13. Cali #2
—Quieres casarte conmigo para que yo le resulte inútil. Vaya, y yo que pensaba que no tenías alma de romántico.
Niega con la cabeza.
—Ese privilegio también te protege a ti, Calista.
Ahora mismo, eres un cabo suelto para ambas partes.
Lev te quiere. Mercer te quiere. El matrimonio no lo arregla todo, pero sí podría evitar que las cosas acaben mal.
Es el muro más sólido que puedo levantar entre tú y dos posibles destinos: el estrado de los testigos de un tribunal o una celda en un almacén de hormigón oscuro, con un desagüe en el suelo para que se escurra toda tu sangre.
Me levanto. Ya no puedo estar sentada, ni de pie, ni dar vueltas, ni gritar. Nada me parece bien ni me reconforta. Lo único que puedo hacer es tambalearme y abrazarme a mí misma para evitar que todo lo que hay dentro explote.
—Esto es exactamente lo que siempre haces —susurro—.
Es que se te da jodidamente bien. Encuentras una razón real, una buena razón, una razón inteligente, y haces que parezca lo único que tiene algún sentido.
Los espejos eran por mi propio bien. Los rastreadores también.
La niñera, el robo de la empresa… y ahora, campanas de iglesia y puñados de arroz, ¡hurra! , eso también es bueno para mí.
No sé si es mi ira o mis lágrimas lo que lo conmueve, pero por cómo aprieta la mandíbula me doy cuenta de que no es tan impasible como intenta aparentar.
—Esto no es lo mismo, Cali.
—¡Claro que sí! ¿Cómo que no? Ha sido lo mismo todas y cada una de las veces, Ronan. Estamos atrapados en esta espantosa espiral. Pero quiero bajarme de esta montaña rusa, por favor.
—La empresa —refunfuña—, te la robé. No voy a fingir lo contrario.
Los espejos, me los llevé sin preguntar.
Los rastreadores, los escondí. Esas son cosas de las que debo estar avergonzado y lo estoy —se acerca para obligarme a dejar de dar vueltas por la cocina—.
Pero esto no soy yo haciendo algo a tus espaldas.
Puedes decir que no. Di “ni muerta”, incluso, si eso es lo que eliges.
Si quieres, puedes decidir aceptar la oferta de Mercer y yo mismo te llevaré a su oficina por la mañana.
No creo que debas hacerlo, pero puedes. Por eso te lo estoy pidiendo.
No te lo estoy ordenando, te lo estoy pidiendo.
Me niego a ser el villano que quieres que sea.
Me aparto de él de un tirón y miro por la ventana oscura que hay sobre el fregadero. Mi propio reflejo me devuelve la mirada, tenue y borrosa: una mujer de pie en una cocina con los brazos cruzados, tomando una decisión trascendental.
Hablaba en serio cuando le dije que se le da bien esto. Ronan es el hombre más inteligente que he conocido jamás. Y este plan tiene ventajas reales.
Si Mercer ya no me ve como alguien útil, quizá dirija su atención a otra parte. Además, ¿quién sabe si puedo confiar siquiera en todas sus promesas de protección y perdón?
Casarme con Ronan Akov sería, sin exagerar, la segunda estupidez más grande que he hecho en mi vida. La primera fue confiar en él desde el principio.
Pero cuando pones todas las piezas sobre la mesa y las analizas… ¿qué opción tengo realmente?
Sé lo que voy a decir incluso antes de darme la vuelta para mirarlo de nuevo. Pero, antes de hacerlo, me tomo un momento para recordarme a mí misma cuál es la línea roja que más importa de todas:
Esto no tiene nada que ver con el amor.
Aquí no hay romance, y no es una “propuesta” como la que todas las niñas sueñan con recibir algún día. Esto son negocios, nada más.
Tiene que serlo y, lo que es más importante, hay que comunicarle con firmeza a ese pequeño y traicionero órgano que tengo en el pecho, una y otra vez hasta que capte el mensaje, que tiene un criterio de mierda y que no se le puede permitir seguir al mando.
Sí, quizá he tenido algún que otro momento de debilidad en el que me he dejado llevar. En el que me he permitido imaginar cómo sería, qué sensación me daría, qué olor y qué sabor tendría que Ronan Akov se arrodillara y me pidiera que fuera suya.
Pero él no va a hacer eso. No hay amor en el aire a la luz de las velas.
Solo hay cosas que hay que hacer.
Me doy la vuelta.
—Vale —digo—. Lo haré.
Se relaja, aliviado.
—Esa es la decisión correcta, kot…
—Pero lo haré según mis condiciones —le interrumpo levantando un dedo—. Y tengo varias.
Duda un momento y luego asiente.
—A ver cuáles son.
—Uno —digo—. Es solo un papel. Eso es todo.
Un matrimonio de papel. Firmamos un papel en el juzgado, hacemos todas esas tonterías legales que hacen que el privilegio sea real, y ahí se acaba todo.
Nada de luna de miel. No quiero oír nunca las palabras “mi mujer” salir de tu boca a menos que tengas una excelente razón para hacerlo.
Esto es como esa tontería del poder notarial, solo que esta vez sé exactamente para qué sirve desde el principio.
—De acuerdo.
—Dos. Las reglas que ya tenemos seguirán vigentes. Eso significa que mantienes tus manos quietas. Incluso si yo… —pero se me enrojece la cara y no puedo terminar la frase.
—Ni siquiera si me lo suplicas —remata con un gruñido.
—Claro —digo—. Eso.
—De acuerdo.
—Tres —respiro hondo, porque esta es la que importa—. La empresa. Mi empresa. Me la devuelves antes de que hagamos nada de esto. Quiero tener el documento en mis manos antes de firmar nada. Si no puedes hacerlo, no hay trato, y me arriesgaré con Mercer.
Se queda en silencio.
Espero. He aprendido a esperar. De hecho, lo aprendí de él, porque lo hace mejor que nadie.
—Ya sabes por qué dije que no podía —dice por fin—. La gente por la que me preocupo. En el momento en que vuelvas a ser la propietaria legal…
—Sé por qué lo dijiste. No me importa —le lanzo mi mirada más feroz—. Es mi empresa. Siempre lo ha sido. Y la quiero de vuelta ahora mismo.
Me mira durante un buen rato. Luego asiente.
—De acuerdo. Dalo por hecho. Todo. Sobre todo, mantendré mis manos quietas —como para demostrarlo, se mete las manos en los bolsillos.
Pero después de todo lo que hemos pasado, no puedo evitar seguir desconfiando.
—¿Así sin más?
Una pequeña sonrisa cansada se dibuja en la comisura de sus labios.
—Así es como funciona un trato, ¿no?
Bajo la mirada hacia la carpeta que hay entre nosotros. Mi divorcio. El final de una cosa y, al parecer, el comienzo muy extraño de otra.
—De acuerdo —digo—. Tenemos un trato, señor Akov.
—Sí, así es, señora Meadows —hace una pausa y sonríe con picardía—. ¿O debería empezar a llamarte de otra manera?
—No te pases —le espeto.
Me doy la vuelta para subir las escaleras, porque el calor, tanto literal como figurado, de la cocina se me está haciendo un poco insoportable.
Pero no puedo evitar que una sonrisa suave y tonta se dibuje en mi rostro mientras me alejo.