Capítulo 26
MARÍA
Mi ex me envió un mensaje a mitad de semana.
Necesitaba, por cuestiones laborales, que fuera yo la que le acercara a Biel otra vez a Barcelona.
Se presenta en Serratona cuando no le toca, y, cuando debería venir él, soy yo quien tiene que desplazarse y acercárselo.
Esto no puede seguir así. Tendremos que aclarar estas complicaciones, porque así no sé si voy a aguantar mucho más.
Aprovecharé el viaje para ir a ver a mis padres antes de las fiestas.
Que al menos puedan ver a Biel un rato. Luego, ya me tocará sufrir la condena de estar un par de días con ellos.
Sobre todo con mi madre. Además, para más inri, Toni me ha pedido que el domingo por la tarde sea yo también quien recoja a mi hijo.
Quiere aprovechar hasta el último minuto con él, pero el trabajo aún hace estragos en su vida y no puedo controlarlo del todo.
¿O será Elizabetta? Le he recordado que se lo lleva quince días, de los cuales cinco los pasaran en Eurodisney y dos en Paris.
Y el resto en Alemania, con los abuelos paternos, que han ido a visitar a la hermana pequeña de Toni, que está de erasmus. Aun así, piensa que no son suficientes.
Le escribo a Jan para contárselo. Mientras tecleo el mensaje, no puedo evitar que me asalten imágenes de la otra noche…
y de la anterior. Mi corazón se altera ante ese recuerdo y mis mejillas están arreboladas.
Esos recuerdos deliciosos no dejan de aparecerse en mi mente y me encantaría repetir pronto.
Aun así, he de ser cautelosa. No quiero precipitarme y meterme tan rápido en una nueva relación.
Necesito saber hasta dónde podemos llegar, ir conociéndonos poco a poco.
Y parece que él también me echa de menos. En estos dos días en casa de mis padres, Jan no ha parado de enviar audios dulces, casi empalagosos, que he escuchado más de una vez:
«Te echo de menos. Mas Traginer no es el mismo sin el ruido de Biel y Jade correteando ni sin tu sonrisa recordándome que todo va bien».
«Los minutos pasan muy lentos. Necesito que regreses a mi lado, a Serratona».
«Quiero que estés aquí conmigo y no con tus padres. ¿Puedo ir a verte? Un beso en la esquina y regreso. Solo te pido eso».
«Lo sé, una locura lo que acabo de decir. Esperaré unas cuantas horas más hasta que estés conmigo, en mi regazo, bajo mis sábanas».
Lo único que ha empañado la dulzura de esos audios ha sido la tediosa conversación con mi madre:
—No deberías dejar que Toni se lleve a tu hijo tanto tiempo.
—Quiero pasar las fiestas con mi nieto. ¿Qué vamos a hacer sin él, sin su risa, al abrir los regalos?
—Sigo sin entender por qué te separaste. Mira, de Toni puedo llegar a comprenderlo, pero de tu familia… Irte allí con la tía… No sé qué haces .
Un auténtico suplicio que he dejado atrás al recoger a mi hijo y regresar, por fin, al lugar donde me siento tan feliz. A Serratona.
Marçal acaba de cruzar la puerta de acceso al bar. Viene, como cada mañana, a tomar su café. Dolors ya lo ha visto y ha empezado a prepararlo cuando en mi cabeza se empieza a formar una idea que cada vez tengo más claro que voy a llevar a cabo.
—Déjame a mí, Dolors. Hoy me encargo yo del alcalde.
Ella me mira con recelo y arquea una ceja, pero no dice nada y me cede el espacio. Sé que no es habitual en mí y su expresión lo deja claro.
Preparo el café y se lo acerco a la barra. Marçal se acomoda en su taburete y se sorprende al verme a mí en lugar de a Dolors, que es la que lo acostumbra a atender.
—Buenos días, Marçal. Tu café. —Le sonrío, buscando parecer natural.
Él me mira con curiosidad y da un sorbo sin más, pendiente de su taza. Dolors, en la esquina, contempla lo que hago, desconcertada.
—Me gustaría hablar contigo. ¿Tienes un hueco en tu despacho esta mañana? Es importante. Urgente, de hecho.
—¿Tú y yo? No sé de qué podríamos hablar.
—Solo necesito diez, máximo quince, minutos de tu tiempo. Nada más. Tiene que ser hoy y en un lugar privado.
Marçal me estudia un segundo. Está a punto de decir que no y al final se encoge de hombros aceptando mi petición.
—Tengo una reunión dentro de una hora. Si te vienes, lo ventilamos rápido.
—Perfecto.
Me acerco a Dolors y le pido un rato libre. Su expresión es de absoluto confusión.
—¿Qué haces, niña? —susurra.
—Luego te explico, no te preocupes.
—Es que no me gusta lo que parece. No te metas donde nadie te ha convocado.
—Dolors, déjame a mí, de verdad. Sin problema.
