Besos en la zona neutral (Caballeros de Seattle) CAPÍTULO TRES
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CAPÍTULO TRES

MIA

Katie tiene esa manera de mirarme como si acabara de rechazar la única medicina capaz de salvarme la vida.

Se apoya en el mostrador de enfermería, con el estetoscopio colgándole del cuello.

Lleva tres días seguidos insistiéndome con su supuesta persuasión sutil que, sinceramente, es tan delicada como un puñetazo entre ceja y ceja.

—Vamos, Mia —Katie abre mucho los ojos con ese brillo infernal de casamentera mientras ladea la cabeza hacia el lado pediátrico de Urgencias—. ¿Qué tiene de malo salir con el Dr. Bombón?

Levanto la vista de la pantalla del ordenador.

Marcus Roman, el nuevo pediatra, se ve a través de la mampara de cristal al otro lado del pasillo, inclinado sobre un historial.

Justo en ese momento se ríe de algo y se pasa una mano por el pelo oscuro.

Mi pulso permanece completamente, obstinadamente plano, y mis partes íntimas siguen profundamente dormidas.

Mordisqueo el extremo del bolígrafo mientras miro el horario de turnos.

—No me interesa salir con nadie ahora mismo —digo. Con nadie excepto el testarudo jugador de hockey que se me ha grabado a fuego en la mente desde el beso ardiente que compartimos la noche de la fiesta de compromiso de Harper.

—Necesitas dejar de darle tantas vueltas a todo —contraataca, acercándose más—. Y dejar de vivir como una maldita monja. Marcus Roman está que arde.

Pongo los ojos en blanco mientras se abanica.

—O sea, que arde con todas las letras, así que deja de ponerte difícil y ve a cenar con él.

Gimo y dejo caer la cabeza sobre el mostrador laminado. Katie es implacable, y mis defensas a estas alturas solo se mantienen en pie a base de cafeína y rencor.

—Vale. Organízalo —acepto antes de poder contenerme. ¿Qué tiene de malo salir con un médico increíblemente atractivo?

La noche siguiente a las siete en punto, estoy plantada frente al espejo de mi apartamento, preguntándome por qué dejé que Katie me convenciera de esto.

Me pongo mi chaqueta de cuero favorita sobre un vestido verde oscuro y me aplico una capa de pintalabios color ciruela.

Puedo hacer esto, me repito una y otra vez, a ver si de tanto decirlo acaba siendo verdad.

Cuando llego a The Roaring Crowd, me doy ánimos mentalmente y aparco cerca de la entrada. Entro por la puerta principal y doy mi nombre a la anfitriona.

—Sígueme —dice con una sonrisa, y me lleva a un reservado en la parte trasera del restaurante abarrotado. Marcus se levanta cuando me acerco.

Espero que suceda algo, lo que sea, pero no siento ninguna chispa ni siquiera un pequeño chisporroteo. El guapo doctor no me provoca nada. Por un segundo, siento una punzada de culpa por desear estar en cualquier otro sitio.

—¿Mia? Soy Marcus. Qué bien conocerte por fin —dice, tendiéndome la mano. Su apretón es firme y cálido. Una mano agradable. Profesional. Pero no hace que mi pulso se acelere. Maldita sea.

—Encantada de conocerte, Marcus. Katie habla muy bien de ti —digo mientras me deslizo en el reservado.

Intento concentrarme en la cita. De verdad que sí.

Es perfectamente encantador. Es interesante y amable, y escucha cuando hablo sobre el caos de Urgencias.

Pero la química entre nosotros está bajo cero.

Pero entonces se abre la puerta principal y el ambiente de la sala cambia.

Ni siquiera tengo que mirar para saber quién es.

Mi cuerpo ha desarrollado una especie de radar-Mick durante los últimos meses, una peculiaridad biológica que me encantaría que me extirparan quirúrgicamente.

Se me eriza la nuca, un calor repentino me florece bajo la piel, y no tiene nada que ver con el vino tinto mediocre que Marcus acaba de pedir.

Miro hacia la entrada, y ahí está. Mick McLinden.

Esta noche no lleva esmoquin ni camiseta de hockey, solo un jersey oscuro que se le ciñe a los anchos hombros y unos vaqueros bastante gastados.

Tiene un aspecto rudo, curtido y demasiado jodidamente guapo.

A su lado hay un tipo alto que parece una sombra gigante junto a la energía contenida de Mick.

Mick no me ve al principio. Se está riendo de algo que ha dicho el otro tipo, con esa sonrisa traviesa suya que destella en la luz tenue.

Es el tipo de risa que te hace querer acercarte, formar parte de la broma.

Siento un tirón agudo y familiar en el pecho, un dolor físico que llevo meses intentando ignorar.

—Entonces, Mia, Katie me ha dicho que eres muy fan del hockey —comenta Marcus, devolviéndome a la realidad. Parpadeo, dándome cuenta de que he estado mirando hacia la puerta como un cachorro perdido.

