Capítulo Tres
DUNCAN
—Duncan, ¿estás seguro de que no quieres que yo me encargue? —preguntó Magda, la jefa de Recursos Humanos de nuestra empresa, que se había ocupado de comprobar los currículums de las candidatas a las que entrevistaría ese día.
—Te lo agradezco, Magda, pero necesito hacerles la entrevista yo mismo. Se trata de la niñera de mi hijo.
—De acuerdo, solo quería facilitarte las cosas.
—Gracias, pero hay cosas que no puedo delegar.
Me levanté de la silla y cogí mi portátil.
Magda me había enviado los currículums por correo electrónico y programado las entrevistas en una cafetería a una manzana de la oficina.
Tenía cinco candidatas, y tendría que decantarme por alguna.
Ya había entrevistado a otras mujeres esa semana y había sido un desastre.
Por eso recurrí a la directora de RRHH, para que hiciera una criba y concertara citas con las cinco mejores.
Magda tenía más experiencia en procesos de selección; aunque normalmente se encargaba del sector financiero, seguro que lo hacía mejor que yo.
Sterling Investments era una de las mayores empresas de servicios financieros del país.
Nuestras oficinas ocupaban varias plantas de un edificio en la esquina de la calle Market con la Cuarta Avenida.
Estaba orgulloso de haber levantado el negocio desde cero con mis hermanos, y en el presente, algunos habían cambiado de rumbo hacia otros proyectos empresariales.
Nos reuníamos al menos una vez a la semana para definir estrategias y poner en común el estado de todos los negocios, pero Chase y yo éramos los que llevábamos la voz cantante en Sterling Investments .
Hablando del rey de Roma. Me crucé con él justo cuando salía.
—¿Ya has terminado por hoy? —preguntó Chase.
—Sí —asentí—. Tengo que entrevistar a unas candidatas para niñera de Jeremy.
—No me gustaría estar en tu pellejo, hermano. Una cosa es contratar a un ejecutivo para Sterling Investments , pero encontrar niñera es complicadísimo. —Tenía toda la razón—. Avísame si puedo ayudarte en algo.
—Lo haré.
Sabía que lo decía en serio. Chase era con quien tenían una relación más cercana y, aunque a veces teníamos diferentes puntos de vista, sabía que contaba con él incondicionalmente… al igual que con el resto de mis hermanos.
Caminé a paso ligero hacia la cafetería mientras volvía a leer los currículums en mi teléfono. Magda había adjuntado notas sobre los antecedentes de cada una, pero no me molesté en leerlas. Si ella lo había verificado, significaba que habían pasado el filtro.
Había tres candidatas de más de sesenta años, maestras de guardería jubiladas, que cumplían los requisitos a la perfección. La cuarta era una profesora de cincuenta años que se había jubilado anticipadamente por problemas de salud, lo que me hacía dudar de si podría seguirle el ritmo a Jeremy.
La última candidata era la que menos optimismo me inspiraba: una licenciada en Derecho de veinticuatro años sin ninguna experiencia en el cuidado de niños. A primera vista, no daba el perfil en absoluto. Debería haberle preguntado a Magda por qué la había elegido.
Entré en la cafetería y me senté en una mesa junto a la ventana. Tenía que resolver ese asunto ese mismo día. Mis padres me estaban echando una mano, pero estaban desbordados con la tienda. No era un buen momento para que cuidaran de Jeremy.
Y por mucho que reorganizara las cosas en la oficina, no podía salir todos los días a las dos en punto.
A mi hijo le quedaba un mes más de colegio y luego empezaba la escuela de verano, que también terminaba a las dos.
Llevarlo conmigo al trabajo era la última opción; no conseguía concentrarme lo suficiente en mis tareas y, desde luego, no podía atenderlo.
Tampoco quería que se sintiera ignorado.
Tras cuatro entrevistas, mi optimismo se desvaneció por completo. ¿Cómo era posible que ninguna estuviese a la altura?
La primera admitió sin rodeos que estaba contenta de haberse jubilado porque nunca le habían gustado los niños.
¡¿Qué hace entonces presentándose a un trabajo de niñera?
! La segunda me dijo que no entendía esa obsesión de los padres modernos por evitar las pantallas, teniendo en cuenta que, en su época, ella se crió viendo la televisión y no le había pasado nada.
La descarté del tirón. Intentaba que Jeremy pasara la menor cantidad de tiempo posible con pantallas, ya fuera con el iPad o con la tele.
La tercera me enfureció al decirme que solo tenía disponibilidad por las mañanas; la oferta de trabajo especificaba que la jornada era por las tardes.
En cuanto a la cuarta… mis temores no eran infundados.
Admitió que, desde su operación de rodilla, estaba muy limitada en cuanto a movimientos, y que podía cuidar de mi hijo, siempre y cuando se quedaran en casa la mayor parte del tiempo. Eso no me valía.
Estuve a punto de tirar la toalla, pero me quedaba una entrevista, así que me quedé. No tenía nada que perder y no podía ser peor que las anteriores.
Me acerqué a la barra para pedir un café, echando un vistazo a la sala.
El local estaba sorprendentemente vacío, algunos clientes llevaban auriculares y hablaban en voz baja, probablemente trabajando.
