Capítulo 32
JAN
Quiero despejarme de los malos rollos que se agolpan en mi cabeza y la mejor manera que he encontrado es acompañar a Arnau a la feria que tenemos en Vival.
Este pueblo se encuentra a una hora de camino de Serratona. Es uno de los más bonitos de la zona y la Trobada d’Hivern que se celebra este fin de semana es un referente en la comarca.
Recogemos lo que necesitamos, lo colocamos con cuidado en la furgoneta y bien temprano nos dirigimos hasta allí.
—No hacía falta que vinieras. Mi primo me iba a ayudar —me dice Arnau mientras conduce por esas carreteras estrechas.
Aún es de noche, Ángela se encarga de Jade y yo voy a intentar dejar de pensar en lo que me preocupa.
Tengo demasiados frentes abiertos.
—Lo sé. Lo necesitaba. Tu primo puede venir sin problema. Cuantos más seamos, más venderemos. O no, quién sabe. He revisado el móvil y pone que hará mal tiempo.
—Esperemos que nos vaya bien. Últimamente se vende bastante.
—Desde que vas tú —le comunico con una sonrisa sincera—. No sé si esta vez te voy a perjudicar las ventas.
—No digas tonterías. Primero, el puesto es tuyo; y el producto, también. No incomodas y se está bien con el jefe. Y vendes de puta madre, o sea que anima esa cara.
—No seas pelota. Venga conduce —digo y me quedo en silencio hasta que llegamos a la plaza del pueblo.
El bullicio nos engulle. Los diferentes puestos quieren tener su producto listo para cuando dé inicio la feria. En Serratona lo organizamos mejor, y siempre empezamos en viernes. Eso ayuda a los comerciantes a colocarse y a que los visitantes que se acercan puedan disfrutar ya desde el primer día.
Una mujer examina nuestros productos y se decanta por una de las mermeladas que más vendemos: la de melocotón con uva.
La mañana se nos escapa sin apenas darnos cuenta.
No hemos parado en ningún momento. Al final, Arnau ha convencido a su primo Nicolás para que nos eche una mano por la tarde.
Así, de paso, aprovecha el trayecto para traer más producto de Mas Traginer.
Por suerte, Nico es amigo de Ángela y esta le ha abierto el almacén donde guardamos el material y no ha habido ningún problema con la carga.
Mientras coloco lo que ha traído Nico en las estanterías de la caseta, escucho una voz que resuena en mi cabeza. María le está pidiendo a Arnau algunas de nuestras mermeladas estrella.
¿Qué hace aquí?
No me muevo y tal vez así no me vea. No hay demasiado espacio entre el mostrador y donde me encuentro por lo que va a ser bastante difícil.
—Hola, Jan .
No me he movido. Ni un ápice de mi cuerpo se ha girado. Pero ella me ha saludado. No quiero ser descortés.
—Hola, María —contesto y me giro para observarla. Qué guapa está. Tiene el rostro enrojecido, pues, aunque la lluvia no nos acompaña, hace bastante frío—. Te llevas lo mejor de Mas Traginer.
—Lo sé. Por eso he venido. Me ha dicho Ángela donde estabais. He pensado que aún no había visitado Vival ni esta Trobada d’Hivern, por lo que aquí me tenéis, turisteando y así os compro algunos botes de mermelada.
Mientras habla no dejo de mirarla. El movimiento de sus labios, su sonrisa al contarme la historia, el parpadeo de sus ojos. Aprieto fuerte los puños para no pensar en ella. No me conviene.
Es Arnau el que le da conversación mientras Nico y yo colocamos el producto y atendemos a otros clientes que se pasan por el puesto. No entiendo por qué continúa aquí. Ya ha comprado, ya ha hecho su visita.
—¿Queréis un poco de ayuda? —se ofrece. La cola cada vez es más larga. Creo que el motivo es porque ella está entreteniendo a Arnau. ¿No se da cuenta?
