Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2) Capítulo 41
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Capítulo 41

JAN

María mueve los labios y continúa contándome lo que sucedió. Está intentando enmendar un malentendido del que quizá fui yo más culpable que ella. Porque, al final, eso es lo que ocurrió y no le di pie a explicarse.

No puedo dejar de mirarla, de maravillarme ante su presencia, de lo afortunado que fui al tenerla conmigo y de soñar con la posibilidad de que solucionemos lo que nos ocurre y se convierta en un futuro para nosotros.

Di voz a una persona que no era la correcta, y alejé de mi lado a quien, sin pedir nada a cambio, solo intentaba ayudarme. Como bien dice María, ahora toca luchar por lo que viene, por ese nosotros que aún podría ser.

—¿Qué quería hacer Joana con el mas ? ¿Cuáles eran sus proyectos? —pregunta, rompiendo el silencio con suavidad.

Sus palabras me pillan por sorpresa. Y este es tan buen momento como cualquier otro para hablar de Joana y el futuro que ella imaginaba para sus tierras.

—Al lado del almacén, supongo que lo has visto, hay un anexo que no utilizamos —empiezo, con la voz algo tomada—.

Está lleno de trastos viejos, cosas que guardas por si acaso y que solo ocupan espacio y acumulan polvo.

Ella quería transformarlo en una casa rural, con encanto, a su estilo.

Diseñó cada rincón con mimo y a conciencia.

Tengo los planos, las ideas y sus bocetos.

Hago una pausa, pues aunque haya pasado tiempo, depende del tema, aún me cuesta hablar de ella.

—Tras su muerte, quedó paralizado. Sentí que si seguía adelante, si lo hacía realidad, de algún modo la dejaba atrás, pues ella no estaba con nosotros para verlo surgir y crecer.

Era su sueño, no el mío. Sé que sería una buena inversión, que ayudaría al mas y al pueblo con una vivienda más para los turistas.

Pero no he podido dar un paso para iniciarlo.

—¿Por qué? —pregunta María con curiosidad.

Se levanta y se sienta a mi lado, más cerca—.

Me parece un proyecto precioso que además ayudaría a la economía del mas .

Y sin querer meterme, claro —añade alzando las manos con una sonrisa tímida—, yo te podría ayudar, si me dejas y si decides retomarlo.

Me encanta la decoración, la adoro. Además, sé de buena tinta que Artur es un manitas con estos temas y seguro que estaría encantado de colaborar.

—Joana y él eran amigos. Se conocieron en el bar y compartían una misma pasión. De hecho, los planos iniciales son suyos —respondo.

—Aaah —dice María sorprendida—, no lo sabía.

Se produce un silencio, pero no es incómodo. Es de esos necesarios para reconfortar el alma.

—Claro, llevas poco en Serratona —añado—. Artur ha venido varias veces a hablar conmigo sobre la remodelación. Sería su primer proyecto en serio y le encantaría hacerlo realidad aunque tal vez necesite la firma de su padre, el arquitecto.

—Pues lánzate. Es una idea muy bonita.

—¿Y si sale mal?

—¿Por qué debería pasar eso? Estuve en la feria de la cosecha y sé que en breve tenéis otro festival importante.

Siempre os quejáis de que los turistas se alojan en los pueblos cercanos.

Seguro que tendríais la casa rural llena cada fin de semana.

Hasta Toni sería capaz de meterse en ella —bromea, soltando una carcajada contagiosa y con su mano me roza el antebrazo.

Ha sido un gesto que ha hecho sin pensar, pero me ha erizado la piel por completo. Me río también, sin poder evitarlo. Que tenga fuerzas para burlarse sobre su ex me desarma aún más.

No dejo de contemplar su sonrisa, sus gestos, su mirada. Siento que me equivoqué y tengo que arreglarlo.

—Y ahora, ¿qué? —pregunto.

