Besos Crueles (La Bratva Akov nº 2) 8. Cali
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8. Cali

CALI

Puede que esté superando a la Madre Teresa como la mujer más tolerante de la historia de la humanidad, porque pasa una semana y no mato a Ronan.

Aunque cada día hay un centenar de pequeñas oportunidades, no aprovecho ninguna de ellas.

¿Soy amable y benevolente? Supongo que debo de serlo.

¿Soy infinitamente indulgente? Todo apunta a que sí.

¿Soy la elegida de Dios y mi paciencia supera la de todos los demás?

Bueno, si tú lo dices. Literalmente, solo soy una chica.

Pero ese cabrón está poniendo a prueba mis límites.

Y lo sabe muy bien.

Lo peor es el café. Aparece sin más, mañana tras mañana, sin falta.

No lo pido. Nunca lo hago, ni lo haría jamás.

Pero ahí estoy, sentada en la isla de la cocina, entrecerrando los ojos para mirar mi portátil, y de la nada, ¡bum!

, ahí está, justo a mi lado, en mi taza favorita, preparado exactamente como me gusta: con mucha nata y el azúcar justo para que resulte vergonzoso.

No recuerdo haberle dicho nunca a Ronan cómo me gusta el café. De hecho, estoy bastante segura de que no se lo dije. Simplemente me vio prepararlo una vez, al principio, tomó esas notas mentales tan minuciosas que suele tomar y, bueno, aquí estoy.

Satisfecha.

Pero enfadada por ello.

No dejo de esperar a pillarlo en el acto, para poder decirle que deje de hacerlo. Pero nunca me deja. Simplemente aparece, como si hubiera crecido allí.

Eso lo puedo soportar. Podría vivir con ello.

Con lo que no puedo vivir es con sus gafas.

La tercera mañana de nuestra nueva convivencia, baja las escaleras con un montón de papeles bajo el brazo, se sienta en el extremo más alejado de la isla, cruza una rodilla sobre la otra y se pone unas gafas de lectura.

Gafas de lectura.

Estamos hablando de una montura negra y fina. Sofisticada. Elegante. Francamente provocativa, si me preguntas.

¿Y nada menos que en este hombre?

Oh, está jugando con fuego. Está jugando sucio.

Y está funcionando.

También es profundamente injusto. Me quedo paralizada como una gárgola con el café a medio camino de la boca.

Él no se da cuenta, o al menos no da muestras de ello.

Está leyendo… lo que sea, con la mirada recorriendo la página tras las gafas y un pulgar pasando la esquina de la hoja.

Parece tan insoportablemente tranquilo que me dan ganas de lanzarle algo a esa cabeza engreída, solo para romperle esas gafas de seductor.

—¿Algún problema? —pregunta, sin levantar la vista.

—No —respondo bruscamente, con demasiada rapidez—. ¿Por qué iba a haber algún problema?

—Has hecho un pequeño ruido —pasa una página—. Como una tetera que está decidiendo si hervir o no.

—Estoy bien. Sigue leyendo tu… lo que sea que sea eso.

—Documentación.

—Sí. Eso.

Vuelve a su documentación.

Yo vuelvo a odiar mi vida.

Y luego llegan las tortitas. Personalmente, estoy empezando a cansarme un poco de ellas.

Pero Isabella podría comerlas para desayunar, almorzar y cenar durante el resto de su vida.

Aunque hemos llegado a un acuerdo por el que ella acepta algo de fruta y huevos como acompañamiento, porque no puedo privar a mis hijos ni de la nutrición ni de la seguridad personal, las tortitas siguen siendo el plato principal siempre que se lo permito.

Por suerte, Ronan se encarga de todo el proceso.

Ha perfeccionado el delicado arte de conseguir esos bordes crujientes y calados que yo, personalmente, nunca he logrado ni una sola vez en diez años de intentarlo, y les da la vuelta con una sola mano mientras le pregunta a Hayden cómo funcionan exactamente las branquias.

Parece un hombre haciendo una audición para ser el marido de alguien.

No el mío. Obviamente no el mío. Pero el de alguien.

El de alguna mujer hipotética que no sabe cómo es él en verdad.

Que se queda con las tortitas, el café y las gafas de lectura de aspecto provocativo sin tener que lidiar con las lonas manchadas de sangre ni con el recuento de víctimas que ello conlleva.

Me sorprendo a mí misma mirando su nuca mientras está de pie frente a los fogones.

Su línea. Su curva. Es varonil, de algún modo, donde se acaba el pelo y se riza muy ligeramente en las puntas.

No sé cuánto tiempo llevo haciéndolo hasta que me doy cuenta.

Cuando lo hago, se me enrojecen las mejillas de vergüenza.

Me levanto tan bruscamente que casi vuelco el taburete, y me apresuro a buscar algo extremadamente urgente que hacer al otro extremo de la habitación.

Siento un cosquilleo en el estómago al que me niego a ponerle nombre. ¿Mariposas? No. Definitivamente no. No por Ronan “Imbécil” Akov.

—¿Estás bien, mami? —pregunta Hayden, mirándome con extrañeza.

—Genial —digo sin aliento, apartándome el pelo de la cara—. Es que me acabo de acordar de algo.

—¿Qué cosa?

—Una cosa de adultos. No te preocupes.

