Besos en la zona neutral (Caballeros de Seattle) CAPÍTULO SIETE
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CAPÍTULO SIETE

MIA

El mundo se reduce a las manos de Mick bajo mis muslos y al filo entrecortado de su respiración en mi oído.

La tele sigue a todo volumen con los créditos finales de Halloween, pero ya ni registro el sonido.

Siento el cambio en él, como si por fin hubiera soltado la correa del autocontrol al que se había estado aferrando.

Abre la puerta del dormitorio de una patada sin aminorar el paso, gira y me deposita con el trasero en el borde de su cama enorme. Las paredes son de hormigón visto, frías y un poco intimidantes.

Me quedo ahí sentada un segundo, aturdida y más excitada de lo que he estado en mi vida. El pulso me martillea mientras él se cierne sobre mí, las manos a cada lado, encerrándome.

Intento orientarme, pero es inútil. Mi cerebro se convirtió en papilla en cuanto me besó.

Se inclina, con ambas manos apoyadas a cada lado de mis caderas, y me besa de nuevo. Esta vez es brusco. Su boca, hambrienta y segura. Inclino la barbilla y le dejo tomar lo que quiere; mis dedos encuentran su nuca y se aferran con fuerza.

Tras una eternidad sin aliento, se aparta. La distancia es tan pequeña que puedo ver cada mota de cobre en sus ojos oscuros. Tiene una línea de sudor en el nacimiento del pelo y su respiración es irregular, casi tan agitada como la mía.

Entonces sus manos suben por mis costillas, deliberadas y lentas, y agarran el dobladillo de mi sudadera. Tira de ella, esperando.

—¿Estás segura, buscalíos? —Me está dando una última salida, una oportunidad de dar un golpecito en la lona y pedir tiempo muerto.

—Cállate y ponte a trabajar. —Lo miro a los ojos y él me quita la sudadera de un tirón fluido. La estática crepita contra mi piel.

Me quedo en sujetador y vaqueros, la piel ardiendo, los pezones duros bajo el encaje suave.

El aire de la habitación me enfría la piel, pero la mirada de Mick basta para abrasarme entera.

Está en silencio absoluto, la mandíbula tensa, las manos abriéndose y cerrándose como si se contuviera a la fuerza para no tumbarme en el colchón aquí y ahora.

—Eres jodidamente perfecta —susurra como si se lo dijera a sí mismo, como si aún no pudiera creer que esto está pasando.

Empiezo a hacer una broma, alguna frase a medio cocer sobre declaraciones audaces, pero se me muere en la garganta en cuanto me agarra por la cintura y me levanta para pegarme a él.

No soy una chica pequeña. Tengo caderas, trasero y muslos que no desaparecen con poca luz, y este hombre me mueve como si no pesara nada. La ciudad se derrama a través de los ventanales del suelo al techo a su espalda, pintándole los hombros de dorado y azul.

Me mira desde arriba, escrutándome. Su pulgar traza una línea desde mi cadera hasta las costillas, siguiendo el borde del tatuaje que nadie ve nunca. Me pregunto si preguntará por él, pero lo único que dice es:

—Eres mía.

—Solo lo acepto si es recíproco.

—Joder que sí —gruñe, y me atrae contra su pecho. Sus labios se cierran sobre los míos. Mis manos encuentran sus hombros, clavándose en busca de agarre, y por primera vez en mi vida, siento que estoy justo donde debo estar.

Todo mi cuerpo se está volviendo loco. Clavo los dedos en sus hombros desnudos, como si fuera a salir flotando si no me aferro. Él emite un sonido grave, desde el fondo del pecho, que vibra a través de mí y me golpea directamente entre las piernas.

Sus manos se extienden sobre mis caderas, cálidas y enormes. Juro que podrían abarcarme las costillas enteras si quisiera. Respira como si acabara de jugar una prórroga triple, y yo igual, destrozada y temblorosa y literalmente vibrando de lo mucho que lo deseo.

Apoya la frente contra la mía, las narices rozándose. Durante medio segundo, el mundo se reduce al calor de su piel y a su mirada.

—Última oportunidad para decirme que pare. —Su voz es apenas un rasguño ahora, un gruñido bajo y desesperado.

Me río, o algo parecido, sin aliento y salvaje.

—Te mato si paras ahora.

Sonríe, y entonces su boca vuelve a la mía, con fuerza suficiente para dejar marca, y no me importa. Quiero la marca y el recuerdo y todo lo demás.

Me da un pequeño empujón y caigo de espaldas en la cama, sus manos sin perder el contacto en ningún momento. Reboto un poco y eso me hace reír de nuevo. Él retrocede y empieza a arrancarse la ropa, y mi cerebro se cortocircuita.

Tira del botón de mis vaqueros y levanto las caderas para ayudarle a quitármelos.

Dios mío. Me he quedado en mi sujetador de encaje negro favorito y las bragas a juego que reservo para el día de la colada o los funerales. ¿Qué puedo decir? Me esmeré para la ocasión.

Se queda mirando un largo segundo y luego se deja caer encima de mí, respirando con dificultad, los ojos negros y codiciosos pero extrañamente tiernos también.

