CAPÍTULO CINCO
MIA
A primera hora de la mañana de un lunes en Seattle, el día está oscuro y deprimente, con la lluvia azotando la ventana del salón. Estoy encorvada sobre la encimera de la cocina, contando los segundos hasta que mi café alcance la temperatura óptima para quemarme la lengua.
Todavía no estoy del todo despierta. Tengo que ir a trabajar en cuarenta minutos y un caso catastrófico de pelos de loca que necesita mi atención.
Doy un largo sorbo abrasador, saboreando el chute de cafeína, cuando el móvil vibra en la encimera.
Le doy la vuelta esperando un mensaje de Katie o Harper, pero me sorprende ver el nombre de Mick aparecer en la pantalla.
Sr. Dios del Hockey
Hola, buscalíos. ¿Sobreviviendo al lunes o es el lunes el que te está ganando?
Me río para mis adentros y doy otro sorbo al café antes de escribir mi respuesta.
Yo
Sobreviviendo. Apenas. Los lunes apestan.
El móvil vuelve a vibrar. Miro. Esta vez es un meme que dice: «Si el lunes fuera un corte de pelo, sería un mullet». Me río tanto que resoplo sobre la taza y me salpico la mano de café.
Yo
Puedo imaginarte con un mullet.
Sr. Dios del Hockey
Auch. Te despiertas de mal humor los lunes.
Yo
Me despierto de mal humor todos los días de la semana.
Sr. Dios del Hockey
Tendremos que hacer algo para cambiar eso. Seguro que encuentro alguna manera de hacer que las mañanas te resulten más agradables.
Ni siquiera sé qué contestar. Así que dejo el móvil en la encimera y me voy a hacer algo con estos pelos de loca.
El martes por la mañana es una locura en Urgencias, pero a las 10:40 hay un momento de calma en la sala de trauma. Estoy en la sala de descanso del fondo, devorando un bagel de arándanos, cuando el móvil me vibra en el bolsillo.
El corazón me late con fuerza mientras lo saco, esperando que sea un mensaje de Mick.
Sr. Dios del Hockey
¿Cómo va tu día?
Yo
Sobreviviendo. ¿Cómo va el tuyo?
Sr. Dios del Hockey
Fatal. Te echo de menos.
Un trozo de bagel se me atraganta y tengo que dar un buen trago de Coca-Cola light para que baje, justo cuando llega otro mensaje.
El mensaje es una foto suya con un mullet. Me atraganto y acabo escupiendo Coca-Cola light por toda la pila de horarios de trabajo que hay en el borde de la mesa. Cuando por fin puedo respirar sin toser, le envío otro mensaje.
Yo
¿Nuevo corte de pelo?
Sr. Dios del Hockey
Sí, pensé que me quedaría bien para nuestra cita del viernes.
Sé que está bromeando. Se nota que la imagen está retocada con Photoshop, pero no puedo evitar responder.
Yo
Me gusta. Combina con tu estructura ósea.
Sr. Dios del Hockey
Me alegra que te guste. Que tengas un buen día, buscalíos.
Yo
Tú también.
Miércoles a las 11:30 de la noche. Mi casa huele a limpiador cítrico y agotamiento.
Después de trabajar tres días seguidos, llegué a casa exhausta pero acelerada.
Decidí fregar el apartamento de arriba abajo para no tener que hacerlo mañana, que es mi día libre.
Luego me di una ducha más caliente que el infierno, que me hacía mucha falta.
Ahora estoy desplomada en el sofá con mi pijama favorito de Snoopy.
Tengo una almohadilla térmica metida detrás de la espalda y el mando listo para un maratón de Netflix.
Miro el móvil y me digo que no pasa nada si no escribe todos los días.
Reviso los resultados de hockey y veo que los Knights han perdido por goleada esta noche. Ay.
Mi serie está empezando en la tele cuando el móvil vibra. Siento un alivio enorme al ver su nombre en la pantalla.
Sr. Dios del Hockey
¿Qué tal tu día?
Yo
Sobreviví. No voy a preguntarte por el tuyo. Vi el marcador.
