Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2) Capítulo 42
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Capítulo 42

MARÍA

Camino entre los puestos del mercado de la mano de Biel. Vamos directos al de Jan, para ver cómo están funcionando sus nuevos sabores de mermeladas. Hizo una producción pequeña, por lo que me dijo, y es el momento de comprobar si tienen salida.

La fiesta de la floración es este fin de semana. Atrae a mucho público, casi más que la de la cosecha. No sé si no me lo dijeron en su día, porque no pensaban que durara tantos meses por Serratona o para que no me asustara en ninguno de los dos casos.

Aquella conversación que mantuvimos en casa de Ángela fue el pistoletazo para que Jan y yo continuáramos conociéndonos. Poco a poco, con calma, pero esta vez confiando el uno en el otro y consultando los pasos a dar.

Cuando lo veo atendiendo a los visitantes, que ya hacen una larga cola frente a su puesto de mermeladas, me siento superorgullosa.

—Uno de melocotón, naranja y miel —pido cuando llega mi turno.

Jan alza la mirada, me ve y me sonríe con esos labios en los que me pierdo cada vez que los tengo cerca.

—¿No conocerás por casualidad al dueño? Sé que esta es de las últimas creaciones y dicen que está deliciosa —comenta Jan mientras no me pierde de vista.

Los clientes de alrededor están atentos a la respuesta. Me ha pillado por sorpresa su juego. Jade está detrás, con Ángela, y Biel ha desaparecido de mi mano en busca de su amiga.

—Algo me han dicho —contesto—. Por eso, si puedes, mejor dame dos botes. Estoy convencida de que no durarán en casa.

Mientras prepara el pedido, Arnau está sirviendo el mismo producto a otro cliente.

—¿Cómo va? —le susurro.

—Pinta bien. Recuerda que luego tenemos plan.

Asiento. Cojo la bolsa y voy en busca de los niños y de Ángela.

Jan me ha liado para esta tarde. Bueno, en realidad, fui yo quien lo lio primero.

Una de las variadas actividades que Serratona propone a los turistas, aparte del mercado de productos y los talleres artesanales e infantiles, son las rutas con encanto por las diferentes fincas y campos para ver los melocotoneros en flor.

Desde la Comisión de Cultura llevaban años intentando que Mas Traginer formara parte de ellas y Jan siempre se había negado.

En esta ocasión se lo propuse yo y, aunque volvió a decir que no, le fue imposible negarse a mi insistencia.

Tal vez porque necesitaba hacer algo mío, algo nuevo, algo que nos uniera como pareja.

Y además ha acabado implicándose más de lo que imaginé. Lo ha organizado todo con mimo, hemos ensayado cada parte del discurso y revisado el recorrido más veces de las necesarias. Jan lleva un guía nato en su sangre.

Vamos a hacerla juntos y espero estar a la altura. Me emociona construir este nuevo presente.

Y esos pensamientos me llevan a otros. A mi pasado, a Toni.

A esa persona que fue y se ha convertido en polvo.

Hace unas semanas llamó. Me preguntó por los pendientes.

¿Los pendientes? Me quedé tan extrañada que él tuvo que recordarme de lo que estaba hablando.

Unas piezas preciosas que oculté en mi joyero.

No me las iba a poner. Solo lo hice el día que mi hijo las abrió para que me las viera.

Un regalo que pedía más de lo que yo pensaba ofrecerle a Toni. Bueno, de lo que no le iba a dar nunca. Esa historia quedó cerrada, más que finiquitada, y no daría un paso para recuperarla.

Además, le pregunté por Elizabetta y parece que ya no estaba con él. Sus palabras exactas fueron: «Ya no me conviene», y aún quedé más alucinada cuando me planteó si nuestro matrimonio podría funcionar de nuevo. Mi rotunda negativa le dolió, pero no pienso volver atrás.

Por fin llega la hora clave.

El grupo es numeroso y creo que tanto Jan como yo estamos bastante nerviosos. Los melocotoneros lucen su mejor gala: un manto de tonos rosados que nos ofrece la calma que necesitamos para empezar.

Explicamos que en esta ruta debemos permanecer juntos para escuchar lo que les contamos, las anécdotas y disfrutar del encanto de la floración.

A la vez, tendrán espacio para hacer fotos.

Y, por supuesto, si lo que desean es recorrer una ruta por los campos y practicar algo de senderismo, el ayuntamiento ofrece un par de recorridos alternativos que salen de la plaza Mayor.

Empiezo hablando yo. Había que dejarles claro que esta ruta con encanto tiene eso gracias a los susurros de los árboles y el cariño de los dueños que los miman. Y uno de esos cuidados es no dejar que cualquiera pise donde sea.

Caminamos hacia la parte derecha de la finca, donde nos encontramos con un sendero que bordea el camp gran .

Nos acompaña un grupo extenso: varias familias con niños, un par de parejas mayores con ganas de disfrutar de una buena explicación y un grupito de adolescentes algo ruidosos a los que atamos en corto.

Jan se deleita en su discurso con los detalles del cultivo, el cuidado de la tierra y de los árboles, de la importancia del riego y de cómo afectan las heladas o el tipo de injerto que mejor funciona.

