Besos Crueles (La Bratva Akov nº 2) 22. Cali
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22. Cali

CALI

El salón de banquetes de Brighton Beach parece sacado de otro siglo. Molduras doradas, cortinas de terciopelo rojo, columnas que no sostienen nada.

Ronan me abre la puerta y me tiende la mano.

—¿Lista?

—Dios, no. Ni por asomo.

—Bien. Yo tampoco y eso que he estado en un centenar de estos.

Entramos juntos. Al cruzar el umbral, puedo sentir literalmente cómo cambia.

No es como si Clark Kent se convirtiera en Superman ni nada tan dramático.

No se hincha, ni endereza los hombros, ni se pone una gran capa roja que ondea al viento.

De hecho, más bien hace menos. Todas esas pequeñas arrugas y peculiaridades que he ido descubriendo en él a lo largo de las últimas semanas se suavizan y quedan ocultas.

En su lugar aparece otra persona. Alguien hacia quien se vuelve toda la sala sin que parezca que lo hacen.

Las conversaciones no se detienen, propiamente dicho, pero cambian. Todas las miradas de la sala se posan en él y luego se deslizan hacia mí. La curiosidad le sigue. Así que esta es la mujer, ¿eh? Me pregunto de qué está hecha.

Su mano se posa en la parte baja de mi espalda. Últimamente, cada vez más, siento que es lo único que me sostiene.

—Levanta la cabeza —murmura—. Eres lo más peligroso de esta sala.

—Eso es una mentira descarada y lo sabes. Casi tropiezo al entrar.

Me guiña un ojo.

—Menos mal que estoy aquí para cogerte, entonces.

Una mujer con un vestido de lentejuelas color esmeralda se abalanza sobre nosotros antes de que hayamos salido del vestíbulo.

Es hermosa de una forma intimidante, como la chica malvada de una película de instituto, y no estoy muy segura de si pretende tratarme como si fuera Regina George o si la presencia de Ronan me mantendrá a salvo.

—Ronan —dice con voz seductora—. Empezábamos a pensar que te habías olvidado de cómo ser uno de los nuestros.

—Nunca, Marisha. Solo he estado ocupado.

—Eso he oído —Sus ojos se posan en mí y luego me traspasan—. ¿Y esto es lo que te ha tenido tan ocupado, eh?

—Esta es mi mujer —confirma él—. Calista, esta es Marisha. La prima de Semyon.

Le tiendo la mano.

—Encantada de conocerte.

Me estrecha la mano.

—Eres más pequeña de lo que hacían pensar las fotos.

Eso es una prueba, si alguna vez he visto una. Está tanteando el terreno para ver cómo reacciono. Tengo la sensación de que Ronan me habría dicho si había fotos mías por ahí, fueran buenas o malas… Aunque, pensándolo bien, quizá no. Me lo imagino decidiendo que era mejor proteger mi tranquilidad.

Sea como sea, la única opción que me queda es la más obvia: mantener la calma.

—Las fotos nunca me hacen justicia —le aseguro—. En persona soy más guapa. O eso me han dicho.

Ella se ríe entre dientes, lo que me permite dar un suspiro de alivio.

Espero haber superado la prueba. Haciendo una elegante reverencia, se aleja hacia un grupo de hombres junto a la barra, y el pulgar de Ronan traza una lenta línea a lo largo de mi columna vertebral, un bien hecho casi imperceptible y silencioso.

Casi le digo que no lo haga. Creo que simplemente me gusta demasiado.

No solo el elogio, aunque sí, soy una asquerosa y codiciosa adicta a los elogios, demándenme.

Sino también el hecho de que se quede ahí, dispuesto a sostenerme si alguna vez necesito apoyarme en él.

Ese es uno de sus rasgos más entrañables, decido.

Siempre, siempre está ahí para mí. Pero no se impone.

Me deja decidir cuándo lo necesito y cuándo no.

Quizá por eso lo torturé un poco cuando me invitó aquí por primera vez.

Quería venir, porque acercarme a él y recordarme que sigue ahí es un placer del que nunca me cansaré. Ya sea al amparo de la noche o a la hora del desayuno, me gusta saber que puedo hacerlo cuando quiera.

Además, está el beneficio de verlo en su elemento.

Esa especie de fascinación por verlo siendo tan competente.

Ronan se mueve como pez en el agua en cualquier lugar al que entra, pero especialmente en este.

El respeto que lo rodea parece una nube de colonia, y yo no paro de darle pequeñas inhalaciones a escondidas.

—Vale —murmuro entre dientes—. Dame el informe de reconocimiento. ¿A quién debo temer?

—¿Mientras estés conmigo? A nadie.

—Entonces más te vale no irte de repente al baño —bromeo.

Se ríe.

—Como te he dicho: estoy aquí para cogerte, cariño —me guiña un ojo y añade—: Además, me interesa más tu opinión sobre esta gente.

Me llevo una mano al pecho.

—¿La mía? ¿Qué voy a saber yo? Este es tu mundo, no el mío.

—Pero tienes una mirada aguda y no estás tan hastiada como yo —me da un codazo en el costado en tono juguetón—. Adelante, pues. Dime qué piensas.

Damos una vuelta lenta. Me guía hacia el interior de la sala, pasando junto a las columnas y atravesando pequeños grupos de gente que disfruta del cóctel. Voy soltando observaciones a medida que se me ocurren.

