Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Cinco
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Capítulo Cinco

RILEY

Fuimos directamente a la sala de juegos y me senté en el suelo con él.

Jeremy se mostró sorprendido y dijo:

—Riley, puedes sentarte en esa silla, como la señora Williams. Dice que le duelen mucho las caderas.

No pude evitar soltar una carcajada y me tapé la boca con la mano.

—Lo siento, se me ha escapado —me excusé—. Es que me gusta sentarme en el suelo.

Pobre mujer. No debía de ser fácil seguirle el ritmo a un niño a los sesenta años; pero lo importante era ser joven de espíritu.

Durante la siguiente hora, me contó todo lo habido y por haber sobre coches.

Quería que aprendiera los nombres de todos y cada uno de ellos.

Fiat y Mercedes eran fáciles porque eran marcas reales, pero no conseguía recordar los que se había inventado.

Aun así, gracias a mis años de estudio, con escucharlos un par de veces sería suficiente para aprenderlos de memoria.

—¿Qué quieres hacer ahora? —pregunté después de que guardara sus coches.

—¿Puedo jugar a un videojuego?

Nota mental: la próxima vez no debo preguntarle qué le apetece hacer sino ofrecerle algo concreto.

—Me has dicho que tu padre te lo permite solo durante el fin de semana.

—Pero tú no eres papá —respondió rápidamente.

Esto no va a ser tan fácil como pensaba.

—¿Qué tal si salimos a la calle? —Entonces se me ocurrió una idea—. ¿O quizá podemos preparar la cena juntos?

Se encogió de hombros:

—Papá y yo siempre vamos a comer fuera los jueves. Pero me apetecen unos tacos.

—Puedo prepararte unos si quieres.

—Vaya… No sabía que las niñeras podían cocinar —dijo asombrado.

—Algunas sí podemos.

—¿Y sabes hacer tacos? —preguntó como si no diera crédito—. Riley, ¿eres maga? Pensaba que solo las personas mayores sabían hacer de todo.

—Es que conforme nos vamos haciendo mayores, aprendemos más cosas. Echaré un vistazo a la nevera y podemos ir a comprar lo que haga falta.

Realmente no había mucho en la nevera, solo un poco de ensalada de paquete, jamón y queso. Desde luego, ningún ingrediente para hacer tacos. A continuación miré en la despensa: al menos tenían tortillas.

—¿Cuáles son tus favoritos?

—Los de pollo frito —dijo—. Y a papá le encantan los de carne mechada.

La carne mechada llevaba su tiempo, pero había visto una olla a presión y aún faltaban dos horas para que Duncan llegara a casa.

—¿Te apetece ir a hacer una pequeña compra? —pregunté.

—Sí, por favor.

—¿Hay algún Costco por aquí?

—¿Qué es eso?

Me aguanté la risa. Qué maravilla no tener ni idea de lo que era Costco .

Tras explicarle que se trataba de una cadena de supermercados muy económica, dijo:

—Hay un supermercado dentro de la urbanización.

Genial . Algún día, cuando hubiera pagado la deuda de los estudios, me gustaría vivir en un lugar así, con todo a mano: piscina, supermercado y quién sabe qué más.

—Qué chulo —dije—. Venga, vamos.

No había hablado con Duncan del tema del dinero para las compras, pero di por hecho que me lo reembolsaría presentándole el ticket.

Jeremy me llevó al pequeño supermercado.

Al principio, estaba emocionada porque el lugar tenía un aspecto magnífico y vendían frutas y verduras ecológicas, así como carne de animales alimentados con pasto.

Pero cuando miré los precios casi me da un ataque.

No podía ser verdad, y lo peor era que no llevaba suficiente dinero en efectivo para pagar todo eso.

Me había dejado las tarjetas en la cartera, en casa, porque, estúpidamente, no pensé que las fuera a necesitar.

Aun así, el total sería tan elevado que no me atrevería a hacer la compra, por miedo a que Duncan pensara que era una completa idiota por haber malgastado el dinero, si luego no me lo devolvía.

No me parecía el tipo de persona que haría algo así, pero nunca se sabe.

Cuando trabajaba de camarera me habían dejado sin propina tantas veces que no quería arriesgarme.

De modo que saqué el móvil y busqué otros supermercados por la zona. Había un Albertsons a unas cuantas calles y podíamos ir andando.

Me volví hacia Jeremy:

—Oye, ¿qué te parece si vamos a otro supermercado cerca de aquí?

—Vale —dijo—. Me encanta ir a sitios nuevos.

—Bueno, Jeremy, cuéntame cosas del colegio —pedí mientras seguíamos la ruta en Google Maps. Aunque era sencilla, mi sentido de la orientación dejaba mucho que desear y no quería arriesgarme a perder el rumbo.

—Bueno…

—No pareces muy contento.

—¿A qué niño le gusta ir al cole? —replicó con el ceño fruncido.

—Mmm. —Lo pensé un momento—. Ahora que lo dices, tampoco recuerdo que me gustara mucho de pequeña.

—Mi padre me dijo que serás mi niñera hasta que vuelva la señora Williams, ¿verdad?

—Sí. ¿Por qué?

Suspiró dramáticamente antes de responder:

—Me caes muy bien.

Y con ese comentario, me conquistó por completo.

—Te voy a contar un secreto, Jeremy: tú también me caes genial.

Llegamos a Albertsons unos minutos más tarde.

Como yo solía comprar allí, me conocía la distribución del local de memoria.

