Capítulo 25
JAN
Las conversaciones con Marçal no han sido fáciles. Más bien incómodas, pero no tenía otra opción. Finalmente, paró de poner trabas y solo se dedicó a mencionar los beneficios que proporciona AgroTech para el pueblo y la cooperativa. Al ver que no pensaba dar marcha atrás, aceptó a regañadientes.
Y ahora se me acumulan la faena: carteles, coordinación de los agricultores para su asistencia, redes sociales, prensa y televisión, seguridad…
Pienso que tengo que contar con las personas que, como yo, creen en la causa y que también me ayuden, pues, si no, esto no será posible.
Paso por el bar y comunico la fecha. Dolors me da dos besos y le envía un mensaje a su hijo y a su nieto para que estén al tanto y se pongan en contacto conmigo para ayudar.
Esta es la predisposición de Serratona. Vamos todos a una, aunque por lo visto hay algunos que van en contra, como Marçal, que debería dejar la alcaldía de esta comunidad a la que no atiende, pues nuestros intereses son contrarios a los suyos.
Además, tengo un conocido en la prensa local y él se ha ofrecido a ayudarme y mover el tema. Intentará que se publique una nota de prensa en la edición del domingo previo a la manifestación y a ver si me puede colar en la radio local para una entrevista.
Ese es el tipo de visibilidad que necesitamos para hacer el mayor ruido posible y que AgroTech no se instale en nuestras tierras.
—Últimamente te vemos mucho por aquí —me comenta Dolors, que me saluda al acceder al bar y llegar a ella al día siguiente.
Sonrío. Sabe a ciencia cierta el motivo. Lo tiene detrás.
Antes también iba a verla, pero no era tan asiduo.
María asoma por la cocina y me lanza un beso con las manos.
Está atareada y yo solo quiero un café, verla y volver al mas .
Me siento en una mesa lateral a esperar a mi amigo, el periodista.
He quedado con él para darle los detalles que le faltan para la nota de prensa y ver qué más acciones emprender.
Dolors nos trae las bebidas. Le comento a Roc, mi amigo, que se acaba de sentar a mi lado, lo que he pensado y consulto si él tiene otras ideas que nos puedan ayudar a darle más notoriedad a la situación en la que nos encontramos.
De repente, entra Jaume muy alterado al bar. La puerta se ha abierto de un bandazo y el estruendo nos ha puesto en alerta .
—¿Qué pasa? —le pregunto, a la vez que me pongo en pie y me acerco a él para ayudarlo.
—Mi padre me acaba de llamar para decirme que hay un vertido en nuestras tierras, similar a lo que te pasó a ti el mes pasado. Además, ayer recibimos una oferta de AgroTech. Están muy interesados en que vendamos y… —Está sudoroso y muy intranquilo.
Roc también se ha acercado a donde estamos por si puede ayudar, y supongo que si se lleva una historia al periódico, mejor que mejor.
—Respira, Jaume. Despacio. ¿Necesitáis refuerzos? ¿Quieres que vayamos?
Apoyo la mano en su hombro para calmarlo, pero su respiración no se acompasa.
—No hace falta. Mi padre dice que lo tiene controlado.
Que lo han cogido a tiempo y con los trabajadores que aún hay en la finca pueden con ello.
Me he ofrecido también a ayudarlo y me ha dicho que te buscara.
Que seguro que tú sabrías qué hacer. Esto es malo, muy malo.
AgroTech nos tiene pillados y, si encima las tierras no son fértiles, tendremos menos producción el año que viene y no saldremos de esta.
Mi padre dice que va a aceptar la oferta que le ofrecieron.
—Jaume, tranquilízate —insisto.
Mueve la cabeza hacia los lados, y sus ojos miran por todas partes, como queriendo saber quién se encuentra en la sala.
—Los que estamos aquí te ayudaremos, no os preocupéis. Además, pronto haremos la manifestación y seguro que reculan. El ayuntamiento también. Tendremos a la prensa y la radio local y, si hacemos suficiente ruido, a lo mejor llegamos a la nacional. Ten paciencia.
—El importe que nos ofrecen cada vez es menor. Al final las venderemos por dos duros.
Me sorprenden sus palabras, pues a mí no me han modificado la cantidad de la oferta. Se mantienen en su importe inicial sin tener en cuenta el posible deterioro de las tierras por el vertido.
—Tenemos que vender, Jan. Tú incluido.
—Hablaré otra vez con Marçal para que interceda por vosotros y solo nos queda esperar. Sabes que no venderé. —Respiro hondo tras esa gran afirmación y, unos segundos después, le hago una propuesta—. Si quieres, voy a hablar con tu padre.
—¡Nooo! —grita y me mira de repente con miedo en los ojos.
Doy un paso atrás e intento calmarme. Mi amigo le pone una mano en la espalda para tranquilizarlo. Dolors trae un vaso de agua y lo acomodamos en una silla.
Pere se acerca y se sienta a su lado.
—Chico, pausa. Encontraremos la solución. Nos guste más o menos. ¿Hace una partida?
—¡Déjame en paz! —grita de nuevo y se quita de un golpe la mano que Pere le había puesto en el brazo.
Nos quedamos sorprendidos. Jaume no es así.
Se pone en pie, murmura que no hace falta que le ayudemos más, que su padre solo quería que Jan lo supiera para hacer más fuerza en la manifestación, y se va del bar sin despedirse, sin decir nada más y con el ceño fruncido. Nos deja atónitos.
—Chiquillos —suelta Pere—. Este tiene una moza por ahí que no le hace demasiado caso y por eso no viene tan a menudo a la partida.
Lo de sus tierras no será mucho si ha desaparecido tan rápido y sin querer la ayuda de nadie.
