14. Ronan
RONAN
Tengo los papeles impresos y listos incluso antes de que Cali se despierte a la mañana siguiente.
Navi me insulta por teléfono por ello. Me dice que le estoy devolviendo lo único que la mantiene atada a mí, que todo esto es un gran error y que soy un idiota con ojos de cordero degollado que se ha vuelto loco de amor.
Lo dejo hablar, le doy la razón y luego le digo que tendrá sus pelotas en un frasco sobre mi escritorio si la transferencia no se completa antes de las nueve.
Para cuando Cali baja, con su bata rosa y el pelo recogido en un moño, la carpeta ya está sobre la mesa de la cocina.
He apartado la sal y la pimienta para hacerle sitio.
También le he preparado el café como a ella le gusta: con demasiada nata y el azúcar que finge no querer. Todas esas pequeñas cosas que nunca imaginó que nadie llegaría a notar.
Ve la carpeta y se detiene en el umbral.
—¿Esto es todo? —pregunta.
Asiento.
Con vacilación, se sienta, encogida en el borde de la silla, como si creyera que en cualquier momento se va a abrir una trampilla debajo de ella y la va a sumir en un estanque de pirañas hambrientas. Debe de ser la lectora más lenta de la historia de la humanidad, pero me obligo a no meterle prisa.
Al fin y al cabo, no es gran cosa. Bradshaw Holdings se ha disuelto, se le ha devuelto su participación como fundadora y se ha constituido una nueva empresa que posee hasta el último ápice de propiedad intelectual y cuenta con toda la protección legal necesaria.
Todo está registrado a nombre de su apellido de soltera.
Vuelve a ser suyo. En realidad, siempre lo fue.
—Hay un bolígrafo junto a tu codo —le digo.
Lo coge y firma. Hace un rápido trazo con su nombre, y listo.
Pero cuando termina, no parece especialmente contenta.
Se queda ahí sentada, mirando fijo el papel.
—¿Estás bien? —le pregunto.
—Sí —deja el bolígrafo sobre la mesa—. Ha vuelto a ser mía.
—Toda.
Asiente, pero sigue sin sonreír.
—No pareces contenta —le digo.
—He conseguido lo que quería —desliza la carpeta hacia el centro de la mesa—. Es solo que no estoy segura de cómo se supone que debería sentirme al respecto.
Conozco esa sensación. La he tenido toda mi vida. Quieres algo. Luchas, conspiras y te desangras por conseguirlo. Luego lo consigues, y ahí está, delante de ti. Esperas a que llegue esa sensación de satisfacción, pero nunca llega.
—Más adelante sentirás algo —le digo—. Quizá no hoy. Pero más adelante, cuando Mercer se haya ido y Lev esté controlado, cuando vuelvas a tu escritorio a hacer el trabajo que amas. Entonces lo sentirás.
—Quizá —envuelve la taza de café con ambas manos—. O quizá simplemente quiera la siguiente cosa.
—Así es como funciona.
Me mira.
—¿Es así para ti?
No respondo de inmediato. Pienso en los yates a los que puse nombre en broma. El ático que parece sacado de una revista. El bufete, la fundación, el dinero.
—Sí —digo—. Durante mucho tiempo, así fue.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero cosas que se supone que no debo tener —le digo—. Lo cual es peor, creo. Al menos lo que quería antes era sencillo.
Me mira a los ojos un segundo de más. Luego vuelve a bajar la vista hacia el papel en el que figura su nombre.
—Vale —dice ella, y su voz cambia, volviéndose enérgica y totalmente profesional—. La boda.
No es el cambio de tema que esperaba.
—¿Qué pasa con ella?
—He estado pensando en ello —dice, acercando un poco más su silla. Entorna los ojos, como si bajara una persiana para ocultar sus sentimientos—. Tenemos que hacer que parezca real. Si Mercer cree que es una farsa, no servirá de nada. Menos que nada.
