Besos Crueles (La Bratva Akov nº 2) 4. Cali #2
15%

4. Cali #2

—¿Eso fue una broma? —le pregunto—. ¿Acabas de hacer una broma sobre la báscula? ¿La báscula que desencadenó todo este desastre?

—Llevo seis horas sentado en tus escalones —dice—. He tenido mucho tiempo para preparar material nuevo.

—Eso no tiene gracia.

—Al menos tiene un poco de gracia.

—No tiene ni un uno por ciento de gracia.

Pero me muerdo el interior de la mejilla para no sonreír.

Él lo ve, maldito sea, y se le levanta una comisura de los labios.

Por un segundo es como si nada de esto hubiera pasado nunca.

Como si quizá realmente fuéramos solo dos personas en un porche con un café, y lo peor del mundo fuera una broma un poco de mal gusto, aunque sin duda digna de al menos un resoplido audible.

Entonces oigo unos piececitos en el pasillo detrás de mí. Me giro y veo a Isabella irrumpir en escena, todavía en camisón, con el Doctor Fuzz apretado contra el pecho.

—¡Señor Ronan! —dice, encantada.

—Buenos días, chica valiente —dice Ronan con esa voz suave y cálida que reserva solo para ella—. ¿Cómo está hoy nuestro pequeño amigo médico?

—Está cansado. Ha tenido muchos sueños —Isabella se deja caer en el escalón justo al lado de Ronan, ignorándome por completo, y le tiende la caja de zapatos para que la examine—. ¿Ves? Está muy a gusto.

—Muy acogedor —coincide Ronan, asomándose con la seriedad adecuada—. Es una oruga muy bien cuidada, lo estás haciendo de maravilla. Apuesto a que pronto estará lista para hacer un capullo y echarse una buena y larga siesta.

Hayden aparece detrás de ella, con el pelo erizado igual que el de su hermana, entrecerrando los ojos ante la luz.

Observa toda la escena, Ronan en los escalones, yo por encima de él, la puerta principal que falta, con una especie de mirada científica que debe de estar grabada en nuestro ADN compartido.

—¿Qué le pasó a la puerta? —pregunta.

—Se… eh… se ha roto —respondo vagamente—. Vamos a poner una nueva.

—¿Cómo se rompe una puerta?

—A veces simplemente se rompe, amigo. Las puertas son más frágiles de lo que crees.

Lo acepta, aunque con evidente escepticismo, y luego se sienta al otro lado de Ronan. Así que ahora tengo a mis dos hijos a ambos lados del hombre al que le dije que se fuera de mi vida, los tres en el porche, y yo flotando sobre ellos como una especie de acompañante desconcertada.

Esto no es como se suponía que iba a ser.

Nada de esto es como se suponía que debía ser.

—Señor Ronan —dice Isabella, con ese tono que utiliza cuando ya ha decidido lo que va a pasar y simplemente está informando a los demás del resultado—, ¿vas a hacer tortitas?

—Isabella —le advierto.

—¡Pero él hace las mejores! —me recuerda esa pequeña traidora—. Las que tienen los bordes crujientes. Tus tortitas están bien, pero las del señor Ronan son las buenas.

—¡Isabella!

—Pero es verdad.

Ronan me mira. Al menos tiene la cortesía de no sonreír, porque si tan solo dejara ver un diente, le daría un golpe en la cara con un zapato.

Pero no, no lo hace. Se limita a esperar, dándome margen para decidir qué hacer a continuación.

Me irrita muchísimo que sepa cuándo hacer eso: justo cuando más débil estoy.

Decir “no” sigue siendo una opción. Quizá incluso la mejor.

Dejarle entrar en casa para preparar el desayuno es justo lo contrario de sacarlo de mi vida.

Es una idea resbaladiza, estúpida y terrible, y lo sé incluso mientras empiezo a suspirar y asentir, reconociendo la causa perdida que, siendo sincera, perdí hace mucho tiempo.

—Vale —digo—. Tortitas. Pero te vas en cuanto se recojan los platos. Y no puedes tocar nada más que la cocina. Y desde luego, no a mí.

—Trato hecho —dice Ronan de inmediato, antes de que pueda cambiar de opinión. Se levanta del escalón con un gemido que me deja claro exactamente cómo tiene la espalda después de seis horas sobre el hormigón.

Isabella suelta un grito de alegría, le agarra de la mano y lo arrastra hacia la puerta como si temiera que se evaporara si no lo vigila muy, muy de cerca.

Yo los sigo porque también tengo la intención de vigilar de cerca a Ronan Akov, aunque por razones muy diferentes a las de mi hija.

Es la única forma en que puedo justificármelo a mí misma: que lo estoy vigilando de cerca, que no he perdonado nada y que, sencillamente, estoy demasiado cansada para enfrentarme a dos niños y a un jefe de la mafia rusa antes del desayuno.

Ronan se mueve por mi cocina como si hubiera cocinado aquí cien veces. Sabe en qué cajón está el batidor. Sabe que el fogón de la izquierda calienta mucho. Sabe que a Hayden le gustan las tortitas pequeñas y a Isabella le gustan enormes, con orejas de Minnie Mouse.

