Capítulo 22
JAN
Escucho el ruido del motor de un coche. María se acerca y Jade sale corriendo a buscarla. Yo me quedo en la cocina, encargado de las palomitas, porque lo del bol gigante es cierto y tengo que hacer varios paquetes.
—¡Qué bien huele! —exclama al entrar.
Trae una botella de vino negro que deposita en el mármol. María me sonríe y yo no puedo dejar de mirarla. Apenas tiene tiempo de acercarse a mí y decirme «hola», pues mi hija se la lleva a rastras al comedor.
Cuando me siento en la esquina libre del sofá, coloco en medio el bol de palomitas y le acerco una copa de vino a mi invitada. En ese instante compruebo que María está intentando hacer cambiar de opinión a mi hija de la película que vamos a ver.
Batalla perdida.
—Me busta Bave , y me la ha pometido mi papá —insiste Jade.
—La has visto tantas veces que podríamos ver una nueva, una diferente. Estoy seguro de que también te gustaría .
—No intistas . Vemos Bave. —Y se cruza de brazos, enfadada, decidida a mantener su postura.
Tras un par más de tira y afloja, al final María desiste y se acomoda al otro lado del sofá y se inician las primeras secuencias en la pantalla.
La música celta envuelve el comedor, así como las tierras verdes y frondosas.
Sale un plano de la madre de Mérida buscándola en su fiesta de cumpleaños.
Jade balbucea recordando la suya. Está emocionada y concentrada en la visión de su película de Disney favorita.
Pero yo solo la veo a ella. A María.
—¿Qué ocurre? —susurra muy despacito cuando ve que no miro la película y únicamente tengo ojos para derretirme con su belleza.
—Me gusta mirarte. Es la escena más bonita que he visto nunca.
—No seas adulador. —Y esa sonrisa me deja noqueado.
Me muerdo el labio inferior. Ella va mirando la pantalla y a mí de manera alterna. Se siente a gusto, lo percibo, y eso me encanta. Cuando apenas quedan diez minutos para que acabe la película, y durante una de las escenas más emocionantes, le doy un momento al stop .
—¿Qué haces, papi? ¿ Po qué la paras?
—Jade, ¿te apetece que se quede María a comer unas pizzas con nosotros?
No le he preguntado a ella. Su hijo no está y espero que no sienta que la obligo a hacer algo que no desea.
Yo no tengo claro, para nada, qué es lo que quiero, aunque sé que tenerla cerca y disfrutar algunos momentos con ella es lo que más necesito y estoy viendo que me sanan, y eso hacía tiempo que no me pasaba .
—Claro —se alegra mi hija y, de repente, su rostro se ensombrece—. Me hubiera gustado que estuviera Biel con nosotros y que… —No acaba la frase.
—Lo repetimos otro fin de semana. Sabes que cada dos lo tenemos aquí —comenta María.
—Ya —dice tristona.
Mi hija agacha la cabeza y unas lágrimas se asoman bajo sus pestañas. Me acerco a ella. María hace lo mismo y la cercanía de ambos, al intentar consolar a Jade, nos sacude. Me incorporo con rapidez. Es mi hija, pero dejo que sea ella quien continúe, porque está hablando de Biel.
—¿Qué te ocurre? —le pregunta María.
—Se va a ir a Urodisney , y yo también quedía ir. —Se gira y me mira—. ¡Papi! ¿Cuándo iremos nosotros? —Siento tristeza al oírla, pues es complicado y es una ilusión que tardaré en que pueda cumplir.
—Algún día, cielo. Ya buscaremos el momento adecuado. Ahora es invierno y hace mucho frío, y las tierras sabes que se han de cuidar mucho y no las podemos dejar tiempo solas.
—Lo sé, papá. Sé que me mecesitas aquí contigo. Ya iremos. —Y de repente una sonrisa se muestra en su rostro, olvidando esa melancolía. Su madurez infantil me reconforta.
Vuelvo a poner la película, y María y yo nos levantamos para ir a la cocina. Saco del congelador las pizzas mientras ella prepara la mesa. Una familiaridad que me gusta y con la que cada vez me siento mejor.
—¡Os pedéis el final! —grita Jade.
