31. Cali
CALI
La casa está llena de comida que nadie va a comer.
Me pregunto quién decidió que eso es lo que hacemos en sociedad. ¿Por qué el guiso es la comida de la muerte? Alguien muere y la gente trae una fuente tras otra llena de el.
Los compañeros de trabajo de Todd, un par de vecinos, una mujer de la Asociación de Padres y Madres con la que apenas he hablado en todo un año…
Todos vienen con guisos en la mano. Hay tres fuentes en la encimera cubiertas con papel de aluminio, una cuarta en la nevera y un pastel que alguien dejó en el porche con una tarjeta que aún no he abierto.
No sé qué se supone que debo hacer con todo eso. ¿A quién le apetece un guiso después de un funeral? ¿O en cualquier otro momento? Pero siguen llegando, así que sigo aceptándolos. Ahora, mi encimera parece una mesa llena de platos para una fiesta comunitaria de iglesia a la que nadie quiere ir.
La ropa del funeral está colgada sobre la barandilla. El trajecito gris de Hayden, el vestido azul oscuro de Isabella con el cuello blanco, el vestido negro que me quité en cuanto entramos por la puerta. Tengo intención de colgarla, pero no encuentro las fuerzas. Ha sido un día largo.
Les doy a los niños una tostada para cenar y, por suerte, no se quejan de que no sean las habituales delicias gourmet de Ronan. Isabella se come la suya sin corteza. Hayden come de pie en la encimera, en silencio, sin recitarme ni un solo dato sobre ningún pez.
Así es como sé que ha oído los susurros.
Ha estado demasiado callado desde que dejamos atrás el bosque. Mi niño, que suele contarme sin parar las tribulaciones de la vida en el fondo del océano, apenas ha dicho unas seis palabras desde que salimos del cementerio. He estado esperando la pregunta inevitable.
Llega a la hora del baño.
Ronan está arriba con él. Se ofreció a hacerlo y le dejé, porque yo no podía: estaba aquí abajo mirando fijamente un trozo de papel de aluminio, intentando recordar cómo ser una persona.
Así que Ronan está arriba abriendo el grifo, Isabella ya está en la bañera y yo estoy al pie de las escaleras cuando lo oigo.
La voz de Hayden. Suena tan mayor.
—¿Mataste a mi padre?
Me detengo con una mano apoyada en la barandilla, mirando su pequeña pajarita negra, toda desaliñada.
Podría subir. Podría irrumpir en la habitación y arreglarlo todo, suavizar la situación, darle a mi hijo la respuesta envuelta en algodón, tal y como le he envuelto todo durante toda su vida.
Pero entonces, en cuanto empiezo a moverme, me detengo de nuevo.
Porque no me lo ha preguntado a mí, se lo ha preguntado a Ronan. Y Ronan se merece la oportunidad de responder.
Hay una pausa. El agua está cerrada. Me imagino a Ronan agachado junto a la bañera, prestando a la pregunta la seriedad que se merece.
—No —dice Ronan—. No. No lo hice.
Otra pausa. Contengo la respiración al pie de las escaleras.
Entonces, Hayden vuelve a hablar.
—No me estás mintiendo, ¿verdad? Nunca me has mentido antes.
Me reconozco en la pregunta de mi pequeño. En la esperanza.
—No —dice Ronan—, no lo he hecho. Y soy demasiado mayor y estoy demasiado cansado para empezar ahora, sobre todo con la única persona de esta casa que realmente podría pillarme.
Oigo cómo se mueve el agua de la bañera. Mi hijo está tomando una decisión.
—Vale —dice Hayden—. Te creo.
Eso es todo lo que hace falta. Vale. La auditoría sale bien. La cifra sale limpia.
Me llevo el dorso de la mano a la boca y me retiro a la cocina para no quedarme ahí llorando en las escaleras, donde podrían oírme.
Se habría dado cuenta si hubiera mentido. Siempre se dan cuenta. Ronan me lo dijo hace unas semanas.
Pero, vamos. Es abogado. Es, literalmente, un mentiroso profesional. ¿Y un niño de nueve años, por muy listo que sea, podría pillarlo en una mentira?
Pero también, sí, vamos. Ronan no nos defraudará.