—Estoy de acuerdo.
—Así que no podemos limitarnos a presentarnos y pasar el rato sin decir nada. Tiene que parecer real.
—Lo parecerá.
—¿Cómo lo sabes?
La miro.
—Porque me aseguraré de que así sea.
—Verás, eso no es suficiente —me señala con el dedo, desconfiada—. Eso significa que tú decides que todo irá bien y esperas que confíe en ti. Ya sabemos cómo acaba eso.
—Tienes razón.
—Entonces —respira hondo—. Tenemos que practicar.
Dejo la taza sobre la mesa.
—¿Practicar?
—Sí. Como un ensayo general. Todo el proceso.
Dónde nos colocamos, qué decimos. El… —se sonroja—…
el beso. Todo. No voy a entrar en el juzgado y quedarme paralizada porque nunca lo haya hecho antes.
Piensa en ello como un simulacro de incendio.
Así, cuando llegue el momento de verdad, todo será cuestión de memoria muscular y nadie que nos vea pensará que somos dos personas que preferirían estar en cualquier otro sitio.
Mantengo una expresión impasible. Es una idea muy peligrosa, y ella lo sabe. Un simulacro de incendio. Es una elección de palabras perfecta para lo que está proponiendo. Porque si sale mal, algo va a acabar en llamas.
—De acuerdo —digo—. De acuerdo. Practicamos.
Parpadea, como si esperara que me resistiera.
—Vale. Bien. ¿Ahora?
—Ahora es tan buen momento como cualquier otro.
Se levanta demasiado rápido y se golpea la cadera contra la mesa. Las tazas dan un respingo. Las sujeta con firmeza y se le sube un rubor por el cuello que finge que no existe.
—Los niños están en el campamento hasta las tres —dice—. Así que…
Nos trasladamos al salón. Se queda de pie en medio de la alfombra y mira a su alrededor como si intentara encontrar su marca en un escenario. Pero si existe algún director vivo que sepa cómo coreografiar esta escena, desde luego que no está en esta habitación.
Aquí dentro no hay más que tensión, angustia y un montón de pésimas ideas.
—¿Dónde debería colocarse el oficiante? —pregunta.
—Delante de nosotros. Estaremos uno al lado del otro, de cara a ellos.
—¿Entonces nos colocamos… aquí?
—Aquí —me coloco a su lado. No muy cerca. Dejo unos centímetros de espacio entre nosotros. Así es más seguro—. Hombros rectos hacia delante. Llevarás flores o algo que sujetar, así que tendrás las manos ocupadas. Eso ayuda.
—No quiero flores.
—¿Qué preferirías entonces? ¿Una pistola? ¿Un bote de gas pimienta?
Pone los ojos en blanco.
—No es gracioso, Ronan.
Reprimo una sonrisa.
—Pues nada de flores. Vale. Se nos ocurrirá otra cosa.
Ella gira la cabeza.
—No sé por qué me siento tan nerviosa. Yo soy la que ya ha pasado por esto —se le ocurre algo y me mira—. ¿Y tú?
—¿Casarme? —suelto una carcajada—. No, señora Meadows, nunca. He sido padrino en algunas bodas. Pero no he tenido la mía.
—Claro. Sí. Vale. Eso es, eh… Sí —vuelve a mirar al frente, con las mejillas encendidas—. Vale. Entonces nos quedamos aquí de pie. Y el oficiante dice lo de, ya sabes, “por la presente” y todo eso.
—La mayor parte, sí. Hay una parte en la que hablamos.
Hace una mueca como si acabara de recordar esa parte.
—Los votos.
—Una versión acotada de ellos, en el juzgado son breves. Repetirás lo que diga el oficiante. Aceptas a esta persona, prometes ciertas cosas y dices “Sí, acepto” —la observo de reojo—. Sencillo.
—Sencillo —repite ella, como si no se lo creyera. Nada de lo nuestro ha sido sencillo, desde el principio.
