Capítulo 21
MARÍA
—¡María! —vocifera Dolors desde la cocina.
Me acerco a ella para no dar otro grito y alzo las cejas como preguntando a qué ha venido eso.
—Tu hermana. Al teléfono.
Meto la mano en el bolsillo del delantal y me encuentro de nuevo el móvil fundido.
Este pueblo tiene algo que hace que no recuerde que antes no podía vivir sin él.
Aquí es diferente. La calidez de sus habitantes, lo que me rodea y apenas tengo necesidad de consultarlo, por lo que más de una noche olvido conectarlo.
Natalia solo quiere charlar un rato conmigo. Dice que me echa mucho de menos. No será para tanto. Hemos estado tiempo separadas y nunca ha tenido esa necesidad. Y nos vimos hace nada, por lo que no sé qué reclama. Aun así, me agrada compartir esos ratos con ella. Son muy agradables.
—¿Estás bien con Sam? —le pregunto preocupada.
—Sí. ¿Por qué no iba a estarlo?
—Últimamente me llamas mucho y…
Cuando estaba mal con Toni, ella era mi rincón seguro, la persona con la que podía compartir mis preocupaciones. Sé que tardé en sacarlas y, cuando lo hice, ella me ayudó.
—Me gusta saber de ti y de la gente del pueblo. Tus anécdotas me inspiran a escribir más ideas, más páginas.
—La rutina del campo no será de interés para una novela de las tuyas.
—Más de lo que tú crees.
Pues mira por dónde, mi hermana va a narrar cosas del campo en sus próximas tramas. Me gustará verlo.
—¿Vendréis el mes que viene, para Navidades?—le pregunto a Natalia, cambiando de tema.
—No me lo pienso perder. Supongo que tú te acercarás a casa de mamá y estaremos juntos —comenta Lía esperando mi respuesta afirmativa. Ella se traslada desde Tenerife y le gusta que siempre nos podamos ver y compartir esos momentos tan familiares.
—Sí, pero iré sola. Toni se ha agenciado todos los días de vacaciones de Biel para llevárselo de viaje. No se lo he podido negar.
—Podías haberle dicho que no. Tú también deseas pasar tiempo con tu hijo en esas fechas tan festivas.
Siento un pellizco en mi dolorido corazón. Tiene razón, pero Toni ha sido convincente y creo que yo, muy blanda, y he aceptado algo que ahora no veo con claridad.
—Lo hago por Biel, le hace ilusión ir a Eurodisney. Dice que también quiere ir a pasear por París. Aunque creo que esa idea es más cosa de su padre.
Mi ex no ha parado de insistir por teléfono —y también en persona— en que estas serán sus primeras Navidades con él.
Yo le he recordado que las primeras sí que las pasamos juntos y que él trabajó todos los días, festivos incluidos.
Han sido unas conversaciones difíciles. Es cierto que en las siguientes sí que las celebré sola con Biel, y la razón fue porque él no quiso estar.
Argumentó que tenía mucho trabajo y, además, ya nos habíamos separado.
—Por supuesto, Toni le habrá comido la cabeza.
Le habrá explicado lo que va a ver y, como es un niño, lo ha convencido con facilidad —comenta Lía—.
Y ¿sabes una cosa? Porque Toni lo ha engatusado, que, si no, os montaba unas vacaciones en Tenerife que no podríais rechazar.
Y daría igual que mamá hubiera dicho que no quería venir.
Nosotros cuatro hubiéramos estado muy bien.
—En otra ocasión —comento—. Le he dicho a Toni que serán las últimas así, que no puede coger tanto tiempo de una vez. Que yo también quiero estar con mi hijo.
—Así me gusta. Luchar por lo que te mereces.
Sonrío, aunque ella no me ve. Lía siempre me apoya y me hace sentir bien.
—Toni insiste en que paso más tiempo yo con Biel y que, debido a los pocos momentos que consigue escaparse del curro, no se lo puedo negar. No sé, ha aparecido un padre que desconozco.
—No te preocupes. Me sabe mal que no esté el bicho correteando y abriendo regalos en Navidades con nosotros, pero haremos que sean inolvidables. Le he dicho a Alice que no haga planes y que se apunte. Sabes que mamá pondrá caras largas.
—Gracias —se lo agradezco. Ella conseguirá que me olvide que estoy sola, sin Biel, y será mi momento para contarles algo más de Jan—. Te dejo, Lía, que esto está lleno de clientes. Hablamos pronto.
Cuelgo tras lanzarle un beso. En ese momento, la puerta se abre y entra Marçal, el alcalde. Las miradas de los comensales se giran hacia él.
Se acerca hasta la barra y le hace su pedido a Dolors. Mientras ella se encarga, él se dirige hacia mí.
—Quiero contactar con Jan y no lo consigo. ¿Sabes dónde está? —me pregunta.
Me encojo de hombros.
—En el mas , supongo.
—Creo que me evita. Llevo días intentándolo. Te agradecería que, cuando lo vieras, le dijeras que lo estoy buscando.