No a mí.
Ni a mis pequeños.
A ninguno de nosotros.
Dejo los platos de las tostadas en el fregadero y me pongo a lavarlos.
No me doy la vuelta cuando oigo a los dos acercarse por el pasillo: Hayden con su pijama de dinosaurios, el pelo mojado y peinado hacia atrás y Ronan un paso detrás con la toalla colgada del hombro.
Hayden se acerca y se apoya en mi costado un segundo, igual que solía hacer cuando era más pequeño.
Le acaricio la nuca húmeda con la mano mojada y la mantengo ahí.
—Hora de irse a la cama, superestrella —le digo.
—Vale. Te quiero, mamá.
Así de sencillo, se aleja arrastrando los pies.
Termino de ordenar la cocina y subo las escaleras, pero incluso después de desmaquillarme y ponerme el pijama, me cuesta conciliar el sueño.
Ronan no está durmiendo, aunque ambos fingimos hacerlo por el bien del otro. Nos quedamos allí tumbados, mintiendo sobre lo único sobre lo que se nos permite mentir: si estamos bien o no.
Llegada la medianoche, noto que por fin se queda dormido de verdad, agotado después de tanto fingir.
Su brazo pesa sobre mi cintura. Me escabullo de debajo poco a poco.
No se despierta, lo que me indica exactamente lo profundo que duerme, porque Ronan Akov se despierta si la casa tan solo suspira de forma extraña.
Cuando estoy segura de que no se ha movido, bajo las escaleras a hurtadillas.
La cocina sigue llena de cazuelas. La luna se cuela por la ventana que hay sobre el fregadero, iluminando el lugar donde mi portátil, cerrado, descansa sobre la isla.
Junto a él está mi móvil.
Hace seis días que sé que tengo un mensaje de voz. Lo he estado llevando conmigo todo este tiempo, ese pequeño mensaje sin escuchar, aterrorizada por lo que pudiera contener. Me dije a mí misma que no estaba preparada y que sabría cuándo llegara el momento adecuado.
Pero no hay un momento adecuado para escuchar la voz de un hombre muerto, así que tampoco hay uno inadecuado. Ya es la una de la madrugada, estoy sola, la casa está en silencio y no hay razón para no escucharlo.
Me siento en la isla de la cocina. Desbloqueo el móvil. Encuentro el mensaje de voz, el que dice NO CONTESTAR, con ese pequeño punto rojo al lado que significa que no lo he escuchado.
Pulso “reproducir” y me lo acerco al oído.
—Cal… —La voz de Todd. Una versión más apagada y tenue de la de siempre—. Hola. Soy yo. Sé que no vas a contestar. Es lógico. Sinceramente, yo tampoco me contestaría, y eso que estoy condenado a ser yo mismo.
Se oye un ruido detrás de él. La televisión, quizá, crepitando en una habitación con moqueta. Es un motel a las afueras de Harrisburg, ahora lo sé, aunque no lo habría sabido si hubiera contestado entonces.
—Bueno. Escucha. Tengo que contárselo a alguien y tú eres la única persona que sabría distinguir entre si miento o digo la verdad… —Se detiene. Respira—. El tipo ha vuelto. El de antes. El de siempre. El ruso. Ha vuelto esta noche.
Mi mano se enfría al sujetar el teléfono.
—Quería que firmara algo. Una declaración.
Algo jurado, ante notario y todo, muy oficial.
Básicamente, decía que Akov me había presionado, que me había amenazado con hacerme daño si hablaba.
El tipo quería que jurara que había sido él.
—Tose—. No es verdad, Cal. Akov nunca me amenazó.
Me miraba como si fuera algo que se había quitado del zapato, lo cual…
sí, eso es exactamente lo que era. Pero nunca me amenazó.
Este tipo, en cambio… Bueno, no tuvo que amenazarme explícitamente para que entendiera lo que pasaría si no cooperaba, ¿sabes?
La televisión murmura a sus espaldas. Puedo oír cómo traga saliva.
—Esta vez dije que no.
Se me hace un nudo en la garganta.
—Ni siquiera sé por qué —continúa—. No es que me sirva de nada.
