CAPÍTULO CUATRO
MICK
Paso una noche inquieta mirando el maldito techo. Joder. Todavía puedo verla. Cómo estaba en esa mesa, echando la cabeza hacia atrás y riéndose por ese hijo de puta.
Me moría de ganas de ir directo a su mesa y arrastrar a ese imbécil a la calle para reorganizarle todas las vocales de su apellido.
Pero sabía que si montaba una escena, alejaría aún más a Mia de mí.
Así que me quedé sentado en la barra, hirviendo por dentro, hasta que por fin se levantaron y se largaron.
Cuando salí de ese maldito restaurante, sabía que tenía que actuar.
Al amanecer, me arrastro hasta salir de la cama, con la cabeza martilleándome, cada músculo del cuerpo protestando por la noche en vela.
Después de darme una ducha caliente, me visto y me arrastro hasta la cocina a por el café que tanto necesito.
Me quedo de pie en la cocina, bebiendo la primera taza, ya planeando todo lo que tengo que hacer para esta noche.
Esta cena tiene que ser perfecta. Joder. Va a ser un día largo de cojones.
Siete largas horas después, conduzco por Seattle de camino al apartamento de Mia.
Joder, el pulso me late como si fuera el séptimo partido en la prórroga.
Aparco frente a su edificio de un frenazo y me dirijo a su puerta.
Los puños se me aprietan a los costados, la adrenalina ardiendo más fuerte con cada paso. Joder. Me muero por verla.
Llamo a la puerta del apartamento y contengo la respiración esperando a que abra.
La puerta se abre y casi me trago la maldita lengua.
Lleva un vestido color ciruela oscuro que se le ciñe a cada curva deliciosa.
Su pelo oscuro y rizado está recogido, pero algunos mechones sueltos se escapan para enmarcar un rostro demasiado apetecible para un lugar público.
Tiene ese aire pausado que siempre me dispara el pulso, una mezcla de seguridad y algo más suave que solo a mí me deja ver.
—Llegas temprano, McLinden —dice, con los ojos azules bailándole mientras me mira.
—No podía esperar ni un segundo más —digo, tomándole la mano. Su piel está cálida, y el contacto me envía una descarga familiar directo a las entrañas—. Estás preciosa, cariño.
—Tú tampoco estás nada mal —me sonríe con picardía y se me pone la polla dura como una piedra mientras lucho contra el impulso de besar esos labios sonrientes.
A la mierda. Me rindo y la atraigo hacia mí para un beso rápido. Antes de perder el control por completo, me aparto y apoyo la frente contra la suya.
—¿Lista?
—Tan lista como voy a estar —me sonríe. Entrelazo mis dedos con los suyos. Joder, su mano es tan pequeña en la mía. Encajan a la perfección. No pienso soltarla. Ni esta noche. Ni nunca, joder.
—Vamos, cariño —murmuro, y no puedo resistirme a besarla una vez más. Solo un roce rápido de mi boca contra la suya, pero me recorre como una descarga eléctrica, como si ella hubiera fundido los plomos de mi autocontrol. La deseo. La deseo tanto que apenas puedo ver con claridad.
Se ríe, con la cabeza echada hacia atrás, y un par de rizos se le sueltan. Joder, quiero enterrar las manos en ese pelo y desordenarlo todo. Pero no lo hago. Todavía no. Ya habrá tiempo para eso. Esta noche, me toca hacer de caballero. O al menos intentarlo.
Fuera, mi coche está aparcado en la acera y le abro la puerta del copiloto. La sujeto mientras sube y mi mano le atrapa la cintura. Es suave, cálida, y por un segundo, casi tiro de ella para follármela aquí mismo contra el costado de mi maldito coche.
Joder. Concéntrate.
Cierro la puerta, rodeo el coche por delante y me dejo caer en el asiento del conductor a su lado. Joder. Ese vestido es un peligro. No voy a aguantar la noche sin arrancárselo.
Su perfume llena el coche en segundos. Lavanda y algo que solo es Mia, que me dispara el pulso. Aprieto el volante mientras intento concentrarme en no abalanzarme sobre ella antes de que lleguemos siquiera a cenar.
Mira el salpicadero, luego a mí.
—No me has dicho adónde vamos a cenar.
Le tomo la mano suave y me la llevo a los labios.
—Lo sé.
—Intentémoslo de nuevo —sus dedos suaves se aprietan en los míos—. ¿Adónde me llevas a cenar?
Joder, está muy mona cuando se pone mandona. Le lanzo una mirada.
—Me han dicho que Tesoro Nascosto está bastante bien, así que he pensado que podríamos probarlo.
—Me parece bien —se recuesta en el asiento de cuero y mira por la ventanilla—. ¿Ves? No era tan difícil.
