11. Cali #2
No me está mirando. Está mirando a la niña del libro, sin sonreír, pero expresando felicidad de alguna manera, en una frecuencia invisible que puedo sentir pero no ver.
Llegamos a una gran ventana al final del pasillo.
Da al patio, el que está detrás de la valla de hierro.
Hay más niños jugando ahí fuera, corriendo por el césped, en los columpios, en el arenero.
Uno de los trabajadores del orfanato, jóven, está pateando un balón junto a un grupo de niños que gritan.
—Eso también es nuevo —dice Louisa, dando un golpecito al cristal—. Todo el patio. Antes era un aparcamiento de hormigón agrietado. Así está mucho mejor, ¿no te parece?
Miro hacia fuera. Hay una niña pequeña en los columpios.
Lleva dos trenzas oscuras y está impulsándose con las piernas con todas sus fuerzas, cada vez más alto, con la cabeza echada hacia atrás, riendo.
Nadie la empuja. Lo hace ella sola. Y no mira a su alrededor para ver si alguien la observa, no se compara con nadie, no se hace pequeña.
Es solo una niña en un columpio, subiendo tan alto como puede, porque puede.
He visto muchas cosas en el último mes. Ya casi nada me hace llorar.
Aunque esta podría acabar conmigo.
—Louisa —dice Ronan con delicadeza—, ¿nos dejarías un momento?
—Por supuesto —me da una palmadita en el brazo—. Quédate todo el tiempo que quieras, cariño. Esta es tu casa. ¡Ja! ¿Lo pillas?
Sin dejar de reírse entre dientes, se marcha. Sus pasos se desvanecen por el pasillo. Y entonces, solo quedamos Ronan y yo frente a la ventana.
No digo nada durante un rato. Él tampoco.
—Tú lo has construido —deduzco por fin.
—Yo lo pago —me corrige—. Louisa lo construyó. Es ella la que hace el trabajo de verdad. Yo solo firmo los cheques.
—Cree que eres abogado.
—Soy abogado.
—Ya sabes a qué me refiero —me giro para mirarlo—. Ella no lo sabe.
—¿Toda la historia? No. No me pareció necesario.
—Pero tu nombre no aparece aquí. Creí que poner “Akov” en todo era, como, tu marca.
—Aquí no.
—Entonces, ¿de quién es el nombre…? —me callo.
Porque ya lo sé. Lo supe en cuanto leí el cartel, si soy sincera, pero no me permití darme cuenta hasta este momento.
The Anna House.
—Tu madre —digo.
Ronan mira por la ventana.
—Anna —dice—. Sí.
En mi mente, oigo el sonido de cristales rompiéndose. Los sollozos de una mujer de rodillas. Encogida. Enroscándose sobre sí misma y escondiéndose.
—Lo construí para que ningún niño tuviera que ver jamás lo que yo vi —explica Ronan con voz grave—. Eso es todo. No hay nada más que eso.
Vuelvo a mirar hacia el patio y a la niña que se balancea.
—El dinero —digo lentamente—. El dinero sucio. ¿Termina aquí?
—Parte de él. En este lugar y algunos otros.
Y ahí está. La respuesta que venía a buscar.
Le pregunté en la cocina, por qué está dejando que todo su imperio se desangre. ¿Por qué cortaría el grifo de lo que lo financia todo? Pensé que habría alguna estrategia fría detrás, algún plan con tres jugadas de antelación que yo no estaría pudiendo ver.
Pero no es eso.
—La idea era convertir algo sucio en algo limpio —responde Ronan a la pregunta que no he llegado a hacer—.
Durante mucho tiempo, me dije que eso hacía que todo valiera la pena.
Que toda la mierda que había hecho al menos servía para algo.
Cogí lo peor de mi pasado y lo convertí en esto —asiente hacia la niña del columpio—.
En un lugar donde un niño puede ser un niño.
Ese fue el pacto que hice conmigo mismo.
—¿Y luego? ¿Qué pasará con ella si todo se esfuma?
—Hay suficiente para ella. Hay suficiente para ti. Y si después de todo no queda suficiente para mí… Bueno, no pasa nada —se encoge de hombros—. Te elegí a ti. Siempre te elegiré a ti. Incluso cuando no quieras que lo haga. Especialmente entonces.
Maldito sea.
No es justo que pueda hacer esto.
Lo tenía acorralado. Tenía todas las pruebas de lo que era. Un delincuente. Un mentiroso. Un ladrón.
Ahora, aquí, hay algo que no encaja.
Eso no borra nada. No se ha convertido de repente en un santo. Todas las pruebas que encontré siguen señalándolo como culpable, hasta la última.
Pero esto también es una prueba.
¿Qué voy a hacer con ella?
Encuentro la respuesta de camino a casa.
Llevamos unos diez minutos de camino cuando un coche se nos pega por detrás en la autopista. Es un sedán gris sin nada especial. Pero le parpadean luces rojas y azules detrás de la parrilla y, de repente, ya no parece tan inocente.
—Ronan —digo.
—Lo veo.
Se detiene junto al arcén, con total tranquilidad. Pone el coche en punto muerto y apoya ambas manos en el volante, donde se puedan ver. Se nota que ya ha hecho esto antes. Conoce el procedimiento.
—Quédate en el coche —me dice—. Deja que hable yo.
Pero miro por el retrovisor lateral y reconozco a la persona que sale del sedán gris.
Pelo oscuro, recogido con fuerza. Una chaqueta gris.
—Esa no es la policía —digo—. O, bueno… Quizá lo sea. Pero también es algo más que eso.
A Ronan se le tensa la mandíbula.
—¿Quién es?
—La agente Mercer.
La veo acercarse al coche sin prisas, con una mano metida en el bolsillo de la chaqueta. Se detiene junto a mi ventanilla y da un golpecito en el cristal con un nudillo.
Ronan no dice nada. Pero retira las manos del volante, lentamente y busca algo debajo de su asiento.