Sr. Dios del Hockey
Fue una mierda.
Le envío un meme de un mono con una pelota de tenis en la boca. Unos momentos después, me responde:
Sr. Dios del Hockey
Estoy deseando que llegue el viernes.
Yo
Yo también.
Sr. Dios del Hockey
¿Qué tipo de pelis te gustan?
El cambio repentino de tema me pilla desprevenida.
Yo
¿Por qué?
Sr. Dios del Hockey
Porque quiero preparar nuestra cita.
Yo
Las pelis slasher de los 70 y 80 son mis favoritas, seguidas de cerca por las de terror modernas de bajo presupuesto.
Sr. Dios del Hockey
Sabía que eras perfecta.
Yo
No me digas que te gustan las pelis de terror.
Sr. Dios del Hockey
Me encanta una buena peli slasher.
Yo
Me alegra saberlo.
Sr. Dios del Hockey
Buenas noches, buscalíos.
Yo
Buenas noches, chico del hockey.
El jueves por la noche, no puedo resistirme a ver el partido de hockey. Los comentaristas no paran de hablar de la «presencia veterana» de Mick, de su «liderazgo dentro y fuera del hielo», de todas esas cosas que lo convierten en el niño bonito del hockey.
Me descubro inclinándome hacia delante cuando recibe un golpe, con el cuerpo en tensión, como si pudiera absorber parte del impacto a través de la pantalla.
Solo exhalo cuando se levanta y sigue moviéndose, y cuando los Knights anotan, se me escapa un sonido a medio camino entre la risa y el gemido.
Cuando termina el partido, estoy trasteando en Instagram cuando el móvil vibra contra mi muslo.
Sr. Dios del Hockey
Mis partidos han terminado. Estoy deseando que llegue mañana por la noche. Paso a recogerte a las seis.
Me quedo mirando la pantalla un momento. Aunque las cosas van muy bien con Mick, siempre me dejo una vía de escape. ¿Qué le voy a hacer? Las viejas costumbres no se pierden fácilmente.
Yo
Iré yo en mi coche. Mándame tu dirección.
Sr. Dios del Hockey
Ni siquiera voy a discutir. Sé que sería inútil.
Yo
Aprendes rápido. Nos vemos a las seis.
Sr. Dios del Hockey
Estoy deseándolo. Ponte algo informal.
Yo
¿Vaqueros y sudadera valen?
Sr. Dios del Hockey
Vaqueros y sudadera o nada de nada. Las dos opciones me parecen bien.
Me río cuando llega otro mensaje. Esta vez es su dirección, y no me sorprende ver que vive en un elegante edificio de pisos en el centro de Seattle.
El viernes por la tarde, voy de un lado a otro del apartamento intentando quemar parte de la energía que me recorre el cuerpo. Maldición. Ha sido el día más largo en la historia de los días largos.
Al final decido darme una ducha larga y abrasadora. Aunque me había prometido que no lo haría, me tomo un tiempo extra para exfoliarme y restregarme bien, e incluso me afeito las piernas.
Luego me seco y me envuelvo el pelo mojado en una toalla antes de aplicar una capa generosa de crema hidratante.
Después, me pongo mis mejores vaqueros y una sudadera azul pálido tan suave que básicamente es ropa de apoyo emocional.
Me quito la toalla de la cabeza y me miro en el espejo.
Tengo el pelo como si hubiera pasado la noche peleándome con un tornado.
Ay. Lo cepillo y paso los siguientes veinte minutos secándomelo.
Una vez que está casi seco, me lo recojo en una coleta alta y dejo que los rizos campen a sus anchas.
A las cinco y media, me meto en mi pequeño utilitario azul, aferrándome al volante con los nudillos blancos. Saco el móvil, tecleo su dirección y la aplicación de mapas empieza a darme indicaciones con la voz masculina británica que elegí.
Fuera, Seattle está húmeda y hosca, pero no hay nada sombrío en la energía efervescente que me corre por las venas. Tengo el pulso totalmente desbocado.
Subo la calefacción, subo la música y me pongo en marcha.