Asiento con un leve gesto y, justo entonces, Dolors le sirve el café. Se lo toma de un trago, sin detenerse a saborearlo, y regresa al ayuntamiento.
Pongo el móvil a cargar y compruebo si Jan ha querido contactar conmigo. Al no ver ninguna perdida, marco su número y a mí tampoco me contesta. Es raro, pero no le doy importancia.
—¿Qué tal la partida? —les pregunto a los integrantes de la mesa de la esquina a la que me acabo de acercar. Llevan mucho rato jugando al dominó.
Les sirvo sus bebidas habituales y espero a que me cuenten sus novedades, una costumbre que adoro, pues es la manera de sentirme integrada en esta comunidad que ya amo.
—Aquí seguimos. Con nuestra rivalidad al pie del cañón —contesta Pere.
Salva y Vicente sonríen, pues para nada son rivales. Es algo que les gusta hacer: jugar y pasar una mañana entre sus conversaciones y sus cotilleos .
Compruebo que falta uno de los miembros habituales.
—¿Dónde está Jaume? —pregunto.
—Sí que es raro, hoy no ha venido. No ha dicho nada y no lo hemos esperado. A lo mejor él sí que tiene novedades y no las ha querido compartir con el grupo —responde Salva.
—¿Y aquel trabajo? —le consulto.
—Me van contratando de vez en cuando, y lo agradezco, porque pagan bien. Pero necesito un trabajo fijo. Sigo buscando.
—Me alegro. Algo te saldrá. —La sonrisa de los clientes que ocupan esa mesa me anima también a seguir con mi día a día.
Por la tarde, al recoger a mi hijo en el colegio, no me encuentro con Jan y lo esperaba. En su lugar, me recibe Ángela.
—Me ha preguntado si podía venir esta tarde a por Jade, y aquí estoy —contesta la canguro con una sonrisa.
—Ya veo. Se la podría haber llevado yo, como hago a veces.
Se encoge de hombros. Está allí porque se lo han solicitado y yo me he quedado algo triste por no encontrarlo. Ya empieza a ser mi medicina, y que no esté cerca no me cura.
—No sé. Por cierto, ¿qué hacéis por Navidades?
Su pregunta me desconcierta un poco, aun así, no veo motivo para no contestarla.
—Biel se va a Eurodisney —mi hijo sonríe de oreja a oreja— y yo pasaré las fiestas en Barcelona, con la familia.
—¿No vendréis ningún día de los festivos a Serratona? —insiste.
—No creo. Tampoco he pensado mucho en ello. Hay poco espacio en casa de mi tía Angelines para ubicarnos a todos. Supongo que me marcharé del 24 al 31. Aún queda mucho tiempo para ello y pueden cambiar las opciones. ¿Por qué lo preguntas ?
—Por nada. —Se ruboriza y me confunde su respuesta. Toma de la mano a Jade y se alejan rápidamente.
Me quedo mirándola, extrañada. De esta juventud se puede esperar cualquier cosa.
Biel y yo regresamos caminando a casa. Mientras cruzamos la plaza, le envío otro mensaje a Jan. No es el primero de hoy y, como los anteriores, tampoco me responde. Algo dentro de mí se remueve y no logro discernir qué es.
Después de bañar a Biel y darle la cena, decido dejarlo un rato con mi tía y acercarme a Mas Traginer.
Encuentro a Jan sentado en las escaleras de la entrada, con la mirada perdida y los hombros hundidos.
—Hoy hemos estado casi la jornada completa en los campos, arreglando el estropicio y mirando opciones para que la producción del año que viene no se resienta.
El vertido ha hecho más daño del que esperábamos.
Y los meteorólogos dicen que se avecinan heladas.
Necesito que esto se calme y se arregle, que dejen de suceder tantas cosas a mi alrededor.
Está destrozado. Lo noto en sus palabras y en su voz.
—Al mediodía me he cruzado con Marçal —le comento—. Dice que lleva varios días intentando hablar contigo y que no le contestas.
Se encoge de hombros.
—Sé lo que quiere. Y AgroTech ya me ha hecho suficiente daño.
—No sabes si han sido ellos.
—No. —Niega con la cabeza e inspira hondo—. Los mossos no tienen más pistas, y al final dudo que descubran nada. Pero yo lo sé. El destrozo tiene su huella, aunque no tenga pruebas. Y no pienso vender mis tierras .
Hace una pausa. Sus dedos juguetean con una hoja seca caída en el peldaño.
—Se acercan las fiestas —dice, al fin—. Y estas serán las terceras sin Joana.
Siempre adornaba la casa por fuera, el camino de la entrada, el interior…
Lo hacía un mes antes y ya me toca empezar con la decoración.
Ella disfrutaba mucho de estos días. Y su hija…
Su hija es igual. Cada año, por estas fechas, Mas Traginer respiraba con más vida solo oyéndola reír.
Y ahora ríe Jade, y ella no puede escucharla.
Hace una pausa. Traga saliva.
Esto es lo que casi seguro lleva días carcomiéndole y por fin lo ha sacado.
—Y siento que la estoy olvidando. Que acercándome a ti, cada vez se difumina más su presencia. Como si abrir el corazón a otra mujer la borrara un poco más.