—Lo difícil no son las palabras —digo—. Es estar ahí de pie. La gente no sabe qué expresión deben poner. Se quedan rígidos. Eso es lo que se ve falso ante la cámara.
—¿Y cómo evito eso?
—Mírame a mí en lugar de a la habitación.
Se queda callada un segundo.
—Vale. Te miro a ti—dice luego—. ¿Y las manos?
—Cuando recitemos los votos, te cogeré las manos. Las dos —extiendo las mías, con las palmas hacia arriba, sin estirarme, solo ofreciéndolas—. Así.
Se queda mirando mis manos como si fueran a morderla.
Luego deposita las suyas encima.
Están frías y temblorosas, así que las aprieto para darle una seguridad que, en realidad, no me corresponde ofrecer. Entonces recuerdo que no debería hacerlo. Apretarlas no forma parte del trato. Suspira casi con tristeza cuando las dejo de apretar.
—Luego el oficiante dice su parte —continúo—, y tú dices tu frase. Después me toca a mí, y ya está. Los anillos, y luego el…
—El beso —dice ella con un trago de saliva.
—Ya llegaremos a eso.
Apresuradamente, le suelto las manos, porque si sigo sujetándolas voy a olvidar los límites que no puedo traspasar.
Ella flexiona los dedos como si quisiera sacudirse el hormigueo.
—Vale. Pasando por alto el beso, pasemos a la foto. Siempre hay una foto.
—Necesitaremos una —asiento—. Mercer la estará esperando.
—Así que deberíamos pensar en cómo posar para ella. Para que no parezca… —pone una mueca—… rígida. Forzada.
—Tú estarás delante. Yo detrás de ti, un poco. Con la mano en tu cintura.
—Enséñame.
Dudo un momento y luego me coloco detrás de ella, apoyando la mano en su cintura. Solo la mano. Sobre la bata, con suavidad, casi imperceptible. Ella se pone tensa.
—¿Así? —pregunto.
—Más abajo —dice—. Así parece que me tienes miedo.
Bajo la mano hasta la curva de su cadera.
—¿Mejor?
—Peor en muchos sentidos —susurra, y luego se estremece como si deseara no haberlo dicho en voz alta.
No podría estar más de acuerdo.
—Ahora, nosotros… —gira la cabeza para mirarme. Estamos más cerca de lo que ninguno de los dos había previsto, lo bastante como para que pueda distinguir el anillo ámbar que rodea sus pupilas. Ella pierde el hilo de lo que estaba diciendo—. Ahora, miramos a la cámara —concluye en voz más baja.
—¿Así?
—No. No pongas esa cara de enfadado. Se supone que tienes que parecer… —me toca la mejilla para suavizarme la expresión y dibujarme una sonrisa—… feliz. O no, feliz no. Eso parecería falso. Pon la misma cara… que pusiste en el acuario. Así está bien.
No digo nada, porque no me fío de lo que pueda salir de mi boca.
Nos quedamos así un instante más de la cuenta, con mi mano en su cadera, los dos mirando fijamente a la pared como si hubiera un fotógrafo detrás.
La habitación está llena de todo lo que no nos estamos diciendo.
Hay tanto ruido que apenas puedo oír el tráfico de la calle.
Ella es la primera en romper el silencio. Siempre lo es, cuando realmente importa.
—Supongo que deberíamos practicar el beso —dice. Su voz suena a la mitad de su volumen habitual, como si esperara que no la oyera. O quizá como si esperara que sí la oyera.
No me muevo. No puedo moverme. Ese es el problema.
Aunque me lo supliques. Esa fue la promesa. Ninguno de los dos puede confiar en el otro una vez que las manos empiecen a acercarse.
—¿Y bien? —dice ella—. ¿No vas a…?
—No —mantengo su mirada fija en el objetivo imaginario de la cámara—. No lo voy a hacer.
Frunce el ceño.
—Dijiste que lo haríamos.
