Besos en la zona neutral (Caballeros de Seattle) CAPÍTULO SEIS
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CAPÍTULO SEIS

MICK

Oigo el suspiro mecánico del ascensor llegando a mi planta. Respiro hondo y camino hacia la puerta. Joder. Ha sido la semana más larga de mi maldita vida. Una pausa, luego llaman y abro la puerta. Joder. Está impresionante.

Lleva una sudadera azul y unos vaqueros desteñidos que se ciñen a cada curva de sus piernas. Tiene el pelo recogido en un revuelo de rizos, y la cara sin maquillar salvo por un toque de algo en los labios del color exacto de los melocotones maduros. Quiero lamérselo.

—Hola, buscalíos —le tomo la suave mano—. Ya era hora de que llegaras.

—Hola —dice, fingiendo despreocupación, pero le veo el pulso acelerado en la garganta—. Llego cinco minutos antes.

—Han pasado ocho mil doscientos y pico minutos desde la última vez que te vi —retrocedo y le dejo espacio—. Demasiado tiempo, joder.

—No puedo creer que hayas calculado eso —dice mientras pasa junto a mí. Su olor —lavanda y algo que nunca logro identificar del todo— me golpea de lleno. Mi cerebro se cortocircuita. Tengo que cerrar los puños a los costados para no atraerla hacia mí y devorarla ahí mismo.

—Tenía que hacer algo para ocupar el tiempo —le digo mientras mira alrededor de mi apartamento.

—Bonito lugar —lo dice con una sonrisa burlona, como si esperara el típico piso frío y estéril de jugador de hockey.

—Ponte cómoda —la observo mientras recorre la habitación con la mirada, asimilando el hormigón visto, el minimalismo de todo.

—Gracias —se mueve como si perteneciera aquí, deja las llaves en la encimera de la cocina, se quita las zapatillas junto a la puerta.

—¿Tienes hambre? —pregunto.

Sonríe, un destello de esos dientes blancos.

—Me muero de hambre.

Señalo hacia la mesa del comedor.

—Siéntate y háblame mientras sirvo la cena.

—¿Necesitas ayuda? —me mira de reojo.

—No. Puedo con esto —le guiño un ojo mientras se sienta y cruza los tobillos.

Le lleno la copa con el Cabernet elegante que Jaxson, ese cabrón engreído, me recomendó.

—Espero que te guste.

—Gracias —da un buen trago de vino y me observa mientras emplazo la comida.

—Tiene una pinta estupenda —me dice mientras pongo los platos en la mesa.

—Crucemos los dedos —murmuro y me dejo caer en la silla—. Mi abuela se revolcaría en su tumba si la cago.

Nos ponemos a comer en silencio durante un rato. Al cabo de un tiempo, me mira de reojo y me pilla observándola.

—Estás mirando fijamente, McLinden.

No tiene sentido negarlo, así que me encojo de hombros.

—No puedo evitarlo. Estás jodidamente preciosa.

—Pelota —se ríe y se concentra en su comida. Me encanta verla comer. Casi me atraganto con el siguiente bocado cuando se me pone dura como una piedra en los vaqueros.

Mientras comemos, me habla de su último turno.

Hubo cinco accidentes de coche, dos paros cardíacos y un crío de doce años que activó la alarma de incendios en urgencias con un vaper, todo antes de medianoche.

Le cuento lo del último partido de los Knights, omitiendo la parte en la que jugué como una mierda porque tenía la cabeza jodidamente ocupada con ella.

Terminamos de cenar y se levanta para estirarse. Observo cómo la sudadera sube un par de centímetros y deja a la vista una franja de piel suave en la cintura, y casi me corro en los malditos pantalones.

Mira hacia las ventanas, el horizonte.

—Tienes unas vistas estupendas.

No aparto los ojos de ella.

—Ya lo creo.

Se gira para mirarme, y por un segundo es como si el mundo se redujera solo a nosotros. Me pican las manos de ganas de tocarla, pero quiero que venga a mí.

Finalmente rompe la tensión.

—¿Vamos a ver una película de terror o qué?

Señalo el sofá con la cabeza.

—Elige tu sitio mientras recojo la mesa.

—¿Necesitas ayuda?

—Voy a poner los platos en remojo —le digo mientras se pavonea hacia el sofá con un contoneo descarado y se deja caer en el extremo más alejado—. Ya los lavaré luego.

—No te imagino lavando tus propios platos —dice desde el salón mientras empieza a cambiar de canal.

—Te sorprendería lo autosuficiente que soy.

Después de dejar los platos en el fregadero, me siento en el sofá junto a Mia. Encoge las piernas debajo de ella y se acurruca en la esquina. Me estiro, con los brazos a lo largo del respaldo, reclamando espacio sin agobiarla.

Coge el mando, enciende la tele y abre el menú de streaming. Su rostro está iluminado por el resplandor azul, la mandíbula firme, los ojos entrecerrados en concentración.

La observo en lugar de mirar la pantalla. Se decide por un clásico: Halloween, la original. Sin dudarlo.

—¿Te parece bien? —pregunta mirándome de reojo.

Joder. Vería lo que fuera con tal de estar con ella.

—Sí —le digo y me acomodo con ella a mi lado.

Quince minutos después, está completamente absorta. La estudio por el rabillo del ojo. No se asusta fácilmente. Cada susto, cada grito, ni siquiera parpadea. Solo bebe su vino, con la pierna moviéndose suavemente bajo la manta que se ha echado sobre el regazo.

Las ganas de tocarla son cada vez más difíciles de ignorar. Me acerco despacio y dejo que el brazo descanse a lo largo del respaldo del sofá, sin llegar a tocarla.

—Deja de hacerte el tímido —gruñe y se acerca para acurrucarse contra mi costado.

Jodidamente perfecto. Deslizo la mano desde su hombro hasta la nuca. Se estremece, solo un poquito, mientras la acerco más hasta que su costado queda pegado al mío, el peso de su cabeza encajado perfectamente bajo mi barbilla.

La película sigue, pero bien podría ser ruido de fondo. El sonido de su respiración, cómo su cuerpo encaja con el mío, la electricidad que flota en el aire... es lo único que ocupa mi mente.

Se ríe, una risa queda y temblorosa.

—Ahora sería el momento perfecto para que me besaras.

Tiene razón. La atraigo hacia mí y me inclino para besarla.

Ella entreabre los labios y me deja profundizar.

La cosa se pone intensa enseguida. Sus manos se enredan en mi pelo y tiran de mí para acercarme más.

Deslizo la palma bajo el dobladillo de su sudadera, subo por su costado y noto cómo se le eriza la piel a lo largo de las costillas.

Quiero sentarla en mi regazo y devorarla. Pero me obligo a frenar y dejar que ella marque el ritmo.

Se mueve y se acomoda en mi regazo, a horcajadas sobre mis muslos. Gimo cuando sus manos se clavan en mí y me aprieta aún más contra ella.

En algún momento se aparta, jadeante, con los ojos encendidos y desbordantes de vida.

—Aquí es cuando me llevas en brazos a tu habitación —susurra, aunque sonríe.

—¿Siempre eres tan mandona? —pregunto.

Se ríe de nuevo y deja caer la cabeza sobre mi hombro. La rodeo con ambos brazos para retenerla ahí.

—¿Siempre tardas tanto en dar el paso?

No hace falta que me lo diga dos veces. Me levanto con ella pegada a mí y ella me rodea la cintura con sus piernas torneadas.

—Agárrate fuerte, buscalíos. Voy a ir rápido.

—Ya era hora —susurra contra mi cuello.

Joder. No voy a durar.