—Supongo que sí. Mi mejor amiga está casada con el portero de los Knights —logro decir, con la voz tan débil que hasta a mí me suena apagada. Intento ignorar la reacción de mi cuerpo ante Mick.

Los dos hombres ocupan un par de taburetes en la barra.

Mick recorre la sala con la mirada y veo cómo se le congela todo el cuerpo cuando sus ojos se posan en mí.

En ese segundo, el resto del bar desaparece.

El ruido, la música, el tintineo de los vasos...

todo se desvanece en un zumbido sordo. Hay una expresión en su rostro que no le había visto antes, algo crudo y descarnado que le arranca la compostura habitual.

Sus ojos se desplazan hacia Marcus y luego vuelven a mí.

Se le tensa la mandíbula, un músculo le salta en la mejilla.

No asiente. No sonríe. Solo me mira fijamente, y su intensidad vibra a través del espacio entre nosotros como un cable con corriente.

No puedo respirar. No puedo pensar. Me han entrenado para mantener la calma bajo presión, pero mirar a Mick ahora mismo es como estar al borde de un acantilado con el viento aullando en mis oídos.

—¿Mia? ¿Estás bien? —Marcus se inclina sobre la mesa con la mano suspendida cerca de la mía—. Parece que hubieras visto un fantasma.

—Estoy bien —miento, con el corazón martilleándome contra las costillas—. Los cinco días seguidos de trabajo me están pasando factura. ¿Qué decías de la temporada de hockey?

Paso el resto de la cena en un estado de hiperconciencia.

Cada vez que Mick se mueve en la barra, lo siento hasta en los huesos.

Cada vez que cambia de postura, noto cómo el jersey se le tensa sobre el pecho.

Estoy haciendo un inventario visual exhaustivo de un hombre del que prometí mantenerme alejada, mientras un médico perfectamente agradable intenta hablarme de su dóberman mimado.

Es una agonía. Y estoy en plena negación.

Me digo a mí misma que es solo la proximidad, la historia compartida de nuestro grupo de amigos.

Me digo que Mick es una complicación que no necesito.

Pero entonces lo pillo mirándome otra vez.

Y no es la mirada educada de un amigo, sino la mirada hambrienta y posesiva de un hombre que quiere devorarme.

Hace que sienta la piel demasiado tirante para mi cuerpo.

Para cuando Marcus me acompaña al coche, me siento como si hubiera corrido un maratón desnuda en medio de un huracán.

El aire fresco de la noche me golpea la cara y suelto un suspiro que siento que llevaba conteniendo dos horas.

Marcus sigue hablando, algo sobre una segunda cita y un club de jazz, y me doy cuenta de que no puedo hacerle esto.

Es buena persona, y merece a alguien que no esté peleándose con sus sentimientos por otro hombre.

—Marcus, eres maravilloso —digo, parándome junto a la puerta del conductor—. De verdad. Pero no creo que tenga la cabeza en su sitio para esto. No eres tú, te lo prometo.

Parece decepcionado pero comprensivo, la marca de un hombre realmente bueno.

—Lo entiendo, Mia. Parecías... distraída. Si las cosas cambian, ya tienes mi número.

Lo veo alejarse mientras un peso se instala en mi estómago.

Soy idiota. Estoy rechazando a un médico estable y amable por mi obsesión con un jugador de hockey.

Conduzco a casa en silencio, las farolas de Seattle se difuminan en largas estelas amarillas y blancas.

Mi apartamento me resulta demasiado pequeño cuando llego, el silencio es como una acusación. Maldita sea, echo de menos a Rory.

Hace unos meses, la emparejé con Ryan Coleman, el hermano de Harper.

Se enamoraron al instante y, cuando quise darme cuenta, se mudaba para casarse con él.

Me convencí de que sería genial tener el piso para mí sola.

¡Qué equivocada estaba! Sin Rory aquí, la soledad mezclada con el deseo por un hombre al que no debería querer me está devorando.

Ni siquiera enciendo las luces. Dejo las llaves sobre la mesa y voy a la cocina a servirme una copa de vino. Me tiemblan las manos. Me apoyo en la encimera, mirando el salón a oscuras, y entonces un golpe fuerte retumba en mi pequeño apartamento. El corazón se me para.

Camino hacia la puerta con el pulso retumbándome en los oídos.

La abro y me encuentro a Mick apoyado en el marco, el rostro ensombrecido por la tenue luz del pasillo.

Esta noche no parece el tipo fuerte y silencioso de siempre.

Parece un hombre que ha llegado a su límite.

La picardía ha desaparecido, sustituida por una intensidad oscura y ardiente que me hace flaquear las rodillas.

—¿Mick? ¿Qué haces aquí? —susurro con la voz entrecortada—. Es muy tarde.

—Te vi esta noche —dice con la voz más ronca de lo habitual. No hace ademán de entrar, pero llena todo el umbral con su presencia—. Te vi con él. Sonriendo. Riendo. Fingiendo que de verdad te interesaba lo que decía.

