Capítulo 34
MARÍA
Esta tarde llega Alice a pasar el fin de semana en casa.
Ha sido pesada y hasta que no lo ha conseguido, no ha parado.
Tengo a Biel conmigo, pero son los días que escogió mi amiga para venir.
Pensaba que quería desconectar de la ciudad y que estuviéramos las dos juntas, a solas, pero parece que no.
Biel era una de sus cartas: tenía que estar con nosotras sí o sí.
—Necesito relajarme y despejarme. Tanta urbe me puede. Y que tu hermana no esté cerca es un rollo —me dice nada más llegar con su trolley a la puerta del bar.
Al verla, salgo de detrás de la barra y la abrazo con fuerza.
—Mi hermana lleva tres años o más fuera de Barcelona. Tienes otras amistades —le recuerdo.
Nos sentamos en una de las mesas y Dolors nos trae un par de manzanillas.
—Para que no os animéis demasiado —dice mi jefa y la miro desconcertada, pues no es lo que acostumbramos a tomar.
—¿Sabes, María? Con tu hermana era con quien mejor lo pasaba, y también contigo. Os habéis ido las dos y me habéis dejado sola —dice una Alice llorosa. Sé que es fingido. Ella puede con esto y más, aunque parece que hoy necesita mimitos.
—Venga, no seas bobalicona y disfrutemos de estos días de relax. Biel está en el colegio. Luego iremos a recogerlo.
—¿Y con el masover ? ¿Ya lo has arreglado?
Niego con la cabeza.
—Nos vimos en la manifestación. Intenté acercarme para hablar con él y no me lo permitió. Se aleja cada vez que me aproximo.
—Pues ponte las pilas. Ese hombre te conviene.
—Él no lo ve así. Me quiere lejos.
—Se lo estás permitiendo. Este finde lo arreglamos.
—No te metas, es lo mejor. Parece que un movimiento en falso es lo que provocó esta situación.
—Tú solo querías ayudar —afirma Alice.
—Pues lo mismo que quieres tú ahora. Dejemos a Jan en el mas , y tú y yo vamos a disfrutar de estos días.
Hace un sonido con la boca, entre pensativa y pícara. Un «mmm» con el que arqueo una ceja.
—¡¿Qué?!
—Yo quería verlos. A Jade, a Jan, a Ángela.
—Uy, uy, uy aquí hay gato encerrado. ¿Tú has venido por mí o por alguien que te hizo tilín hace unos meses?
—Por ti, por supuesto —responde sin titubear. Demasiado firme. Sé que miente.
Le doy un sorbo a la manzanilla y me pongo en pie para recoger un par de mesas que han quedado vacías. Alice me sigue y me ayuda.
—Deja eso —le digo.
Pero no me escucha. Con sus tacones, sus pantalones de vestir y su blusa de seda no encaja haciendo esta tarea. Dolors nos mira desde la barra, divertida.
—Venga, llévame a casa de tu tía. Quiero instalarme —dice tras dejar las mesas vacías. Hasta ha traído los servilleteros.
—Estoy trabajando.
—¡¿Dolors?! —llama a mi jefa con ese tonito encantador—. La dejas salir ya, ¿no? He venido a verla y quiero cotillear.
Cuando le confirmé a Dolors que mi amiga vendría, le insinué que tal vez necesitaba salir un poco antes.
Ayer hice algunas horas de más mientras Ángela se encargaba de los niños.
Fue una buena ocasión para que Artur acabara la parte de las obras que le hacía a su abuela y no tuviera que encargarse de los clientes.
—¿Puedo ir con vosotras? —pregunta mi jefa.
La miro perpleja. Se echa a reír a carcajadas.
—Me encantaría salir de fiesta y revivir mis años mozos. Pero no, chicas, id y disfrutad. Luego me lo contáis.
Arrastramos el trolley y llegamos a casa de mi tía. Saluda a Alice con efusividad, pues congeniaron muy bien la vez anterior. Se instala en el cuarto de la costura, una habitación que se ha de convertir en algo más, ya que recibimos demasiadas visitas.
Esto último lo he dicho en voz alta y mi tía se ha reído. Creo que ella opina igual.
Nos sentamos en la mesa y charlamos un rato.
—Me encanta que estés aquí. María está mustia y te necesita —comenta Angelines.
—No seas exagerada. Te tengo a ti y me haces mucha compañía.
—Pues necesitas a otra persona de la que casi no hablas y con la que casi no te veo.
—Te lo expliqué, sabes lo que ocurrió. No insistas.
—Es que no lo entiendo —dice mirando a Alice—. Ella no hizo nada y él la ha apartado de su lado. Seguro que hay algo más que no me cuenta.
