Besos Crueles (La Bratva Akov nº 2) 11. Cali
31%

11. Cali

CALI

Voy con mucho, muchísimo cuidado al salir de mi dormitorio cuando llega la mañana. Si vuelvo a toparme con otra entrepierna, creo que me lanzaré y acabaré con todo. Si me tropiezo dos veces con la misma piedra entonces el problema soy yo, ¿verdad?

Pero ninguna entrepierna me espera, gracias a mi ángel de la guarda. El pasillo está tan vacío como debería estarlo. Suelto un gran suspiro de alivio.

Pero solo llego hasta lo alto de las escaleras antes de detenerme. Todo mi cuerpo sigue sintiéndose raro. Demasiado tenso. Como un resorte que alguien ha deformado y nunca ha vuelto a recuperar su forma.

Anoche ha sido lo más ridículo que me ha pasado nunca. Y últimamente me han pasado un montón de cosas ridículas. Una balanza en Phoenix. Un pelo rubio en mi cepillo. Un hombre muriéndose en el rellano de mi piso.

Pero esto… ¿Agarrar a mi exnovio/huésped/jefe de la mafia por la entrepierna en la oscuridad porque pensé que su virilidad era un arma contundente? ¿Que me inmovilizara contra la pared? ¿Que pusiera su pulgar sobre mi boca?

¿Y luego retirarme a mi habitación, humillarme con una mano febril dentro de mis pantalones de pijama y, después, negarme a llegar al clímax solo para fastidiar a un hombre que ni siquiera estaba en la habitación?

Niego con la cabeza ante mí misma.

¿Quién soy?

Solía ser una mujer que codificaba por colores sus hojas de cálculo y preparaba los almuerzos de los niños la noche anterior. Ahora soy esto. Una especie de bestia salvaje en la oscuridad, enfadada con una rama, indignada con unas gafas de lectura.

Me agarro a la barandilla y bajo las escaleras de todos modos. Porque eso es lo otro que hago ahora.

Yo.

Sigo.

Adelante.

Que se vayan al diablo las gafas de lectura sensuales.

Pero a mitad de las escaleras, me detengo de nuevo. Esta vez, es porque oigo voces en la cocina.

Son Ronan y Navi. Están susurrándose cosas, pero la acústica es perfecta para que sus voces me lleguen hasta los oídos. Me detengo, con una mano en la baranda de la escalera, y tomo la decisión espontánea de hacer un poco de espionaje por mi cuenta.

—… Falta dinero en la nómina otra vez —dice Navi—. Es la tercera vez este mes.

—Cúbrelo con el dinero del edificio de Red Hook.

—Ya he pedido un préstamo con Red Hook como garantía, Ro. No queda nada más de dónde pedir prestado. Te lo digo, el pozo se está secando.

Una pausa. El tintineo de una cuchara contra una taza.

—Esta semana también se han ido otros cuatro hombres —añade Navi—. Por si acaso llevas la cuenta.

—¿Crees que simplemente he dejado de hacerlo? —pregunta Ronan con tono arrastrado.

—Ni puta idea, amigo. Lo único que sé es que las armas lo pagaban todo, y sin ese flujo de dinero para mantener a las familias, básicamente le estás entregando la Bratva a Lev en bandeja de plata.

—Deja que Lev hable —dice Ronan con desdén—. Hasta que no empiece a actuar, no me importa una mierda.

Navi se burla.

—¿“Empiece” a actuar? Ronan, él ya está actuando.

¿Te has olvidado de que secuestró a nuestro antiguo hombre de las finanzas y envió asesinos aquí para hacer lo mismo con tu chica y sus hijos?

Dices que estás llevando la cuenta, pero me da la impresión de que estás ignorando el verdadero costo de tus decisiones, primo.

No oigo a Ronan responder.

No necesito que lo haga. Porque no soy tonta, y el panorama que pinta Navi realmente no es tan complicado.

Ronan está cerrando el grifo principal de su negocio, por mi.

¿Por qué haría eso? Le he dejado claro que no podemos estar juntos. Y él me ha dejado claro que, aunque no esté de acuerdo, no me presionará. Entonces, ¿qué sentido tiene todo esto? ¿Quién sale ganando aquí, aparte de Lev?

Necesito respuestas. Y no las voy a conseguir agazapada en esta escalera como un duendecillo entrometido.

Así que entro con paso firme en la cocina.

Navi está a punto de dar un sorbo. Me ve y se queda pálido.

—Vete —le digo. No de mala manera. Pero tampoco es una petición.

Navi mira a Ronan, quien le hace un pequeño gesto con la cabeza. Por primera vez, sin optar por marcharse con una broma de despedida, Navi deja la taza y se va, rozándome con una mirada elocuente y una palmada en el hombro. La puerta de la cámara acorazada se cierra con un golpe sordo tras él.

Cruzo los brazos y miro a Ronan.

—¿Cuánto estás perdiendo?

Ronan deja su taza sobre la mesa. Me mira fijamente durante un largo rato, pero no dice nada.

—¿Y bien? ¿Esto es un concurso de miradas o un juego de adivinanzas? Lo hago mucho con mis hijos, así que se me dan bien las dos cosas.

Se ríe entre dientes, aunque no veo qué tiene de gracioso la situación.

—Lo suficiente.

—Eso no es una cifra.

—No, no lo es. Tú eres la prodigio de las matemáticas, lo sabrás mejor que nadie.

Apoyo ambas manos en la isla de la cocina.

—No me trates con condescendencia. Quiero una respuesta de verdad. Siéntate ahí mismo y dime exactamente qué estás haciendo y por qué.

—No puedo explicarlo —dice.

