Besos Crueles (La Bratva Akov nº 2) 8. Cali #2
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8. Cali #2

Eso fue hace dos semanas. ¡Dos semanas! Mis hijos llevan dos semanas paseándose por esta ciudad con unas cajitas negras que transmiten su ubicación a un teléfono de la Bratva y yo no lo sabía, no tenía ni idea, porque él simplemente lo hizo, como hace todo, sin preguntar, decidiendo por mí, decidiendo por ellos…

—No tenías derecho —susurro—. No tienes derecho.

—Lo sé.

—Mierda, tú… espera, ¿qué?

Eso no era lo que se suponía que iba a decir a continuación.

Tenía todo el guión planeado en mi cabeza: las acusaciones,las hábiles réplicas con las que él les daría la vuelta y mi respuesta final, despiadada.

Y, en cambio, él no hace más que decir sí y lo sé.

No se puede discutir con un hombre que no deja de darte la razón.

—¿Eso es todo? —le pregunto con tono de exigencia—. ¿Esa es toda tu defensa? ¿“Lo sé”?

Se encoge de hombros descaradamente.

—No tengo defensa. Tienes razón, debería habértelo dicho.

—¡Claro que deberías habérmelo dicho!

—Así que te lo digo ahora.

—¡Después de que yo lo descubriera!

—Es verdad —admite—. Hubiera preferido tener esta conversación sin que tú lo descubrieras primero. Pero aquí estamos.

Qué descaro el suyo. Me burlo. Me sale como una risa que se ha atascado y se ha apagado a mitad de camino.

—“Aquí estamos”. ¿Sabes qué, Ronan? Qué descaro tan increíble el tuyo. Pones un GPS en mi coche. Pones un GPS en mis hijos. Y luego te sientas en mi isla con tus gafitas leyendo la sección de deportes, y cuando te pillo, simplemente dices: “Aquí estamos”.

—¿Te gustaría que me mostrara más desafiante al respecto?

—Lo que me gustaría es que me lo hubieras preguntado.

—¿Y qué me habrías dicho si lo hubiera hecho?

—¡Te habría dicho que no!

—Exacto —dice él—. Por eso no te lo pregunté.

No recuerdo haberme abalanzado sobre él, pero, de alguna manera, ahora estoy más cerca, lo suficientemente cerca como para pincharlo con el dedo.

—¡Tú no decides eso! ¡No puedes decidir que mi “no” no te viene bien y por eso simplemente lo pasas por alto! Eso es exactamente, exactamente lo que…

—Sé lo que es —su voz se mantiene tranquila—.

Es lo que hice con los espejos, con la factura y con la empresa.

Es la única razón por la que estás aquí, en esta cocina, a punto de estrellarme la cabeza contra la ventana, en lugar de estar arriba planeando nuestra luna de miel —se le mueve una comisura de los labios, como si no pudiera evitar burlarse de mí, incluso ahora—.

Soy consciente del patrón, kotyonok. No me estás diciendo nada que no me haya dicho ya a mí mismo.

—Entonces, ¿por qué sigues haciéndolo?

—Porque las alternativas son sangrientas, y hace mucho tiempo que decidí que prefería que te enfades conmigo a que tuvieras que averiguar a dónde te llevaron a ti o a ellos.

Niego con la cabeza como si eso fuera a alejar de mí su estúpida lógica. Al fin y al cabo, podría ser contagiosa.

—Eso es… no. No. No puedes hacerte el noble con esto. No puedes hacer algo espeluznante, controlador y delictivo y luego disfrazarlo de amor.

—Nunca he dicho “amor”. No me atrevería a ir tan lejos.

—¡Sabes a qué me refiero!

—Lo sé —asiente, lentamente—. Sé exactamente a qué te refieres.

El problema es esta cocina. No es lo suficientemente grande como para albergar todos estos sentimientos que se están desatando en ella.

Nunca se construyó para que una mujer enfurecida pudiera dar vueltas por ella como es debido y agitar los brazos mientras le grita a un hombre que se merece un golpe de sartén en la cabeza.

Cada vez que le lanzo otra acusación, acabo un paso más cerca, porque no hay ningún otro sitio adonde ir.

Él no se aparta, ni un centímetro. Se queda ahí sentado en ese taburete, ahora con los antebrazos apoyados en las rodillas, mirándome y la expresión de su rostro no es ni de miedo ni de vergüenza.