Ya conoces a su padre, él se apaña y luego se queja de no tener nuestro apoyo.
—¿Y no te parece extraño? —le pregunto.
—No. —Se detiene un momento a pensar y vuelve a negarlo.
—El otro día lo vi subirse a un coche rojo y me dejó pensativo —comento a los miembros de la partida de dominó.
—Jaume últimamente está diferente. No le hagas caso —dice Salva.
—El coche era del mismo color que el que vi en el sabotaje a Mas Traginer y no sé si el mismo modelo, me dio esas sensaciones, aunque no puedo asegurarlo.
¿Vosotros sabéis de quién es? —Niegan con la cabeza—.
Tenía intención de preguntarle cuando lo viera, pero hoy no era la ocasión, como habéis visto.
—Ni idea —comenta Salva—. Ahora que lo pienso, sí que es verdad que estos pocos días que ha venido a la partida, se va a veces sin acabarla y se sube a ese coche rojo que mencionas. No sé de quién es. Él dice que es un amigo del pueblo vecino que lo viene a buscar.
—No le deis más vueltas. Este tiene un lío de faldas —insiste Pere.
María se acerca a mí, me acaricia el brazo y me saca de mis cavilaciones. Está tan guapa que solo ella consigue que vuelva la sonrisa a mi rostro.
—¿Hoy no tienes trabajo en el mas ? —me pregunta y asiento. Necesito volver al tajo, aunque antes le presento a mi amigo.
—María, este es Roc, el periodista del diario La Comarca.
Se saludan y me despido de ambos, pues ya le he explicado lo que creo conveniente que salga en el reportaje que parece ha conseguido que le publiquen. Además, incluirán la nota de prensa. Estoy orgulloso del camino que está tomando esta protesta.
Por esa parte parece que tengo el tema encarrilado.
Me acerco a la policía local para esclarecer los efectivos que tal vez necesite para la ocasión y saber si es necesario dar algún paso más.
Espero que asistan aquellos que me han confirmado.
Algunos son reticentes y no sé si atraeré a más personas de los alrededores.
Necesito que la convocatoria sea fuerte y esa empresa que quiere robarnos nuestras tierras nos deje en paz.
Recibo una llamada de teléfono mientras estoy de regreso al mas . Número oculto. Ya intuyo quién es.
—Señor Masferrer, el señor Casas desea hablar con usted. ¿Puede atenderlo ahora? —La voz dulce de la secretaría hasta me incomoda más que la propia conversación que voy a mantener.
—No me apetece demasiado.
Se hace un silencio y sentencio:
—Si no hay más remedio…
Me comunica con él.
—Jan… ¿Puedo llamarlo Jan? —son las primeras palabras del señor Casas en un intento de acercamiento. No lo va a conseguir.
—No le he dado pie a esa familiaridad. Creo que señor Masferrer tiene más fuerza.
—Disculpe. Solo quería hablar en persona con usted. Mi secretaria no logra dar con una fecha que a usted le vaya bien para esa reunión. Por lo que evitemos inconvenientes y veamos si con una llamada solucionamos nuestros asuntos.
—No lo creo. Usted dirá. —Soy tosco en mis palabras, pero es que no me apetece mantener esa conversación con él.
—Me han llegado noticias de que va a llevar a cabo una manifestación en contra de nuestros intereses.
—Son solo suyos. Yo lucho por los míos, así que va a mi favor. Que ustedes estén cerca no es bueno para mis tierras ni mi comunidad.
—¿La oferta que le hice no es de su agrado?
«Diría que no si no la he aceptado» es lo que me viene a la mente, lo que le respondería de forma socarrona. Sin embargo, actuaré como un profesional.
—Es una buena oferta y que la haya mantenido después de lo sucedido le beneficia.
No es de mi agrado, como ya le dije la primera vez, puesto que no pienso vender.
Por cierto —detengo un momento el jeep a un lado de la carretera así como la conversación para averiguar lo que ha comentado esta mañana Jaume y hablar con más tranquilidad.
No quiero alterarme conduciendo—, ha llegado a mis oídos que ha hecho una oferta a mis vecinos bastante inferior a la mía y no entiendo el motivo.
—La oferta realizada a los otros agricultores de la zona y que me interesa comprar es la misma. La única diferencia en el importe son las hectáreas que tienen los distintos campos.
—¿Seguro?
—No hemos rebajado ninguna, no nos interesa. Queremos las tierras y rebajar el precio nos reduce las opciones de conseguirlas. ¿Quién le ha dicho eso?
—Tal vez lo he entendido mal.
Jaume estaba muy alterado, pero esas han sido sus palabras. ¿No son ciertas? ¿Por qué me mentiría?
—Bueno, retomemos nuestra conversación. Nos gustaría que no continuara con la manifestación. Queremos llegar a un acuerdo satisfactorio con usted.
—El acuerdo es perfecto. Váyanse de Serratona. Los agricultores de la zona no quieren vender, y llévese bien lejos la construcción de esa nave.
—Veo que no es fácil hablar con usted .
—De lo que es mío, nadie va a desprenderme.
—Solo es una parte de sus tierras y las de sus vecinos. Ni notarán que estamos en la zona.
—Eso es lo que usted cree. Se agencian un poquito, se instalan y ya no pueden irse, por lo que buscan más y más, hasta que lo único que nos queda a nosotros es nuestra casa, y depender de una multinacional que no nos va a pagar lo que tanto hemos trabajado.
Lo siento, señor Casas, esta conversación acaba aquí. No tengo más que decirle.
Inspiro hondo y apoyo la nuca en el reposacabezas del coche. Dejo que mi mirada se pierda en el horizonte. A lo lejos, distingo mis tierras, y sé que eso no me lo va a quitar nadie.