—Vas a tenerme siempre en vilo, joder —aparco y le doy las llaves al aparcacoches.
Ayudo a Mia a salir del coche y la guío al interior del restaurante en penumbra. El lugar es exactamente lo que quería para nuestra primera cita. Luz tenue, manteles almidonados, olor a ajo y a dinero viejo.
La encargada nos lleva a un reservado en la parte de atrás. Me deslizo frente a Mia mientras parlotea sobre las especialidades de la casa. No escucho ni una maldita palabra. Estoy demasiado ocupado mirando cómo me mira mi chica.
La camarera aparece de la nada y pregunta qué queremos beber.
Mia le dedica una sonrisa perezosa.
—Cabernet de la casa. La copa más grande que tengáis —luego me mira y me guiña un ojo.
Joder, eso me va directo a la polla. Qué atrevida es.
—Whisky solo —digo—. Doble.
—Sí, señor —la camarera se aleja y volvemos a quedarnos solos.
Los labios de Mia se tuercen como si estuviera conteniendo una sonrisa.
—¿Atacando el whisky esta noche? —pregunta, ladeando la cabeza. Esos ojos azules me recorren como si ni siquiera fingiera portarse bien.
—Valor líquido —le digo. No parpadeo. Ni siquiera intento disimular—. He pensado que necesitaría algo para calmarme los nervios.
Ella resopla y sacude la cabeza, y los rizos que enmarcan su rostro rebotan. Lo único que quiero es desordenar ese bonito pelo hundiendo mis manos en él mientras la hago gritar mi nombre.
—No me digas que te da miedo esta pobre chiquilla, McLinden.
—Aterrado.
Joder, y tanto que es verdad. Esta chica tiene la llave de mi felicidad futura en la palma de la mano.
La camarera vuelve con nuestras bebidas. Deja la copa delante de Mia y, madre mía, es enorme. Imposible que se la acabe.
Mia la levanta y da un sorbo lento, seguro, con los ojos clavados en mí al otro lado de la vela parpadeante. Me muero por lamer ese Cabernet de sus labios.
La camarera suelta los especiales a toda velocidad, pero no pillo ni una maldita palabra porque la lengua de Mia se desliza tras esa copa y mi polla está montando una fiesta bajo la mesa.
Me agarro al borde de la mesa, concentrándome en respirar como si estuviera defendiendo una inferioridad y el partido dependiera de mí. Jesucristo. Ella simplemente se queda ahí sentada, bebiendo vino, descoloándome por completo.
Pedimos y no tengo ni idea de qué le digo a la camarera.
Lo único que importa es Mia. Cuando llega la comida, ella se lanza a comer y yo observo cómo inclina la cabeza cuando algo está bueno, los pequeños ruiditos que intenta disimular.
Lo absorbo todo, cada maldito detalle, grabándolo en mi memoria. Joder. Ya me tiene comiendo de su mano.
Cada vez que sonríe, lo siento en lugares que no sabía que podían doler. Voy despacio. No la agobio.
Tuerce los labios y deja que el silencio se alargue, el dedo recorriendo el borde de la copa como si ganara tiempo. Espero. Tengo el pecho tenso de deseo, pero no la apresuro. Si quiere hablar, la escucharé toda la maldita noche.
Doy un trago al whisky.
—Háblame de tu familia.
Duda, como si sopesara mil respuestas posibles a la vez.
—Sin hermanos —dice, encogiéndose de hombros—. Hija única. Mis padres ya eran mayores cuando me tuvieron. Ahora están jubilados, viviendo la vida en Walla Walla.
Me inclino hacia delante, los codos sobre la mesa.
—¿Tienes buena relación con ellos?
—Están bien —dice—. Bastante formales, la verdad. La casa siempre estaba ordenada, tranquila. Mi padre fue ingeniero, mi madre era enfermera. Yo era la niña rara y ruidosa que siempre quería más jaleo.
Mierda. Conozco esa sensación. El hambre de caos, de calidez.
—¿Alguna vez deseaste tener hermanos? —pregunto en voz baja.
Ladea la cabeza, sus ojos se encuentran con los míos, y hay un destello. Ese que dice que está a punto de decir algo importante, aunque preferiría tragarse un sapo.
—Todo el tiempo —dice al fin.
Sus dedos trazan un círculo perezoso alrededor del tallo de la copa.
—Veía a mis amigas discutir con sus hermanas o liarse a puñetazos con sus hermanos, y me daba una envidia rarísima. O sea, imagínate tener a alguien obligado por contrato a darte la lata toda la vida.
Se encoge de hombros, pero los sube más de lo necesario.
