Capítulo 20
JAN
La semana ha pasado sin que me dé cuenta y ya estamos otra vez en el jardín, rodeados de niños, globos y confeti que nadie sabe muy bien de dónde ha salido.
Esta vez, Biel y Jade están juntos, contentos e inseparables. Veo que lo están pasando genial, disfrutando de los amiguitos que han venido. Algunos son nuevos, otros repiten y la fiesta está en su apogeo.
María se agacha para atar un cordón suelto de uno de los niños que corretea por el jardín sin que nadie se lo pida, e inventa un juego en dos segundos cuando parece que empiezan a aburrirse. Se ríe con ellos y verla disfrutar me conmueve.
No sé por qué pienso eso. Tenerla cerca me alegra la vista y el corazón. Y el solo hecho de pensarlo me hace dar un paso atrás.
Porque no sé en qué momento dejó de ser la madre de Biel y pasó a ser esa presencia que lo llena todo. Que lo complica todo.
La fiesta avanza entre carreras, merienda y algún que otro llanto que se soluciona con un par de gominolas y un abrazo. Cuando el sol empieza a caer y la energía de los niños sigue intacta, surge la idea que cambiará la noche.
—¡Queremos una pijamada!
Jade y Biel, al frente del motín, lo exigen con esa mezcla de súplica y determinación que no deja margen de negociación. Ángela y sus amigos nos miran como indicando que ellos no han tenido nada que ver.
—Ya es tarde —empiezo a decir. Sé que la batalla está perdida antes de librarla.
— Po favor, papááá. —Jade alarga la última sílaba con maestría—. Quiero que Biel se quede, y Anna. Ya ta . Solo tres. Y Anna ya tado antes.
María, a mi lado, se cruza de brazos y me mira con una sonrisa ladeada.
—¿Y bien?
«Bien» no es la palabra que usaría.
Porque en menos de media hora, los tres niños han tomado la buhardilla, armados con sacos de dormir y unos juguetes que han subido de la habitación de juegos.
Busco los colchones inflables que guardo para alguna ocasión especial, como en la que nos encontramos, y los coloco en medio de la habitación.
La emoción es tal que dudo que duerman antes del amanecer. Y nosotros…
Nosotros nos hemos quedado aquí.
En el salón.
En el sofá.
María se recoge el pelo en un moño deshecho y sienta a mi lado, con un suspiro de cansancio.
—Te dejaré con ellos a solas. Me voy en un rato —comenta .
—Podrías quedarte otra vez. Si te apetece, claro. Es tarde y sé que no te gusta conducir de noche.
—Prefiero ir con mi tía y recogerlo mañana temprano. Si te parece, vemos una peli hasta que se duerman, o hagan menos ruido que ahora. Y te ayudo a mi vuelta con el desayuno y lo que hayan dejado.
Se frota los brazos, parece que tiene un poco de frío y le indico donde puede encontrar una manta con la que taparse. Rebusca en el lateral y se cubre las piernas. Cojo el mando de la tele y la enciendo.
De repente, el ambiente se carga de una tensión para la que no estoy preparado.
Y María se queda ahí, mirándome de reojo.
Yo debería decir algo inteligente, o al menos que ponga un límite, porque esto… esto es peligroso.
Pero no lo hago.
Porque su perfume permanece colgado en el aire. Porque su respiración es tan tranquila que me descoloca. Porque la distancia entre nosotros es demasiado corta y la tentación demasiado grande.
María no dice nada. Su mirada habla por sí sola.
—Esto es una mala idea —murmuro, porque alguien tiene que decirlo.
Ella sonríe.
—Sí.
Pero no se mueve.
Y yo tampoco.
El silencio se alarga. En la buhardilla todavía se escuchan risas y algún que otro «¡shhh!», que confirma que los niños no tienen intención de dormirse pronto.
Aquí, en el salón, todo es diferente.
María se mueve apenas un poco, cambiando de postura, y su rodilla toca la mía. Un roce mínimo, casi insignificante, que me hace tensarme al instante.
—Pon esa película, ¿cuál te apetece? —dice. Su voz es más baja de lo normal, como si ella también sintiera que cualquier movimiento en falso pudiera hacer que esto se rompa.
Asiento, aunque no estoy seguro de haber escuchado cuál ha propuesto. La pantalla se ilumina y la luz azulada proyecta sombras suaves en su rostro. Me encuentro observándola, incapaz de evitarlo.
—¿Qué? —pregunta, sin apartar la mirada de la tele.
—Nada —respondo demasiado rápido.
—Mientes fatal.
Sonrío, sin quererlo.
—Y tú eres demasiado perspicaz.
María gira la cabeza hacia mí y apoya el codo en el respaldo del sofá, descansando la mejilla sobre su mano. Ahora sí que me está mirando.
—¿Quieres hablar?
