Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2) Capítulo 33
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Capítulo 33

JAN

Acaban de entrar dos agentes de los Mossos d'Esquadra en mi despacho. Lo primero que pienso es que vamos a hablar de lo que saben, cómo avanza la investigación y supongo que luego me pondrán al día de lo que María les contó. Qué equivocado estoy.

Después de apenas cinco minutos de charla, uno de ellos saca una carpeta y me muestra una orden judicial. Van a registrar mi almacén.

—¿Una orden? —pregunto, incapaz de disimular la sorpresa—. Si yo no escondo nada, no tengo nada que ver con…

—Lo sabemos, señor Masferrer, no se preocupe.

No está acusado —responde uno de ellos con un tono sereno—.

Hemos recibido una declaración que apunta a una posible actividad irregular vinculada a su propiedad.

El juez ha considerado que hay motivos suficientes para autorizar el registro.

No es habitual, pero tampoco extraordinario cuando hay una investigación en marcha.

—¿Y por qué aquí? ¿Por qué mi almacén ?

—Una testigo asegura haber visto a uno de sus trabajadores, Roger Soler, cargando botellas con un líquido sospechoso junto a este edificio. Necesitamos comprobar si esas botellas estaban almacenadas aquí, si hay algún resto o indicio que nos ayude a esclarecer los hechos.

—¿Y que eso ocurriera en mis tierras no me convierte en sospechoso?

—No necesariamente —dice el otro agente—. Depende de lo que encontremos. Si no hay nada, esto quedará como una comprobación más dentro de la investigación. Es importante que colabore.

Aprieto la mandíbula. María.

—Muy bien —respondo al fin, seco—. Hagan lo que tengan que hacer.

Los acompaño hasta el almacén y abro la puerta con mis llaves. Apenas dan un paso dentro cuando uno de los agentes se agacha junto a una de las estanterías del fondo.

—Aquí hay algo —dice.

Me acerco. A simple vista, el suelo parece limpio, pero bajo una lámpara portátil descubren un rastro reseco. Un residuo apenas visible que, sin embargo, parece reciente.

—Qué raro —murmuro—. Además, aquí usamos muchos productos para la limpieza de la granja y los tractores, podría ser cualquier cosa.

—Claro, por eso tomamos muestras y, si no es nada, descartamos.

Sacan fotos, con los guantes recogen aquello que encuentran y colocan en bolsas, y documentan todo sin emitir juicios. Yo solo observo.

En mi cabeza una única idea cobra fuerza: Roger .

Él tenía acceso. Él ha estado aquí. Y, si salió con esas botellas, tal como dijo María, puede que sea quien ha jugado con fuego.

Y yo, por supuesto, quedo en medio de esta confusión que no sé si agradecer a María o acabar de echarla de mi vida. No me gusta lo que provoca en mis sentimientos y eso no es bueno para mantener la calma. Porque es lo que debo hacer. Permanecer atento y verificar cualquier indicio.

Por fin ha llegado el día de la manifestación. Ese momento en que Serratona alza la voz con fuerza. Por fin los medios se harán eco de lo que AgroTech pretende realizar en nuestras tierras. Y no se lo vamos a permitir. No con lo que tanto esfuerzo nos ha costado conseguir.

Desde primera hora de la tarde, la plaza del pueblo se ha ido llenando de gente. Agricultores, ganaderos, vecinos, asociaciones ecologistas… e incluso han venido desde otros pueblos, desde cada rincón de la comarca. La convocatoria ha sido un éxito.

Traen pancartas similares a las nuestras y llevan chalecos verdes y banderas con lemas en defensa del territorio.

El murmullo inicial se convierte en un clamor. Se oyen tambores, silbatos, cánticos. Y se puede leer en los carteles: «La tierra no se vende», «Serratona resiste», «AgroTech no podrás con nosotros», «Serratona 1, AgroTech 0».

La prensa tiene su espacio delimitado junto al ayuntamiento y se van moviendo entre la gente en busca de alguna exclusiva.

Hay muchas cámaras, micrófonos y periodistas que toman nota en sus libretas.

Entre ellos reconozco a Roc, mi amigo. Le lanzo un saludo desde lejos y él hace lo propio. Se acerca hasta mí.

—¿Qué tal? Parece que esto está siendo una victoria. No esperaba tanta afluencia.

—Creo que yo tampoco —comento.

—Tengo parte del reportaje redactado. Hoy haré la crónica de la jornada y tomaré fotos. Luego, con la difusión necesaria, conseguiremos que AgroTech desista de sus propósitos.

Sus palabras son una gran noticia.

—Es lo que deseaba. Gracias, Roc.

—No somos invisibles. No esta vez —me dice y se aleja sonriendo hasta el lugar que ocupaba.

Llega la hora. El sonido de los tractores anuncia el inicio del recorrido. Hemos acordado bloquear la carretera comarcal durante una hora. Será un corte simbólico y contundente. Porque lo que AgroTech pretende conseguir no se lo vamos a poner fácil.

En ese momento, entre la multitud, veo a María.

Va con su hijo, Biel, que le sostiene la mano con fuerza.

A su lado caminan Ángela y Jade. Los niños llevan camisetas blancas con dibujos de árboles y huertos, hechas en el colegio como parte de la protesta.

Varios padres y madres se han unido al final de las clases.

Vienen a sumar presencia y a hacer ruido. Mucho ruido.

