Capítulo 30
MARÍA
He acabado el año de forma rara, sin mi hijo y sin Jan. Es verdad, mi hermana y Alice han hecho que los olvide durante muchos instantes, pero la mayoría de las situaciones vividas me recordaban a ellos.
A Jan, básicamente.
A su forma de mirar cuando creía que nadie lo observaba, a cómo sus palabras parecían siempre pesarle más de lo que decía, a su manera torpe de demostrar cariño. A su casa, a su hija, a su mundo. A lo que, por un momento, pensé que podía ser también mío y acabó desvaneciéndose.
Y duele.
Duele no haber podido explicarme mejor. No haber tenido la oportunidad de remendar lo que rompí con una decisión que tomé sola, sin medir las consecuencias.
Me arde el pecho cada vez que me acuerdo de cómo me miró antes de pedirme que me fuera y cada vez que repaso sus palabras, como si con entenderlas pudiera cambiar el final.
No sé si él también piensa en mí, si el silencio de estas fiestas le pesa igual. Yo lo echo de menos. Echo de menos todo lo que fuimos, y aún más todo lo que no nos dio tiempo a ser.
He disfrutado de una semana con los míos, aunque sintiendo la pena de no tener a Biel, a Jade y a Jan cerca.
Y por fin ha llegado el día, 1 de enero por la tarde. Hemos comido en familia y después del café he cogido el coche y el camino de regreso a Serratona me ha sentado a gloria.
Mañana toca volver a la rutina. Una rutina que echaba de menos.
Apenas quedan clientes en el bar y mi turno está a punto de acabar. Artur ya ha llegado y me indica que aligere si pretendo hacer lo que le he dicho que quería llevar a cabo al salir de trabajar. El año ha empezado ajetreado.
Tengo un mensaje de Arnau de hace unos días. En él me pide que, cuando pueda, pase por la finca y no sé cómo lo voy a gestionar. Jan no quiere que vaya por sus tierras, pero parece que sus trabajadores sí. Supongo que no han hablado y a mí me pone en un compromiso.
El cielo se está oscureciendo y presagia una buena tormenta.
Me toca pasar por el súper y comprar varias cosas que faltan en la despensa y, además, quiero entrar en la panadería para hacerme con una torta de Serratona.
La mencionó el otro día Angelines y voy a preparar una tarde de merendola juntas.
Al salir y dar los primeros pasos el cielo se desploma con una furia inesperada. Una lluvia de mil demonios que me obliga a buscar refugio al instante. Miro a mi alrededor, frenética, sin saber dónde meterme, cuando distingo un coche rojo frente al bar. Un coche en el que acaba de entrar Jaume .
No me lo pienso. Es lo más cercano que tengo.
Abro la puerta trasera sin dudar y me cuelo dentro. Jaume se gira con una mezcla de sorpresa y desconcierto.
—¿Qué haces, María?
Su pregunta no me sorprende.
—¡Mira la que está cayendo! Te he visto meterte aquí y era el único sitio más a mano que había —miento.
Me hubiera mojado más, eso seguro, lo que pasa es que mi impulsividad, esa que no reconozco, me ha llevado a sentarme con un desconocido y un Jaume bastante alterado.
Inspiro hondo y miro por la ventana. La lluvia no tiene intención de parar—.
Chicos, ¿me lleváis a casa de Jan y así me hacéis un favor?
Ambos se miran perplejos, más bien diría incrédulos.
—Hola, por cierto. Soy María —añado con una sonrisa que pretende suavizar la tensión—. Tú eres su amigo, ¿no? ¿No te importa llevarme? —Pongo morritos y una voz melosa para que acepten.
No saben qué hacer, si reírse o llamarme loca o si echarme del coche. Al final, alzan los hombros resignados, asienten y el coche arranca.
Al sentarme en la parte trasera me he acordado del mensaje de Arnau y ellos me pueden acercar a Mas Traginer. Además, a lo mejor me encuentro a Jan y aprovechamos la coyuntura.