Dejo que la comisura de mi boca se levante, lentamente, porque si no puedo tocarla, al menos puedo provocarla.
—Pero anoche te hice tres promesas, señora Meadows. Y la segunda fue que mantendría mis manos quietas. Así que, si nos vamos a besar… tendrás que ser tú quien lo haga.
Gira por completo dentro del círculo de mi brazo para mirarme, lo cual es un error táctico por su parte, porque ahora ya no hay ninguna pared hacia la que mirar ni nada entre nosotros salvo el aire cálido del salón y unos pocos centímetros de distancia.
—¡Eso no es justo!
—Tú te lo has buscado. Tú eres quien ha escrito las reglas.
—Las escribí esperando que tú… —Se detiene.
—¿Qué? ¿Que las rompiera en cuanto empezaran a incomodarme? —Inclino la cabeza—. No es mi estilo.
Aprieta ligeramente la mandíbula de una forma maravillosa.
Odia no poder rebatirlo. Y bajo ese odio, en el anillo ámbar que rodea sus pupilas, hay algo que se parece muchísimo al deseo, y va dirigido directamente hacia mí.
Quiero ponérselo fácil, pero no lo haré.
Esto no. Esta vez tiene que elegir ella.
—Vale —susurra.
Se pone de puntillas.
Lo hace despacio, de forma agonizante, criminalmente lenta, tan cerca que siento su exhalación contra mis labios antes de sentir nada más. Se queda ahí, suspendida. Ligera como una pluma. Un atisbo de beso.
Su nariz roza la mía. Mantengo la mano exactamente donde está, en su cadera, con los dedos poniéndose blancos por el esfuerzo de no agarrarla, de no atraerla hacia mí, de no hacer todas y cada una de las cosas que me muero por hacer…
Entonces recorre el último centímetro.
Es apenas un beso. Es la idea de un beso, el fantasma de uno, su boca descansando contra la mía tan ligera como una polilla que se posa…
Y, aun así, estalla.
Siento cómo estalla en mi pecho. Su mano se cierra sobre la parte delantera de mi camisa y, durante un glorioso y ruin segundo, se inclina como si quisiera convertirlo en un beso de verdad, con lengua, dientes y todo aquello en lo que he estado pensando desde el pasillo a oscuras de anoche.
No me muevo. No la agarro. Me quedo ahí, lo acepto y le dejo todo el control. Es lo más difícil que he hecho nunca, en una vida absolutamente repleta de cosas difíciles.
Entonces se aparta de golpe.
Nos miramos fijamente. Está sonrojada hasta la clavícula, con el pecho subiendo y bajando, los labios entreabiertos y húmedos, y lo sé, lo sé, yo no tengo mejor aspecto.
—Vale. Ya basta —dice ella.
En una relación basada en mentiras, esa podría ser la más endeble de todas.
—Convincente —consigo decir. La mía no es mejor.
—Sí —me suelta la camisa—. Real. Sí. Eso pareció… pareció real —da un paso atrás, luego otro, retrocediendo hacia las escaleras, con una mano apoyada contra su propio esternón—. Memoria muscular. Simulacro de incendio. Hecho.
—Sí —asiento—. Se acabó.
—Tengo que… hay algo. Arriba. Un asunto de trabajo —ya tiene un pie en el primer escalón—. Para la empresa. Mi empresa. De la que vuelvo a ser dueña.
—Claro.
—Bueno.
—Bueno —repito.
Se escapa. Se escapa de verdad, con la bata ondeando, los calcetines resbalando en el rellano, y luego cierra la puerta de un portazo.
Me quedo solo en medio de la alfombra.
Saco de mi bolsillo la pequeña caja de terciopelo con el anillo, donde ha estado todo este tiempo, y la miro, pero no la abro.
Entonces me siento con cuidado en el brazo del sofá y espero, con mucha paciencia, a que mi cuerpo recuerde los términos del trato.