Para el sábado, decido que tengo que salir de casa.

No por ningún motivo en concreto. No hay ninguna razón real que justifique mi marcha repentina.

Los niños están con mi madre toda la tarde, bajo la vigilancia de los guardias de Ronan, por supuesto, la casa está en silencio y el propio Ronan vuelve a estar instalado en el sofá, sumergido en sus papeles.

Y no puedo estar cerca de esa escena ni un segundo más. Necesito estar en un coche, sola, yendo a algún sitio, haciendo cualquier cosa, para poder empezar el largo y doloroso proceso de recordar quién demonios soy.

—Me voy —anuncio.

Levanta la vista.

—¿A dónde?

—A hacer recados.

—¿Qué recados?

—No es asunto tuyo —cojo las llaves del gancho y me pongo los zapatos.

Se encoge de hombros y pasa una página. Todo resulta tan fácil y sin discusiones que me dan ganas de dar media vuelta solo para discutir sobre ello, porque, si algo he aprendido últimamente, es que las cosas que de verdad merecen la pena nunca vienen sin complicaciones

Pero a caballo regalado no le mires el diente. ¿Me dan libertad? Puedes apostar tu dulce culo cubierto de sirope a que voy a aprovecharla.

Así que salgo hacia el coche y me lanzo al asiento delantero, respirando con dificultad sin motivo alguno. Espero un segundo para ver si Ronan tiene intención de seguirme, pero la puerta principal permanece cerrada. Por mí, perfecto.

Siento las miradas omnipresentes de los guardias de la Bratva observándome con curiosidad, pero las ignoro. Si yo no los veo, ellos tampoco me ven a mí. O eso creo.

Para reforzar esa ilusión, busco mis gafas de sol más grandes, como las de las estrellas de cine de primera categoría. Tengo que rebuscar en la guantera para encontrarlas, pero antes de que pueda sacarlas, algo más me llama la atención.

Algo que no debería estar ahí.

Es pequeño y negro. Del tamaño aproximado de una caja de cerillas, pegado a la pared trasera en el interior de la guantera con una pequeña tira adhesiva, con una única luz diminuta en un extremo que parpadea cada tres segundos.

No sé mucho de equipos de espionaje. Pero he visto suficientes películas como para reconocer un localizador GPS cuando lo veo.

Me siento en el asiento del conductor un segundo, sujetándolo entre los dedos. Seguramente me equivoco. Él no puede… Él no haría…

Oh, ¿a quién coño quiero engañar? Claro que que lo haría, mierda.

Entonces salto del coche, subo a toda prisa los escalones de la entrada, irrumpo por la puerta reforzada y entro como una loca en el salón, donde el delincuente sin límites está leyendo la sección de deportes.

Le enseño el localizador entre mis dedos, con el brazo extendido, como si fuera un ratón muerto que hubiera sacado de detrás de la nevera.

—Explícame esta mierda, y hazlo rápido.

Levanta la vista y lo ve. Para su eterna desgracia, no parece ni un poquito sorprendido.

—Es un localizador GPS —dice simplemente.

—Sé lo que es. Te he pedido que me lo expliques.

—Acabas de decir que sabes lo que es.

—Ronan, te lo juro por todo lo sagrado…

Dobla el papel y lo deja en el sofá a su lado. Lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo, se quita las gafas, las dobla y se las guarda en el cuello de la camisa. No hace falta decir que eso no ayuda a mi tensión arterial. Solo esos ojos ya me provocan hipertensión.

—Puse un rastreador en tu coche —dice—. Sí.

—Tú… —me detengo para darme un segundo a recomponerme—. Has puesto un rastreador en mi coche. ¿Y lo estás admitiendo? ¿Así sin más?

—¿Preferirías que mintiera? —pregunta ladeando la cabeza—. Has dejado muy claro lo que piensas de las mentiras.

Es un golpe tan bajo que, de hecho, me quedo sin aliento.

—No te atrevas a convertir mi trauma en una defensa.

Cruza los brazos sobre el pecho, flexionando los bíceps contra el fino tejido de su camisa.

—Me has pedido que te lo explique, así que te lo estoy explicando.

Sí, he puesto un localizador en el coche.

Quiero saber dónde estás en todo momento, porque hay gente a la que le gustaría atarte de pies y manos en la parte trasera de una furgoneta, y me gustaría saber si eso está ocurriendo mientras está ocurriendo, en lugar de después.

—Creo que te has vuelto loco.

—Mejor que yo pierda la cabeza que tú la vida.

Eso es tan dolorosamente razonable que mi cerebro decide dejar este tema en suspenso y ponerse a buscar a toda prisa el siguiente motivo para enfadarme. Enseguida se topa con una pregunta obvia que surge a raíz de lo anterior.

—¿Es solo en el coche?

Niega con la cabeza.

—No —dice.

—¿Qué más estás rastreando?

—Las mochilas de los niños, para empezar.

Doy un paso tambaleante, como si me acabara de dar un puñetazo en la cabeza.

—¿Las qué?

—Uno en cada una. Por las mismas razones, como seguro comprenderás.

Tengo que agarrarme al borde de la encimera, porque me he quedado pálida. Siento cómo sucede, cómo toda la sangre desaparece de mi cara y se va Dios sabe dónde.

—¿Desde cuándo?

—Desde la noche que me mudé, por supuesto.