Y Dios sabe que nunca he elegido la opción que no me beneficia.
Pero he hecho tantas cosas. A ti. A los niños.
Te he robado y te he mentido y… sé lo que soy, Cal.
Te lo dije en el porche de tu casa. Y pensé: “Vale, esto sí. Esta única cosa, puedo elegir no hacerla. Puedo negarme a ayudarles a culpar a alguien que no ha hecho nada. Aunque él… aunque él te tenga ahora”..
Estoy llorando. En silencio, con la mano sobre la boca, bañada por la luz de la luna.
—Bueno —Todd carraspea—. Si me pasa algo, y creo que me va a pasar algo Cal, soy tonto, pero no tanto.
Pero si me pasa algo… Solo quiero que sepas que, una vez en toda su vida, cuando importaba de verdad, el padre de nuestros hijos hizo lo correcto.
Lo valiente. Eso es todo lo que pido. Es lo único que quiero que tengan. Solo eso.
La televisión. Su respiración. Silencio. Más.
—No dejes que me odien —dice, en voz baja.
Las mismas palabras. Desde la acera frente al campamento, hace tres semanas, con la voz más suave que jamás le había oído.
No dejes que me odien. En ese entonces le di la “no respuesta”.
Dejé que quedara ahí entre nosotros y él la aceptó y dijo que era justo.
Un clic. El mensaje termina.
Se oye la voz automatizada, fría y agradable. Para borrar este mensaje, pulsa el siete. Para guardarlo...
Cuelgo antes de tener que tomar una decisión.
Adiós, papá, dijo Isabella esta tarde y dejó caer una mariposa sobre el cajón. Él se convertirá en algo mejor. Tenía razón. Siempre tiene razón, mi niña. Puede que sea más lista que todos nosotros juntos.
No sé cuánto tiempo me quedo allí sentada. Lo suficiente para que el teléfono se apague en mi mano. El llanto se va atenuando y luego se detiene, dejándome cansada pero purificada.
Sigo sujetando el teléfono cuando lo oigo bajar las escaleras.
Pero no son los pasos sigilosos a los que estoy acostumbrada. Está corriendo, dando golpes, sin preocuparse en absoluto por no hacer ruido porque…
Mierda, ¿hay alguien aquí dentro? ¿Es Lev? ¿Otro asesino? ¿Los falsos agentes federales? ¿Los de verdad?
Estoy medio levantada del taburete, con la mano buscando un arma que no está ahí, cuando Ronan dobla la esquina hacia la cocina y cruza la mirada conmigo.
—Cali —dice agarrándose al marco de la puerta—. Navi está despierto.
Me dejo caer de golpe.
—Está despierto —gruñe, dividido entre la alegría y la incredulidad—.
Acaba de llamar Grigor. Abrió los ojos hace una hora, está hablando, los médicos dicen que de verdad está hablando, pidió agua y luego…
—Una risa histérica se le escapa—. La primera frase completa que ha soltado, después de dos balas, tres operaciones y una semana en la que toda la familia se ha vuelto loca, fue, y cito textualmente al hombre: “¿Así que nuestro intrépido líder por fin ha aprendido a agacharse, o sigue recibiendo balas en el pecho como un idiota?”
Y ahí está. El hombre testarudo, el hombre imposible, el hombre que recibió dos balas destinadas a Ronan y utilizó su último aliento antes de la operación para jurar que no había sido él. Despierto. Hablando. Haciendo bromas.
Cruzo la cocina antes de darme cuenta de que me he movido. Le doy a Ronan un golpe tan fuerte que se queda sin aliento. Él me sujeta, se inclina sobre mí y nos abrazamos en la oscuridad junto a la encimera llena de guisos que nadie va a comer.
Lo noto temblar, a este hombre enorme, temblando, riendo y llorando, todo a la vez.
—Está despierto —me dice al oído—. No me lo puedo creer.
—Y ya se ha vuelto insufrible. Así es como sabes que realmente es él —Me aparto para mirarlo—.
Coge tus llaves, abogado. Vamos a decirle al hombre más terco de Nueva York que sí, que por fin has aprendido a agacharte.
Se va a llevar una gran decepción al ver que no va a poder regodearse para siempre.