Besos Crueles (La Bratva Akov nº 2) 13. Cali
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13. Cali

CALI

Los niños se duermen a las nueve. Voy dos veces a ver cómo están, solo porque quiero ver cómo suben y bajan sus pechos. Después del día que he tenido, no se me puede culpar por convertirme en una madre sobreprotectora y paranoica por un momento.

Luego, cuando todas mis ansiedades se han calmado con los sonidos de mis pequeños duendecillos durmiendo plácidamente, bajo las escaleras.

Allí donde está a punto de comenzar la verdadera batalla.

Ronan está en la mesa de la cocina. Tiene una carpeta delante, pero por su mirada perdida puedo darme cuenta de que no la está leyendo.

Es más bien como si la mantuviera en su sitio con el mero poder de su mirada, con la esperanza de poder usar los rayos láser de Superman o algo así para incinerarla hasta convertirla en humo y que deje de ser nuestro problema.

Yo misma lo he intentado en más de una ocasión, incluso he intentado convertir al propio Ronan en humo. A mí no me ha funcionado, así que supongo que es un detalle de mi parte ahorrarle el esfuerzo.

—No va a funcionar, ¿sabes? —le advierto mientras me siento en el otro asiento.

—¿Qué no va a funcionar?

—Esconder la cabeza bajo la arena y rezar para que todos nuestros problemas desaparezcan.

Se ríe sin alegría.

—Esa no es precisamente mi forma de actuar, Cali.

—Sí —le respondo—, lo sé. Tu forma de actuar se parece más a “dispararle a todos tus problemas hasta que desaparezcan”.

—¿Todavía estás enfadada por eso, eh?

—¿Puedes culparme? —exclamo con un resoplido—. Este mundo tuyo no es para los débiles de corazón, Ronan. Y yo no soy ninguna blandengue, pero, vamos... Una chica tiene sus límites.

Levanta la mirada hacia mí. Hoy sus ojos son más grises que azules, pero no por ello menos penetrantes.

Como siempre, siento que puede ver a través de mí.

No solo a través de mi ropa, que oculta algunos detalles muy llamativos e incriminatorios si de verdad tuviera visión de rayos X como Superman, sino también hasta lo más profundo de mi ser, hasta esos sentimientos inquietantes de los que no consigo deshacerme.

Al final acabaremos hablando de ello de todos modos, así que decido adelantarme.

—No dejo de pensar en su oferta.

Él espera pacientemente a que continúe.

—Es que parece tan sencillo —suspiro—. Entro, tenemos una pequeña y agradable charla mientras tomamos un café y, luego, consigo su garantía de que mis hijos estarán a salvo. Como su madre, ¿no es eso lo que debería priorizar?

—Eso depende. ¿Le crees?

—No lo sé. Ese es el problema —cruzo los brazos sobre la mesa—. Todo lo que dijo parece sincero. Pero lo que tú decías también lo parecía, y mira cómo acabó eso.

Podría enfadarse, pero no lo hace. Solo asiente, como si fuera justo, porque lo es.

—Si acepto el trato —continúo—, estaré a salvo. Legalmente, quiero decir. Los niños estarán a salvo de verse envueltos en todo esto. Pero ella quiere que te entregue a ti para conseguirlo. Eso es lo que realmente me está ofreciendo.

—Soy consciente de lo que supone.

—Y si no lo acepto, me quedo aquí. Contigo.

Detrás de una maldita puerta blindada, con hombres armados y abrigos oscuros merodeando por mi barrio mientras todos fingimos que la vida es normal y esperamos a que Lev envíe a alguien más a subir por mis escaleras —niego con la cabeza—.

Ninguna de estas dos opciones es buena, Ronan.

Por lo que veo, no hay ninguna opción buena.

Solo hay opciones más y menos malas, y ya no sé distinguir unas de otras.

Ronan se queda pensativo. Sus ojos se deslizan sobre mí, hacia la oscuridad más allá de la ventana.

Y entonces, curiosamente, baja la mirada hacia los papeles sujetos bajo sus dedos. Hay algo en la forma en que los mira que me llama la atención. Hay una portada encima, así que no puedo saber qué son. Pero tienen toda la atención de Ronan.

—¿Qué es eso? —le pregunto.

No hay respuesta.

—Oye, Ronan. ¡Eh! ¿Qué hay en la carpeta?

Suelta un suspiro de agobio. Luego desliza el paquete por la mesa.

Levanto la hoja de portada y veo, estampado en letras grandes y en negrita en la parte superior…

DIVORCIO brADSHAW: FINALIZADO

Es mi divorcio.

El definitivo, firmado y sellado con la firma de un juez, lo que significa que mi unión con Todd Abraham Bradshaw queda oficialmente nula y sin efecto.

Sigo leyendo, como si buscara un remate escondido en algún lugar a mitad de la página.

La jerga jurídica es densa, por la presente se disuelve, considerando que las partes, bla, bla, bla, pero capto la idea general.

Se ha acabado. Una firma ilegible, garabateada, y ese capítulo de mi vida ha terminado.

—Eh —digo—. Pues ya está.

Pero espera.

Hay algo más que me llama la atención.

Una fecha.

Tengo que leerla tres veces y hacer unos cálculos muy embarazosos antes de darme cuenta de lo que implica.

—Esto es de la semana pasada.

Ronan asiente.

—Sí.

Lo miro.

—¿Tienes esto desde hace una semana?

—Sí.

