Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

MARÍA

Suena el timbre y los escolares salen corriendo en busca de sus padres. Biel llega a mis piernas y grita: «¡Vaaaciones!» . Tanto él como los que le rodean están contentos, tienen quince días de diversión por delante, con sus padres y familia.

En mi caso, va a ser diferente. Estar sin Biel se me va a hacer cuesta arriba. Solo espero ser capaz de soportarlo. Además, Jan está enfadado, ha roto conmigo y no sé si podré cerrar la herida que se ha abierto entre nosotros.

Biel y yo llegamos a casa de mi tía y subimos a acabar de preparar la maleta que se tiene que llevar. Toni viene mañana a primera hora a buscarlo, ya que el vuelo sale por la tarde. Aún me faltan cosas por meter: ropa de abrigo, la bufanda y el gorro, algún juguete, su peluche…

Mientras lo hago me obligo a no llorar. Estaré bien. Tengo que ser fuerte. Soy fuerte.

—Mami, pon también esto. —Y me da una camiseta de manga corta que adora.

—Mejor lo dejamos en el cajón —le sugiero—. Allí hará frío y deberás abrocharte la chaqueta y protegerte con el gorro las orejas. Te voy a llamar cada noche para que me expliques lo que haces.

—Vale. —Y me da un abrazo que rememoraré los días que esté sin él.

Es pequeño y sabe que necesito que me achuchen, que me dé besos por todos los lugares de mi rostro para hacerme reír. A punto están de escapárseme las lágrimas.

—Vamos a despedirnos de Jade y de Jan, porfi, mami. Vamos.

—Tienen muchas cosas que hacer. Tú ya te has despedido de Jade en el cole. Yo le enseñaré las fotos que me mande papá.

Se queda tristón. No le ha gustado mi respuesta, aunque con la negativa por parte de Jan de acceder a Mas Traginer no puedo arriesgarme. Dejaré pasar unos días.

Cuando por la mañana aparece el coche de Toni con Elizabetta a su lado, una punzada de rabia me corroe por dentro.

Parece diferente. De repente sonríe, se muestra relajado y feliz con otra que no soy yo y con nuestro hijo.

Es algo que no comprendo, que sigo sin entender.

El recuerdo de una persona estresada, ausente, atrapada entre un móvil, un portátil y una montaña de papeles, no concuerda con lo que tengo frente a mí.

Y ahora ese hombre parece tener el tiempo a su merced. Para ella. Para Biel.

—¡Todo listo! —exclama Toni cuando ve a su hijo que intenta arrastrar la maleta, que casi pesa más que él.

Me agacho para ajustarle la bufanda y asegurarme de que lleva la chaqueta abrochada.

—Tápalo bien, ¿vale? Que no se resfríe, que entonces os da el viaje —le recuerdo a Toni con cierta preocupación.

—Estaremos bien. Te llamamos o nos llamas, como prefieras. Ni te darás cuenta de que se ha ido y ya estaremos de vuelta —responde muy contento.

—No te creas. Son fechas señaladas y lo vamos a echar mucho de menos.

—Solo será este año. Era una buena oferta la que me ofrecieron en la agencia de viajes y sabes que va a disfrutar del parque y de su viaje.

—Es muy pequeño, en unos años ni se acordará —murmuro.

—Tendrá las fotos.

Asiento. Detrás de mi cuerpo aprieto los puños con fuerza para que no note el temblor de mis dedos ni la rabia contenida que me arde en el pecho.

Tomé la decisión de dejarlo ir, escuché a mi ex, acepté sus argumentos y asumí que se había perdido demasiados momentos con su hijo. Tal vez tenía derecho a intentar recuperarlos, aunque piense que no se los ha ganado.

Pero si al final acepté es lo que toca. Da igual que duela.

Veo la parte trasera del coche salir del pueblo y siento nostalgia. Espero que mi hijo lo disfrute y lo recuerde durante bastante tiempo.

Y cuando me quedo sola, el silencio se convierte en un peso insoportable. La tristeza me inunda y la pena me desgarra por dentro. Subo a mi cuarto. Me dejo caer en la cama, sin fuerzas. Escondo el rostro en la almohada, ahogando con ella un llanto que ya no puedo contener.

Lloro por Jan, por sus palabras, por lo que he hecho y lo que se ha desgarrado entre nosotros. Lloro por Biel, por su ausencia en unas fiestas que deberían haber sido mágicas. Y lloro por mí, por haber creído durante un instante que esta vez el amor podía ser distinto .

La almohada se empapa de lo que no soy capaz de decir en voz alta. Afuera, las luces de Navidad parpadean ajenas a mi desconsuelo. Un corazón roto y una esperanza apagándose en la penumbra.