16. Cali
CALI
No puedo dormir.
Llevo dos horas diciéndome a mí misma que me voy a quedar frita en cualquier momento, que esta es una noche totalmente normal y que soy una mujer totalmente normal que hoy ha hecho algo totalmente normal, aunque, sí, vale, eso haya sido casarme con un jefe de la mafia en un juzgado con mi hijo como testigo y una oruga en una caja de zapatos como refuerzo.
Los niños se durmieron sin problemas. Isabella estaba agotada, así que se quedó frita sin protestar. Hayden me preguntó si había sido un buen testigo, y le dije que lo había hecho mejor que nadie. Se durmió sintiéndose orgulloso.
Ronan es más bien un enigma.
Está en la habitación de al lado. Parece un poco cruel, pero ese era el trato. Matrimonio de papel. Nada de tocarse. Habitaciones separadas. Yo escribí las reglas. Fui muy clara al respecto.
Pero la Cali diurna tiene mucha más fuerza de voluntad que la nocturna.
La culpa la tienen sus votos. Me la jugó muy bien con eso, pillándome por sorpresa.
No soy un buen hombre, pero esto no te lo estoy quitando, tú me lo estás dando.
Dije que sí, y lo dije en serio, y luego lo besé delante de mis hijos, de Dios y de la ciudad de Nueva York.
Y lo sentí desde la punta de los pies hasta la raíz del pelo.
No se puede dejar de sentir algo así.
Me doy la vuelta, vuelvo a la posición inicial, le doy un puñetazo a la almohada y luego la acomodo de nuevo.
—Esto es una tontería —le digo a la oscuridad—. ¿Verdad? Es una tontería. Estoy siendo tonta. Debería tomarme un Ambien y dormirme antes de hacer alguna tontería de verdad.
Me levanto de la cama. Solo voy a por un vaso de agua. Pero cuando llego a las escaleras, no las bajo.
En su lugar, me dirijo a su puerta.
Me detengo delante de ella. Se filtra una línea de luz por debajo. Está despierto. No me sorprende. No duerme de verdad; eso ya lo tengo claro. Está tumbado boca arriba, con los ojos abiertos, esperando a que el mundo intente algo.
Me quedo allí de pie, en pantalones cortos de dormir y una de sus camisetas, sin tener la más mínima explicación de por qué la llevo puesta. Pero no llamo a la puerta.
Me quedo ahí, sin más.
Pero entonces mi propia casa me traiciona, porque la tabla del suelo bajo mi pie cruje. Se produce un largo silencio. La voz de Ronan se cuela a través de la puerta.
—Estás pisando la tabla que cruje, señora Meadows.
Siento que me sube el calor por el cuello.
—Voy a por agua.
—La cocina está abajo.
—Lo sé. Vivo aquí.
—Sí. —Hace una pausa—. Y, sin embargo, parece que estás perdida.
Apoyo la frente contra la puerta. La madera está fría.
—No podía dormir.
—Yo tampoco.
—¿Por qué nunca duermes?
—La verdad es que estaba ocupado escuchándote.
Finjo un grito de sorpresa.
—¿Me has estado escuchando todo el rato?
Ronan se ríe.
—Desde el momento en que saliste de tu habitación.
—¡Podrías haber dicho algo antes!
—¿Qué gracia tendría eso? Quería ver cuánto tiempo te quedarías ahí parada.
Quiero enfadarme. Pero tengo una risa atascada en el pecho y no tiene nada que ver con el enfado.
—Esto ha sido un error —declaro—. Me voy a la cama.
—Vale.
No me muevo.
—No vas a volver a la cama —me acusa un momento después.
—Quizá… sí.
—No te has movido ni un centímetro.
—Quizá tengo unos pies muy silenciosos.
—No es verdad. Caminas como un bisonte. Es una de las cosas que más me gustan de ti.
