Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

MARÍA

El último mes del año trae un frío inusual para la época.

Los agricultores están preocupados por sus cultivos y la sombra de AgroTech no ayuda a solucionar los problemas económicos que algunos acarrean.

En el bar todo sigue igual. El trajín nos envuelve desde temprano.

Jaume hace días que no aparece por la partida.

Pregunto por él, y los miembros de la mesa no saben nada ni les preocupa.

Por lo que a lo mejor sí que tienen razón y ha cambiado su rutina matinal, algo que no nos ha comentado.

Dolors está en la cocina con su nieto Artur. Quieren hacer una pequeña obra, cambiar el lugar del congelador por muebles y este colocarlo en un patio exterior, que van a cerrar.

—Artur es el manitas de la casa. Si necesitas cualquier arreglo, solo tienes que llamarlo —comenta mi jefa. Está sacando unas bandejas de agua descongelada para vaciar en el fregadero.

—Veo que adoras a tu nieto, pero otras cosas tendrá que hacer que estar aquí en fiestas —comento mientras le ayudo a fregar unos botes que también han salido de la cocina.

—Probablemente estudiar, aunque ahora está de vacaciones. Y hacer chapuzas es su pasión, aparte de ayudarme por las tardes con el bar. Que trabajar, tiene que trabajar.

—Porque cobro, abuela. Que pasión por servir cervezas no es que tenga.

—Te encanta hablar con los lugareños, no me lo puedes negar. Y así tendrás clientes que luego te pedirán mejorar sus casas o hacerlas de nuevo.

—Que sí, abuela. Y sabes que casi seguro que me iré a Barcelona. Aquí la clientela la tiene mi padre, que es el arquitecto reconocido de la zona.

—¡Qué se te ha perdido por allí! —exclama Dolors—. Le quitas los clientes a tu padre y lo sustituyes, que seguro que él estará encantado de que trabajéis juntos o de jubilarse antes de tiempo.

Niega con la cabeza y se vuelve a meter en la cocina, donde continúa con los martillazos y arreglos.

Los clientes del bar no se quejan. Son vecinos que entienden de la necesidad de mejorar su lugar de recreo.

—¿Sabes si Jan tiene fecha ya para esa manifestación que quiere montar? —me pregunta Dolors.

—No me ha comentado nada. Creo que aún quiere convencer a Marçal para que cambie de opinión y apoye al pueblo, no a AgroTech.

—Eso va a ser difícil. Ya han hablado mucho y creo que al alcalde lo tienen comprado.

—Puede ser —comento, algo melancólica, pues quisiera ayudar a Jan y no sé cómo hacerlo.

Me ha enviado un mensaje. Quiere pasar esta tarde conmigo.

«Le he propuesto a Ángela que se quede con los niños y ha aceptado, por lo que, si te apetece, podemos ir juntos a pasear, a cenar y a lo que surja.

Ella los lleva mañana al cole. ¿Qué te parece?

¿Un buen plan? No puedo pasar más rato sin verte ni estar contigo».

—¡Yo quiero ver ese mensaje! —exclama Dolors.

Alzo la cabeza y la miro contrariada.

—La alegría que ha aparecido en tu rostro es de revista. Yo quiero un mensaje igual y, como va a ser difícil, me pido leer el tuyo. —La carcajada que sale de su garganta inunda el local. Los clientes se giran y algunos se ríen con ella. No saben de qué, pero les hace gracia su manera de actuar.

—Es de Jan.

—No lo ponía en duda. Ese hombre te tiene pillada. A ver qué vais a hacer vosotros dos —comenta con cierta socarronería.

—Nada, nada… —Me sonrojo.

—Tranquila, que a mí no me tienes que dar explicaciones. Tú haz tu trabajo y luego puedes estar con él cuanto quieras.

Jan me pasa a buscar por la tarde y nos vamos a Lleida. Le han recomendado un restaurante para cenar y aprovecharemos para hacer un poco de turismo por la capital.

Cuando me he montado en el jeep, algunos de los vecinos que nos han visto, cotillas por naturaleza, nos han saludado, sonreído y cuchicheado entre ellos. Da igual. Soy feliz y las habladurías es lo que menos me molesta, ya que, por lo que parece, vamos a ser la comidilla de Serratona.

—Jade estaba muy contenta al mediodía cuando le he explicado que irían con Ángela al centro comercial y cuando le he confirmado que Biel también iba con ellas, más aún.

—Yo no se lo he podido contar a Biel. Sé que estará encantado. Le gusta Jade.

—Igual que a mí me gusta su madre.

—Espero que no —lanzo un grito y las risas llenan el vehículo .

Damos un pequeño paseo por el centro de la ciudad observando cómo las luces de Navidad parpadean sobre nuestras cabezas. Me envuelvo en mi abrigo, probablemente con las mejillas sonrojadas por el frío.

Pasamos junto al antiguo teatro, cruzamos el puente y, a lo lejos, la Seu Vella corona el cielo gris. Hemos ido en silencio, sobraban las palabras, pues la cercanía permitía que nuestras mentes fueran por libre. Al llegar al restaurante, todo mejora.