Me quito el delantal, cojo mi bolso y sigo a Marçal hasta su despacho en el ayuntamiento. Aunque el trayecto es corto, me acompaña una gran tensión.
Una vez sentada frente a él, suelto lo que vengo a decirle. Lo hago por Jan; él necesita este apoyo.
—Jan no va a vender. La manifestación va a celebrarse y la mayoría de los agricultores están de su lado. Si quieres permanecer en la alcaldía de Serratona, tienes que romper tus lazos con AgroTech.
Marçal alza las cejas. No parece sorprendido, sino casi divertido.
—Eso que me cuentas ya lo sé. ¿Qué es exactamente lo que buscas?
—Ayudarte. Si te desmarcas de AgroTech, yo hablaré con Jan. Le haré ver que puedes rectificar, que aún puedes ser útil al pueblo. Si no lo haces, vas a perder la alcaldía. Y lo sabes.
Su mirada no me gusta, tampoco sus palabras.
—Lo que me ofrece AgroTech es mucho mejor de lo que tú me propones. No me interesa tu propuesta.
—Ellos tal vez te hayan dado una buena suma de dinero, pero sabes que perderás a Serratona. Y sé que, a pesar de todo, este pueblo te importa.
—Nací y me crie aquí. —Niega con la cabeza—.
Serratona no me ata. AgroTech me ofrece un puesto en las oficinas centrales, en Madrid.
Un despacho, proyección… Aquí solo hay tierra, disputas y gente que, como no vendan, no van a recibir ni un duro y la empresa se va a instalar igual. Ya ves lo de los vertidos.
Esa frase sugiere… Tengo que preguntarle. Mejor lo consulto.
—¿O sea que no niegas que ellos sean los culpables de eso?
—No tergiverses mis palabras. Yo no he dicho nada de lo que insinúas. —Se inclina hacia adelante y su tono se vuelve más seco—. Creo que son los propios agricultores los que están jugando sucio, intentando que sus tierras valgan más a costa de los demás. Que cada uno saque sus propias conclusiones.
—Según Jan, el señor Casas está ofreciendo la misma cantidad de dinero a los diferentes agricultores. Esa historia que cuentas es una invención de Jaume, que seguro que quiere convencer a Jan para que se desprenda de sus tierras.
—Pues ahí tienes tu respuesta. Aquí la gente sabe jugar. Hay que coger ficha y lanzar la mejor jugada. El que quiere salir ganando hace lo que está en su mano para conseguirlo.
—Pero…
—No insistas, María. Tú acabas de llegar a este pequeño pueblo, te has encaprichado del agricultor buenorro de la zona y ahora pretendes salvar el mundo rural con tus palabras. Esto no es una novela romántica. Aquí hay intereses, estrategias y gente que no perdona los errores.
Me fulmina con la mirada. Yo me revuelvo en la silla, incómoda.
—Además, te aconsejo que le digas a Jan que revise bien sus papeles, que compruebe si están firmados por la persona adecuada.
El señor Casas es el director general de AgroTech, sí, sin embargo, no es quien toma las decisiones.
Hay otros nombres que pintan más en esta inversión que un señor a punto de jubilarse.
Gente con la que no habéis tratado y con los que creo que Jan debería mantener una conversación.
—¿De quién hablas? Es la primera vez que mencionas que hay otros sujetos implicados.
—Me estás tirando demasiado de la lengua y creo que no eres la persona adecuada. Deja a Jan en estos asuntos, que sea él quien hable conmigo.
—Pero no os entendéis, no llegáis a acuerdos.
—Supongo que ambos queremos cosas diferentes; estamos en posiciones opuestas de la balanza y ninguno quiere ceder. Y ahora, si me disculpas, tengo que preparar una reunión con los de la cooperativa. Esto se ha terminado.
Salgo bastante intranquila del despacho.
El aire frío de la calle me golpea de lleno, pero no logra enfriar el torbellino que tengo dentro. Lo que ha dicho Marçal, lo que ha dejado entrever… no me ha gustado nada. ¿Hay otras personas implicadas de AgroTech? ¿Gente del pueblo jugando con sus tierras?
Cuando atravieso la puerta del bar, Dolors me espera tras la barra con los brazos cruzados y la mirada cargada de reproche.
—¿De qué iba esto? —me pregunta, sin rodeos—. A Jan no va a gustarle que te hayas entrometido en sus asuntos.
—Solo hemos hablado. Nada importante —miento, evitando su mirada.
Pero sé que no cuela. Y, aunque quisiera contárselo, no puedo. Jan tiene que saberlo primero, antes de que Marçal mueva ficha.
Saco el móvil con manos temblorosas y abro la conversación con Jan. Tecleo un mensaje, lo borro. Tecleo otro. Borro otra vez. No sé cómo decirle lo que ha pasado.
Finalmente, escribo:
«Tenemos que hablar. Es muy urgente».
Lo envío.