—No estaba fingiendo —miento sin convicción. Es lo mejor que se me ocurre con la cabeza hecha un lío—. Y no es asunto tuyo con quién salga.

Mick da un paso adelante y cruza el umbral de mi apartamento.

El aire entre nosotros se vuelve denso de repente, cargado con esa electricidad que precede a las grandes tormentas.

Huele a aire nocturno y a ese aroma limpio y masculino que siempre me hace cortocircuitar.

Está demasiado cerca. Está invadiendo mi espacio, y nunca he deseado nada tanto como que se quede ahí.

—Mentira —dice, y su voz se convierte en un gruñido grave—. Lo estoy convirtiendo en asunto mío. No puedo seguir luchando contra lo que siento por ti ni un puto segundo más.

Retrocedo y mis tacones repiquetean en el parqué, pero él me sigue sin apartar los ojos de los míos.

Choco contra el borde de la isla de la cocina, atrapada entre el mármol frío y el calor que irradia de él.

Respiro en jadeos cortos y superficiales.

Debería apartarlo. Debería decirle que se vaya.

Debería recordarle por qué esto es mala idea y por qué no podemos hacerlo.

—Mia, te lo suplicaré si hace falta.

Lo miro a esos intensos ojos marrones, veo la desesperación reflejada en ellos, y toda mi resistencia se desvanece.

—Esto es una idea malísima —digo, pero hasta yo noto que no sueno nada convencida.

—Es la mejor puta idea que he tenido en mi vida —dice, y alarga la mano para acunarme la mandíbula mientras su pulgar me recorre el labio inferior.

Su piel es áspera y cálida, y el contacto me recorre el cuerpo entero como una descarga que me hace encoger los dedos de los pies—. Te necesito más que respirar.

Mis defensas se están desmoronando, las paredes que he construido alrededor de mi corazón se disuelven bajo el calor de su mirada.

He tenido tanto miedo del caos de su vida, de los viajes, las lesiones y la exposición pública, que he ignorado que yo ya soy un desastre.

Ya estoy metida hasta el cuello. Estoy enamorada de él desde la noche que nos conocimos, y el rechazo nunca tuvo que ver con él.

Tenía que ver con mi miedo a que me hicieran daño.

Joder. Me doy cuenta de que yo también lo necesito.

—Entonces, ¿qué vas a hacer al respecto? —pregunto en apenas un susurro. El corazón me late tan fuerte que me sorprende que él no lo sienta contra su propio pecho.

Mick no duda. Se inclina y apoya su frente contra la mía durante un breve y agonizante segundo.

Siento el calor de su aliento en mis labios, su aroma llenándome los pulmones hasta que no queda espacio para nada más.

Entonces acorta la distancia. El beso no es tierno.

No es un beso de «solo amigos». Es una declaración de posesión.

Es desesperado y hambriento. Su lengua busca la mía, exigente, y le abro paso sin reservas mientras mis manos se aferran a la tela de su jersey para atraerlo más. Quiero fundirme con él. Quiero desaparecer en su calor y su fuerza hasta que no existan ni Mia ni Mick, solo esto.

Él emite un gemido grave y gutural que me vibra en el pecho.

Sus manos me recorren la espalda, las palmas ardiendo a través de la tela fina de mi vestido, antes de agarrarme los muslos y subirme a la isla de la cocina.

Le rodeo la cintura con las piernas, atrayéndolo hacia la V de mis muslos, y la fricción de sus vaqueros contra mi sexo me arranca un jadeo en su boca.

Todo es demasiado y no es suficiente al mismo tiempo. Siento su polla, gruesa y dura, presionando contra mi coño a través de las capas de ropa. Quiero sentirlo piel con piel. Quiero sentir su peso encima de mí hasta olvidar mi propio nombre.

Se aparta lo justo para mirarme, con la respiración pesada y entrecortada. Tiene los ojos oscuros, las pupilas dilatadas de deseo. Me mira como si yo fuera lo único que importa en el mundo, y por primera vez en mi vida, me lo creo.

—No puedo creer que sea tan gilipollas como para parar esto, pero quiero hacerlo bien —dice, y da un paso atrás para poner algo de distancia entre nosotros.

—¿Qué quieres decir? —intento recuperar el aliento y que mi cerebro vuelva a funcionar.

—Quiero llevarte a una cita de verdad. No estoy en esto por una noche, Mia, joder, te quiero para siempre —se inclina y me besa suavemente en el hueco de la garganta.

Oh. Cierro los ojos y respiro hondo varias veces para intentar controlarme. Joder. ¿Cómo pude resistirme a este tío? El resto de mi resistencia se esfuma.

—¿Cuándo tenías pensado? —gimo, y él se inclina para besarme suavemente en los labios.

—¿Estás libre mañana por la noche?

—Se suponía que mañana por la noche tenía que lavarme el pelo, pero supongo que puedo posponerlo si hace falta —digo entre risas mientras lo miro.

—Joder.

Me ayuda a bajar del mostrador.

—No me vas a dejar ni respirar.

—Puedes estar seguro.