La sonrisa de María, luminosa, resalta entre la gente. No es lo que más me conviene en estos momentos.

Aún recuerdo la reciente visita de los agentes de los mossos. Lo que encontraron en el almacén. Lo que se llevaron. Y es verdad que no me han llamado de nuevo, pero no puedo evitar preguntarme si algo de eso podría salpicarme y si lo que les contó María es más de lo que me han comunicado.

Se acerca y me saluda con la cabeza, sin palabras. Yo le respondo con un gesto discreto. Jade da un salto y la cojo al vuelo. Me la subo a los hombros y Ángela hace lo mismo con Biel. Los niños se dan la mano y empiezan a canturrear los lemas que repite la gente que tenemos alrededor.

Caminamos juntos los primeros metros. Tengo a María demasiado cerca. El ruido de la manifestación no nos permite hablar, ni lo intentamos. Mejor el silencio.

Porque la tensión está muy presente entre nosotros.

Cuando nos detenemos frente a la carretera, el momento se vuelve solemne. Los tractores bloquean los dos sentidos. Me separo de ellos para leer el manifiesto que he preparado con la ayuda de muchos de los que están presentes y opinan lo mismo que yo.

—Hoy alzamos la voz porque ya no podemos callar más.

Decimos basta a AgroTech, basta a esas compras disfrazadas de promesas, de dinero y de un futuro que no vemos posible.

—Mi voz suena decidida y temblorosa a la vez.

Solo necesito que el discurso cale en la gente que tengo alrededor y en los medios que no paran de hacer fotos.

Alzo la voz—. Serratona no está en venta, así como no lo están nuestras tierras.

Aquí vivimos, aquí crecemos, aquí amamos.

—Se me escapa la mirada. No he podido controlarla.

Y la veo, a ella. María está pendiente de mí.

Con esa dulzura que deseo y me pregunto por qué la he alejado de mi lado—.

Queremos un futuro, sí. Pero un futuro que respete nuestras raíces.

Que no nos arranque la identidad ni nos borre del mapa.

Luchamos por lo que es nuestro. —Aprieto con fuerza las manos.

Estoy leyendo un manifiesto y mi mente está en otro lugar.

Pienso en mí, en María, en lo que hubiéramos llegado a ser si no se hubiera inmiscuido.

Tal vez ya no sea posible—. Por la tierra que cuidamos, por los niños que crecen libres entre melocotoneros.

Hoy es el comienzo. El campo está vivo. Y nosotros también .

La gente a mi alrededor rompe en aplausos, gritos y vítores. La emoción me embarga. María aplaude como el resto, junto a nuestros hijos, y yo me siento feliz de lo que he conseguido.

Y unas lágrimas descienden por mis pómulos. La felicidad hubiera sido más fácil con ella, si hubiéramos compartido este momento. Estando tan cerca, estamos muy lejos el uno del otro.

Marçal da unos pasos y llega hasta donde estoy.

—Buen discurso. Te voy a contratar para que redactes los míos.

Siento rabia solo con oírlo.

—Espero conseguir que AgroTech desaparezca de nuestras tierras.

—Pues lo tienes difícil si tu contacto aún es el señor Casas.

Lo miro confundido. No sé por qué dice eso. Es el director general de esa compañía, por lo que es la persona adecuada para tratar estos temas. Ha sido él quien me ha llamado, quien ha contactado conmigo, quien me ha enviado las propuestas económicas. No entiendo sus palabras.

—Ya te conté que María vino a mi despacho —continúa comentando Marçal—. No me hizo gracia, lo sabes. Sentada con esa actitud provocadora y reclamando algo que tú no habías hecho.

—Te repites, no hace falta que insistas. Ella no irá más a verte y yo acabo de proclamar a los cuatro vientos lo que opino y lo que espero suceda.

No me gusta que la mencione. Desconozco por qué fue y siento dolor al pensar que se entrometió y que ahora puede repercutir en mis intereses.

—Tu mujercita ahí, frente a mí, resolviendo tus asuntos. —Niega con la cabeza. Su voz suena maliciosa y la expresión de su rostro me lo demuestra. Marçal ha cambiado, no es la persona que conocí hace tiempo ni mucho menos a la que voté por la alcaldía.

—Yo no la envié, lo sabes. Ella quiso solucionar el tema sin tener en cuenta mi opinión y…

Marçal me interrumpe, posando una mano en mi hombro y susurrándome al oído. Su voz es baja, pero la ira que contienen esas palabras me atraviesa por dentro.

—Pues no la fastidies tú mucho más hablando con un pelele que no sabe nada y que está a punto de jubilarse. En el consejo de administración apenas tiene voz.

Empieza a alejarse y lo detengo.

—Y tú, ¿cómo sabes esas cosas?

—Hay que estar mejor informado y asesorado. —Sonríe y no me gusta la sensación que me provoca.

Regresamos a la plaza mayor para acabar la convocatoria con una cadena humana.

Es María la que se acerca a mí para cogerme la mano.

Los niños están en medio con el resto de criaturas que lanzan semillas al aire.

El simple roce con su piel me produce tal descarga que no sé si sabré recomponerme. Necesito pensar.

Lo que me ha dicho Marçal aún golpea mis sienes.

Lo que todavía significa María para mí y que no soy capaz de olvidar. Y tengo claro qué es lo que debo hacer: dejar que fluya esa fuerza interior que no sé si quiero dominar y que me arrastra a ella.