—Creo que le caigo bien a Marisha. Esos hombres que están junto a la barra piensan que soy o bien tu punto débil o bien tu mejor decisión; no saben decidir cuál de las dos cosas. Esa mujer guapa junto a la ventana te ha estado mirando todo el rato que hemos estado hablando.

Ronan no mira.

—¿Cuál?

—Vestido azul. Perlas. Cabello voluminoso, llena de secretos.

—Esa es Vera. La hermana de Semyon. Ella observa a todo el mundo. No te lo tomes como algo personal.

—No está mirando a todo el mundo. Te está mirando a ti.

Se queda callado un segundo.

—Eh. Interesante —Me guía para esquivar a un camarero que lleva una bandeja con pastelitos—. ¿Algo más?

Sigo hablando.

—El tipo alto con la cicatriz. No le caes bien.

—Probablemente sea porque, en primer lugar, la culpa de que tenga esa cicatriz es mía.

—No, lo digo en serio. Está sonriendo, pero no es una sonrisa sincera. No le llega a los ojos.

La mano de Ronan se queda quieta en mi espalda solo un segundo, y luego sigue moviéndose.

—Deberías vigilarlo de cerca —le aconsejo.

—Sí —gruñe—. Eso pienso hacer.

Nos detenemos junto a una columna. Un camarero me ofrece champán y lo acepto, sobre todo para tener algo que hacer con las manos. Ronan no coge uno.

—¿Quieres algo? —le pregunto.

—No. Alguien en esta familia debería mantenerse sobrio y alerta —Me mira—. Más vale que sea yo.

—Qué inesperado —comento.

Ronan arquea una ceja.

—¿Que no vaya a beber?

Asiento.

—Sí. Pensaba que querrías echarle la culpa al alcohol por tus manos inquietas. Si sigues tocándome mientras estás sobrio, voy a empezar a pensar que lo haces a propósito.

Su mano en mi cintura no se mueve. Si acaso, aprieta un poco más.

—Eso es porque lo hago a propósito.

Me estremezco y me retuerzo.

—Eso no está en el trato.

—No —admite—. Últimamente hay muchas cosas que no están en el trato.

Le miro a los ojos. La regla de “desaparecer por la mañana” está muerta y enterrada en algún lugar del pasillo de mi casa, y ninguno de los dos le ha celebrado un funeral. Él lo sabe. Yo lo sé. Simplemente seguimos dando vueltas alrededor de la tumba, negándonos a depositar flores.

—Aquí no —susurro.

—¿Por qué no?

—No con todos ellos mirando.

Asiente lentamente y se lleva mi mano a la boca.

—Más tarde, entonces.

Más tarde.

Qué promesa tan deliciosa.

Qué pésima idea.

Doy un sorbo a mi champán y me recuerdo a mí misma por qué estoy aquí. No es por el baile. Tampoco es por cómo se siente su mano en mi espalda. Estoy aquí porque es útil, como ya he dicho. Y tengo un trabajo que hacer esta noche, uno que me propuse en el coche de camino aquí.

La tarea consiste en atravesar todo esto sin dejar que nadie vea lo que oculto.

Sé que está ahí dentro. Pero, si ni siquiera tengo el valor de decirlo al amparo de la oscuridad (y de las sábanas de Ronan), definitivamente no tengo valor para decirlo en voz alta, a plena luz del día.

Es la eterna lucha entre valerse por sí misma como una mujer orgullosa e independiente y afrontar la aterradora vulnerabilidad de admitir que quieres, anhelas, quizá incluso necesitas a otra persona.

Me he pasado toda la vida tendiendo la mano a los demás sin recibir nada a cambio.

Después pasé meses aprendiendo que no necesito tender la mano en absoluto.

Es difícil encontrar el término medio.

Pero cada vez se me da mejor. Proteger mi paz, como dicen los jóvenes. Poco a poco, siento que me voy relajando a medida que avanza la noche, preocupándome cada vez menos por cómo me queda el vestido o qué pensarán estas personas de mí.

Así que, por supuesto, es entonces cuando Vera decide dar el paso.

Se aparta de la ventana y la seda azul flota etérea alrededor de un cuerpo delgado casi de supermodelo. Es impresionante, de verdad. Pómulos marcados, maquillaje impecable, curvas de infarto. No puede tener más de treinta años. Me descubro sintiendo una admiración instantánea por ella.

Pero entonces, con la misma rapidez, se me pasa el entusiasmo.

Porque ha venido aquí con un plan.

—Ronan, cariño —dice con una voz que recuerda a esas pozas de marea cálidas y oscuras de las que nunca estás del todo seguro de que no vaya a salir una anguila—. ¡Ahí estás! Siempre encuentras el rincón más oscuro y te quedas ahí. Igual que Igor.

Su mano se aprieta ligeramente sobre mi cadera.

—Vera —dice con rigidez—. Tienes buen aspecto. El azul te sienta bien.

—Oh, ¿esta vieja cosa? Para nada. Pero eres muy amable —Alza la mano y le toca la mejilla, rozándole la línea de la mandíbula con el pulgar con demasiada familiaridad—.

Mírate. Ha pasado demasiado tiempo. El pequeño protegido de Igor, convertido en el hombre más imponente de la sala.

¿Por qué ya no vienes nunca a verme? ¡Antes tenía que echarte a patadas de mi casa! —Se ríe con un doble sentido evidente.

Siento una punzada, como un puñetazo en el estómago.

Seguro que se ha acercado contoneándose hasta aquí solo para lanzarme esa granada en concreto.

Bueno, misión cumplida, amiga. El daño ya está hecho. Duele mucho más de lo que jamás admitiría en voz alta.