Por lo demás, el lugar era bastante anodino y deprimente.
O tal vez me lo parecía a mí porque no había encontrado niñera para Jeremy.
Cuando llegó mi turno, pedí un café solo. El camarero asintió con una sonrisa y se giró para empezar a prepararme la bebida.
En el momento en que lo cogí del mostrador, una mujer espectacular irrumpió por la puerta principal.
Llevaba su pelo castaño oscuro recogido en una coleta.
Sus ojos eran verdes, sus labios eran pura perfección, los pómulos altos…
era realmente preciosa. Echó un vistazo a las mesas, y aproveché para fijarme en su cuerpo.
Su vestido amarillo se le ceñía a la cintura.
Maldita sea, no podía apartar la mirada.
Al ver que ella miraba entre las mesas, como si estuviera buscando a alguien, me armé de valor y me acerqué para preguntarle:
—¿Riley?
Ella parpadeó y me miró con una sonrisa:
—Sí. ¿Es usted Duncan Sterling?
—El mismo. ¿Quieres algo de beber? —le ofrecí.
—No, gracias. Si bebo cafeína ahora ya no podré dormir —respondió—. Lo siento, eso no venía a cuento. Estoy un poco nerviosa.
—No hay motivo para estarlo —contesté.
Más me vale mantener la compostura y reprimir las ganas que tengo de mirarla de arriba abajo.
Tomó asiento y me dejé caer en la silla frente a ella:
—¿Así que te has sacado la carrera de Derecho hace poco?
—En febrero, para ser exacta.
—Entonces, ¿qué haces presentándote a un trabajo de niñera? —pregunté—. Disculpa, no era mi intención ser grosero.
—No —negó con la cabeza—, es lógico que lo pregunte. Tengo una propuesta de trabajo pero no empieza hasta agosto; la empresa ha puesto como condición tener aprobado el examen de acceso a la abogacía, que aún estoy esperando. Y por ese motivo, este empleo de tres meses me viene genial.
—Vale, ahora entiendo. Todos los años tardan en publicar los resultados —dije—. Gracias por venir a la entrevista. Quiero empezar con una pregunta sencilla: ¿por qué quieres este trabajo?
—Me encantan los niños —respondió con una tímida sonrisa—. Estaba buscando trabajo como limpiadora o camarera en un bar, aunque si tengo que elegir, prefiero limpiar para no tener que tratar con gente.
¿Riley era antisocial? Eso sería un problema, porque Jeremy era un niño bastante demandante.
—Un momento, ¿no te gusta relacionarte con otras personas?
—Me encanta estar con niños… pero con adultos, no tanto —afirmó con mucha seguridad. Y al ver que yo arqueaba una ceja, agregó—: Sí, y aun así quiero ser abogada. Aunque todavía no sé si estaré a la altura de lo que conlleva la profesión.
Me gustaba la energía de Riley. Estaba seguro de que a Jeremy también le caería muy bien.
—¿Está aquí su hijo? —preguntó, buscando con la mirada a su alrededor.
—No, hoy ya he tenido cuatro entrevistas y no puedo tenerlo tanto tiempo sentado en una cafetería.
—Entonces soy la quinta opción, ¿no? —dedujo con una media sonrisa.
—En realidad, Riley, eres la única candidata que queda —respondí, poniendo todas las cartas sobre la mesa—. Las que han venido antes han suspendido, por así decirlo.
Su sonrisa genuina me gustó. Era la primera de todas las entrevistadas que parecía realmente querer el trabajo.
—Si no tengo competencia, eso significa que tengo muchas posibilidades de llevármelo, ¿no?
Me reí. Su entusiasmo era palpable.
—Lo único que me preocupa es que no tienes experiencia con niños.
—Es verdad, pero si le digo que siempre he querido trabajar con niños, ¿serviría para sumar puntos? Además, ayudé a criar a mi hermana menor, a la que le llevo seis años, y hoy en día es mi mejor amiga.
Riley era adorable, y me estaba afectando más de lo que debería.
—Además —continuó—, su hijo tiene diez años, y es más fácil de cuidar que uno pequeño. Creo que nos llevaremos muy bien.
Cuanto más hablaba, más atractiva me resultaba.
Maldita sea, más me vale enfriar los ánimos. Riley es mucho más joven que yo y, probablemente, mi única oportunidad de encontrar una niñera en condiciones.
—He puesto toda la información en el cuestionario —añadió.
—Ya, pero no lo he mirado —admití—. La responsable de RRHH de mi empresa fue quien convocó a las candidatas. —Carraspeé y dije—: Cuéntame más sobre ti.
—Bueno… siempre creí que a los veinticinco años ya tendría hijos —soltó antes de callarse de golpe—. Lo siento, ese dato de mi vida privada no venía a cuento.
Me sorprendió su confesión. Tenía razón, era algo muy personal.
—De todos modos, la carrera de Derecho y, en general, la abogacía son bastante incompatibles con la idea de tener un hijo, un matrimonio o una familia; así que puedo cumplir parte de ese sueño siendo la niñera de su hijo.
Su carácter desenfadado me resultaba sumamente atractivo. Y la expresión de su rostro me incitaba a besarla.
¡No! ¡De eso nada!