Cierro la carpeta, me froto los ojos con los nudillos y luego la vuelvo a abrir, como si la fecha fuera a cambiar. Obviamente, no cambia.

—Estoy divorciada. Ya está hecho. Todd se ha ido, el matrimonio ha terminado. El divorcio es legal, oficial y definitivo, ¿y tú llevas guardándote ese papel durante toda una semana?

—Calista…

—¿Sabes cuánto tiempo llevo esperando esto? —digo levantándome de un salto de mi asiento—. ¿Tienes idea? ¡Meses! ¡Esto es lo que importa! Esto es por lo que he estado luchando desde que una báscula en Phoenix me dijo que mi vida era una mentira. ¿Y lo tenías en tu poder y ni siquiera me lo dijiste?

—Lo sé.

—¡Deja de decir que lo sabes!

—Pero es que lo sé —es el mismo Ronan tranquilo de siempre—. Tienes razón. Debería habértelo dado el mismo día que llegó.

—Entonces, ¿por qué no lo hiciste?

Cuando no responde lo suficientemente rápido para mi gusto, doy un golpe en la mesa con ambas manos.

—¡Ronan! ¿Por qué no me informaste de mi propio divorcio?

Vuelve a levantar la mirada hacia mí una vez más, pero esta vez sus ojos están inundados de un azul profundo como el océano.

—Porque en el momento en que te lo entregue, serás libre. Legalmente. Ya no habrá ninguna razón para que sigas atada a mí. Y, en cuanto seas libre, podrías aprovechar para deshacerte de mí.

Me recuesto en la silla.

—Así que te lo guardaste para mantenerme a tu lado. Como si fuera tu pequeña mascota.

—No.

—Eso es exactamente lo que acabas de describir, ¿no?

—En parte, sí. Pero no es todo —se pasa una mano por la mandíbula—. Hay una razón por la que te lo estoy dando ahora. Esta noche.

—¿Y cuál es? Aparte de la generosidad de tu alma magnánima, claro está.

—Porque necesito algo de ti. Y no puedo pedírtelo mientras sigas estando legalmente casada con otro hombre.

Lo miro fijamente.

—Necesitas algo de mí. Tú. Necesitas algo.

De mí —me echo a reír histéricamente, sin importarme que suene como la bruja malvada de Hocus Pocus—.

Qué gracioso. Es muy gracioso, Ronan. Después de todo.

¿Después de la empresa, los rastreadores, los espejos y la niñera espía que colocaste en mi casa, no me entregaste los papeles de mi divorcio durante una semana porque necesitas algo de mí?

¡Pues compártelo con toda la clase, por favor!

¿Qué es lo que podrías necesitar de mí que merezca la pena ocultar lo único que desencadenó toda esta mierda?

Me mira durante un largo rato. Ha habido muchos momentos de contacto visual prolongado como este desde que Ronan Akov irrumpió en mi vida, pero este, de alguna manera, me parece el más eterno.

Vivo y muero mil millones de veces en los segundos que pasan.

Mientras esos ojos suyos, azules como el océano, arden, hierven, se agitan y se vuelven más profundos. Cuando habla, me doy cuenta de por qué.

—Necesito que te cases conmigo.

Me quedo en blanco. Es la única forma de describirlo. El mundo entero se cuelga, se bloquea y se reinicia. Tengo que meterme un dedo en el oído, como si así pudiera despejarlo y asegurarme de que no he entendido mal.

—Lo siento —digo—. Creo que estoy teniendo un derrame cerebral. Repítelo.

—Necesito que te cases conmigo, kotyonok.

—Tú… —ahora apoyo ambas manos con las palmas hacia abajo sobre la mesa, porque ya no puedo confiar en que mi columna vertebral me mantenga erguida—.

A riesgo de sonar como un disco rayado, porque Dios sabe que te lo digo muy a menudo, esto es la prueba de que, de hecho, estás loco.

Felicitaciones, por fin te has vuelto loco.

Lo estaba esperando y aquí está. Quieres que me case contigo.

Tú, el hombre que robó mi empresa. Veinte minutos después de entregarme el divorcio del último hombre que robó mi empresa.

Imperturbable, asiente.

—Sí.

—Dame una razón. Una buena razón que no sea, concretamente, que estás fuera de tus cabales.

—Privilegio conyugal.

Me detengo.

—Tiene dos partes —explica él—. Una establece que el Gobierno no puede obligar a un cónyuge a declarar contra el otro.

La otra establece que las comunicaciones confidenciales entre cónyuges no pueden utilizarse en su contra.

Mercer puede citarme tantas veces como quiera.

También puede citarte a ti. Pero no puede obligar a una esposa a declarar contra su marido ni utilizar nada de lo que tú y yo nos hayamos dicho en privado después de la boda.

Mis piernas se unen a mi columna vertebral para protestar contra la gravedad. Ambas me obligan a hundirme de nuevo en la silla de la mesa de la cocina.

Ronan sigue hablando, gesticulando como el buen abogado que es.

—En su mente, tú eres la testigo más peligrosa que podría conseguir.

Ya sabes cómo funciona toda esta mierda.

Sabes en qué fijarte. Podrías sentarte en la silla de la sala de interrogatorios y explicarle cada dólar, igual que explicaste a una sala llena de banqueros la infidelidad de Todd —se inclina hacia delante para acercar su cara a la mía—.

Pero lo único que no puede hacer, por muchas amenazas que nos lance, es obligar a mi mujer a hacer eso.