—Tranquila, ya la hemos visto otras veces. Tú acábala mientras nosotros preparamos la cena.
—¿Sabéis algo más de las investigaciones sobre el vertido? —pregunta María a la vez que coloca los platos y los cubiertos.
Pretende mantener una conversación que no verse sobre nosotros. Porque, si tenemos en cuenta la tensión que se acumula en estos momentos en la cocina, no sé si volverán a saltar los plomos.
—Poca cosa —respondo mientras abro el paquete de pizzas y las meto en el horno—. Los mossos vinieron hace un par de días. No hay avances. Las pruebas que tienen son mínimas, y casi todas circunstanciales.
—¿Aún no hay sospechosos?
—Sospechosos, sí, ya lo sabes. Lo que no hay son pruebas sólidas, y sin ellas no pueden hacer nada. AgroTech tiene buenos abogados, de esos que saben cómo esquivar cualquier acusación sin mancharse los zapatos.
María asiente en silencio, y por su mirada sé que piensa lo mismo que yo: que las pistas apuntan a ellos.
—Tal vez no directamente —prosigo—, pero tienen las manos manchadas de ese producto. AgroTech es lo peor e insisten en la compra de las fincas. He recibido otro correo.
—¿Nueva oferta? ¿Menos dinero?
—Es confuso. El mensaje es directo del señor Casas y se mantiene en la misma propuesta económica. Me dice que ha oído lo del vertido y que, aun así, no se quiere aprovechar de mis posibles pérdidas. No me encajan sus palabras.
—No le des más vueltas. Si no deseas vender, déjaselo claro y a otra cosa.
Entrecierro los ojos cuando ella se acerca un poco más a mí. El olor de su piel, la calidez de su proximidad despiertan en mí sentimientos que tenía olvidados, guardados bien hondo, y que empiezan a resurgir .
No me lo pienso. La abrazo por la espalda y le beso con suavidad en el cuello. Siento cómo su piel se eriza bajo mis labios y la necesidad de estar con ella puede conmigo. Permanecemos unos minutos así, sintiendo nuestro calor, calmando nuestras mentes.
Hasta que escuchamos a Jade apagar la tele y entrar a la cocina como un torbellino.
—¡Ya se ha acabado la peli! ¿Qué haséis ?
Nos separamos de golpe, tratando de aparentar normalidad.
—Preparar la cena. ¿Cuántos trozos quieres? —le lanzo la pregunta para que se olvide de lo que ha podido ver.
—¿Cinco?
—Tres y, si te los comes todos, te pongo uno más.
Nos sentamos en la mesa y cenamos. De repente algo se agita dentro de mí.
Una chispa inesperada explota en mi mente.
Un instante con Joana y mi hija que nunca llegué a tener.
No comprendo el motivo por el que ahora se agolpan estos pensamientos que no sabía que dolían, esta nostalgia por algo que nunca fue, por un instante que parece tan real que casi puedo tocarlo.
Cierro los ojos. Exhalo despacio, como si pudiera soltar también lo que me pesa dentro. Lo que no fue. Lo que ya no importa.
Cuando los abro, María aún está ahí, al otro lado de la mesa, y eso es lo único que necesito ahora.
—Papi, ¿me lees un cuento?
—Vamos allá. —La alzo en brazos y subimos la escalera haciendo el avión.
Quince minutos más tarde bajo con la intención de recoger la cocina y me la encuentro centelleante.
María está sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y una mirada que parece esperarme.
Entro en el comedor y me acerco a ella.
—No hacía falta que… —empiezo a decir señalando el mármol impoluto sin llegar a terminar la frase.
María se incorpora y me agarra del brazo con firmeza, con decisión. Me atrae hacia ella y me freno justo a tiempo para no caer encima.
Ese gesto, ese deseo tan claro en sus ojos, me desarma.
Llevo días conteniéndome, intentando no sentir lo que siento cada vez que la veo moverse con naturalidad en mi casa: al preparar la merienda, al ocupar la habitación de invitados, al recoger a mi hija junto al suyo sin que nadie se lo pida.
Situaciones que se agolpan en mi mente y que me hacen desearla.
Y luego están los pequeños gestos. La forma tan delicada en que se recoge el cabello, cómo humedece los labios antes de mirarme. Todo en ella me tienta. Me llama.
