme:

—¿A que mi padre es increíble? No sé cómo lo hace.

—¿Nada a menudo? —pregunté.

—Sí, todos los días.

—Bueno, pues entonces tiene mucha práctica.

Duncan se enderezó y casi se me cae la mandíbula. Sus músculos parecían más marcados y definidos que antes. Estaba claro que no iba a sobrevivir a los próximos meses trabajando para ese hombre descaradamente sexy.

—Te toca —le dijo a Jeremy—. Voy a estar a tu lado para ver si necesitas algo.

Cogió a Jeremy de la mano y se dirigieron al centro de la piscina. Me relajé, pensando que si se ponía de espaldas, no estaría tan nerviosa.

Craso error. Su espalda era tan sensual como su pecho. No podía explicar qué me estaba pasando, salvo que nunca había visto a un hombre tan espectacular en carne y hueso. Los chicos con los que había salido estaban en forma, pero Duncan era lisa y llanamente, una obra de arte.

Le explicó con paciencia cada movimiento, corrigiéndole con firmeza y delicadeza a la vez, lo que me derretía el corazón. Si tuviera un hijo, lo criaría exactamente de la misma manera.

Tras cinco minutos de nado a mariposa, Jeremy acabó agotado. Se acercó con la cara roja y dijo:

—Estoy cansado, Riley.

—¿Te apetece otro brownie ? —le ofrecí.

—Sí, por favor.

—Me has dado un buen truco —le susurré a Duncan, que se acercó a mí cuando Jeremy salió del agua—. Cuando necesite que queme energía, le diré que nade a mariposa.

—Queda hecho polvo, pero no te hagas ilusiones. En veinte minutos estará a tope otra vez.

Tenía razón: no pasaron ni diez minutos antes de que Jeremy quisiera volver al agua.