Capítulo 27
JAN
He encendido las luces para que cuando María cruce el camino de acceso a Mas Traginer y se adentre en nuestro hogar, descubra lo que la Navidad siempre ha significado para los Masferrer.
Llevamos un tiempo arrastrando la tristeza. Yo la cargo conmigo cada día, disimulándola lo justo para que mi hija no la note. Porque por ella lo doy todo. Porque quiero que disfrute de estas fechas como si su madre siguiera aquí. Un mes, o algo más, lleno de magia, ilusión y sueños por cumplir.
Joana la conoció muy poco. Y Jade la descubre a través de lo que le cuento, lo que intento transmitirle con cada recuerdo, con cada gesto. Por dentro, a veces me desarmo. Por fuera, le regalo una imagen preciosa de quién fue su madre para que la sienta bien cerca.
Mis padres vendrán en fiestas. Quieren pasar tiempo con su nieta y, espero, también con su hijo.
Porque tal vez no lo digan en voz alta, pero yo sé que me echan de menos.
Nos vemos poco, las tierras son muy sacrificadas y necesitan que esté aquí, cuidándolas.
Además, hay que ver cómo afectará el vertido, y no las tenemos todas con nosotros, por lo que una escapada fuera de Serratona no es viable.
Eso es lo que me ronda la cabeza. Y sé que debería encerrarlos con candado para que no hagan daño.
María está a punto de llegar para explicarme algo urgente, según me ha dicho en un mensaje. Lo único malo es que el texto del alcalde que he recibido después me ha dejado traspuesto y lo he llamado a él antes que esperarla a ella para que me explicara de viva voz lo que insinuaba.
Y no me han gustado nada en absoluto sus palabras.
María ha cruzado la línea.
Cuando accede a mi hogar y saluda a Jade, la tristeza de mis ojos la detienen en la entrada, sin saber apenas qué decir.
—¿Ocurre algo? —pregunta, al ver mi expresión.
Viene a explicarme una situación que yo ya conozco, aunque ignora que ya la sé.
Tal vez tras el mensaje de Marçal hubiera sido más que conveniente que la llamara a ella y no al alcalde, lo malo es que sus palabras me han confundido y, como sabía que María venía para aquí, he actuado según he creído mejor.
Mala decisión por mi parte, pues ahora tengo las cartas sobre la mesa. Sé qué ha hecho y no es de mi agrado.
—¿Nos sentamos en la cocina? —le sugiero—. Jade, ve a tu cuarto a jugar, luego subo un rato —le digo con voz suave a mi hija.
María me observa con recelo. Se sienta en una de las sillas y le ofrezco un vaso de agua. Mis manos tiemblan, así que no me atrevo con nada más fuerte.
Me quedo de pie.
—¿Por qué has ido a ver a Marçal? ¿Quién te lo ha pedido ?
Su rostro se desencaja. Acaba de descubrir que ya lo sé.
—Nadie —responde con cautela—. Solo quería que viera que no tiene opciones, que el pueblo no le apoya y que tú no vas a vender.
—¿Y cómo sabes eso? ¿Has hablado con los agricultores? ¿Estás al tanto de lo que ocurre? ¿Lees mis pensamientos? —Mis preguntas no necesitan respuesta y son desafiantes.
Aun así, intenta salir del embrollo en que ella misma se ha metido.
—No, yo… —titubea, buscando una defensa que no encuentra.
—Tú no sabes nada, María. No has hablado con ellos ni con AgroTech. Solo sabes lo que yo te he contado y, como comprenderás, tampoco te lo he explicado todo. Me guardo cosas para mí, para mi beneficio.
—Pero…
—No sigas. Marçal me lo ha contado con esa prepotencia que últimamente le acompaña. Además, me ha dicho que quién era yo para mandarte a ti a hablar con él. Me ha acusado de usar a una mujer para mis asuntos. Yo no te pedí eso, no te pedí nada, y mucho menos que hablaras en mi nombre.
»¿Y sabes lo peor? Que cuando se ha percatado de que no tenía ni idea, que habías ido sin mi consentimiento, se ha crecido aún más.
He percibido en su risa maliciosa que se sentía más fuerte.
—Trago saliva, con rabia—. Son mis tierras, las de Joana, y no me gusta que te hayas entrometido.
Estoy… estoy furioso. —Aprieto con fuerza los puños.
—Jan, por favor. Tranquilo. Lo siento, no quería…
—Deja de hablar —la corto. Me duelen decir las siguientes palabras—. Empezaba a sentir algo por ti, algo bonito y que podría llegar a tener futuro. Pensaba que eras diferente, pero veo que no, que eres como el resto. Cuando hay dinero, tierras, un beneficio… lo queréis manejar a vuestro antojo.
—Eso no es justo —protesta con los ojos vidriosos—. Solo pretendía ayudarte.
—Pues no lo has hecho. Lo has enredado aún más. Y te has alejado de mí, de ese nosotros que estábamos construyendo.
—Jan… —Se pone en pie y da un paso hacia mí. Alarga la mano para tocarme y retrocedo de forma instintiva, golpeándome con el borde del mármol.
—Siento que nuestros hijos tengan que pagar por esto. Dejaré que Ángela traiga a Biel de vez en cuando a Mas Traginer. Tú… tú ya no eres bienvenida.
Hago un esfuerzo por no mirarla a los ojos, por no dejarme arrastrar por el brillo húmedo que ya empieza a asomar en ellos.
—Estás sacando de madre una conversación que un individuo ha tergiversado.
—No sé quién está más confundido, si tú o él.
Lo que tú y yo empezábamos se acaba aquí.
Puedes subir a despedirte de Jade. La verás en el pueblo.
También puedes invitarla a que se vea con Biel en tu casa.
Bueno, en casa de tu tía Angelines, no la tuya, claro.
—Lo he dicho para hacer daño, pues sé que ella no tiene ninguna propiedad. Y me ha dolido más a mí que a ella.
Tiene los ojos empañados. No quiero que llore. No quería que terminara así. Pero me ha fallado. Se ha inmiscuido en algo que no le pedí. Y ha puesto en riesgo lo poco que aún me sostenía.
Me doy la vuelta para no verla salir.
Y mientras la escucho subir las escaleras, noto que algo dentro de mí se resquebraja. Y duele. Duele en exceso.