Besos Crueles (La Bratva Akov nº 2) 10. Cali
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10. Cali

CALI

Quienquiera que haya elegido el sonido de la alarma de mi nueva y elegante puerta de entrada, sin duda sabía lo que hacía.

Me despierto de golpe, me incorporo y el corazón me late a mil por hora incluso antes de que mis ojos se abran siquiera hasta la mitad.

En este estado de semiconsciencia, tengo la elegancia y el potencial letal de un wombat borracho, pero eso no me impide salir tambaleándome al pasillo y buscar a tientas algo que pueda usar como arma.

Encuentro algo sin duda peligroso.

Es duro. Está caliente. Es sólido.

Por desgracia, es la entrepierna de Ronan.

La reconozco al instante, pero mi cerebro sigue balbuceando excusas y posibles alternativas. Esperando, no, rezando, que no sea lo que creo que es. Mi mano se queda paralizada.

¿El pomo de una puerta? ¿Una linterna? ¿La barandilla?

Nada de eso.

Alzo la vista. El pasillo está a oscuras, pero entra suficiente luz de la luna por la ventana como para verlo. Ronan. Ahí de pie, vestido solo con unos pantalones de chándal grises que le cuelgan bajos de las caderas.

Bajo la mirada hacia mi mano. Luego la retiro de un tirón, como si hubiera tocado una estufa caliente.

—Dios mío —susurro—. Esta es la peor pesadilla que he tenido en la vida.

—Buenos días a ti también, kotyonok.

—Estaba buscando un arma.

—¿Así es como lo llamarías?

—Se ha activado la alarma de la puerta. Pensé que… No es que… No sé qué pensé.

—Fui yo. Me levanté para revisar el perímetro —se frota la cara con una mano—. La alarma se activa cuando abro la puerta reforzada. El equipo debe de haberla programado mal durante el cambio de turno de medianoche.

Sigo estando demasiado cerca de él. Puedo sentir el calor que emana de su pecho desnudo. No es que necesite más calor ahora mismo: tengo las mejillas en llamas y agradezco que la oscuridad lo oculte casi todo.

Escondo mi mano detrás de la espalda, como si eso pudiera reparar el daño que ya se ha hecho.

—No ha sido a propósito, lo sabes.

—¿Cómo puedo estar seguro?

—Cállate. No me estás ayudando. De hecho, empiezo a pensar que todo esto era una treta solo para conseguir...

—Shh.

Sin previo aviso, Ronan me empuja contra la pared.

Está pegado a mí, de pies a cabeza. Su pecho presiona el mío. Sus caderas presionan las mías. Tiene una mano apoyada en la pared junto a mi cabeza y con la otra sujeta una pistola a la altura del muslo.

Una pistola.

Tiene una pistola en la mano, va sin camiseta, me tiene inmovilizada contra la pared y puedo sentir cada uno de los contornos de su cuerpo a través del fino algodón de mi camisón.

Cada curva, cada relieve.

Incluida una protuberancia muy concreta que no ha desaparecido desde que la agarré por accidente hace treinta segundos.

—Ronan —susurro—. ¿Podrías, por favor…?

—Silencio —su boca está justo junto a mi oído. Su aliento es cálido y huele a menta—. He oído algo.

Siento la pistola contra mi pierna y siento esa otra cosa contra mi cadera, y no sé cuál de las dos me da más miedo.

Mentira. Sé exactamente cuál de las dos.

Pero él aún no se apiada de mí. Su cuerpo permanece pegado al mío, cálido, firme e inmóvil, mientras escucha en busca de una amenaza en la oscuridad.

Nunca en toda mi vida me he sentido tan confundida.

Pasan otros treinta segundos que parecen horas.

Entonces, su otro bolsillo vibra una vez. Levanta el móvil, con el pulgar sobre la pantalla, y veo su rostro iluminado por la luz azul durante un segundo. Sus ojos se mueven. Está leyendo algo.

—Todo despejado —murmura Ronan—. Ha sido el sensor de la puerta trasera. Una rama.

—Una rama —repito—. Recuérdame que la queme a primera hora de la mañana.

—Qué gracioso. Yo estaba pensando en darle un poco de agua y abono como agradecimiento por habernos acercado.

Pongo los ojos en blanco, aunque él no pueda verlo. Luego, con el mínimo contacto piel con piel que me es posible, lo aparto de mí lo suficiente como para zafarme de ese abrazo que me tenía encajonada, con nuestras caderas pegadas como una pared.

Pero, incluso cuando ya estoy libre, la yema de mi dedo sigue apoyada en la V que forman sus abdominales. Es como si estuviera atrapada allí por magnetismo.

—¿Puedo volver a la cama ahora? —digo con un chillido.

Me mira, con los ojos brillando en tonos azules y grises, pero no baja el arma del todo. Tampoco da un paso atrás. Dijo que la amenaza había desaparecido o que nunca había existido, así que me pregunto qué hacemos aquí. Me gustaría decírselo, pero mi voz me ha abandonado.

Creo que el problema es que, al no haber nadie con quien luchar, toda esta adrenalina no tiene dónde ir. Mi cuerpo ha vertido todo lo que tenía en mi sangre y ahora es como si dijera: Es tu problema, lidia con él.

Como si hubiera alguna forma de lidiar con esto. Los dos, el jefe de la mafia sin camiseta y yo, en un pasillo oscuro, respirando con demasiada dificultad para las circunstancias.

