Capítulo 40
MARÍA
Jan acaba de entrar por la puerta. No me lo puedo creer. Sigo sentada en el sofá, frente a una bandeja de dulces y Jade salta encima de mí. Quedo confundida ante la presencia de ambos.
—María, qué ganas de vedte . Un beso fuerte. —Y me abraza como si hiciera muchos días que no nos vemos, algo que no es cierto, pues cada tarde al salir del colegio hace algo similar a lo que acaba de hacer.
Sé que lo pasa bien conmigo, que congeniamos y le gusta estar con nosotros. Con mi hijo se lleva estupendamente y siento pena que no estén tan juntos como antes fuera del colegio.
Me pongo en pie, aunque sigo atrapada entre el tresillo y la mesa de centro. Saludo a Jan con una leve inclinación de cabeza, sin saber muy bien qué decirle ni si acercarme. Él responde con el mismo gesto y tampoco dice palabra ni se mueve.
No esperábamos este movimiento de piezas, que aún no sabemos hacia dónde se dirigen.
Ángela se coloca en medio de los dos. Nos mira a ambos y negando con la cabeza, de forma muy lenta, suelta una bomba que nos deja estupefactos:
—¡Bueno, chicos! —exclama—. Como veis, no ha sido muy currado, lo sé, no me lo tengáis en cuenta.
Era la única forma que tenía de uniros a los dos.
Jade y yo nos vamos a tomar algo. —Hace un guiño cómplice a la hija de Jan y ambas caminan de la mano.
Ángela se gira en el marco de la puerta—.
Para que no haya posibilidad a una no conversación, tenéis merienda suficiente y nos llevamos las llaves.
Lógicamente, cerramos la puerta. Volvemos en dos horas.
Así que, habláis o habláis. Lo solucionáis y punto.
Jade suelta una risita y da pequeños saltos de emoción. Estas dos han planeado algo que no sé si va a salir como ellas desean.
Se escucha el giro de la cerradura y Jan se queda frente a mí. Entrecruza los brazos en una actitud defensiva, como si necesitara protegerse. Yo, sin decir nada, vuelvo a sentarme. Me sirvo un poco de agua caliente, rasgo el sobre y dejo caer la bolsita de té verde en el vaso.
¿Quién debería empezar? ¿Tal vez yo?
Doy un sorbo a mi bebida mientras Jan permanece ahí, inmóvil, con la mirada perdida en la pared. El peso del silencio crece entre nosotros y entiendo que, si quiero abrir una grieta en este muro, me toca dar el primer paso, lanzar esa piedra en pos de una posible reconciliación.
—Solo pretendía ayudarte hablando con Marçal y en mi conversación con los mossos . En ningún momento pensé que te haría tanto daño. Lo sabes, ¿no?
Su expresión es fría y apenas se inmuta con mis palabras. Es necesario que calibre un poco más mi discurso.
—Cuando vi a Jaume, los movimientos raros que hacía, con quién hablaba, algo no cuadraba en mi cabeza.
Empecé a hacer cábalas y, si las hubiera compartido contigo, no estaríamos aquí.
Un día vi a Marçal en el bar y pensé que hablar con él era una opción tan buena como cualquier otra.
Que este se adelantara a mis pasos y te contara de lo que habíamos hablado, probablemente no de la mejor manera, no ayudó.
Sabes que él te desveló algo de lo que yo tenía intención de contarte con tranquilidad al vernos, no sé…
Sabes que es culpable. Que él escondió más de lo que os ha mostrado.
Aun así, parece que confías en él y no en mí.
Hace un leve movimiento y se acomoda en un puf que hay justo a su lado. Eleva los ojos hasta los míos y los deja fijos en mí. Permanezco en silencio, dejando que asimile mis palabras y decida tomar partido o no en esta conversación.
Si se convierte en un monólogo no tengo nada que hacer.
—¿Por qué te inmiscuiste? —Su pregunta suena helada, cargada de mucho resentimiento.
—No pretendía… —digo con la garganta hecha un nudo.
—Eso ya lo has repetido una infinidad de veces. En tus audios, en tus mensajes…
—¿Los has oído? —pregunto, sorprendida, y un escalofrío me recorre el cuerpo al ver que asiente de forma pausada—. Pensaba que no los habías escuchado ni leído. No tenían el doble tic y pensé…
—¿Ves? —interrumpe, sin suavizar el tono—. Ese es tu problema. Vives deduciendo, suponiendo, creyendo saber lo que los otros hacen o sienten.
Se produce una pausa. Respira hondo.
—No me gusta que la gente sepa si he leído o no sus mensajes —continúa Jan—.
Lo manejo a mi antojo. Si estoy bien, lo dejo visible.
Si me hundo en la miseria, lo desactivo.
Así nadie puede sacar conclusiones ni compadecerse ni reclamarme un silencio.
