22. Cali #2
Lo que no tengo tan claro es si me lo creo.
Solo tengo una observación: una mujer hermosa que le toca la cara a mi marido y hace referencia a un pasado que incluye su dormitorio.
Y, a partir de ese único dato, podría trazar la curva que me diera la gana.
Podría decidir que fueron amantes. O que ella está mintiendo.
Podría decidir que Ronan se revuelve porque se siente culpable, porque está incómodo o, sencillamente, porque n=1 y otra vez estoy haciendo ciencia de pacotilla y negándole el beneficio de la duda.
Así que hago lo único que siempre me ha funcionado. Me quedo muy quieta y recojo información.
Primera observación: Ronan no se ha inclinado hacia su tacto. Su mandíbula es una losa de granito bajo el pulgar de ella y su peso se ha desplazado un centímetro hacia mí.
Segunda observación: la ha llamado “la hermana de Semyon”. ¿Eso la convierte en tabú, sexualmente hablando? ¿Cuáles son las reglas de este mundo?
Tercera observación, y la más importante: Vera no deja de mirarme. Cada vez que dice algo con doble sentido, sus ojos se desvían hacia mí para ver si la flecha ha dado en el blanco, tal y como ella busca.
Así que tomo una decisión: Es una prueba.
Lo mismo que el numerito de Marisha cuando entré. Toda esta habitación es un enorme examen de admisión, y Vera es la pregunta de desarrollo.
Saberlo no me ayuda tanto como quisiera. Porque saber que algo es una prueba no impide que duela y de hecho lo hace. La imagen se forma sola, me guste o no. El joven Ronan, guapísimo y peligroso, en algún dormitorio con luz tenue, con esta criatura preciosa recostada sobre él y gimiendo.
Esto plantea una pregunta: ¿qué tipo de mujer soy?
¿Cedo?
¿Lucho?
¿Él me pertenece?
¿Le pertenezco yo?
—Debes de tener una memoria maravillosa, Vera —le digo con el tono más cálido que puedo—. Ronan apenas me cuenta nada de su vida antes de conocerme. Es como sacarle una muela. Así que siempre agradezco que alguien me ayude a completar el cuadro.
La sonrisa de Vera se desvanece un poco.
—Oh, hay mucho que contarte —dice, recuperándose—. Galerías enteras.
—Estoy segura —Inclino la cabeza, amistosa, curiosa, totalmente despreocupada, una mujer que no se siente ni remotamente amenazada porque no tiene nada de lo que sentirse amenazada—.
Él fue joven. Yo también. Todos tenemos casas de las que hemos echado a gente —Me inclino, solo un poco, hacia el costado de Ronan: una muestra de posesión tan sutil que podría pasar por accidental—.
Lo bueno es poder decidir para quién mantienes las sábanas calientes ahora.
Los ojos de Vera van de uno a otro. Frunce sus labios carnosos.
—Tiene suerte —dice por fin—. No eres en absoluto lo que esperaba.
—No paro de oír eso —me río—. Quizá algún día los amigos de Ronan se hagan una idea más acertada de mí. Mientras tanto, supongo que seguiré sorprendiendo.
Me mira fijamente durante unos segundos más, cargados de tensión. Y luego se aleja flotando por la habitación tal y como llegó, un espejismo de seda azul y secretos, y yo suelto el aire que había estado conteniendo desde que se acercó por primera vez.
El pulgar de Ronan vuelve a recorrer lentamente mi columna vertebral.
—No me has necesitado para eso —murmura con evidente orgullo.
—No —digo. Mi mano no está del todo firme al sujetar la copa, así que se la entrego a un camarero que pasa por allí—. Lo hice sola.
Pero mi corazón sigue latiendo demasiado rápido, y odio que así sea, porque ya no sé distinguir qué parte fue actuación y qué parte fue verdad, y tengo la horrible sensación de que han dejado de ser dos cosas diferentes.
La noche sigue su curso y trato de quitarme ese encuentro de la cabeza. De verdad que lo intento.
Pero el pulgar de Vera sobre su mandíbula no deja de repetirse en mi cabeza. Antes tenía que echarte a patadas de mi casa. La risita tintineante que le siguió. Se me ha atascado en la garganta como un camarón en mal estado, envenenándome con cada respiración.
Me recuerdo a mí misma que lo he superado. He aprobado el examen. No me importa.
Excepto que sí me importa.
Estoy celosa.
—¿Estás bien? —pregunta Ronan.
—Bien. Solo tengo calor.
No me cree. Me doy cuenta. Pero lo deja pasar, gracias a Dios.
Necesito un momento. Le digo que voy a buscar el baño de mujeres y se ofrece a acompañarme. Le digo que no, que puedo encontrar el baño yo sola, gracias. Encogiéndose de hombros, me deja marchar.
No llego muy lejos.
Una mujer me agarra del codo cerca del guardarropa. Es mayor, quizá de unos cincuenta años, lleva un vestido gris y unas bonitas perlas. No la reconozco.
—Eres la mujer de Ronan —dice. No espera a que se lo confirme—. Acompáñame un momento.
No quiero hacerlo. Pero hay algo en su rostro que no es una prueba. No es Marisha ni Vera. Es otra cosa. Así que la sigo.
Mantiene la voz baja mientras empieza a susurrar a un ritmo vertiginoso.
—Las mujeres oímos cosas. Más de lo que los hombres creen. Hablan delante de nosotras como si fuéramos invisibles y, a veces, acabamos obteniendo información más veraz y reciente que la suya.
Me estremezco.
—Eh, vale…
—Deberías saber lo que están diciendo —Echa un vistazo por encima del hombro y luego vuelve a mirar hacia delante—.
Lev ha estado haciendo promesas. Les dice a los que están pensando en marcharse que, pronto, va a conseguir a “la operadora”.
Entonces tendrá tanto la máquina como al hombre del dinero. ¿Sabes a qué me refiero?
Todo esto está pasando tan rápido que estoy un poco confundida.
—¿La operadora…?
Me pellizca fuerte el brazo, lo que me hace dar un grito de sorpresa.
—La que maneja la máquina —me mira con lástima—. Esa eres tú, querida. Tú eres la operadora.
Oh, mierda.
—¿Por qué me cuentas esto? —pregunto con voz ronca.
—Porque miras a Ronan como yo solía mirar a mi marido, antes de darme cuenta de cómo eran las cosas. Así que cuídate, chica. Nadie más en esta habitación lo va a hacer.
Me suelta el codo y se aleja. Me quedo allí de pie, junto a los abrigos, con la boca abierta, preguntándome una vez más hasta qué punto estoy dispuesta a confiar en el hombre que me ha traído hasta aquí.