También les cuenta lo sucedido en sus tierras, ese vertido que aún desconocemos cómo afectará al fruto y cómo gracias a la unión del pueblo y la maravillosa manifestación que se realizó —que casi seguro que es la razón por la que hoy tenemos tanto público— la empresa AgroTech ya no tendrá presencia en Serratona.

—Estos de aquí —dice señalando un grupo de árboles— fueron los primeros que se plantaron.

Esta finca perteneció a los padres de mi difunta mujer y ellos empezaron a cultivarla hace ya bastantes años.

Cuando me uní al mas, decidimos probar con la producción de mermeladas.

Al principio solo eran para consumo propio y luego empezamos a venderlas en la cooperativa y en las diferentes ferias de los pueblos de alrededor.

—¿Podremos hacernos con alguna? —pregunta uno de los turistas, que no para de hacer fotos con su cámara.

—Al final de la ruta tendréis la oportunidad —le contesto.

Seguimos avanzando por el sendero que nos dirige al camp petit , dónde Jan les enseña el huerto variado que mantiene para autoconsumo.

A veces vende algunos productos de forma local y, desde que se ha especializado en las mermeladas, está reajustando el enfoque.

Los melocotones van directos a la cooperativa.

El grupo va charlando y lanzando preguntas tanto a Jan como a mí. Respondemos encantados. El ambiente es distendido.

—¿Podrías decirme que tipo de árbol es este? —dice una de las chicas que nos acompaña.

—Este es un melocotonero rojo, conocido como red glove , cuyo nombre científico es Prunus persica . Da un fruto de piel aterciopelada y color rojo intenso, muy sabroso. Si te animas a volver en unos meses, podrás llevarte algunos en la cooperativa o llamarnos y te haremos llegar el pedido.

Jan prosigue con sus anécdotas y explicaciones. La ruta está siendo todo un éxito. Se acerca el final y dirigimos a los turistas hacia la nave donde se producen las mermeladas. Jan me coge de la mano y la aprieta con fuerza.

No hace falta que diga nada. Sé que se siente feliz, igual que yo. El esfuerzo, los nervios, los ensayos… todo ha valido la pena. Estoy segura de que repetiremos el próximo año. O antes, si se tercia, pues no conocía este desparpajo de Jan.

Dejamos al grupo en la pequeña tienda de productos de Mas Traginer, con la esperanza de que algo de nuestro entusiasmo los anime a comprar mucho.

—Ha salido bien —le digo.

—Más que bien. Me he sentido muy cómodo.

—Yo te he visto en tu salsa.

Asiente y yo le doy un beso en la mejilla.

Me coge ambas manos, respira hondo. Vuelve a inspirar y con una sonrisa se dirige al grupo para ayudarlos a escoger las mejores variedades.

También es un buen vendedor y acaban con los tarros de mermelada de melocotón y uva, y la nueva acompañada de miel y naranja, y alguna más que atrae siempre a los clientes.

Y mientras los observo desde la puerta, me invade una sensación cálida. Estoy en el lugar adecuado con la persona que quiero.

Justo en ese momento, estropea mi paz la llegada de Ángela con Jade y Biel.

—¡Chicos! Tenéis que haceros cargo de vuestros hijos. Empieza mi taller y llego un poco tarde.

Nos quedamos con los peques y despedimos también al grupo. Volvemos al pueblo y asistimos a los diferentes puestos que tienen tareas infantiles para que Jade y Biel disfruten de su tarde. Cuando llegamos al de Ángela me doy cuenta de que Alice también está allí.

—¡Alice! —exclamo confundida.

—¡¿Qué?! He venido a la fiesta de la floración, que me habéis repetido hasta la saciedad que era muy bonita.

—No sabía que venías —comento extrañada.

—Decisión de última hora —contesta, como si tal cosa—. Me alojo en la casa rural, no te preocupes. Tengo sitio para dormir.

—Pero… si me hubieras llamado, Angelines te hacía un hueco. Se va a enfadar cuando sepa que estás aquí y no en su casa.

—Pues no le digas que estoy —propone.

—Tarde — susurro. Angelines se está acercando a nosotras y observo que frunce el ceño al percatarse de quien tengo a mi lado.

Ellas se enzarzan en una conversación que acabará convertida en risas, o eso espero, y yo me acerco de nuevo a Jan.

—Me encanta estar aquí, contigo —le digo a la vez que entrelazo mis dedos con los suyos—.

Las dos ferias más famosas de Serratona nos han convertido en lo que somos.

La feria de la cosecha me hizo verte y en la de la floración he acabado de enamorarme de ti.

La ruta de esta tarde ha sido el broche final.

—Pues has tardado mucho. —Sonríe.

—Sí, tal vez. Es probable que alguien, sin querer mencionar quien, haya tenido un poco de culpa, ¿no crees? —Y lo abrazo, inspirando su olor y esperando que juntos lleguemos a más.

Biel corretea al lado de Jade y verlo feliz me ayuda a comprender que desplazarme a Serratona fue la mejor decisión que tomé.

Me siento orgullosa, fuerte e ilusionada por lo que viene y espero ser capaz de unir y no escapar de esta persona que tanto me llena.

No dejaré de ser feliz con sus mermeladas de melocotón.

Solo deseo que invente una creación para mí. O, mejor, para nosotros.