Capítulo 29
JAN
Mis padres acaban de llegar. Han dejado la maleta en la habitación de invitados y, al ver salir a mi madre de ella, me ha dado un vuelco el corazón.
Durante un segundo, he tenido un cortocircuito.
He recordado a otra persona, a una a la que echo de menos, aunque sea yo el que la haya alejado de mi hogar.
A María.
Y entonces, el peso de su ausencia me golpea con fuerza, y eso que apenas han pasado veinticuatro horas desde que la eché de mi vida.
Porque no está lejos por elección, sino porque yo la obligué a marcharse.
Porque fui yo quien cerró la puerta.
Lo que hizo, sin consultarme, no tiene espacio en un mundo donde la sinceridad es lo primero y mis tierras, lo más importante. Aun así, duele, pues empezaba a sentir algo por ella.
Y ahora, que vuelve a oler a Navidad en Mas Traginer, me doy cuenta de que este año no tendrá el brillo que tuvo. Porque ella no estará para verlo. Y me duele. Me ha hecho daño y no sé si ese roto podrá volver a coserse.
Nos acomodamos mi padre y yo en la mesa de la cocina y mi madre empieza a guardar los tuppers y la comida que ha traído para estos días. Estarán hasta el 27 de diciembre y, como la mayoría son festivos, no quiere que falte de nada ni que tengamos que encargarla.
Aurora también ha dejado platos preparados para que no tuviéramos que cocinar y, viendo el festival de botes, tarros y otros productos que está recolocando mi madre, no sé si será conveniente que llamemos a algún vecino para que nos ayude a acabar con semejante festín.
—Solo somos cuatro, mamá —le recuerdo al verla trastear diligentemente por los diferentes muebles de la cocina.
—Es que no sé por qué le has dicho a Aurora que cocinara —me recalca.
—Yo no le he dicho nada, se ha encargado ella solita. Supongo que quiere que estés tranquila y no tengas que cocinar demasiado estas fiestas. Si no, ya lo congelaré y tendré para más adelante.
—¿Cómo van las obras? —consulta de repente mi padre, sin venir a cuento.
¿A qué se refiere? No entiendo su pregunta.
—¿Obras? —Frunzo el ceño.
—¿No habías tenido problemas con las tierras y necesitabas hacer algo? No recuerdo bien qué es lo que me dijiste.
—Papá, no. Alguien se encargó de arruinar parte de mi finca y ahora buscan al responsable. Mientras, yo intento arreglar el desaguisado.
—¿Pero no tenías que hacer también obras en la casa? —insiste mi madre.
Cierro con fuerza los ojos, pues no comprendo qué está pasando. ¿Qué es lo que me quieren preguntar? Cuando mi madre prosigue, entiendo por dónde van las andadas.
—Joana quería hacer obras en el anexo —les recuerdo—, pero de eso hace bastante tiempo y aún no me he puesto. Es un proyecto de gran envergadura y no quiero traer al presente cosas del pasado. Aún duele bastante.
—Tienes que encontrar a una mujer —comenta mi madre, despreocupada.
—A papá le gusta alguien —suelta Jade a bocajarro.
Mi madre me mira con cara de pocos amigos. Y yo miro a mi hija, ya que no comprendo el motivo por el que ha dicho eso. Y menos ahora que María ya no está en mi vida.
—Mamá, no hagas caso a Jade. Supongo que habla de María. Es una vecina del pueblo. Ya no hay nada entre nosotros, si es que había alguna opción.
—¿Por qué dices eso?
Niego con la cabeza. No quiero darle explicaciones y menos si tengo a mi hija delante.
—¡Jan! —exclama Roger, que acaba de acceder a la casa. La conversación con mi madre finaliza de golpe y, de alguna manera, eso me alegra—. Nos vamos. Vendremos pasadas las fiestas.
Arnau entra también y se despiden de mí.
Son buenos trabajadores, además que los considero amigos y parte de mi familia.
Llevamos mucho tiempo juntos. Roger y yo nos conocimos en la universidad y desde entonces trabajamos codo con codo.
Arnau respondió a un anuncio para pintar la fachada exterior de Mas Traginer y aquí continúa.
Desde entonces, entre los tres, llevamos la finca lo mejor que sabemos.
—Perfecto. Tened cuidado con el turrón y no traigáis muchos kilos de casa. Disfrutad de los vuestros. ¡Un momento! —los detengo.
No sé dónde tengo la cabeza.
Les había dicho que pasaran para darles el sobre extra de este mes.
No es mucho, porque las cosas no van lo bien que quisiéramos.
Estamos a la espera de que aprueben la subvención y cruzamos los dedos para que la venta de las mermeladas de melocotón y de las mezclas con otros sabores aumente este año.
Además, hemos producido más para ello, para mejorar los ingresos e incrementar los beneficios. No sé si será suficiente.
Roger es el único que abre el sobre y, al ver su interior, percibo un gesto raro en su rostro. Algo apenas perceptible que rápidamente modifica con un abrazo y un beso a mis padres y a Jade. Arnau hace lo mismo y yo olvido lo que sea que le suceda. Son fiestas y todo es alegría.
Cuando volvemos a quedarnos a solas, mi madre ya ha sacado una olla y está calentando una sopa que huele de maravilla.
—Sentaos a la mesa y comemos.
Nos deleitamos con la comida de mi madre y, al terminar, hacemos un primer café en el comedor de casa. La familia junta.
—¡Jan! —exclama mi madre—, ¿por qué no te llevas a tu padre al bar un rato y así Jade y yo preparamos la casa para esta noche festejar la Nochebuena?
—¿Ahora?
—Sí, claro. Lo llevas donde Dolors, así charla con ella y se entretiene con los lugareños. Y a las chicas nos dejáis un rato a solas. ¿Te apetece, Jade?
Y sé que mi madre lo hace para ayudar. Mi hija se emociona y saca una de las cajas donde tenemos más adornos para el árbol que ella quería poner y yo no le dejaba. Además, mi madre ha empezado a sacar vajilla, cubertería, copas…
De nuevo parece que somos más de cuatro los que esta noche vienen a cenar.
—Pues, papá, coge el abrigo que aquí ya sobramos. —Y la felicidad de estar con ellos me llena el corazón.
Tenerlos cerca es lo mejor para el ánimo y para dejar de pensar.