—Oh, Dios. Por supuesto que no puedes. ¿Por qué ibas a poder explicarlo? ¿Por qué ibas a molestarte en ponerme al corriente de absolutamente nada, jamás? ¡Dios no permita que yo sepa algo! Dios no permita que…

—Calista, respira. No he terminado.

Hago una pausa para recuperar el aliento en medio de mi arrebato.

—… ¿Ah, sí?

—No puedo explicarlo —repite él—, así que déjame enseñártelo.

Eso me deja completamente paralizada.

—¿Enseñarme qué?

—Vístete y ya lo verás.

—¿A dónde vamos?

—A Brooklyn.

—Eso tampoco es una respuesta —pero, maldita sea, me ha despertado la curiosidad—. ¿Es ilegal lo que me vas a enseñar?

—No.

—¿Va a morir alguien?

—Hoy no.

—Qué tranquilizador.

Sonríe.

—No tardaremos mucho —se detiene en la puerta—. No tienes por qué venir si no quieres. Pero me pediste la verdad, y esta es la única forma que conozco de dártela de manera que realmente me creas.

—Algún día aprenderás a decir algo que no suene como si saliera de una película de espías —suspiro.

Ronan se ríe.

—Quizá. Pero hoy no es ese día.

No sé exactamente por qué estoy tensa de la cabeza a los pies, pero prefiero morir antes de relajarme, antes de saber a dónde vamos.

No he olvidado qué tipo de persona es Ronan.

Por mucho que se porte bien conmigo y con mis hijos, siempre existe la posibilidad de que algún día se desate la tormenta.

Resulta que eso es exactamente lo que pasa. Pero no de la forma que yo esperaba.

Ronan se detiene junto a la acera, frente a un edificio grande y antiguo de ladrillo. Tres plantas. Ventanas altas. Una pequeña verja de hierro rodeando un patio lateral.

Hay un letrero sobre la puerta.

THE ANNA HOUSE.

—¿Qué es esto? —pregunto.

—Entra —me dice—. Ya lo verás.

No me muevo de inmediato. Mi mano permanece en el pomo de la puerta. Todos mis instintos me dicen que tenga cuidado, que me mantenga con la espalda contra la pared y la vista puesta en las salidas.

Pero Ronan está saliendo del coche, rodeándolo para llegar a mi lado y abriéndome la puerta.

Hace frío dentro, el aire acondicionado zumba en algún lugar entre los muros.

Es un edificio bonito. Limpio. Hay dibujos pegados con cinta adhesiva en las paredes, obras maestras torcidas hechas con lápices de colores, soles con demasiados rayos y perros más grandes que las casas que hay a su lado.

Junto a la puerta hay un estante con zapatitos, todos de diferentes tallas.

Una mujer se acerca por el pasillo hacia nosotros. Tendrá unos sesenta años, el pelo canoso recogido en un moño y las gafas colgadas de una cadena. Cuando ve a Ronan, se le ilumina toda la cara.

—¡Señor Akov! —dice—. No lo esperábamos hoy.

—Louisa —Ronan le toma la mano entre las suyas—. Siento aparecer sin avisar. Ella es una amiga mía, Calista Meadows. Quería enseñarle la casa.

—¡Oh, qué maravilla! —Louisa se vuelve hacia mí, radiante—. Cualquier amiga del señor Akov es bienvenida aquí. Pasen, pasen. Déjame enseñarte lo que este hombre ha hecho por nosotros.

Lo que este hombre ha hecho por nosotros.

La sigo. No sé qué más hacer. Ronan se queda un paso atrás, dejando que ella vaya delante. No parece una asesina. Pero no voy a dar nada por sentado sobre nadie todavía. Ni siquiera sobre la dulce y anciana Louisa.

—Llevo once años al frente de este local —dice Louisa mientras caminamos—. Y en todo ese tiempo, el señor Akov nunca ha dicho que no ni una sola vez. Ni una sola vez. ¿Sabes lo que teníamos antes de que él llegara?

—No —respondo.

—Nada —se ríe—, ¡eso es lo que teníamos!

Dos aires acondicionados de ventana antigüos que se estropeaban cada julio.

Los niños dormían sudando a más no poder con el calor.

Ahora, mira —señala hacia arriba, hacia un conducto de ventilación—.

Aire acondicionado centralizado en todas las plantas.

Calefacción en invierno que de verdad funciona. Es nada menos que un milagro.

Nos lleva a ver el lavadero. Lavadoras nuevas y grandes, relucientes, zumbando mientras completan un ciclo. Cestas de ropa pequeña doblada sobre una mesa.

—Seis de estas también —dice Louisa—. Antes lavábamos la ropa en una lavandería al final de la manzana. La llevábamos en bolsas. Ahora la lavamos aquí mismo. ¿Tienes idea de cuánta ropa generan cuarenta niños?

—Muchísima —respondo.

—Debes de ser madre —

Vuelve a soltar una carcajada, y esta vez no puedo evitar unirme a ella. Poco a poco, esa sensación de tensión en el estómago va cediendo.

Nos enseña un rincón de lectura. Es un pequeño y bonito hueco empotrado en la pared, forrado con cojines mullidos y estanterías bajas repletas de libros.

Hay una lámpara con forma de seta. Una niña, de unos siete u ocho años, casi de la misma edad que Hayden, está acurrucada en un rincón con un libro ilustrado, pronunciando las palabras en voz baja.

Está tan felizmente absorta que ni siquiera levanta la vista cuando pasamos.

—Fue idea suya —dice Louisa, señalando con la cabeza el rincón—. Dijo que cada niño debería tener su propio espacio. Un lugar tranquilo. Un lugar acogedor.

Miro a Ronan.