Porque quiero saber. Acabo de cometer una acción imprudente, pero es que Jaume, un coche rojo, su actitud y ciertas palabras… Algo no encaja y quiero indagar. Y qué mejor momento.
Aunque me esté metiendo donde no me llaman, y ya me ha dolido bastante el rechazo de Jan como para que ahora me ponga a averiguar sin su permiso de nuevo.
—Tienes que coger el desvío de la derecha —le indico al conductor—. Llegarás antes.
El rostro de ambos es de rabia. Las manos agarran el volante del coche con demasiada rigidez y conduce algo más rápido de lo habitual para la que está cayendo. Accede al camino que le he indicado y por lo menos sé que me llevan a un lugar seguro.
¿A quién se le ocurriría hacer semejante insensatez? Solo a mí.
En el asiento trasero, bajo unas mantas descuidadamente colocadas, algo llama mi atención.
Me muevo un poco y agacho la mirada para estudiarlo con más detenimiento.
Un par de botellas de cristal verdoso, medio ocultas.
Muevo un poco la manta con el pie y confirmo mis sospechas: hay algo en ellas, en su aspecto, en su color… que me hiela la sangre.
¿Podrían ser las responsables del vertido?
¿Y Jaume…? ¿Qué tiene que ver él con esto?
El coche gira y nos acercamos a Mas Traginer.
Frente a la puerta de entrada al almacén, justo al lado de la casa, está Roger.
Parece que ya los esperaba. Carga con una caja de botellas idénticas a las que hay en el coche mientras mira a su espalda como si no quisiera que nadie se percatara de lo que hace.
Las mete en el maletero sin darse cuenta de que estoy dentro del coche. Jaume sale apresurado, lo llama, intenta detenerlo… Ya es tarde.
Lo he visto todo. Aunque no sé qué he visto.
Cuando me bajo, entre paraguas y prisas, noto su nerviosismo. Y eso me pone aún más en alerta. Ellos intentan actuar con normalidad, pero hay algo que vibra bajo la superficie. No me cuadra.
—¿Qué haces aquí, María? —pregunta Roger con una sonrisa maliciosa.
—He venido a hablar con Arnau y, si puedo ver a Jan, mejor .
—Sabes que él no quiere verte. No sé por qué te has presentado sin su permiso.
—Me lo ha pedido tu compañero, y necesito hablar con Jan —me arriesgo a decir.
—¿En un día como hoy? No parece el mejor momento para arreglar un mal de amores —responde mirando al cielo justo cuando un trueno ilumina su rostro.
—Lo intentaré —susurro.
—Pues Jan no está. Dentro sí que tienes a Arnau, en el despacho. Me da a mí que no te espera. Eso sí, han llegado los papeles de la subvención y puede ser que quiera pedirte ayuda. Cómo sabías tanto de esos temas… Por cierto, dile que me voy, que el cobertizo está listo.
Trago con fuerza. Roger me sostiene la mirada apenas un segundo más de lo necesario. Pretende intimidarme, y lo ha conseguido.
—Claro —respondo con una sonrisa forzada—. Ahora me paso por el despacho y veo si puedo ayudar. Gracias.
Me despido con un gesto amable y accedo a la casa. Respiro hondo. Me esfuerzo por aparentar tranquilidad.
Me encuentro a Arnau sentado en el escritorio de Jan, frente al ordenador. Lo saludo.
—Nos han concedido la subvención.
—Enhorabuena. ¿Y para qué me necesitabas?
Frunce el ceño. Parece que no entiende mi pregunta. Tal vez he sido demasiado directa. Aún estoy nerviosa por lo que acaba de ocurrir.
—¿El mensaje que me enviaste?
—Aah, sí. Nos han emitido un requerimiento de documentación adicional, además de la aceptación expresa de la subvención. Tengo algún lío con los papeles. Si te los pudieras mirar… —su giere.
