Capítulo 38
MARÍA
Estamos en el parque con los niños. Ángela está a mi lado, con el móvil entre las manos. Chatea con sus amigos, sin despegar uno de sus ojos de Jade, como siempre. Por un momento, coloca el teléfono en el banco y me mira con atención.
—Hay alguien que está muy alicaído —dice de repente.
—Uy, qué palabra más fina acabas de utilizar —le suelto—. ¿Y de quién estamos hablando? Porque si es de quien yo sé…
Me ha dejado confundida, no esperaba que lo mencionara.
—¿Tú qué crees? Claro que hablo de Jan —continúa Ángela—. Esa no es la cuestión. El tema es que desde que lo dejaste…
—Me dejó él a mí —la corrijo de forma automática.
—Desde que no estáis juntos. ¿Mejor? —me pregunta arqueando las cejas, pues la he interrumpido.
Asiento, aguantándome una media sonrisa, porque no sé si me hace gracia o me rompe por dentro, y prosigue:
—Que desde que no vienes por Mas Traginer, desde que Biel y Jade no juegan tanto y no nos acompañas en más de una ocasión, Jan está diferente. Más apagado, más ausente .
—No es cosa mía —respondo incómoda.
—Claro que es cosa tuya —afirma Ángela.
—¿Y si nos dejas a nosotros solucionarlo?
No quiero que nadie se meta. No me gusta que me empujen. Jan y yo tenemos que resolverlo, o no, pero a nuestra manera.
—Por supuesto, lo malo es que si no habláis, de ahí no vais a salir.
—Él no quiere estar cerca de mí.
—Creo que últimamente lo tienes cada mañana en el bar —comenta Ángela.
Veo que está en todo.
—Pero me evita. Es Dolors quien lo atiende.
—Es una verdad como un templo. Cada vez que entra en el bar, se acerca a mi jefa, le pide el café y se va al rincón más alejado.
Desde allí, a veces, me lanza una mirada fugaz.
A veces yo también lo hago. Ninguno de los dos se atreve a romper el silencio que nos hemos impuesto.
Ambos sentimos que hay algo pendiente, pero no damos ese primer paso.
—¿Y por qué no lo intentas tú?
—Ángela, no te metas —la corto, tajante—. Haré lo que tenga que hacer cuando tenga que hacerlo.
Empiezo a sentirme asfixiada. Esta conversación ha removido lo que con tanto esfuerzo intento mantener enterrado. Siento que, si sigo aquí sentada, voy a romperme. Debo alejarme de inmediato porque no controlaré mis impulsos y diré algo inconveniente.
—Ahora es cuando lo necesitas. O te lanzas o lo pierdes —añade con suavidad.
Aunque es la coletilla que hace que me ponga en pie de golpe.
—Déjame en paz —le suelto y me alejo unos metros de donde están. Me cuesta hasta respirar.
El dolor en mi pecho es insoportable. Lo que siento por Jan es fuerte y no tenerlo cerca me duele. Quiero recomponer lo que rompí, pero no sé cómo. Ni siquiera supe que lo estaba rompiendo.
Los niños juegan y apenas notan mi ausencia. Me abrazo a mí misma y dejo que los pensamientos me inunden. No paran de venirme imágenes suyas, nuestras. Momentos felices. Sonrisas compartidas. Y, por supuesto, algunos momentos agridulces en los que tenerlo cerca era un imposible.
Pero yo no he sido culpable de lo que me acusa. Yo he descubierto lo que otros intentaban esconder.
Respiro hondo, me limpio las mejillas, y vuelvo junto a Ángela.
—¿Sabes una cosa? —le digo, plantándome delante de ella.
Esta se gira y me mira sorprendida—. Gracias a mí, a lo que hice, se ha descubierto lo de Roger y lo de AgroTech.
Todo ha salido a la luz y ahora Serratona está mejor.
Es verdad, hablar con Marçal no estuvo bien sin contárselo antes a Jan, pero es lo que me salió del corazón en aquel momento.
Lo de los mossos era más que necesario. No pensaba quedarme para mí lo que había descubierto, o por lo menos lo que intuía.
Creí que era lo mejor para él y así hice lo que hice.
Y si me equivoqué, lo siento, lo hice por amor.
Biel, nos vamos. —Le cojo de la mano y, con un gran enfado, salimos del parque a la ligera.
Al llegar a casa de mi tía, le pido que se ocupe de mi hijo. Subo a la habitación, me tiro en la cama y entierro la cara en la almohada. Grito. Lloro. Dejo salir lo que he aguantado.
Un par de días después recibo varios mensajes de Ángela:
«Disculpa mi intromisión. Al final parece que esto se pega, ¿no?».
«Me gustaría pedirte disculpas, y la única manera que sé, es hacerlo en persona. Te espero mañana por la tarde a las seis, después de recoger a Biel. En mi casa, te invito a un café y una de mis meriendas especiales. ¿Vale?».
«Porfa, dime que aceptas».
Resoplo. Dudo. Al final le envío un emoticono de un dedo alzado como respuesta. Se ha metido en mi vida y no me ha gustado la manera en que lo ha hecho.
Aunque me da a mí que ha actuado por un impulso de juventud, sin pensar demasiado en lo que hacía. Y eso es lo único que me lleva a aceptar.
Al día siguiente, me planto frente a su puerta. Apoyo la mano en el timbre y, durante un segundo, me planteo dar media vuelta.
Ya estoy aquí, así que toco. No tarda en abrir.
—Entra, María. Ven, te enseño mi casa. Es la primera vez que vienes, ¿no?
—Sí. No entiendo a qué se debe tanta efusividad. Solo he venido a escuchar tus disculpas —le digo, aún con cierta frialdad.
—Venga, y una merienda. Eso no me lo puedes negar.
—Entramos a un pequeño salón, con la cocina incorporada y dos puertas que supongo dan acceso a la habitación y al baño.
Ángela continúa hablando—: Este encuentro es para pedirte perdón como Dios manda.
Me comporté como una cría. Y no soy así.
—Se hace un silencio. Raro, forzado—. ¿Te apetece un café? ¿Una infusión?
Niego con la cabeza. Solo quiero que me diga lo que me tiene que decir e irme a casa con mi familia.
—Siéntate. Damos una vuelta después.
—¿Vuelta? —pregunto perpleja ante su comentario.
—Sí, por la casa, te enseño este pisito, que es muy acogedor. Ahora la merienda, que he preparado cookies y un bizcocho de limón que me sale de muerte. Mucha gente me presiona para que le ponga melocotones o la mermelada de Jan. —Me hace un guiño—. Aún no me he atrevido.
Siento que ni siquiera me ha escuchado. Habla y habla sin parar. Se entretiene en la cocina. Oigo el tintineo de la vajilla, el sonido del grifo, el roce de los cubiertos.
Me toca esperar a que regrese y escuchar sus palabras. Que ambas sabemos lo que es. Tal vez me evita por vergüenza, aunque ella no es así.
Unos minutos, eternos, después trae una bandeja repleta de dulces, vasos, bebidas. Parece como si sus amigos estuvieran a punto de llegar y celebrar una fiesta.
Y en ese momento suena el timbre.
Eso sí que me ha descolocado. Ella ni se ha inmutado.
¿Quién puede ser?