Eso es el colmo. Se me escapa la risa. Me tapo la boca con la mano para no hacer ruido y no despertar a los niños, y al hacerlo, oigo algo al otro lado de la puerta, un movimiento, quizá la cama. Entonces su voz suena más cerca, justo ahí, como si estuviera pegado a la puerta, igual que yo.
—Abre la puerta, Calista.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque hay reglas. Lo tengo más que claro: fui yo quien las inventó.
—Así es. Has hecho un trabajo magnífico. Muy minucioso —hace una pausa—. ¿Sabes lo que no contemplan?
No muerdo el anzuelo, pero mi silencio es casi tan elocuente como si hubiera preguntado: ¿Qué?
—No dicen ni una palabra sobre quién puede abrir la puerta de quién.
Me quedo mirando la luz que se cuela por debajo de la puerta.
—Estás haciendo eso —susurro—, de buscar la laguna jurídica y fingir que la idea ha sido mía desde el principio.
—No estoy haciendo nada. Estoy a una puerta de distancia, exactamente donde tú me pusiste, portándome de maravilla —su voz se reduce a un ronroneo peligroso—. Tú eres la que está en el pasillo.
Tiene razón. Establecí estas reglas para mantenerlo a una distancia prudente y él las ha respetado todas, ha doblado cada traje de villano que le preparé y me lo ha devuelto. Y ahora soy yo la que esta aquí fuera con la frente pegada a su puerta porque ya no puedo más, porque él no cede.
Si algo va a romperse esta noche, tendré que ser yo.
—Sigo odiándote —le advierto, incluso mientras mi mano se dirige hacia el pomo.
—Ya lo has dicho.
—Me has robado mi empresa.
—Te la devolví.
—Metiste a una espía en mi casa.
—Estaba muy bien cualificada.
—Te llevaste mis espejos.
—También los he devuelto.
—Has puesto GPS en las mochilas de mis hijos.
—Lo volvería a hacer sin pensarlo dos veces, Calista.
—Y luego tuviste las agallas de decir lo que dijiste hoy. Tú… —me quedo sin aliento por un segundo—. Lo decías en serio, ¿verdad? Los votos.
Suspira.
—Cada. Palabra.
Giro el pomo media vuelta.
—Si abro esta puerta —digo—, no significa nada.
—Por supuesto que no.
—No significa que volvamos a estar juntos.
—Ni se me ocurriría pedirte eso.
—Desde luego, no es amor.
—No me atrevería a llegar tan lejos.
Respiro hondo.
—Es solo que… mi cuerpo está enfadado conmigo. Eso es todo. Todas estas semanas contigo, con tus gafas, tus tortitas y tus estúpidas manos… Mi cuerpo está molesto por ello. Voy a ocuparme de eso y luego volveré a la cama. Por la mañana fingiremos que esto nunca ha pasado.
—Entendido.
—Tienes que prometerme que fingirás que esto nunca ha pasado.
—No prometo nada —dice él—. Pero haré lo que tú quieras.
Bueno, eso es todo lo que puedo aguantar de negociación. Abro la puerta.
Está ahí de pie, exactamente donde sabía que estaría, vestido unicamente con los pantalones de chándal grises.
La luz está encendida a sus espaldas, así que tiene un halo dorado.
Sus ojos me recorren de arriba abajo una vez: la camiseta, las piernas desnudas, mi mano, que sigue agarrada con fuerza al marco de la puerta.
—Llevas puesta mi camiseta —dice.
—Cállate y bésame, imbécil.
—Si eso es lo que quieres, esposa.
Entonces me empuja con fuerza contra la pared.
Es exactamente la fuerza que necesito: apenas un atisbo de dolor, al borde de una oleada abrumadora de mierda, gracias a Dios que por fin está pasando.
Es dolor, rabia y ocho semanas en las que él se ha portado bien justo cuando yo necesitaba que me diera una razón para no hacerlo.
Levanta las manos y me toma el rostro entre ellas.