Nadie sabe nada. Y, créeme, es la mejor táctica que he encontrado. Funciona mejor de lo que imaginas.
Agacho la cabeza. Me ha tocado la fibra. Otro sorbo del té, ahora tibio, se desliza por mi garganta.
—Si me has escuchado, no quiero repetirme. Ahí tienes lo que soy y lo que siento. Si aún así no crees ni confías en mí, poco puedo hacer.
Jan no responde de inmediato. Se escuda en el silencio. Acaba murmurando, de forma apenas audible:
—Joana duele todavía.
Sus palabras me pillan desprevenida. Lo miro, confundida.
—¿A qué viene ahora hablar de ella en esta conversación?
—Tiene mucho que ver —responde con firmeza—. Joana lo era todo para mí y su pérdida fue un duro golpe.
—Lo sé, o lo imagino —digo en apenas un susurro pues su mirada sigue siendo dura.
—Déjame hablar, por favor. Ella quería que hiciéramos cambios en el mas .
Quería reinventarlo, hacerlo crecer. Era la empresaria, la que tenía un mundo a sus pies y no le bastaba.
Joana luchaba por sus tierras y yo me amoldé a ella.
Me dejé llevar por su empuje. Cuando se fue, sentí que si seguía su plan, como si aún estuviera aquí, me dolería en exceso.
Como si aún me mirara desde algún rincón pidiendo hacer esto o aquello, exigiendo más rapidez en las tareas, más…
Hace una pausa larga. Se pasa una mano por la nuca.
—Y cuando tú hiciste lo que ella habría hecho, hablar con Marçal, investigar lo que podía estar sucediendo, la sentí un poco más cerca y, al mismo tiempo, sentí que se alejaba para siempre.
Porque me di cuenta de que ella ya no estaba.
Y de que tú ocupabas su lugar. Un lugar que no te pertenecía y que…
—Sabes que en ningún momento he querido ocupar un lugar que no me pertenecía.
No pretendo… —respondo en voz baja—. Lo que hice fue por ti, por el mas , por Jade.
Sentí que una ayuda no te vendría mal y que aunaríamos fuerzas.
Darle un empuje a Marçal para que se retirara, para que convenciera a AgroTech de que vuestras tierras no estaban en venta.
Él alza los ojos hacia mí.
—Lo sé, y la jugada te salió bastante mal —comenta Jan.
—Tú pusiste el freno. Yo solo quería explicarte cómo se había desarrollado la conversación y tú preferiste escuchar a alguien ajeno a nosotros.
Sus ojos siguen fijos en los míos. De repente, parece que comprenden lo sucedido y que tal vez no actuó de la mejor manera posible.
—Lo escuché porque él siempre ha estado ahí y, aunque parece que han cambiado sus perspectivas, tú hacía poco que estabas entre nosotros. Confié en lo malo conocido que en alguien que era muy bueno para mí y que aún debía conocer.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunto, con un susurro.
—No lo sé —responde con sinceridad—. Al menos estamos hablando y tal vez comprendamos algo de lo que no nos hemos dicho aún.
Seguimos uno delante del otro.
Hemos calentado más agua y tomamos té verde. Las pastas que ha dejado Ángela en la mesa están deliciosas. Son caseras y veo en la mano de esta chica un don para la repostería.
—Cuando saliste del ayuntamiento, ¿qué pensaste? —prosigue Jan.
—Que había gato encerrado y que era prioritario hablarlo contigo. Nunca creí que Marçal tergiversara mis palabras y que tú lo creyeras a él.
Menea la cabeza con indiferencia.
—No creo que «tergiversar» sea el verbo adecuado.
Él me envió un mensaje. En él decía algo así como: «Alguien se está metiendo en tus asuntos.
Ten mucho cuidado de a quién te arrimas y qué cosas le cuentas.
La gente es mala por naturaleza». Me sorprendieron tanto sus palabras que lo único que pensé fue en llamarlo y que se explicara.
Como ya sabes, fue lo peor que pude hacer, ya que lo creí a pies juntillas.
—Escuchaste a una persona en quien confiabas y su discurso te convenció, como buen político que es. Pero luego tendrías que haberme escuchado a mí. Para ti fui culpable desde el primer segundo en que crucé la puerta del mas . Ni siquiera tuve la oportunidad de explicarme.
—No sé qué me pasó. Ahora lo pienso y me enfado conmigo mismo, pues di por ciertas unas verdades que tal vez no lo fueran. Mencionó a Joana varias veces en la conversación, y sabe que aún me afecta su nombre. Sabía qué teclas tocar y por eso venció.
—No es momento de más recriminaciones. Solo queda avanzar, pensar la mejor manera de arreglarlo. Dejemos el pasado y pensemos en el futuro.
—Me gusta tu manera de actuar. Parece hasta fácil.
—Lo es. Te lo prometo. —Alargo una mano para que él me la coja. Una manera de sellar un principio de algo que no sabemos muy bien aún qué es.