Sus labios me buscan con urgencia. Su ímpetu me rompe las defensas. Mi boca se funda con la suya y mi lengua la explora con hambre contenida. Ella toma el control y yo me dejo llevar, fascinado por esa seguridad que me enciende.
Con nuestros movimientos reclamamos que esta noche se convierta en un sueño inesperado, o tal vez en algo deseado. Ambos queremos estar juntos, disfrutar de este primer momento, y parece que por fin va a suceder.
Me siento en el sofá y ella se acomoda encima de mí. Toco su piel con lentitud, deslizándole el jersey por los brazos. Se incorpora para dejarme hacerlo con suavidad, con cautela. Me siento como un principiante frente a su primera vez. Estoy nervioso, apenas sé cómo actuar.
Me tiemblan las manos ante su contacto y notar cómo se le eriza el vello hace que mi corazón bombee más rápido. Sus ojos no dejan de mirarme y no sé si voy a ser capaz de controlarme.
La beso con ternura, con toda la dulzura de la que soy capaz. Es ella la que muestra una necesidad que no sé si saciaré. Coloco mi mano en el asiento del sofá, para no aprisionarla con mi cuerpo a la vez que ella se mueve de forma pausada para acercarse más a mí. Quiere, no, desea ese contacto.
—¿Vamos al dormitorio? —me susurra.
Me pongo en pie y le ofrezco mi mano. Empiezo a caminar hacia la habitación de invitados. A apenas unos centímetros de la entrada, me detengo. Cierro los ojos y cambio de opinión.
Le aprieto suavemente la mano y subimos las escaleras.
Cruzar ese umbral no es fácil. Allí se acumulan recuerdos de otra vida, de otra mujer. También sé que, si quiero avanzar, remontar esto que me he autoimpuesto, tiene que ser aquí.
María me sigue y, al llegar al quicio de la puerta, se frena. Su mirada es intensa, y con ella me está preguntado si estoy seguro.
Respondo con un leve tirón de su mano. Entramos juntos.
Nos sentamos en el borde de la cama. Mis dedos acarician sus hombros, mis labios recorren el contorno de su cuello. Su piel se eriza y yo me pierdo en esa sensación.
Me tumbo con cuidado sobre ella y la contemplo. Me doy tiempo. Esta vez va a suceder y quiero recordarlo.
Poso mis labios en su frente y empiezo a besarla de forma lenta. Continúo por sus pómulos, sigo por el cuello y acabo en sus hombros. Le quito el sujetador con suavidad para llegar hasta sus pezones y, cuando mi boca los roza, siento un latido profundo en el pecho.
María se arquea, se estremece bajo mis caricias, y yo me tenso.
Mis manos memorizan cada recoveco de su piel. Nuestros cuerpos se reconocen. Me rodea con las piernas, con los brazos, y percibo como su alma se aúna con la mía.
Gime mi nombre entre susurros y yo me pierdo en ella. Y cuando por fin la siento temblar debajo de mí, cuando nuestros cuerpos se quiebran al mismo tiempo en una oleada de calor y ternura, sé que no hay vuelta atrás.
Nos abrazamos sin decir palabra, con el pecho agitado y la respiración aún acelerada. La beso una vez más, en la clavícula, y dejo que mis dedos se entrelacen con los suyos.
Estamos solo nosotros.
Y es el inicio de nuestra historia.
La luz del amanecer se cuela por la ventana y acaricia los pies de la cama.
María duerme plácidamente y la miro en silencio.
Sus movimientos suaves, la calma en su respiración.
Todo en ella me atrapa. Sin darme cuenta, una sonrisa se dibuja en mi rostro, justo cuando abre los ojos y me mira con dulzura.
—Buenos días.
—Buenos días. —Me acerco y le beso los labios, esos que me vuelven loco —. ¿Te apetece desayunar?
Y es lo que hacemos. Un momento compartido, de esos que cada vez me gustan más.
Nos montamos en el jeep y la dejo en casa de su tía.
Me despido con un beso lento, cuidado, y la promesa de hablar siempre que podamos. Mientras conduzco de regreso al mas, en mi mente rondan unos ojos que me encandilan y una persona que parece que se acaba de llevar un pedacito de mí.