—Si nos dejas trabajar, podremos atender al público que nos reclama. —Sé que mi tono ha sonado brusco y ella así lo ha percibido. Es cierto, necesito que se aleje.
—Bueno, pues os dejo. Que vaya bien lo que queda de feria.
Camina por la plaza y yo me pierdo en el contoneo de su cuerpo. Odio que mi corazón no sea capaz de olvidarla. Menos mal que mi cabeza rige más y realiza las acciones adecuadas para apartarla de mi lado .
Estoy agotado. No consigo descansar bien por las noches y el trabajo no despeja mi mente.
Las largas jornadas que arrastro tampoco ayudan a que deje de pensar.
La semana se me ha hecho eterna y, cuando recibo una notificación en el móvil, apenas le presto atención.
Cojo otra pala de tierra y sigo con lo mío.
Estoy limpiando la base de los melocotoneros, eliminando malas hierbas y preparando el terreno para la poda. El aire es frío y húmedo, así que casi agradezco el esfuerzo físico: al menos me mantiene en movimiento.
Cuando descanso un instante para beber agua, decido echar un vistazo a la pantalla.
Al leer el mensaje, entiendo enseguida que no es cualquier cosa.
Los agentes del cuerpo de los Mossos d’Esquadra quieren hacerme una visita.
Parece que no es algo rutinario y quieren saber cuándo voy a estar en casa.
Les escribo para informarles de que esa misma tarde pueden pasarse y recibo su aceptación en seguida.
Por el mensaje, y por lo que he escuchado los últimos días por las calles de Serratona, sé quién es el informante: María. ¿Qué les habrá contado? ¿Por qué se ha inmiscuido?
Me acerco al bar. Es necesario que sepa qué saben, por si me perjudica. ¿Pudiera ser que María estuviera resentida conmigo y haya destapado algo que desconozco?
Me siento en la barra y, cuando ella se acerca con mi café, voy al grano.
—¿De qué has ido a hablar con los mossos ? —la interrogo. Sin miramientos.
María da un paso atrás y me analiza con cautela. Sé que no le ha gustado mi forma de abordarla. Estoy convencido: su rostro, serio y apagado, lo dice todo .
Me cuenta lo que sabe, algo que yo desconocía por completo. ¿Jaume? ¿Roger? ¿Botellas con un líquido sospechoso en mi almacén? ¿Un coche rojo que ahora ha desaparecido? ¿El coche rojo? Suena tan absurdo como inquietante.
Las preguntas se me agolpan en la cabeza. ¿Cuándo ha ocurrido esto sin que yo me enterara?
—Llevas muy poco tiempo en Serratona para saber lo que cuentas —espeto—. Vuelves a meterte donde no te llaman.
—Jan, no. Solo quería ayudar. Desde el bar veo cosas que no me cuadran y pensé que tal vez tuvieran relación. Me limité a compartir con los mossos lo que vi. Ellos sabrán qué hacer con esa información.
—No entiendes que te estás entrometiendo. En mi vida. En mi casa. Con mis trabajadores.
—No he acusado a nadie. Solo conté lo que sucedió.
—Déjalo.
—¿Y si alguien es culpable?
—¿Culpable de qué? Déjanos en paz. Y deja de hablar con quien no debes. Primero Marçal, ahora los mossos . Siento que no te conozco.
—No digas eso —susurra con tristeza—. Insisto en que solo quería ayudar. Como no me escuchas, pensé que al menos ellos sí podrían hacer algo con esa información. Nunca pensé que esto nos separaría aún más. Lo hago por ti, para beneficio tuyo.
—Qué equivocada estás.
—Ahora lo veo.
Me bebo el café de un trago, dejo unas monedas sobre la barra y salgo sin mirar atrás.
Mi cabeza hierve. Lo que acaba de contarme María no puede ser cierto. Es absurdo .
Y lo peor es que ha sido ella quien lo ha contado, quien se ha inmiscuido.
Ella otra vez.
Apartarla de mi vida cuanto antes es lo que más me conviene. Más de lo que ya lo he hecho.