Capítulo Tres #2
—Si no le importa —continuó—, me gustaría saber por qué renunció la niñera anterior.
—No ha renunciado —aclaré—. Se ha dado de baja temporalmente para ayudar a su madre a recuperarse de una operación.
El rostro de Riley cambió por completo, reflejando preocupación:
—Pobre mujer. ¿Se encuentra bien? —Me impactó que se preocupara de ese modo por una completa desconocida.
—Sí, no ha pasado nada grave. Es solo que necesita más ayuda de lo que pensaba.
—Entonces, ¿es seguro que volverá dentro de tres meses?
—Así es.
—Genial. No quiero dejarlo tirado cuando empiece mi trabajo en el bufete.
Su sentido de la responsabilidad le sumaba muchos puntos.
—¿Cuándo necesita que empiece?
También me gustaba su seguridad en sí misma. Riley era el tipo de mujer con la que me encantaría salir. Pero en ese momento no podía salir con nadie, y menos aún con ella. Sería la nueva niñera de Jeremy.
—Mañana, si es posible —dije, medio en broma, pero ella asintió.
—Claro, no hay problema.
—¿De verdad? —pregunté, mirándola fijamente a los ojos.
—Sí.
—Estupendo, pues estás contratada.
—¡¿En serio?! —exclamó estupefacta.
—Sí. Y creo que le caerás muy bien a Jeremy, mi hijo.
—Pensé que antes querría comprobar mis antecedentes o pedir referencias.
—La responsable de RRHH de mi empresa ya se ha encargado de ello. Se puso en contacto con tus antiguos jefes. Vienes bien recomendada.
—Qué rápido ha tomado la decisión —comentó entre risas.
—Tampoco tengo otra opción. En otras circunstancias, me tomaría más tiempo y entrevistaría a más candidatas, pero mis padres están muy ocupados y son ellos quienes me están echando una mano con el niño.
—De acuerdo. ¿Puede contarme un poco sobre Jeremy? ¿Qué le gusta hacer, cuáles son sus juguetes favoritos y cosas así? Me ayudará a conectar mejor con él.
Sentí en lo más profundo de mi ser que contratarla sería una gran decisión. No parecía preguntar solo por hablar, sino porque realmente le importaba el bienestar de mi hijo.
—Ahora mismo está obsesionado con Spiderman —dije, y ella se rió—. Y le gusta mucho salir fuera y hacer planes.
—Eso es genial —respondió—, en San Diego hay muchas cosas para hacer.
—Exacto. Lo cual me lleva a un punto importante: ¿tienes coche?
—No —respondió, y pareció que se le había caído el alma a los pies—. ¿Es un impedimento?
—Para nada, solo quería saberlo. Veré si puedo conseguir un coche de la empresa para ti.
Casi se le cae la mandíbula, pero un segundo después, esbozó una sonrisa:
—Suena genial. Entonces, ¿eso significa que puedo llevarlo de paseo por la ciudad?
—Sí, y si te animas, también podéis hacer excursiones fuera de la ciudad. Pero lo hablaremos todo con antelación.
—Por supuesto.
—Y le gusta ir al cine. Intento limitar el tiempo de pantallas, pero no siempre lo consigo.
—Me parece estupendo, y se me da bien buscar alternativas al aire libre —dijo con una sonrisa—. ¿Hay algún parque cerca?
—Sí, y además está la piscina de la urbanización que tiene dos toboganes, y a Jeremy le encanta. ¿Eso sería un problema para ti?
—¿Cobrar por jugar con un niño en una piscina? —sonrió—. No, señor Sterling, no es ningún problema en absoluto, se lo aseguro. ¿Jeremy tiene alguna restricción alimentaria que deba tener en cuenta?
—Por favor, llámame Duncan y puedes tutearme. Y no hace falta que cocines —dije mientras ella se acomodaba en la silla, pasándose las manos por el pelo y dejando que un mechón le cayera sobre el pecho izquierdo.
Respiré hondo. Riley tenía veinticuatro años y yo treinta y tres, y para colmo, iba a ser la niñera de mi hijo. ¿Qué demonios se me había metido en la cabeza?
—Aun así, no está de más saberlo.
—No tiene ninguna intolerancia. Cocino un par de veces a la semana y los demás días pedimos comida a domicilio.
—Insisto —afirmó, ladeando la cabeza—, no se me da mal la cocina. Puedo preparar la cena por la tarde para que esté todo listo cuando llegues a casa.
—Eso sería estupendo. La anterior niñera decía que no podía cuidar de él y cocinar al mismo tiempo, pero estoy dispuesto a pagarte un extra si consideras que puedes hacer las dos cosas.
—No, no hace falta ningún pago extra, me encanta cocinar. —Entrecerró los ojos—. ¿Puedo preguntar por su madre?
—Vive en Irlanda, hace años que estamos separados.
Mi tono fue tajante. No quería hablar del tema.
—De acuerdo. ¿Tienes alguna foto de él? —De repente, parecía tímida.
—Claro, tengo un millón. —Saqué mi teléfono y se lo pasé—. Lo tengo hasta de fondo de pantalla.
—Oh, qué foto tan bonita —comentó en cuanto cogió el móvil.
—Hace un tiempo fuimos a Disney. Se subió a esa roca para quedar a la misma altura que yo.
No logró alcanzarme, pero estaba feliz de haber subido unos centímetros.
—Se parece un poco a ti.
—Sí, es verdad —dije—. Bueno, Riley, la responsable de RRHH se pondrá en contacto contigo.
—Vale.
—No creo que podamos tenerlo todo listo a tiempo para que empieces mañana, pero ¿qué tal pasado mañana?
—Claro, me parece genial. Estoy deseando que llegue el día. —Tras una breve pausa, añadió—: Ha sido un placer conocerte, Duncan. Estoy muy contenta por esta oportunidad.
—Yo también —dije, y le estreché la mano. Su piel era tan suave que no pude evitar acariciarle el dorso con el pulgar. Me aguanté a duras penas las ganas de acercarme más a ella—. Que tengas un buen día.
—Igualmente.