En menos de veinte minutos, teníamos todo lo necesario para hacer tacos con pollo frito y de cerdo, además de los ingredientes para una ensalada de aguacate y pico de gallo.

Sin embargo, el camino de ida y vuelta nos había llevado media hora, así que no me quedaba mucho tiempo para hacer la carne a fuego lento.

De modo que me decanté por hacer el cerdo a la plancha.

En cuanto volvimos al loft, llevé la compra a la cocina.

—Papá siempre me deja sacar las cosas de la bolsa. ¿Puedo hacerlo? —preguntó Jeremy.

—Claro.

Lo observé asombrada mientras acercaba un taburete de una esquina y lo colocaba a mi lado, luego se subió y sacó los artículos con destreza, separando la carne de las verduras.

—¿Sueles cocinar con tu padre?

—Sí, siempre —asintió.

Mi corazón dio un pequeño vuelco. Podía imaginarme a la perfección a ese hombre tan guapo…

Es el padre de Jeremy y mi jefe, ¡por favor! Así que de “guapo” nada.

Corté todas las verduras a toda velocidad y me aseguré de que Jeremy estuviera lo suficientemente lejos del fogón para que el aceite no le salpicara por accidente mientras freía en la sartén.

Le había encargado la tarea de montar los tacos. Se le daba sorprendentemente bien para tener diez años. Lo supervisaba de cerca y le echaba una mano si los llenaba demasiado.

—Si les echas demasiado relleno, se pueden desarmar por completo —dije.

—Vale —respondió. Terminó de rellenar el último taco mientras yo empezaba a preparar el pico de gallo.

—¿Cómo está la gente? —retumbó la voz de Duncan por todo el piso.

Me enderecé y sentí una intensa ola de calor recorriéndome el cuerpo. Estaba tan concentrada con la cocina que no le había oído entrar.

—¡Hemos hecho la cena! —exclamó Jeremy—.

Le he contado a Riley que los jueves cenamos tacos, entonces me ha preguntado cuáles eran nuestros favoritos, ¡ y los ha hecho ella !

¡Es una maga! Sabe un montón de cosas, y como es tan joven, puede sentarse en el suelo conmigo —soltó toda esa catarata sin siquiera tomar aliento.

Sonreí antes de centrarme en el pico de gallo y terminar de cortar los últimos tomates. Después de ponerlos en el bol, Duncan se acercó a mí:

—Hola.

—Hola —respondí con un tono extraño. Lo tenía mucho más cerca que en la cafetería y su presencia era aún más abrumadora.

—Riley, es tu primer día. No tenías que cocinar…

—Lo sé, pero Jeremy y yo no teníamos nada que hacer, así que decidimos preparar la cena. Los tacos son mi comida favorita y tu hijo es un chef excelente.

Jeremy sonrió radiante:

—¿Has oído eso, papá? ¡Soy un chef!

Duncan me miró con dulzura.

—Bueno —dije—. A menos que necesitéis algo más, os dejo para que disfrutéis de la cena.

—¿Por qué no cenas con nosotros? —preguntó Duncan, cuadrando ligeramente los hombros.

—No, gracias, no quiero importunar.

—Pero si has dicho que los tacos son tu plato favorito.

—Pero no para que me invitárais —respondí con una tímida sonrisa.

—Lo sé. Pero nos vendría bien charlar sobre el día y, de paso, ultimar algunos detalles más. Tengo las llaves de tu coche, que acaba de pasar la revisión del taller. Puedo enseñártelo después de cenar. A menos, claro está, que tengas otros planes.

Negué con la cabeza:

—No tengo ningún plan.

—Entonces eres nuestra invitada esta noche.

—Vale, eh… Entonces pondré la mesa.

—No, tu jornada ha terminado oficialmente —dijo, dándole un golpecito a su reloj.

Nunca había visto a nadie llevar un auténtico ‘‘reloj esqueleto’’. No conocía la marca, pero estaba segura de que era caro y exclusivo.

—¿Estás listo, campeón? —le preguntó Duncan a Jeremy.

—Sí, papá —respondió con seriedad.

Duncan cogió el plato de la isla de la cocina y lo llevó a la mesa del comedor. Jeremy puso los manteles individuales junto con los tenedores, y Duncan trajo los cuchillos, los platos y unos vasos altos.

—¡La cena está servida! —dijo Jeremy con voz seria.

Miré a Duncan, que me sonrió con un brillo deslumbrante. ¿En qué momento se había desabrochado el botón superior de la camisa si hace un momento la tenía perfectamente abotonada?

Me senté junto a Jeremy en la mesa de madera, y Duncan tomó asiento frente a mí. Era lo mejor… no podía estar cerca de él sin perder la cabeza. No entendía por qué me causaba ese efecto, si acabábamos de conocernos… y además era mi jefe.

—¿Qué tal la tarde? —le preguntó Duncan a Jeremy.

—Le enseñé todos mis coches, primero fuimos al super de aquí, y después a Albertsons .

Duncan frunció el ceño, pero no dijo nada. Estaba segura de que me lo preguntaría más tarde. Me moví nerviosa en mi silla, poniendo un taco de pollo y otro de cerdo en mi plato. No tenía mucho que aportar a la conversación, y Jeremy estaba feliz de contarle lo que habíamos hecho.

—Estaba pensando que mañana podríamos ir a la piscina —dije en cuanto Jeremy terminó de hablar.

—¡Sí, sí! —asintió con entusiasmo—. Me encanta la piscina, pero primero quería enseñarte mis coches.

—Los tacos están deliciosos —comentó Duncan.

—Gracias —respondí.