Toco la tecla.
Nuestra proximidad es algo demasiado intenso para ambos y es necesario controlarla con cautela.
Me acerco, despacio, y me siento a su lado. No digo nada enseguida. Solo dejo que el silencio nos envuelva.
—No la estás olvidando, Jan. Estás aprendiendo a vivir sin ella.
Es distinto. El amor no desaparece, aunque sí puede transformarse.
Date el permiso de seguir adelante. No sé si será conmigo o con otra persona…
, pero mereces llenar tu vida de presente.
No se trata de reemplazar, sino de volver a sentir.
Jan cabecea levemente, sin apartar la mirada del horizonte. La noche empieza a caer y el frío nos rodea. Ninguno se mueve.
Nos quedamos un rato más allí sentados, en silencio. Cada uno perdido en sus pensamientos.
Y entonces, sin buscarlo, su mano roza la mía. Una caricia sutil, casi accidental, y que no retira.
Yo tampoco.
—¿Te quieres quedar? —susurra Jan y tiemblo. Se ha abierto a mí, y no lo esperaba. Tenemos un instante que recuperar y hoy puede ser tan buen día como cualquier otro.
Le cojo la mano y lo llevo hasta la habitación de invitados, esa que en las ultimas semanas me gusta ocupar. Él viene tras de mí como un autómata, aún traspuesto por lo que me ha comentado.
La tenue luz de la luna que se cuela a través de la ventana ilumina sus facciones.
Jan se detiene un segundo junto a la puerta, indeciso, sin saber si dar ese paso que iniciamos el otro día o permanecer quieto.
Me quedo inmóvil, sin prisa, esperando que sea él quien de el paso si lo siente de verdad.
Se acerca despacio y su mano, la misma que hace un instante rozaba tímida la mía, ahora se posa con suavidad en mi mejilla. Su caricia es lenta, sus dedos tiemblan un poco.
—No sé si estoy preparado para esto —murmura con la voz ronca por la emoción contenida.
—No hace falta que lo estés —respondo en un susurro—. Solo que quieras quedarte.
Entonces se inclina y roza mis labios. Su boca se mueve contra la mía con una dulzura que me desarma. Mis manos se enredan en su nuca y las suyas bajan por mi espalda. El beso se vuelve más profundo, más hambriento, aunque se queda ahí.
Esta noche necesitamos pasarla juntos, abrazados, sin más. Que el contacto de dos personas que llevan encima una carga sea suficiente, que ordenemos nuestro pasado para estabilizar el presente. Calmamos las respiraciones. Debemos tomar la decisión de seguir adelante o no.
Ha llegado el fin de semana y Toni se acaba de llevar a Biel a Barcelona.
Me ha enviado un mensaje con una foto de mi hijo con una bolsa de chuches y una de palomitas frente a un cine cercano, donde van a ver una peli de dibujos que lleva pidiendo Biel desde que salió en cartelera.
Además, se quedan con Elizabetta en una casa rural de un pueblo cercano y así dice que no hace tantos kilómetros.
Sí que se lo monta Toni bien últimamente.
Antes no era tan detallista y ahora con su hijo y su nueva novia parece que todo son ocasiones para celebrar.
Cuando vibra otra vez mi móvil en el bolsillo trasero del tejano, pienso que vuelve a ser mi ex restregándome lo bien que está. Estoy equivocada.
Es un mensaje de Jan.
Me recuerda que, si estoy triste y necesito compañía, esta tarde en Mas Traginer tienen intención de preparar un bol gigante de palomitas y, si no me importa ver Brave por quinta vez, que me esperan.
Acepto. Es una buena oferta.
Termino mi jornada y me acerco a casa de mi tía. Aprovechamos para hacer algunas de las tareas del hogar. Mientras doblamos la ropa que acabamos de descolgar del tendedero, me escucha con atención. Con ella sé que puedo desahogarme.
Cuando el reloj marca las siete, me lanza una mirada que dice que no me quiere allí.
—Aligera, que ese hombre no espera —comenta Angelines con el cesto de la ropa colocado encima de la tabla de planchar.
—Va, tía, que es solo un amigo.
—Es más que un amigo, por lo que me has contado, y ha sido bastante.
—Vale sí, algo más — admito mientras la ayudo a sacar la plancha para que se ponga con la tarea—. ¿Estoy preparada? No lo sé.
Hemos compartido besos y caricias, pero ambos sabemos que necesitamos ir con calma. Necesitamos descubrir qué es lo que pasa entre nosotros y a dónde vamos.
—Lo estáis. Los dos —responde con la certeza de alguien que ha vivido mucho—. Cada uno tenéis vuestra mochila y ya es hora de descargarla. Vaciarla de lo viejo y llenarla con nuevos recuerdos. Los del pasado, ahí se quedan. Mirad hacia adelante.
Asiento, sin más palabras. Le doy un beso en la mejilla y me despido con un abrazo antes de dirigirme a casa de Jan, donde me esperan un bol de palomitas, la quinta sesión de Brave … y algo más que una buena compañía.