Luego se deslizan por mi cuello, sobre la camiseta, y me conduce hacia atrás, hacia el interior de la habitación, cerrando la puerta tras nosotros de una patada con el talón.
Me guía hasta que la parte posterior de mis rodillas choca con la cama de invitados y caigo con fuerza.
Me mira desde arriba.
—Tendrás que hacer silencio —murmura—. Los niños están al final del pasillo —sus labios esbozan una sonrisa pecaminosa—. Aunque voy a ponértelo muy difícil.
—Eres insufrible.
—Y, sin embargo, te casaste conmigo de todos modos.
Se arrodilla.
Me tapo la boca con una mano. No bromeaba: esto va a ser un problema.
Tiene esa mirada que anuncia que va en serio.
Me sube la camiseta por encima de las caderas, engancha los dedos en la cintura de mis pantalones cortos y me mira, con una ceja levantada, pidiendo permiso, porque siempre lo hace, y yo asiento con tanta fuerza que me cruje el cuello.
—Dilo —dice.
—Sí.
—Dilo bien.
—Sí, Ronan, Dios, sí, quítamelos antes de que yo…
Me los quita.
Y entonces su boca se posa sobre mí y todas las palabras ingeniosas que pensaba decir se me atragantan en la garganta.
Me apoyo sobre mis codos y me muerdo la muñeca.
Él me sujeta las caderas con sus manos llenas de cicatrices, paciente y despiadado, mientras me separa los labios y me recorre con la lengua de arriba a abajo.
—Sabes a todas esas noches que he pasado despierto en la habitación de al lado —murmura contra mi cuerpo.
Le clavo la mano en el pelo, pero solo me aferro a él, porque estoy perdiendo. Llevo toda la noche perdiendo, perdí en el instante en que pisé la tabla que crujía. Me devora hasta el límite y luego se detiene. Casi lo mato, hasta que se ríe, en voz baja, con malicia, y vuelve a hacerlo.
Me va llevando de nuevo al límite, poco a poco. Su lengua me recorre con movimientos amplios y suaves, y luego se centra en mi clítoris. Sus manos son tan fuertes que no puedo hacer nada más que recibirlo.
Cuanto más gimo, más tararea contra mí. Cada tarareo se mezcla con mis contracciones y, entonces, sus dedos se suman, curvándose justo debajo de sus labios hambrientos. Marca el ritmo con los dedos y la lengua moviéndose al unísono, y yo pierdo la noción de todo lo demás.
Muerdo con más fuerza mi muñeca. Siento como si, al gemir, estuviera admitiendo algo vergonzoso.
—Déjate llevar —dice contra mi cuerpo, sin detenerse—. Sin hacer ruido, pero déjate llevar. Estás a salvo conmigo.
No puedo contenerlo. La sensación me recorre todo el cuerpo y me desmorono, con su nombre ahogado contra mi propio brazo, los muslos temblando alrededor de su cabeza y una mano todavía aferrada a su espesa melena.
Para cuando me deja terminar de retorcerme, ya tengo apretada contra la boca la almohada que me ha dado. Se me llenan los ojos de lágrimas del esfuerzo que hago por mantenerme en silencio.
Se arrastra hasta colocarse encima mío. Su frente se acerca a la mía. Me baja los pantalones de chándal y yo le agarro con las manos, todo su interminable grosor. Lo atraigo hacia mí y él me sujeta la muñeca.
—Tengo un condón en el…
—No me importa.
—Calista.
—En el lago no usamos ninguno.
Se queda quieto. Sus ojos buscan los míos.
—Aquello fue diferente —dice—. Aquello fue…
—Sé lo que fue. —Me incorporo y lo beso, esta vez con más suavidad, saboreándome en sus labios—.
Esto es solo esto. ¿De acuerdo? Lo necesito.
Pero no quiero… —Vacilo, consciente incluso mientras lo digo de lo mucho que puede dolerle—.
No quiero que esto signifique nada. Tiene que seguir así.
No podría soportar que volviéramos a intentarlo.