Ni siquiera pregunto a qué se refiere. Ambos lo sabemos.
—Creo que no.
—No, probablemente será mejor continuar en silencio. —Su voz es tranquila, pero en su expresión percibo más, algo que me dice que no tiene intención de dejarlo estar.
Y lo peor es que yo tampoco.
La película transcurre en la pantalla. Ninguno de los dos le presta atención.
Ella se moja los labios con la punta de la lengua y yo bajo la mirada, porque sé lo que viene después, que si me dejo llevar, no habrá vuelta atrás.
María mueve la mano y la coloca sobre mi brazo. Un toque leve, apenas un roce con la yema de los dedos, que enciende algo en mi interior.
Y en ese momento lo sé.
Estamos a un segundo de cruzar la línea.
Acaricio su piel con la yema de los dedos y la sonrisa que brota en su rostro me golpea con fuerza. Nuestros labios están demasiado cerca, nuestras miradas apenas logran desconectarse de la tensión que hay entre nosotros. Va a suceder y, por primera vez en mucho tiempo, no quiero detenerlo.
No quiero fingir. No quiero pensar. Solo quiero que suceda y que lo que he empezado a sentir por María se abra paso a ese rincón de mi corazón que he mantenido cerrado desde que perdí a Joana.
Presiono mis labios contra los suyos y ella desliza su lengua entre ellos.
Jugamos a un juego muy peligroso, uno que ambos deseábamos.
Nos acariciamos con lentitud y ansia contenida.
Nos enredamos bajo la manta para evitar que, si algún niño desciende por las escaleras, nos pille haciendo trastadas.
Quiero, queremos, seguir jugando.
El deseo nos consume.
Saboreo su piel mientras deslizo el jersey por su hombro, dejando al descubierto la calidez de su cuerpo. Mis labios siguen el camino que mi mano ha abierto, hasta que la tela se convierte en un obstáculo. Con un movimiento decidido, deslizo los dedos hasta el borde y se lo quito por la cabeza.
Contemplo su belleza: el encaje negro de su sujetador, la suavidad de su piel, el leve ascenso y descanso de su pecho al respirar .
Inspiro profundamente. Freno mis impulsos antes de perder el control, antes de llevarnos a un lugar del que no podría volver.
Aunque mis fuerzas apenas me ayudan.
—Vamos a otro sitio.
La cojo de la mano y la acerco a la habitación de invitados. Podremos dar rienda suelta a nuestra pasión, esa que empieza a florecer, sin miedo o peligro de que nadie nos descubra.
María se lleva su camiseta y cierro la puerta tras de mí. Durante unos segundos solo existe el sonido de nuestras respiraciones. La miro mientras se desprende de sus tejanos, de una forma tan lenta que me provoca sin proponérselo. Yo la imito y me quito lo que me queda de ropa, deseando sentirla.
Nuestros cuerpos se encuentran en mitad de la habitación. Recorro su piel con mis manos y mis labios bajan por su cuello.
Y justo cuando nuestras respiraciones se aceleran y el deseo amenaza con arrasarlo todo…
—¡Jaaan! —se escucha la voz de Biel desde la escalera, cada vez más cerca de donde estamos.
—¡Maaaaríaaa! —Esa es mi hija, que por el ruido de sus pasos va a llegar antes de que estemos vestidos.
Nos separamos de golpe. Busco mis tejanos mientras María se pone su camiseta.
—¿Qué pasa? —pregunto cuando me encuentro con los dos niños en el comedor, algo confundidos, pues no esperaba que saliera de la habitación.
—Están dotos los colchones —comenta Jade.
—No tenen aire —dice Biel mientras mira alrededor buscando a alguien—. ¿Mi mami se ha ido? —Y empieza a llorar al darse cuenta de que se ha quedado solo.
Me agacho a consolarlo mientras María sale rápidamente de la habitación.
—Biel, cariño, estoy aquí. No me he ido, solo estaba con Jan un momento. ¿Qué ocurre?
—Los colchones no funcionan y duele para dolmir .
El plan sexy que acabamos de iniciar se ha evaporado por completo. Subimos los cuatro a la buhardilla, donde comprobamos que los colchones inflables han cedido, y algunos estarán pinchados, de tanto salto y juego. La pijamada improvisada, al traste.
Reorganizamos el plan: Anna y Jade duermen juntas, mientras que María y su hijo ocupan la de invitados, esa que casi es suya, pues huele a ella cada vez que me acerco.
Antes de apagar la luz, me asomo a la puerta. Biel está acurrucado a su lado, y ya se le cierran los ojos de cansancio.
—¿Todo bien?
—Sí —asiente con una sonrisa cálida.
—Me alegro de que al final te quedes.
—Yo también.
Le devuelvo una mirada que lo dice todo. Una promesa de que habrá más momentos, que tendremos que buscarlos.