Ronan Akov siempre, siempre está atento.

Me esfuerzo mucho por no encontrarlo entrañable.

Todos sabemos que no lo consigo.

Los niños están felizmente sentados en la isla junto a mí.

Hayden le está explicando a Isabella cómo las orugas se convierten en sopa dentro del capullo antes de transformarse en mariposas, algo que a Isabella le parece fascinante y profundamente perturbador a la vez por el bien del doctor Fuzz.

Ronan vierte la masa, toda la cocina se llena de su aroma, cálido, mantecoso, normal, y durante un minuto, pero solo uno, porque no puedo dejarme llevar, simplemente me permito estar aquí.

En este momento. Sin luchar.

Volveré a luchar después del desayuno. Me lo prometo a mí misma. Pero… todavía no, ¿vale? Una chica necesita un momento para relajarse de vez en cuando.

Entonces llaman a la puerta.

Bueno, eso es un poco inexacto. Debido a lo ocurrido anoche, no hay puerta, así que es más bien un golpe en el marco donde debería estar la puerta, unos nudillos golpeando contra la madera astillada.

Aun así, es lo suficientemente repentino y desconcertante como para que los cuatro nos quedemos paralizados.

Ronan deja la espátula. Todo su cuerpo se tensa. Sé lo que significa: que ha dejado de ser el hombre de las tortitas y ha empezado a ser lo otro.

—¡Yo voy a abrir! —anuncia Hayden, deslizándose del taburete con tanta brusquedad que no me da tiempo a recomponerme y detenerlo.

Lo intento de todos modos.

—¡Hayden…!

Pero es un chico rápido, siempre lo ha sido, y ya está al final del pasillo antes de que pueda agarrarlo.

Ronan sale en su persecución, rápido y en silencio, y yo voy justo detrás de los dos, con el corazón en un puño, porque acabamos de pasar por esto, acabamos de tener a un hombre en la casa que entró por esa misma puerta, y yo no estoy emocionalmente preparada para pasar por otra…

Hayden se detiene en seco en el vestíbulo y mira a quienquiera que esté allí.

—Mamá —responde—, y su voz no denota miedo, sino admiración, lo que de alguna manera lo hace peor y mejor a la vez—. Es una señora. Lleva una placa. De las de verdad. Y luce genial.

Ronan se queda pálido.

He visto a este hombre ser muchas cosas. Tranquilo. Frío. Divertido. Peligroso. Le vi disparar a un hombre en mis escaleras sin que le temblara ni un poco la mano.

Nunca, ni una sola vez, lo había visto con esta expresión.

Me mira, y en sus ojos hay una frase completa que no pronuncia en voz alta delante de mi hijo.

—Yo me encargo —le digo con voz ronca y áspera—. Lleva a los niños a la cocina. Vigila las tortitas.

Duda. Quiere tomar las riendas. Pero los dos sabemos que si él se queda aquí, así, con quienquiera que nos esté esperando…todo resultará más sospechoso. Es mejor que me ponga la máscara de “supermamá ama de casa” y espere que esa persona se marche sin más.

Resignado, le pone una mano en el hombro a Hayden y lo lleva de vuelta hacia el olor del desayuno.

—Por aquí, jefe. Necesito tu ayuda para darle la vuelta a la tortita de tu hermana. No creo que tenga fuerzas suficientes para darle la vuelta a esa cosa sin que intervengan tus músculos.

Es tan tierno, tan sencillo, como si no pasara nada en absoluto. La rapidez con la que cambia de personalidad a veces me asusta.

—Pero quiero hablar con la…

—Vamos, chico —dice Ronan, forzándose a recuperar la voz del Hombre de las Tortitas—. Sé que no quieres oír a Bella montar un numerito si le quemamos una oreja a Minnie.

Hayden sigue murmurando protestas, hechizado por la placa de la recién llegada, sea lo que sea que eso signifique, pero se deja llevar.

De repente, el pasillo queda vacío, salvo por mí y la puerta abierta.

Doy unos pasos lentos y nerviosos, como si estuviera caminando por la plancha de un barco pirata.

Entonces doblo la esquina y veo a lo que me enfrento.

Hay una mujer de pie en el umbral de mi puerta.

Severa y seria, con el pelo oscuro recogido con fuerza.

Lleva una chaqueta gris que denota seriedad, zapatos cómodos y una pequeña cartera de cuero que sostiene abierta en la mano, con una placa y un carné de identidad en el que se leen muchas cosas en letra de aspecto oficial.

Entre ellas hay tres letras innegables.

FBI.

—¿Señora Bradshaw? —pregunta.

—Me apellido Meadows —respondo automáticamente—. Bradshaw era mi apellido de casada.

—Claro —Su rostro, ya de por sí tenso, se pone aún más tenso. Cierra la cartera y se la guarda en la chaqueta—. Bueno, señora Meadows, ya era hora de que nos encontráramos. Hay algunas cosas que usted y yo tenemos que discutir.