Es de diversión.

Se está divirtiendo. A mi costa. Mientras tengo el dedo a un centímetro de su garganta.

—¿Te estás riendo?

—No.

—Sí que te estás riendo. Estás que te doblas de las ganas de carcajearte.

—Insisto, nunca me atrevería a hacer algo así —baja la mirada hacia mi dedo y luego vuelve a mirarme—. Por cierto, estás muy cerca.

Doy un paso atrás.

—No cambies de tema. El tema es que eres un acosador.

—Creo que esa es una interpretación demasiado dura. Te he protegido sin tu consentimiento, lo cual ya hemos acordado que está mal. Pero, aunque estoy de acuerdo contigo en eso, parece que solo te está enfureciendo aún más.

—¡Es que me está enfureciendo aún más!

—Como he dicho, ya lo veo.

En algún momento me quedo sin material nuevo.

He agotado toda la indignación fresca y ahora solo estoy reciclando, volviendo al mismo punto: me has sacado de quicio, no tenías derecho y mis hijos, repitiendo las mismas tres cosas una y otra vez.

Me estoy agotando, sinceramente. Todo este dar vueltas en círculos mentales y emocionales puede que sea un buen ejercicio cardiovascular, pero no resuelve absolutamente nada.

Lo que sí parece ser una especie de solución es lo que hace Ronan a continuación.

Mete la mano en el bolsillo, saca el móvil, lo desbloquea con el pulgar, pulsa un par de veces y me lo tiende.

—Toma —dice.

No lo cojo.

—¿Qué es esto?

—La aplicación de rastreo. Está todo ahí: el coche, las dos mochilas y algunas otras cosas que he escondido por aquí y por allá.

Si quieres desactivarlas, adelante. Te enseñaré cómo hacerlo, si quieres.

¿Quieres ponerme dispositivos de rastreo por todas partes y ver a dónde voy, para variar?

También puedes hacerlo si quieres. Ya no tengo nada que ocultarte, Calista.

El protagonismo es tuyo. Siempre lo ha sido.

Se me corta la respiración.

Aunque sé que es una mala idea, miro la pantalla.

Hay una foto mía en la pantalla de inicio, detrás de la aplicación. No recuerdo que me la tomaran. Estoy en el embarcadero del lago, riéndome de algo, con el pelo revuelto por el viento, los pies en el agua, y parezco…

Parezco feliz. Parezco una mujer que no tiene espejo y que no lo necesita.

La aplicación está abierta encima de la foto. Unos cuantos puntitos dispersos en el mapa. Mi coche aparcado delante de casa. Dos mochilas arriba, en el armario del pasillo, donde los niños las dejaron tiradas. Todo mi mundo, todo en su sitio. Todo exactamente donde debe estar.

Me quedo ahí de pie con su móvil en la mano, su sistema de vigilancia, todo su secreto, y una foto mía riéndome. Y, sinceramente, no sé si tirárselo a la cabeza o no.

—Te odio —le digo.

Nunca había sonado tan poco convincente.

Ronan arquea una ceja de esas que no soporto.

—¿Te sientes mejor cuando dices eso?

—¡Sí! —estallo—. ¡No! ¡Quizá! ¡No lo sé!

Se encoge de hombros.

—Vale. Bueno, si lo averiguas, avísame. Tengo curiosidad.

Luego coge el periódico de la encimera, lo despliega, se vuelve a poner las gafas y vuelve a leer la sección de deportes.

Miro la nuca de ese estúpido.

Mientras lo hago, pienso en lo fácil que sería estrangularlo con mis propias manos. Bueno, en realidad no sería tan fácil. Probablemente mis dedos ni siquiera le darían la vuelta, pero podría intentarlo con todas mis fuerzas.

O simplemente podría subirme a la isla de la cocina y sentarme en su cara hasta que se asfixiara, lo cual tiene la ventaja de que ya no podría hablar mientras ocurriera.

Sinceramente, ambas opciones son tentadoras.

Dejo su móvil sobre la encimera, junto a su codo. Con suavidad. Porque soy mejor persona que él.

Luego me preparo una taza de café. Lo hago mal, le pongo demasiada azúcar, por puro rencor, y me lo bebo de un trago, de pie, mientras él lee los resultados deportivos con la tranquilidad de un hombre que ya ha ganado.

No ha ganado.

Nunca lo hará.

Es solo que aún no he decidido cómo va a perder.