Y mi dedo sigue sobre su estómago.

Y su mano sigue en mi cintura.

Ahora que me he calmado un poco, me resulta imposible ignorar el calor que desprende.

Cinco puntos de presión justo por encima de la cintura de mis pantalones cortos de pijama.

Está tan oscuro que apenas puedo verlo, pero sí sentirlo perfectamente: su tamaño, su volumen, su firmeza, su cercanía; la forma en que todo el pasillo se ha reducido a los cinco centímetros de aire que nos separan.

Soy yo quien se inclina hacia él.

No lo decido. Es como si me atrajera un imán, igual que antes la yema de mi dedo. Levanto la barbilla, desplazo mi peso hacia delante, apoyándome en las puntas de los pies, y me estiro hacia él.

Su mano responde.

Se desliza por mi cintura. Roza el borde de mi camiseta corta.

Se hunde en el valle entre mis pechos. Sube por mi garganta, más arriba, más arriba, hasta que apoya la palma contra mi mandíbula y su pulgar encuentra la comisura de mi boca, donde se queda quieto.

Su rostro se acerca tanto que su aliento me acaricia la cara.

Sus labios no emiten, pero forman una palabra en silencio.

Kotyonok.

Va a pasar, lo sé. Lo inevitable. En cualquier momento, él… O yo…

Pero no.

Se limita a quedarse ahí, con el pulgar al borde de mi boca, lo suficientemente cerca como para besarme, y espera.

Ni siquiera si me lo suplicas, dijo.

Parece que es un hombre de palabra.

Quiero gritar. En lugar de eso, hago lo que siempre he hecho cuando me dejan al descubierto: me convierto en una zorra fría como el hielo. Es la única forma de proteger mi corazón.

—No te he perdonado, ya lo sabes.

Se supone que debo sonar fría, pero “sin aliento” acaba siendo un adjetivo mucho más acertado. “Desvergonzada” también sirve, porque estoy jadeando y rozándome disimuladamente contra su muslo.

Su pulgar me roza apenas el labio.

—Lo sé —dice—. No te lo estoy pidiendo.

Y entonces me suelta.

Da un paso atrás. Su calor se aleja y el pasillo vuelve a parecerme enorme y frío. Me quedo de pie, apoyada contra la pared, con el corazón a mil por hora, y no hay una mísera rama rota que pueda explicar por qué.

—Vuelve a dormirte —dice—. Me encargaré de que la rama reciba el castigo que se merece.

Seamos realistas: nunca iba a volver a dormirme.

Me tumbo sobre las mantas, mirando fijamente un techo que no puedo ver, echando humo de rabia.

No por el susto. El susto lo habría podido soportar.

Un hombre en las escaleras, una rama en el sensor, lo que sea.

Ahora tengo un instinto para el peligro, sé qué hacer con el miedo.

El miedo es fácil. Coges un cuchillo, te interpones entre esa cosa que da miedo y tus hijos, y blandes esa maldita navaja hasta que algo sangra.

No, estoy enfadada por otra cosa.

Estoy enfadada porque se ha detenido.

O, para ser más exactos, porque no deja de detenerse.

Por mucho que lo presione, no se enfrenta a mí.

No me da la discusión que realmente podría ganar.

No paro de prepararle un traje de villano, se lo tiendo y le digo: Toma, póntelo, sé Todd, sé el hombre que toma decisiones, miente, presiona, decide.

¿Y qué hace él? No deja de doblarlo, devolvérmelo y decir: No, tienes razón, lo sé, me he equivocado. Hasta que soy yo quien se queda ahí de pie, lidiando con toda la indignación sin saber dónde descargarla.

Se supone que un hombre debe imponerse.

¿No es eso lo que define a toda la especie?

Supongo que no. Porque Ronan simplemente espera.

Espera con esa terrible paciencia suya, al final del pasillo, en una habitación de invitados con una cama demasiado pequeña para él.

Sé a ciencia cierta que tampoco está durmiendo, porque no lo oigo.

El silencio que llega desde el fondo del pasillo es el silencio de un hombre tumbado boca arriba con los ojos abiertos.

Pagaría un precio muy alto por saber exactamente qué pensamientos ocupan su mente.

Decido pensar en otras cosas. Cosas inofensivas. Cosas como…

Oh, no sé.

¿Qué tal unas gafas de lectura un tanto seductoras?

Eso es terreno totalmente seguro, ¿no?

Spoiler: Ni por asomo.

Ni siquiera sé qué es lo que tienen que me afecta tanto. ¿Por qué algo tan inocente resulta tan jodidamente poco inocente?

Es el contraste, creo. El jefe de la mafia en el pasillo oscuro, con la pistola, el gruñido y el kotyonok, es un hombre.

El que se pone esas finas monturas negras durante el desayuno y entrecierra los ojos para leer documentos legales, es otro.

Y mi cerebro traicionero sigue intentando conciliarlos y fracasando, y ese fracaso se traduce en…

Bueno. Lo que sea que es esto.

Me doy la vuelta y me pongo boca abajo, le doy un puñetazo a la almohada hasta darle una forma que represente mejor mi rabia, y luego vuelvo a darme la vuelta.

La cuestión es que sé exactamente qué lo solucionaría. Está a una puerta de distancia, al final del pasillo. Está él, tumbado boca arriba con los ojos abiertos, mostrándose exasperantemente fiel a sus principios.