—Insisto, tía. Lo que te conté es la verdad. Sin ninguna invención.
—Angelines, creo en las palabras de María. Ella fue a hablar con ese tipo con la mejor de las intenciones y parece que luego salió rana. —Alice es directa.
—La culpa la tiene Jan, por no escuchar a mi niña.
—La culpa no es de nadie. No le gustó lo que hice y sanseacabó. No le demos más vueltas. Vamos a pensar en las actividades de este fin de semana.
—Eso, eso. Que yo vengo aquí a descansar y a desconectar. No me puedo quedar encerrada los tres días —suelta Alice y se dirige a mi tía a abrazarla.
—Tampoco es que caminar y hacer excursiones te guste mucho. Creo que lo que he planificado se ajustará a tus deseos.
—¿Vamos a ir a Mas Traginer? La otra vez no me lo enseñaste.
—Esa propiedad, como comprenderás, está prohibida.
—Mmm… A recoger a Biel sí que vamos, y a lo mejor nos cruzamos con Jan o con…
—Me da a mí que vienes a ver a alguien más aparte de nosotras —interviene Angelines, medio en broma, medio en serio.
Alice alza las cejas, fingiendo desconcierto. Mi tía es muy lista y creo que ha visto aquello que intuimos aunque no tenemos claro al cien por cien.
—No sé a qué te refieres —comenta Alice y su tono al pronunciar la frase, así como ese leve gesto de hombros, la delata.
—No, si yo no digo nada —sigue mi tía .
—Pues venga, Alice, que tenemos que ir al cole a buscar a ese pequeñajo. Estaría bien que te cambiaras de ropa, algo más acorde al entorno.
—A sus órdenes —responde, marcando el paso hacia su cuarto.
Cuando vuelve, lleva unos vaqueros y una sudadera que le quedan de muerte.
—¿Nos encontraremos con Jan en la puerta del colegio? —pregunta mi amiga.
—Quién sabe. Eso sí, te prohíbo que le digas nada.
—Yo soy muy educada. Lo saludaré con la mano. No me entrometeré en vuestras disputas.
—No son disputas.
—Bueno, vuestros algo. Ya me entiendes.
—Puede que ni siquiera venga él. Tal vez a Jade la recoja otra persona.
—Con la que también estoy deseando cruzarme —dice Alice con una amplia sonrisa.
Me gusta tenerla aquí. Su presencia es como un cable a tierra. Y con ella cerca, las cosas parecen un poco más fáciles.
Llegamos al colegio justo cuando suena el timbre y no me sorprende encontrarme con Ángela.
Tenía la intuición de que Jan no vendría.
Últimamente no lo hace. Según dice Ángela, tiene mucho trabajo en el mas.
Yo tengo otra teoría: me evita. Cada vez pasa menos por el bar, cuando antes lo hacía a diario. Soy yo. Lo asumo.
Biel y Jade salen corriendo. Biel se lanza a mis brazos y Jade lo hace con Ángela, aunque tardan bien poco en saludar a Alice con una sonrisa abierta.
—¿Podemos ir al parque? —preguntan al unísono .
Asiento sin pensarlo demasiado. Hace buena tarde y no hay prisa. Cruzamos la calle y nos instalamos las tres en uno de los bancos mientras ellos juegan en los columpios con algunos de sus amigos.
Las miradas entre Ángela y Alice son complicadas.
Yo intento mantener la charla viva, hablar del trabajo, del tiempo, del colegio… Pero se siente un poco forzado, como si anduviéramos con cuidado de no pisar un terreno resbaladizo.
Hay silencios que no terminan de ser cómodos y palabras que parecen tropezar antes de salir. Sus miradas y sus gestos contenidos me dicen que no saben muy bien cómo acercarse la una a la otra. O que, si lo saben, aún no se atreven, algo rarísimo en ellas.
Observo a Alice mientras finge que está pendiente de los niños. Su postura está rígida, como si no supiera dónde poner las manos. Ángela, por su parte, baja la vista cada vez que se cruzan sus ojos.
Dos personas por un momento diferentes a lo que veo cuando las miro o hablo con ellas.
Y aun así… hay algo en esa tensión que me gusta.
Tal vez porque sé lo que cuesta dar un paso cuando hay heridas frescas o ganas nuevas que no sabemos nombrar. Tal vez porque, en el fondo, veo una promesa silenciosa entre ellas, un hilo invisible que empieza a tejerse aunque ninguna lo sepa.
Va a costar. No será fácil. A veces las cosas más bonitas nacen justo así: en medio de lo incómodo, lo torpe, lo no dicho.
Y ellas son capaces de conseguirlo.