—Pues… —Un leve rubor cubre su rostro. Me fascina como se tiñe su cara cuando se siente observada. Se muerde el labio inferior y percibo su nerviosismo.

El silencio se alarga y tengo que contener la respiración. Mi pecho sube y baja despacio, como si todo dependiera de lo que diga a continuación.

Se coge el pelo con las dos manos, formando una coleta improvisada que suelta al instante. El movimiento de su cabello cayendo en cascada me encandila.

Hay un vacío que, como no cubra con palabras, voy a acabar sin vida al final. Contengo la respiración ante la perspectiva de lo que va a decir. Yo también estoy nervioso. Tiene la palabra y no sé hacia donde va a encaminarse.

—Tú y yo estábamos bien —susurra por fin, y toma mis manos—. Creo que, si hubiéramos seguido adelante, en estos momentos seríamos felices. Quizá ya tendríamos construido un inicio, algo bonito.

»Pero lo detuviste, lo frenaste en seco y generaste una cicatriz que será difícil de curar. No confiaste en mí. Ni siquiera me diste la oportunidad.

El calor de su piel me recorre entero. La mirada se le nubla y sus dedos, enredados en los míos, tiemblan levemente. Me muerdo la lengua para no soltar un «te necesito» que me quema en la garganta.

—Lo siento —murmuro. Pronuncio con una voz rota las palabras que salen de mi interior—. No vi escapatoria en aquel momento y fallé. Ahora lo sé.

Bajo la mirada. Verla acariciar mi palma me destroza. No solo por lo que fuimos. Por lo que podríamos ser.

—Sé que siento algo por ti. Lo siento aquí dentro.

—Su mano roza su pecho y yo trago el nudo que tengo contenido en la garganta.

Cuando ha soltado su agarre he sentido que la perdía, que lo nuestro ya no tenía futuro—.

Nosotros, a pesar de los baches sufridos, aún podemos convertir nuestra historia en algo hermoso.

Algo con ilusión, con ganas, con verdad.

Solo puedo asentir. Me está abriendo su alma y soy incapaz de emitir sonido alguno. Me inclino hacia ella despacio. No quiero presionarla, tampoco puedo permanecer lejos.

—Si tú me das el espacio necesario, yo también tengo un lugar para ti —dice María y yo estallo por dentro.

Mis labios rozan los suyos apenas un segundo después.

No puedo contenerlo. No quiero. El beso no es suave ni tímido.

Es urgente. Ella responde con la misma necesidad.

Sus dedos se enredan en mi nuca. Su cuerpo se pega al mío con una naturalidad que me hace olvidar dónde estamos, quiénes somos, lo que ocurrió.

Me hundo en su boca, como si besarla fuera mi única salida. Y quizá lo sea.

—Tengo todo el espacio que quieras y el tiempo que necesites —susurro sin separarme de ella, apenas un milímetro de distancia para contemplar sus ojos, su boca entreabierta, la respiración agitada. Está preciosa.

—Contigo a mi lado ya soy feliz —responde entre jadeos y me roba el aliento.

La beso otra vez. Con más intensidad. Con deseo. Con esa desesperación contenida de quien sabe que lleva tiempo esperando que este momento vuelva a suceder. Mis manos acarician su espalda, su cintura, se posan en su mejilla y enredan algunos mechones de su pelo. Ella tiembla. Yo también.

Y entonces, se separa un poco y sonríe.

—Ahora solo nos queda esperar.

—¿A qué? —pregunto. Me sorprenden sus palabras.

—A que vengan estas dos pilluelas que nos han encerrado en este piso enano en el que apenas nos podemos mover.

Me emociona su humor y cómo ha convertido una encerrona por parte de Ángela en un sueño. Porque esto es lo que necesitábamos.

¿Por qué no le di pie antes?

¿Por qué he desconfiado de ella?

Pues no lo sé, es algo que mi corazón no es capaz de entender. Tenemos una nueva oportunidad que no voy a desperdiciar.