Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Cuatro
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Capítulo Cuatro

RILEY

El jueves por la mañana le envié un mensaje a mi madre para contarle que empezaría un nuevo trabajo. Mi hermana y yo estábamos en contacto permanente con ella y la manteníamos informada de todo lo que sucedía en nuestras vidas.

Llegué a la urbanización a las dos y media y me pregunté si Duncan me recibiría.

Un guardia me permitió el acceso y encontré el apartamento con bastante rapidez.

Se ubicaba junto a la piscina más lujosa que había visto nunca, rodeada de piedras que imitaban el lecho de un río y parecía sacada de una película.

Estaba en las nubes por haber conseguido el trabajo. No esperaba empezar tan pronto.

Y tampoco me esperaba que Duncan fuera tan atractivo.

Me fijé en él en cuanto entré en la cafetería, sin saber que sería mi entrevistador. Duncan era una obra de arte. Pero era mi jefe, y estaba totalmente fuera de los límites, más aún con un niño de por medio.

El piso estaba en la última planta y las vistas debían de ser espectaculares.

Llamé a la puerta y escuché con atención. Una mujer hablaba en voz baja y luego abrió la puerta.

—Hola, tú debes de ser Riley —saludó—. Soy Susan, la madre de Duncan.

—Encantada de conocerla —dije, y entré. Me tendió la mano y sonreí al ver al niño a su lado—. Y tú debes de ser Jeremy.

—¡Eres una chica joven! ¡Y muy guapa!

—Un placer conocerte —respondí entre risas.

—Jeremy… —le reprendió Susan.

—¿Qué? Me has dicho que no puedo decir que alguien es feo, pero si es guapa, ¿qué? Por eso se lo he dicho.

Me encantaba la inocencia de los niños.

—Te agradezco el cumplido —afirmé.

Susan negó con la cabeza, pero sonrió:

—Su anterior niñera tenía unos sesenta años, por eso está tan emocionado. Duncan está en el trabajo. Hoy he recogido a Jeremy del colegio, pero a partir de mañana tendrías que hacerlo tú.

—Claro, no hay problema.

Me quité el bolso del hombro y lo dejé sobre la preciosa consola que, sin duda, era hecha a medida, ya que encajaba perfectamente en la entrada. Acto seguido, me quité los zapatos.

—Te enseñaré la casa —dijo Susan. Jeremy caminaba justo a nuestro lado.

El loft estaba decorado en tonos azules, negros y grises, pero no parecía oscuro.

De las paredes y el techo colgaban lámparas metálicas.

Un enorme sofá de cuero reinaba en el centro del salón, y me imaginaba descansando allí con Jeremy después de jugar.

Podríamos hacer palomitas, e incluso preparar unos bocadillos de mantequilla de cacahuete y mermelada.

Menos mal que el cuero era fácil de limpiar y no tendría que preocuparme por las manchas.

Me alegraba de que hubiera surgido ese trabajo, y no solo porque no me apetecía servir mesas. Me pagaban un sueldo tan bueno que no necesitaría buscar un extra para llegar a fin de mes. No, estaba realmente contenta de estar allí. Tenía un buen presentimiento.

—Este es el dormitorio principal —dijo, señalando una puerta, pero no entramos. Tampoco hacía falta—. Y este es el gimnasio. —Había una cinta de correr, una bicicleta y una máquina de remo, además de una zona de pesas—. Al lado está el despacho de Duncan.

—Y esta es mi sala de juegos —comentó Jeremy.

Asomé la cabeza y vi una habitación con estanterías de suelo a techo llenas de juguetes: coches, puzles y Legos.

—Nos lo vamos a pasar muy bien aquí. Y este es mi dormitorio. —Jeremy me cogió de la mano y me llevó a la habitación de al lado.

Miré a Susan buscando su aprobación y ella asintió, sonriendo. Estaba claro que se sentía tranquila al ver que él parecía aceptarme con tanta facilidad.

Duncan no bromeaba cuando dijo que su hijo estaba obsesionado con Spiderman . Toda su habitación estaba repleta de objetos azules y rojos, y tenía una figura a tamaño real colgando del techo. Me dio un poco de repelús, pero Jeremy me miró con orgullo.

—¿Qué te parece Spiderman ? ¿No es increíble? Es mi personaje favorito de Marvel.

—Sin duda, es genial. —No tenía ni idea de los héroes de Marvel, pero tendría que ponerme al día para conectar con él.

El salón y la entrada estaban inequívocamente diseñados por un profesional, pero la sala de juegos y el dormitorio infantil habían sido decorados, sin duda, por el propio Jeremy.

Me gustaba que Duncan le hubiese dado esa libertad a su hijo y no le impusiera una combinación de colores determinada para su dormitorio.

Me volví hacia Susan:

—Si tiene que irse, puede ir tranquila. Creo que estaremos bien.

—¿Estás segura? —preguntó, alternando la mirada entre Jeremy y yo.

—Sí, abuela —asintió—. Puedo enseñarle a Riley todos mis coches.

—Buena suerte —dijo Susan.

—Y mis videojuegos.

—¿Cuándo sueles jugar a los videojuegos? —pregunté.

Jeremy suspiró antes de responder:

—Papá me deja una hora los sábados por la mañana. A veces, si me porto muy bien, también los domingos.

Me parecía estupendo que tuviese un horario fijo para las pantallas, y más aún si era por las mañanas.

—Sé que tienes el número de Duncan, pero te daré el mío por si acaso, ¿vale? —sugirió Susan.

—Claro, lo guardaré en mi móvil.

—Genial. Ven que te enseño la cocina.

Me recitó su número de teléfono mientras atravesábamos el pasillo que conducía al resto de la casa. La cocina estaba junto al salón y daba a una terraza.

Con cada segundo que pasaba, más espectacular me parecía el piso. La cocina era de color gris oscuro con detalles en negro, y el contraste con la luz que se colaba por los enormes ventanales, era impresionante. Nunca había imaginado que una cocina de tonalidades oscuras pudiera ser tan bonita.

—Duncan me ha comentado que quizás algún día prepares la cena —dijo Susan.

—Así es, me gusta cocinar. Y con una cocina como esta, será un placer. —En casa, tenía que pelearme con Julia y Christine por el espacio.

—Muy bien; ya tienes mi número y has visto el piso. Las llaves están en la encimera, y Duncan mencionó que en los próximos días te dejará un coche. Suele volver a casa sobre las cinco y media o las seis.

—Estupendo —asentí.

—Entonces te dejo con Jeremy.

—Gracias, Susan. Ha sido un placer conocerla.

Después de despedirnos, Jeremy preguntó:

—¿Podemos volver a mi habitación?

Me reí y le revolví el pelo:

—Por supuesto.

Me volvió a coger de la mano y me llevó por toda la casa.

Adoraba a los niños y me desarmaba su inocencia. No tenían reparos en dar y recibir cariño. Tuve que pellizcarme para asegurarme de que no era un sueño.