Coloco mi mano encima de la suya, apoyadas ambas en la mesa. Acaricio su palma haciendo círculos y sin dejar de perderme en su mirada. Cuando el camarero llega, solo nos hemos contemplado. Ninguno de los dos ha leído la carta. Nos da unos minutos más.

La cena está riquísima, regada con un vino blanco de la comarca que hace las delicias de los platos que hemos pedido.

Y cuando llegamos a Mas Traginer, el silencio nos envuelve. Jan atrapa mi mano y me guía sin dudar a su habitación. Ya no hay barreras que nos detengan, ya atravesamos ese umbral.

Jan cruza primero y percibo el leve temblor de sus dedos al recolocar algunas de las fotos, al acariciar la colcha al pasar. Noto su fuerza, cómo intenta superar lo que una vez tuvo y que ahora desea que ocurra a mi lado.

Se quita el jersey y la camiseta interior sin prisa. Yo me doy la vuelta, ofreciéndole la espalda para que me desabroche los botones del vestido.

Sus dedos tropiezan con mi piel. Y, de pronto, ya no hay preguntas. Solo este instante suspendido.

Y la certeza de que, pase lo que pase, aquí empieza algo que ambos deseamos y que nos va a ser muy difícil olvidar. Este es nuestro inicio, pues queremos más .

La semana está a punto de acabar y tengo ganas de pasar el sábado y el domingo con mi hijo y, si puedo acercarme a Mas Traginer con Jan y Jade, será de lujo.

Mientras seco los vasos que acaban de salir del lavavajillas, entra Jaume y se dirige hacia la mesa donde sus compañeros continúan con la partida.

Lo veo raro; no deja de mirar alrededor como si ocultara algo.

—¿Todo bien? —Me acerco a la mesa y les llevo sus bebidas.

Asiente con la cabeza, pues mi pregunta ha ido dirigida a él.

—Temas familiares.

Mientras estoy limpiando la barra, Roger, uno de los trabajadores de Mas Traginer, pasa por delante del bar. Se queda fuera, mirando hacia el interior, y Jaume sale a su encuentro. No sabía que se conocían.

Le envío un mensaje a Jan para consultarle.

La manera de actuar de Jaume no me convence y la respuesta de Jan apacigua las aguas.

Parece ser que estudiaron los tres la misma ingeniería.

Roger conoció a Jan en el bar de la facultad en sus últimos años de carrera e hicieron buenas migas.

Roger siempre ha hecho un par de asignaturas por año.

Tenía otras obligaciones y no podía estudiar más, por lo que la carrera se le está haciendo interminable.

Aún no ha acabado. Y en esas conoció a Jaume, cuando este empezó a estudiar.

Estábamos hablando por mensaje y, de repente, lo veo aparecer por la puerta.

—¿Qué haces aquí?—pregunto, sorprendida.

—Tenía ganas de verte, de hablar un rato. —Se acerca a mi oído y susurra, para que la cotilla de mi jefa no capte ni una palabra—. Ganas de tenerte entre mis sábanas y acariciar esa piel suave que me vuelve loco.

Siento cómo el calor me sube por el cuello hasta instalarse en mis mejillas. Estoy convencida de que me he puesto tan roja que Dolors ya ha adivinado lo que él quería mantener en secreto.

—Muy romántico estás tú.

—Si solo fuera eso… —Ahora es él quien tiene un tono subido en su rostro—. Además, es probable que esté tan meloso por culpa de las pelis de princesas Disney que veo últimamente. —Entrecierra los ojos.

—¿Pelis de Disney?

—Es que no sé cuántas veces he visto Brave .

—¿Romance en Brave ?

—Deja de buscarme las cosquillas y siéntete halagada porque venga a decirte cosas bonitas.

—Vamos, tortolitos —interrumpe Dolors—. Deja a María trabajar y tú, a lo tuyo. He oído que al final llevarás a cabo lo de la manifestación, ¿no?

—Sí, no veo otra. Marçal apoya a esa maldita empresa y nosotros necesitamos a la comunidad.

—¿Para cuándo?

—Inicio los trámites y convoco a la prensa. Espero tenerlo listo para enero. Ya os diré la fecha. Necesito vuestra colaboración.

—Cuenta con ella. Mi hijo y mi nieto están contigo y en mí tienes a una gran aliada. Te convenzo a mis clientes y estarán allí al pie del cañón.

Jan le guiña un ojo y se acerca para darme un ligero beso en la mejilla antes de alejarse por la puerta y dejarme a solas con mi jefa. Un contacto que rememoraré lo que me queda de la jornada, pues esas caricias me tienen cosquilleando el corazón.

—Muy acaramelados os veo —comenta Dolors.

—Solo dices tonterías. Somos algo más que amigos, es verdad, pero de ahí al dulce que insinúas hay un largo trecho.

Hace un mohín con los labios y rápidamente esboza una sonrisa.

Mientras continúo con mis tareas en el bar, recibo un mensaje de mi hermana: «¿Cómo va con tu masover ? Quiero noticias frescas pronto». Y yo le envío un emoticono con una cara sonriente. Por la noche, con más tiempo, la llamaré y hablaremos un rato.