—Vale. Voy a por un vaso de agua.
—¿Te pasa algo? —pregunta Arnau.
Niego con la cabeza.
—Nada, no te preocupes. Ahora vuelvo —Me acerco a la cocina y echo un vistazo rápido por la ventana. El coche rojo ya no está y parece que Roger se ha ido con ellos.
—Hola, María —me saluda Aurora—. ¿Qué haces aquí? Jan no me ha dicho que vendrías. De hecho, dijo que ya no vendrías más.
Fuerzo una sonrisa.
—Lo sé. Me ha pedido Arnau que me acercara y mi intención era aprovechar e intentar hablar con él.
—Pues no está. Creo que no volverá hasta la noche. Jade está en casa de Ángela, en una de esa tardes de chicas que tan bien le van a Jan.
—¡Vaya! Qué mala suerte. Y, además, con la que está cayendo, me han traído los chicos y no tengo mi coche.
—¿Chicos?
—Jaume y otro. Creo que es amigo suyo. En un coche rojo. No sé si lo conocerás.
—No sé. A lo mejor es el sobrino de Pepa, que se compró un coche hace poco.
—Muy nuevo no era.
—No tienen muchos cuartos. Seguro que era de segunda mano —prosigue Aurora.
—¿Sabes cómo se llama? ¿Dónde trabaja?
—Muy preguntona estás tú. Yo poco sé. Lo que sí que puedo hacer es acercarte al pueblo cuando acabe, que no me queda mucho .
—Pues te lo agradezco. Ayudo en unos temas a Arnau y, cuando acabes, me avisas.
Media hora después, con el papeleo solucionado, me voy de Mas Traginer con la pena de no haber visto a Jan. No me coge el teléfono ni responde a mis mensajes. No tiene ninguna intención de arreglar lo nuestro, si es que hubo un lo nuestro en algún momento.
Mi hijo está abriendo los regalos. Toni lo acaba de traer y Biel no ha podido esperar ni un momento a entrar a casa para buscar bajo el árbol.
Es la mañana de Reyes y casi ni me ha dicho «hola» al llegar.
Estaba al tanto de lo que sus majestades habían dejado y quería verlo con sus propios ojos.
Sé que su padre tampoco se ha quedado corto y recibió sus paquetes durante ese fabuloso viaje que ambos han realizado.
Toni permanece en el marco de la puerta del comedor, viendo a su hijo disfrutar de ese momento. Mientras Biel se entretiene, hablamos unos minutos.
—Lo hemos pasado bien, bueno, ya lo sabes por lo que te ha ido contando Biel.
Sí. Mi hijo me ha dado el parte cada noche y estoy al tanto de lo que ha sucedido en el viaje, de los pasos recorridos por tierras francesas.
El único que se ha guardado, probablemente porque no le ha dado importancia, es el motivo por el que Elizabetta no está con ellos.
Y la respuesta de Toni ante mi pregunta me deja un poco confundida.
—Se fue a mitad del viaje —dice Toni.
—¿Por qué?
—Temas familiares. Su madre no se encuentra bien .
—Entonces has podido estar más con tu hijo. Eso es bueno.
Y el esbozo de sonrisa que percibo en su rostro me muestra lo genial que lo han pasado y parece que por fin han conectado.
O ha deseado hacerlo de una vez por todas.
Cuando estábamos juntos, siempre era yo la que me encargaba del bebé; él trabajaba y yo era esa madre abnegada que reconforta a los suyos.
—Ya ves. Pero los dos solos —suelta como quien no quiere la cosa.
No me ha convencido esa respuesta. Además, no me gusta la presencia de Elizabetta al lado de mi hijo.
—¿Por qué estás con ella? ¿Qué te aporta ahora?
Esas preguntas brotan de mis labios sin pensar porque sigo sin comprender qué hace con esa chica, más joven, un figurín de alta costura que no le pega para nada, o tal vez sí y la que desentonaba era yo.