—Mis padres me querían, que conste. Pero son muy cuadriculados. Yo era el agente del caos. Creo que todavía se están recuperando de la vez que metí una lata en el microondas solo para ver qué pasaba.
Sonrío.
—O sea, que naciste para dar guerra.
—Obviamente —levanta la copa en un brindis falso—. Pero, ya sabes, el caos en solitario acaba cansando. Al final quieres a alguien de tu lado. Alguien que, no sé, te saque de los incendios que inevitablemente provocas.
Joder. Ya sabía que era mía, pero no me imaginaba lo jodidamente perfecta que es.
Me río y levanto el whisky hacia ella.
—Yo también soy del club de hijos únicos. Supongo que los dos somos los agentes del caos de nuestras familias.
—Déjame adivinar —dice, ladeando la cabeza, los ojos azules brillantes y llenos de picardía—. Eras la versión humana de un border collie. Rompiendo muebles y arrasando con todo a tu paso.
—Totalmente salvaje —admito—. Tenía demasiada energía. Mi madre solía amenazarme con mandarme a un internado. En vez de eso, me compró unos patines y me apuntó a hockey.
Resopla sobre la copa.
—Al menos te funcionó.
—Eso es verdad —dejo el vaso y trazo el borde con el dedo—. Ellos tampoco quisieron más hijos. Trabajo, rutinas, mucha formalidad. El hockey era nuestra forma de comunicarnos. Venían a todos los partidos, pero entre uno y otro apenas hablábamos.
Se queda en silencio. Hay una microexpresión, justo ahí, cruda y vulnerable. Como si lo entendiera. La soledad que se te clava en las costillas incluso cuando has llenado hasta el último asiento de las gradas.
—Yo tampoco encajé nunca en casa —mis dedos se tensan sobre la mesa—. Pero en el hielo, me sentía en casa.
—Por la soledad de hijos únicos y por encontrar tu lugar —levanta la copa hacia la mía.
Choco mi whisky con el suyo, y por un segundo, es como si el mundo entero se redujera a este reservado, esta mesa, esta mujer. La observo dar un sorbo, los labios de un rojo intenso por el vino, y tengo que apartar la mirada antes de hacer algo impropio de un lugar público.
Me pregunta por el hockey y le cuento algunas historias escandalosas del vestuario. Me habla del hospital, y casi puedo verla con ese pijama sanitario, poniendo los ojos en blanco ante el caos mientras lo disfruta en secreto. Su risa me hace algo en el pecho que no sé explicar.
Pedimos postre aunque los dos estamos llenos. Finge escandalizarse cuando le robo un bocado de tiramisú. Prometo compensárselo y me dice que me va a tomar la palabra.
Las horas se esfuman. El reservado, el restaurante vaciándose, nuestros dedos entrelazados sobre la mesa. No puedo dejar de tocarla. Ni siquiera lo intento.
Al final, tenemos que irnos. Pago la cuenta y la guío hacia la fría noche de Seattle. Le abro la puerta del coche y, por un segundo, me quedo mirándola.
—Ojalá esta noche no acabara —digo.
Me sale la voz ronca. La verdad, tan desnuda como sé decirla.
Se desliza en el asiento del pasajero y me mira con los ojos entornados. —Yo tampoco. Apenas puedo respirar, joder. Me muero por llevarla a mi casa esta noche, pero quiero hacer las cosas bien. Merecérmela. Conquistar su corazón y su alma por completo.
La acomodo en el asiento del pasajero y cierro la puerta con cuidado, aunque lo que realmente quiero es dar un portazo y hacérselo contra el coche como un cavernícola. Me pongo al volante, luchando por controlarme. Tengo la voz áspera como papel de lija.
—Quiero verte todos los malditos días. —Agarro la palanca de cambios con tanta fuerza que se me ponen los nudillos blancos—. Pero tengo partidos. Cuatro seguidos, empezando mañana. Hasta el jueves no voy a salir de la pista.
Me mira de reojo, con los ojos brillantes de diversión y algo más suave. —Qué lástima. Supongo que tendré que añorarte mientras andas por ahí siendo un dios del hockey.
Joder. Es perfecta.
—¿Estás libre el viernes? —Contengo el aliento, joder, esperando su respuesta—. Te prepararé la cena. Sin distracciones. Solo nosotros y el famoso estofado de mi abuela.
Sonríe, lenta y traviesa. —Imposible decir que no a un estofado casero.
—Es una cita. —Le tomo la mano, tan suave, y me la llevo a los labios para besársela. Llevarla directamente a casa y dejarla en la puerta con un beso rápido es lo más difícil que he hecho en mi vida, pero me obligo a hacerlo. Tengo que hacer esto bien. Cagarla no es una opción.