Su palma recorre mi muslo hasta la rodilla y vuelve a subir, trazando el tatuaje a lo largo de mis costillas.

Como si lo estuviera memorizando. Como si significara algo.

—No sabía que tenías esto —murmura, el pulgar trazando el borde de la pequeña rosa como si fuera sagrada—. Joder, te queda genial.

No puedo hablar. Mi cerebro es cien por cien gelatina. Lo agarro por esos hombros estúpidamente anchos y tiro de él hacia mí.

Su boca está caliente contra mi cuello, mi pecho, por todas partes.

Sus manos se deslizan bajo mi espalda, me desabrochan el sujetador, y apenas tengo tiempo de sentirme cohibida antes de que lo arranque y mis pechos queden al aire, a plena vista, los pezones duros como piedras por el frío y el deseo.

Se queda mirando hasta que lucho contra el impulso de retorcerme en la cama; entonces me ahueca los pechos, los dedos bien abiertos. Debería avergonzarme del gemido que se me escapa, pero no. Ni un poquito.

—Dios mío. —Mi espalda se arquea, despegándose de la cama. Sus manos son tan grandes, tan calientes, y me toca como si estuviera hecha de algo precioso. Y también como si estuviera a dos segundos de devorarme entera.

Me pellizca el pezón, brusco y codicioso, y una descarga eléctrica me recorre la columna. La otra mano baja por mi cuerpo, sobre mi vientre, y se engancha en mis bragas. Las arrastra hacia abajo, despacio, recreándose.

—Presumido.

—¿De qué estoy presumiendo? —Me sonríe desde arriba.

—De tus dotes de seducción —murmuro mientras va bajando a besos por mi pecho, hasta cerrar la boca sobre mi pezón y chupar con fuerza.

Mis manos vuelan a su cabello, aferrándose a los mechones cortos y húmedos de sudor en la nuca. Gruñe, su lengua acaricia la punta, chupa de nuevo, y pierdo la capacidad de formar frases completas. No puedo hacer nada excepto gemir, retorcerme y agarrarme como si me fuera la vida en ello.

Va dejando besos por mi pecho hasta llegar al otro.

—Eres la única a la que quiero seducir.

Antes de que pueda responder, le dedica al otro pezón la misma atención despiadada y concentrada. Mi cerebro se apaga por completo y me olvido del tema.

—No pares —jadeo—. Dios mío.

Se ríe, un sonido grave y obsceno, pero es conmigo, no de mí.

—No pensaba hacerlo.

Entonces su boca está en todas partes. Baja por mis costillas, se detiene en mi tatuaje, su lengua recorre la tinta. Sus manos no paran de moverse, ávidas y reverentes a la vez, apretándome las caderas, abriéndome de par en par.

Estoy tendida, convertida en puro calor y deseo y esa necesidad desesperada, casi histérica, de tenerlo ya.

Se desliza hacia abajo, se acomoda entre mis muslos y se detiene a mirarme. Las luces de la ciudad tiñen de dorado los bordes de su cabello, su rostro en sombras, intenso.

—Eres tan jodidamente hermosa —murmura.

No puedo articular palabra. Creo que emito un sonido, pero se ahoga en el siguiente segundo cuando empieza a besarme por la cara interna del muslo.

Su lengua está caliente, sus manos pesadas, y cada terminación nerviosa de mi cuerpo grita de deseo. Recorre mi coño con la lengua de abajo arriba, lento, deliberado, y mis caderas se elevan de golpe.

Gime contra mí, como si fuera yo quien lo está volviendo loco, y joder, eso me pone a mil. No se apresura. Solo lame y chupa, con una devoción absoluta.

Me mete dos dedos enormes y casi pierdo la cabeza. Mi cuerpo se contrae a su alrededor, ávido, desesperado.

Emito un sonido que no es humano. Más bien como una alarma de incendios, si la alarma de incendios pudiera gemir.

Madre. Mía. Madre mía.

Su lengua gira alrededor de mi clítoris y sus dedos son absolutamente despiadados. Los curva en el ángulo perfecto, y de repente estoy orbitando otro planeta, en algún lugar entre el cielo y el desmayo.

Busco algo a lo que aferrarme, le clavo las uñas en los hombros y él solo gruñe como si le encantara, como si que mis muslos lo asfixien fuera su verdadera vocación.

—Joder, Mia —gruñe contra mí—. Sabes tan jodidamente bien. No me canso.

Literalmente no puedo hilar dos pensamientos. Lo único que puedo hacer es moverme contra su boca. Sin disculpas. Sin un ápice de dignidad.

Redobla la intensidad, me inmoviliza los muslos con esas manos enormes y se lanza como si quisiera ganar un campeonato de sexo oral. Cada caricia, cada mordisco, cada jodido giro de su lengua es como una descarga eléctrica directa al alma.

—Dios mío, no pares, no pares, no pares —balbuceo. A estas alturas ni siquiera es lenguaje.

Levanta la cabeza, los labios brillantes, los ojos oscuros clavados en los míos. Y entonces, como si no estuviera ya bastante destrozada, se lame los labios despacio.

