Capítulo 31
MARÍA
Biel corre por el parque. Aunque el frío se ha instalado en mi cuerpo, mi hijo se ha empeñado en quedarse un rato más a jugar con sus amigos.
Hace pocos días que han regresado al colegio tras las vacaciones navideñas y la euforia del reencuentro aún se percibe en cada grito y en cada risa que llena el entorno.
Parece que no han tenido suficiente con estos días, que aún necesitan más.
Me he mantenido a un lado, sentada en uno de los bancos con las manos enterradas en los bolsillos del abrigo, y escuchando cómo otras madres hablaban de sus vacaciones en esas fechas y de lo revoltosos que han vuelto sus hijos tras dos semanas de descanso.
Yo, en mi caso, estoy encantada de estar otra vez al lado del mío.
Lo he echado tanto de menos que quiero pasar todos los ratos con él, y este alto antes de llegar a casa me parece algo que no necesitaba.
Ángela también se encuentra entre el grupo de madres, aunque no lo sea. Vigila a Jade y a alguno que otro. Estas señoras se ponen a hablar y a veces parecen que se olvidan de que están sus hijos cerca y prefieren que Ángela les eche un ojo.
Jan aparece unos minutos más tarde. No ha llegado hasta el parque; se ha quedado parado en el momento en que me ha visto. Nuestras miradas se han cruzado solo un segundo. Un instante en el que mi estómago ha temblado, se ha removido y su presencia ha provocado el salto de un latido de mi corazón.
No consigo olvidarlo, y parece que él tampoco, pues esos gestos, los movimientos erráticos que realiza, lo delatan. Me siento triste. Necesito arreglar lo nuestro. La tensión que hay cada vez que nos acercamos no es correcta.
Jade sale corriendo a ver a su padre y Biel va detrás de ella. Jan cambia su expresión al verlos y esa felicidad que siente es la que me gustaría que transmitiera cuando me ve.
Pero hice algo incorrecto y le duele. Le duele bastante.
Solo pretendía ayudar y parece que lo único que conseguí fue estropearlo.
Un mensaje aparece en mi móvil y compruebo que es de mi hermana. Me evado de la situación y decido leerlo en ese momento. Espero que me ayude a sentir menos, a no pensar tanto en lo que podíamos haber llegado a ser y no fue posible.
«Alice quiere ir a pasar contigo unos días. Dice que necesita descanso rural, o algo así se ha inventado. Me hace a mí ir de correveidile. Por si tú te pudieras negar».
«¿Por qué le iba a decir que no?».
«Tonterías de Alice, ya la conoces».
«Lo que no entiendo es por qué quiere venir ahora. ¡Si nos acabamos de ver por fiestas!».
«Eso se lo tendrás que preguntar tú a ella. Yo me aparto de esta conversación. Por cierto, ¿Cómo estás? ¿Todo sigue igual?».
«Sin cambios. Ya hablaremos».
Y mientras continúo mirando de reojo a mi hijo, que juega con Jan y Jade, le escribo a Alice para que me diga qué es lo que ha pensado. Al rato recibo un audio de mi amiga que escucharé más tarde. Ahora Biel me reclama.
—Mami, ven a jugar con nosotros.
—Estoy cansada. Yo os miro desde aquí.
—Pero…
Le cojo la mano y se la beso. Entiende que no es momento de insistir.
Se aleja con sus amigos y Jan permanece a su lado.
Han empezado a jugar a pasarse la pelota y se han añadido otros compañeros de clase.
Han montado un partido improvisado y por lo que he oído de lejos parece que me tocaba de portero y ahora buscan a otro adulto que ocupe mi lugar.
Menos mal que uno de los pequeños ha convencido a su madre y esta se encuentra frente a la portería ficticia.
La tensión que existe entre Jan y yo no me permite acercarme a él, aunque solo sea a través de nuestros hijos.
Espero que se calme y me dé una oportunidad para hablar.
Es necesario que lo hagamos. Estoy convencida de que arreglaré esto que nos pasa con unas simples palabras.
O tal vez algunas más, y algo más profundas.
Entiendo que le he de pedir perdón, disculparme por un acto que creo fue correcto, aunque él no lo vio así.
Ahora solo me queda hacer penitencia y aceptarlo para avanzar, si es lo que finalmente deseo.
Estoy en el bar, ausente, cuando Dolors me toca el codo para que atienda al cliente que tengo frente a mí. Mis pensamientos están en otro lugar.
—¿Qué desea? —le pregunto sin levantar la mirada de la barra en la que no dejo de pasar el trapo y que debe estar más que limpia desde hace un buen rato.
—Unas cervezas y unas patatas chips.
—Perfecto. Se lo acerco a la mesa. Puede tomar sitio.
—¿De usted? ¿Desde cuando me tratas con tanta cortesía?
Levanto la mirada para observar la cara de extrañeza de un cliente habitual. Es Pedro, el dueño de la farmacia. Ni me había percatado de que era él.
—Perdón. Siéntate y te lo llevo.
Dolors mueva la cabeza en señal de desaprobación.
Le he explicado lo que me sucede y lo entiende, claro que lo entiende, pero sus palabras han sido claras: «Aquí se viene a trabajar.
Los problemas de cada uno se dejan fuera, en las escaleras de entrada, justo antes de acceder al bar».