—Casi seguro que lo que voy a explicarte no te gustará. Estoy con ella por conveniencia.
—¿Conveniencia?
Esa palabra sí que me deja confusa.
—Sí. Está conmigo por dinero, lo tengo claro.
No es una puta, no pienses mal. Le he dado lo que me ha pedido y, a cambio, me ha hecho compañía.
La encontré en una app y al principio solo quería que vieras que había superado lo nuestro.
El roce hace el cariño y, mírame, no te lo voy a negar.
Y luego siguió conmigo, me acompañaba. Además, en los eventos que últimamente organiza mi empresa necesitaba a alguien a mi lado y, como no podía contar contigo, busqué una sustituta.
—¿Una sustituta? ¿Qué quieres decir?
No sé si estoy comprendiendo el verdadero significado de lo que brota de sus labios.
—La mayoría de los socios saben que estoy casado, o creen que aún lo estoy. No te conocen, por lo que una persona así podía dar el pego. Muchos han pensado que eras tú.
—¿Y por qué no lo has negado? Estás separado. Tú y yo ya no somos nada —insisto, y mi tono de voz empieza a alterarse.
—Lo sé. En el despacho no todos saben que ya no estamos juntos y no soy de dar muchas explicaciones. Y menos en una fiesta, donde solo importa el postureo, que se le da de fábula a Elizabetta.
—Toni, llevamos más de un año separados. Puedes estar con otra, con Elizabetta, por ejemplo, nadie te lo impide.
—Porque no la quiero como te quiero a ti.
—Toni, por favor, deja de decir tonterías. Además, no entiendo qué está sucediendo. Primero, no creo que si fueras solo a una fiesta se viera mal y tener que mentir ante tus compañeros… me parece algo sucio.
—No le des más vueltas. Contigo pasé unos años buenos, un tiempo que ahora siento que perdí. —Se encoge de hombros y me mira a los ojos—. Biel está ya contigo. Disfruta de su energía.
—No sé si con esto que me acabas de contar voy a quedarme tranquila. Tienes la obligación de explicar en el despacho quién es y presentarla como tu nueva pareja. —Niego con la cabeza. Aún estoy procesando lo que me acaba de contar.
—Me repito, déjalo estar. Ya veré cómo me apaño. Por cierto, te hemos traído un regalo. Espero de verdad que te guste mucho. —La sonrisa que se posa en su rostro me deja confundida—. Que luego te lo dé Biel. O mañana, si consigues que de tanta euforia se centre. Cuando lo hayas abierto, me cuentas.
Mi mirada de reproche no sé si lo convence.
—Vale, pero no sé por qué me habéis traído nada. No hacía falta.
—Quería hacerlo. Un detalle por lo que fuimos y lo que pudiéramos llegar a ser.
Esa frase sí que me deja noqueada.
—Gracias por ese viaje y por traerlo de vuelta de una pieza —le suelto, a ver si consigo que se aleje ya de mi hogar. Mi nuevo sitio seguro.
—Es lo que toca. Soy su padre.
Me acerco a mi hijo y lo abrazo con fuerza. Huelo su olor a una colonia que no identifico y sigo sin dejarlo apartarse de mis brazos, pues lo he echado tanto de menos que no me separaría de él en varios días.
—Mami, ¡te he traído un regalo! —exclama eufórico cuando mi ex ya nos ha dejado a solas.
—Eso me ha dicho papi. ¿Qué es?
—Una sorpresa.
Abro el paquete, y me encuentro con unos pendientes de brillantes, de un valor que no sé si llego a calcular. Desconozco el motivo por el qué a Toni le ha dado por comprarme semejante joya.
—Los elegí yo, mami. Eran los más bonitos de la tienda a la que papi me llevó.
Espero que sus intereses no sean recuperarme, pues no pienso darle una nueva oportunidad.
No estoy con Jan, pero sé que con Toni no voy a volver. Es una verdad demasiado cierta.