Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2) Capítulo 35
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Capítulo 35

MARÍA

El fin de semana con mi amiga fue de escándalo.

Caminamos, disfrutamos la una de la otra y, a mi manera, la dejé acercarse a esa persona que la hacía mostrarse diferente.

No parecía la Alice de siempre y eso solo era por lo que casi seguro sentía, lo que su corazón le palpitaba, hacia la persona que tenía cerca.

Fueron unos momentos íntimos en los que en ocasiones me sentía casi una intrusa, alguien ajeno a ellas.

Alice decidió alargar su visita, aprovechando que había acumulado en su trabajo unos días libres que no se había cogido aun, y quedamos un par de tardes a tomar café con Ángela y sus amigas.

Se comportaba de forma diferente a la que lo había hecho hasta ahora.

—Alice, de verdad, si lo deseas, ve tú sola a buscar a mi hijo. Yo me quedo en casa, que tengo tareas que hacer —le sugerí un mediodía, acabando mi café. Ella podía recoger a Biel y pasar la tarde con Ángela sin que yo molestara.

Mientras, podría recoger la ropa, poner otra lavadora, limpiar el polvo…

Actividades que me permiten no pensar.

—Prefiero que vengas tú —recalca Alice—. Es mejor, de verdad. No me quiero entrometer en la relación que tienes con él.

—¡Que es mi hijo! Y él ya te conoce, sabe quién eres.

Estoy segura de que si fueras tú a buscarlo no le importaría, más bien te diría que hasta le encantaría.

—Sonrío, segura de que así la convenceré—.

Solo tendrías que llevarlo un rato al parque, y eso te mola.

—Le hago un guiño. Allí seguro que se encuentra con alguien con la que sé que desea hablar.

—¿Estar un rato en el parque? —parece que duda.

Desconozco el motivo. Necesita de esos momentos al lado de Ángela y no sé por qué los evita.

—Claro. Vengo, si no tienes claro el ir sola, vamos las dos y pasamos un rato con los niños y por supuesto con Ángela. —Cruzo los dedos. Espero no atravesar ninguna línea ni empujar algo que tal vez únicamente esté en mi cabeza.

—Que sepas que yo te acompaño con la esperanza de que uno de estos días aparezca Jan y tú no te derrumbes.

—Eso no pasaría. Poco a poco lo estoy olvidando. —Me estoy convenciendo. Cuanto más me lo repita, más me lo creeré.

—Cuéntaselo a otra. A mí no me engañas.

Sus palabras me duelen, pues sé que en parte tiene razón.

—¿Por qué dices eso?

Y casi seguro que mis dudas tengan que ver con mi comportamiento. Una manera de hacer de la que se ha dado cuenta mi amiga e incluso yo y, aunque sé que debo evitar esa forma de actuar, anular esos momentos, no siempre es fácil. Y duele. Duele mucho.

El otro día nos cruzamos con Jan frente a la panadería. Yo apenas logré articular palabra. Le dije a Alice que era por miedo a meter la pata, pero ella sabía la verdad: me tenía del codo y notaba cómo me temblaba el cuerpo.

Una mañana, Alice vino a desayunar al bar y, casualidades de la vida, Jan también decidió pasar.

Lo atendió Dolors y mis ojos no se apartaron ni un segundo de él, de sus gestos, de su sonrisa.

Tuvo que ser mi amiga la que me diera un golpecito que me despertara.

Literal. Se levantó, se acercó a mí y me dio tal codazo en el hombro que creo que aún tengo un moretón.

Por supuesto, la reprendí. Le dije que, como volviera a embobarse con Ángela delante de mí, no pensara que iba a ser tan sutil como lo estaba siendo.

Lo dejamos en tablas y con el propósito de ambas de arreglar nuestras situaciones.

Ella hablaría con Ángela.

Para mí sería complicado si él no deseaba hablar conmigo ni estar cerca, ni siquiera a unos pocos centímetros. Lo intentaré más adelante otra vez.