—Mía —dice, como una declaración que te cambia el alma.

Mi mente y mi cuerpo estallan en pedazos cuando el orgasmo me atraviesa, agudo y salvaje. Cada músculo se tensa. Clavo los talones en su espalda, las manos en su cabello, las caderas embistiendo contra su cara como si estuviera poseída.

Gruñe, devorando cada último temblor, lento y ávido. No se detiene, ni siquiera cuando tiemblo sin control, cabalgando ola tras ola.

Por fin sube por mi cuerpo, repartiendo besos por las costillas, los pechos, la garganta. Cuando llega a mi boca, me besa sucio y profundo, dejándome saborearme en su lengua. Dios mío.

Gimo contra su boca porque literalmente no queda nada de mí excepto pura necesidad.

Su barba me raspa la barbilla mientras reclama mi boca de nuevo, ávido y sin filtros, luego más lento, como si necesitara memorizar mi sabor. Las piernas me tiemblan alrededor de sus caderas, los brazos me cuelgan flojos y básicamente soy un charco humano.

Se aparta y me mira. Tiene el pelo revuelto en todas direcciones y los labios hinchados y húmedos.

—¿Estás bien? —su voz es ronca y grave, esas manos enormes suben para acunarme la cara.

El eufemismo del siglo, pero encuentro la voz.

—Estoy muchísimo más que bien.

Se ríe, pero hay un filo en su risa.

—Me alegra oírlo.

Me acaricia la mejilla con el pulgar, extrañamente tierno para un hombre que acaba de intentar desafiar las leyes de la física con su boca.

Su cuerpo se acomoda sobre el mío, todo calor y peso y puro músculo, y siento cada centímetro de él, duro como una roca.

Me retuerzo, y él embiste contra mí, y casi pierdo el conocimiento. Tantea un segundo, luego alinea su polla con mi entrada húmeda y empuja, apenas, solo la punta.

Dios mío. Diosmíodiosmío.

Mis manos buscan desesperadamente algo a lo que agarrarse y le araño los hombros con las uñas. Se me ponen los ojos en blanco mientras la mente se me queda en blanco.

—Mia —gruñe—, joder, nena, qué bien se siente. Qué apretada.

Entra hasta el fondo, lento pero implacable. Estirándome, llenándome, ese ardor perfecto que hace que la espalda se me arquee sobre las sábanas.

Es grande, obscenamente grande, y mañana voy a estar dolorida. Dios. No puedo esperar.

Apoya las manos a cada lado de mi cabeza, el sudor goteándole por la sien, la mandíbula apretada como si se estuviera conteniendo por mí.

—Por favor —logro gemir.

Empieza a moverse y la electricidad me recorre la columna. Lento al principio, ondulando las caderas, restregándose contra mí como si quisiera alargar cada segundo. Luego más rápido, embistiéndome con una necesidad que va más allá de lo físico.

Cada embestida me empuja más arriba en el colchón y me aferro como si me fuera la vida en ello.

Embiste profundo y me arqueo tan fuerte que casi se me parte la columna.

—Dios mío —jadeo, apretándole la cintura con las piernas, clavándole los talones en la parte baja de la espalda para mantenerlo lo más cerca humanamente posible.

Sus manos me enmarcan la cabeza, enormes y cálidas, y baja los labios hasta mi oído. Su aliento es puro fuego.

—Mírame —gruñe.

Lo hago. Apenas puedo ver con claridad, pero lo hago. Su mirada me clava en el sitio, intensa y afilada, como si pudiera fusionarnos con la pura fuerza de su voluntad. Cada maldita embestida es como prender fuego de la mejor forma posible.

El clímax se acerca, arde, se tensa tanto que casi sollozo.

Va más rápido, sus caderas embisten contra mí con determinación, pero también hay una extraña ternura. Como si quisiera destrozarme por completo y a la vez mantenerme entera. Ni siquiera puedo procesarlo. Tengo la mente fundida.

Mis manos se enredan en su pelo. Su boca encuentra mi garganta. Muerde y besa, me marca la piel a besos hasta que tiemblo.

—Mía —gruñe, ronco y visceral, todo su cuerpo reclamándome—. Jodidamente mía.

Veo estrellas. El mundo se reduce a nosotros y al ritmo implacable de su cuerpo dentro del mío.

De pronto, un orgasmo me arrolla como un camión. Grito y el sonido resuena por toda la habitación. Todo mi cuerpo se tensa, le clavo las uñas en la espalda, las piernas me tiemblan como si acabara de correr un maratón.

Mick gruñe, entrecortado y desesperado, y embiste una, dos, tres veces más antes de dejarse llevar, con la mandíbula apretada, el rostro hundido en mi hombro, todo él temblando por la intensidad.

Durante un minuto, solo existe el sonido entrecortado de su respiración y mis gemidos que rebotan en las paredes.

Se desploma a mi lado, pero no del todo. Me acurruca contra su costado, todavía medio encima de mí, con los brazos apretados alrededor de mi cintura como si temiera que fuera a esfumarme.

—Guau —suspiro contra su piel cálida.

—Y que lo digas.