Y lo intento, pero últimamente no lo consigo.
El regalo de Toni pulula por mi cabeza, pues el otro día me preguntó si me había gustado y si lo llevaba puesto. Está escondido en el primer cajón de la cómoda. No sé qué hacer con él.
Biel quiere irse de nuevo con su padre. Me dijo: «Mami, solo unos pocos días, no desiados, para que no me eches menos».
Le ha prometido otro viaje de escándalo y solo quiere estar con él para prepararlo.
Los fines de semana son los que son y no se pueden cambiar.
Voy a tener que ponerme estricta en este punto y no lo deseo.
Quiero que mi hijo esté bien, que disfrute de lo que tiene y no que solo vea un tira y afloja entre sus padres.
Alice insiste en venir a pasar un fin de semana: dice que necesita desconexión y yo no sé si estoy preparada para tener tanta intensidad cerca.
Y Jan. Con el que no puedo hablar, que no lee mis mensajes ni escucha mis audios y apenas me mira cuando nos cruzamos por el pueblo. Por el que aún siento algo y sé que hay que arreglarlo.
Debo centrar los frentes que tengo abiertos y tratar cada uno de forma separada. Espero lograrlo.
Mientras recojo el lavavajillas, veo que Jaume sale y cruza unas palabras con Roger. Este acaba de llegar hace un instante. Viene con el jeep del mas , el coche de Jan, y al verlo he pensado que era él.
Cuando ha bajado Roger del vehículo, me he desinflado un poco, y la adrenalina ha aparecido cuando los he visto discutir. Pere también los mira y me he acercado a la mesa para curiosear.
—¿Sabes de qué hablan esos dos?
—La cristalera no lo permite —comenta Pere—. Los gestos no me gustan. Se conocen, aunque yo diría que no son muy amigos. Últimamente los veo demasiado juntos.
—¿El chico con el coche rojo ya no ha vuelto a venir? —les consulto.
—No, no lo hemos visto. ¿En qué piensas? —pregunta Salva.
—Cosas mías, ya os contaré cuando lo tenga más claro.
Regreso a la barra y reviso mis notas. Apunto la fecha y hora de este encuentro, al igual que he ido haciendo de los anteriores. ¿El motivo? Lo desconozco, aunque no hago nada con esta información.
Decido que esta tarde, al salir, pasaré por la comisaría de los Mossos d'Esquadra a dar mi visión de los hechos.
—¿Dónde tienes esa cabecita? —me pregunta Artur, que acaba de llegar a su puesto.
—Eso me gustaría saber a mí. Creo que la dejo en casa.
—Pues ya me explicarás cómo se hace eso. Así, menos preocupaciones.
—¿Tú crees? —Le sonrío y me dirijo al cuarto donde dejamos los bolsos y me pongo el abrigo para salir.
Tras dar dos pasos en dirección a casa, recuerdo la decisión tomada y le pido a mi tía que se quede con Biel. Llamo a Ángela para que recoja a mi hijo y se lo deje a Angelines.
Tal vez tenga razón o a lo mejor son solo imaginaciones mías. Lo que vi fue eso, unas botellas que tal vez no deberían estar en un coche y la sensación que me produjo Roger fue insólita, no como la vez en que estuvimos redactando la subvención.
Algo esconde y no sé qué es. De ahí a que sea algo relacionado con el vertido en las tierras de Mas Traginer…
Cojo el coche y, en menos de media hora, me planto en la comisaría de los mossos .
Me presento y explico que quiero hablar con los agentes que acudieron a inspeccionar el vertido en Mas Traginer.
Me piden que espere. Lo hago sentada en una silla incómoda, con las manos entrelazadas y la mirada fija en el suelo.
Los minutos pasan lentos y el nerviosismo me atenaza el estómago.
Finalmente, una agente aparece y me conduce a una sala sobria, con una mesa de madera y un ordenador, y vuelvo a esperar. Entran por la puerta dos miembros de la Unidad de Medio Ambiente, así se presentan, y me atienden.
—¿En qué podemos ayudarle? —pregunta uno de ellos de forma directa—. Hemos estado en contacto con Jan Masferrer y lo mantenemos al tanto de la investigación.
—Me ha comentado que no ha habido avances.
—Con la información actual, no es fácil .
—Pues a eso he venido. Creo que dispongo de ciertos datos que me gustaría compartir. Tal vez sean circunstanciales y no tengan relación. Ustedes sabrán si es información útil o no.
—Adelante —me anima uno de ellos mientras el otro se acomoda ante el ordenador.
Empiezo a relatarles lo que vi, con cada detalle que recuerdo y reviso en mi libreta. El agente frente al teclado va anotando mis palabras con precisión. El otro me formula preguntas puntuales, intenta reconstruir lo sucedido y mis sospechas.
Cuando termino, intercambian una breve mirada. No sé si he dicho algo que les interese o si piensan que he venido a hacerles perder el tiempo.
—Gracias por acercarse, señora Grau. Tendremos en cuenta su declaración.
Asiento, me despido y salgo de la sala. En el coche, de camino a Serratona, no puedo evitar preguntarme si he hecho lo correcto o si esto no servirá para nada.
Sé de una persona que tal vez piense que me he inmiscuido otra vez. Pero, sabiendo lo que he averiguado, creo que era mi deber hacerlo.