Me mira durante un largo rato.
—Vale —dice.
Y entonces está dentro de mí, despacio, llenándome por completo, y tengo que morder la almohada otra vez para no gritar. Mantiene una mano acariciándome la nuca y la otra apoyada junto a mi hombro. Se mueve con cuidado al principio, después cada vez con menos y, al final, sin ningún cuidado.
—Mírame —me ordena—. No a Dios. No al techo. A mí.
—Eres tan… —jadeo cuando me penetra más profundamente—… arrogante.
—Porque tú, mi reina, me haces sentir como un puto rey. Ahora, cállate y toma mi polla.
La tomo. La tomo entera, y mantengo los ojos abiertos todo el tiempo aunque sería más fácil cerrarlos, porque él quiere que lo mire y yo estoy demasiado ida como para negarle nada.
Cuando me corro por segunda vez, su nombre se me escapa de los labios, ahogado contra su hombro.
Él me sigue unos segundos más tarde, pronunciando mi nombre entre palabras en ruso y ese kotyonok que jura que dejará de decir.
Cuando todo ha terminado, después del polvo de odio que acaba con todos los polvos de odio, nos quedamos tumbados, abrazados, como si no hubiera habido odio alguno entre nosotros.
Al final del pasillo, unos pies pequeños pisan el suelo, se dirigen con paso silencioso al baño y vuelven igual de sigilosos.
Los dos nos quedamos inmóviles, escuchando, hasta que la puerta hace clic y la casa vuelve a quedar en silencio.
Me incorporo y busco mis pantalones cortos, sintiéndome mareada y sin fuerzas. La camiseta ha acabado de alguna manera sobre la lámpara, así que me la vuelvo a poner.
—Bueno —digo, con tono serio, aunque las palabras me salen entrecortadas y confusas—. Nuevas reglas.
Se apoya en un codo. Incluso así, destrozado y medio a oscuras, parece que es él quien lleva las riendas.
—Te escucho.
—Esto fue… —Hago un gesto entre nosotros—. Algo físico. Eso es todo. Mi cuerpo tenía un problema y lo hemos solucionado.
—Solucionado a fondo.
—Así que, si vuelve a pasar…
—Cuando vuelva a pasar.
—Si —lo miro con ira—. Si vuelve a pasar, seguirá siendo algo físico.
No tiene nada que ver con nosotros. No pasa durante el día.
Es… —busco la palabra—. Es cosa de la noche.
Solo de la noche. En la oscuridad. Y, por la mañana, volvemos a lo de «cada uno a lo suyo», a dormir en habitaciones separadas y a dejarlo todo exactamente como estaba.
—Estrictamente platónico —dice lentamente—, excepto por la parte en la que no es platónico en absoluto.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Sí —Su boca esboza esa mueca—. Quieres poder odiarme durante el día y luego llamar a mi puerta a las dos de la madrugada para dar rienda suelta a tus sentimientos.
—Si recuerdas, no llamé a la puerta —Le lanzo una mirada de enfado—. Ahora bien, ¿tenemos un trato o no?
Me mira y luego esboza una sonrisa burlona.
—Tenemos un trato, señora Meadows —dice.
—Bien —Me pongo su camiseta por la cabeza, porque he decidido que no se la voy a devolver. Ahora es mía, un botín de guerra—. Esto nunca ha pasado.
Me dirijo a la puerta. No miro atrás, porque, si lo hago, lo veré tumbado allí, bañado por la luz dorada, como un hombre que acaba de conseguir todo lo que quería y que, aun así, lo cambiaría todo por mí.
No puedo permitirme verlo así. Esta noche no.
No en la oscuridad, donde acabo de hacer un trato que ya sé que voy a incumplir.
—Por cierto —dice detrás de mí—, nunca bajaste a buscar el vaso de agua.
Me detengo en el umbral.
—Supongo que, al fin y al cabo, no tenía sed.
Tengo mucho cuidado al pasar por encima de la tabla al salir.